Recomendados

ll1
Diálogo de Fe: “Hay que vivir amando, perdonando y ayudando”

Diálogo de Fe
Sábado 14 de octubre de 2017

Armando Canchanya: ¿Cómo están, amigos?, bienvenidos. Estamos aquí por supuesto como todos los sábados hoy día 14 de octubre, mes del Señor de los Milagros con el Cardenal Juan Luis. ¿Cómo está Cardenal, qué tal?

Cardenal Juan Luis Cipriani: Buenos días. En este mes de octubre tenemos muchas fiestas y muy bonitas. Hemos celebrado a la Virgen del Rosario, que fue una celebración muy bonita en el pueblo de Manchay. Y también la Virgen del Pilar el día 12 de octubre. Este mes que para nosotros es el mes del Señor de los Milagros, para muchos es también el mes de la Virgen, mes del rosario. Esto me lleva a mí a una reflexión que he estado meditando estos días, justamente al ver la multitud de gente que está cerca de Dios. Y también a veces las reacciones un poco negativas de algunas personas que todo lo ven mal, que están siempre buscando herir a otros. Son unos contrastes.

Ves una multitud de gente alegre, que quiere que Dios los bendiga, que en medio de sus problemas tienen esperanza, que siempre buscan cómo superar sus problemas. Pero ves en otros una especie de cinismo integral, de cualquier cosa que les digas te sacan algo negativo, te comentan algo que no funciona; y lo hacen con bastante agresividad; es decir Me fastidia que usted esté contento. Esta reflexión me lleva a mí a llegar a un tema de fondo: Nuestras vidas tienen una parte absoluta, mi vida no la vive nadie más, la vivo yo. Yo doy cuenta de mis actos, de mis alegrías, de mis tristezas, de mis pecados, hay algo como muy individual, muy irremplazable. Yo soy el que soy y daré cuenta de eso; y eso tiene un valor inmenso. Pero al mismo tiempo, esa persona que soy yo vive rodeada de miles, de millones; tiene un origen, ha tenido padres, abuelos, bisabuelos, hermanos; es decir soy también un elemento de una familia. Estos como dos extremos, de un individualismo real y de un ser parte de una comunidad familiar, me obligan a actuar de una manera. Si yo actúo como que soy el único, estoy rechazando a mis padres. Yo les debo a mis padres mi fe, mi educación, tengo con ellos deudas de gratitud y de justicia.

De repente puedo pensar ¿Y mis abuelos? Algunos los han conocido mucho y otros poco porque murieron pronto. Pero también mis abuelos les dieron a mis padres esa educación y esos valores que ellos me han transmitido a mí. Esta realidad nos lleva a tener la necesidad de meditar con cierta frecuencia quién soy, de dónde vengo. Porque sino da la impresión de que yo me di la vida a mí mismo; que no es verdad, me la dieron mis padres. De que yo lo que aprendí es por esfuerzo mío; no, fueron tus amigos, padres, profesores, ambientes, mucha gente que colaboró en ayudarte a ser el que eres. Hay una deuda de gratitud y de agradecimiento que debe estar permanente en el fondo del alma. Esa gratitud es la mejor vacuna contra el pesimismo, contra lo negativo, contra el odio, contra la envidia. La gratitud. Le debo todo lo que soy a las personas que tuvieron la amabilidad y la generosidad de acompañarme en mi educación, de formarme en el colegio, de enseñarme en la Universidad, de acompañarme en la enfermedad. Esto en el mundo de hoy se olvida. Y tú ves a gente que vive como si fuera un átomo, que no tiene relación nadie, sus relaciones son simplemente de conveniencia: Quién me da algo o quién me quita algo, o por dónde puedo lograr algo. Entonces se genera una relación sumamente pobre, de egoísmos compartidos, quién comparte conmigo este punto de vista o esta posibilidad. Entonces la fragilidad de los vínculos es muy grane. De quién soy amigo, del que me da algo. Ya esa gratitud ante un Dios que me da la vida, ante una familia que me hizo ser quien soy, ha quedado como muy desplazada. Entonces me empobrece, porque todo el tiempo estoy buscando lo inmediato. Esa es una idea tal vez no tan fácil de explicar.

Armando Canchanya: En realidad en la práctica eso se da como un choque entre esas dos visiones y una trata de convencer a la otra.

Cardenal Juan Luis Cipriani: La meditación ayuda mucho a recordar con cariño y agradecimiento siempre a nuestros padres, profesores, abuelos, hermanos, parientes. Agradecer el que hoy puedo estar aquí para decirles Que Dios los bendiga.

Armando Canchanya: Frente a eso yo digo Pero si yo soy un individuo distinto, no tengo que seguir lo que dice mi padre.

Cardenal Juan Luis Cipriani: No es que tengas que seguir. Es que tengas una gratitud. Que en el fondo de tu corazón haya un agradecimiento, que se puede manifestar en el cariño con el que los tratas, en las visitas si está enfermo, en las palabras de ánimo cuando los ves un poco cansados, en la cercanía; hay mil idiomas para la gratitud. Nadie te está diciendo Tú tienes que ser como tu padre. Esa imposición quita la libertad. Todos debemos darnos cuenta que formamos parte de una gran familia. Y esos vínculos un poco más profundos tienen su raíz en que somos hijos de Dios. Ahí arranca todo. El que reconoce que es hijo de Dios. Cristo me ha invitado a su fiesta y me ha dicho “Ven, para que estés conmigo”. Al estar conmigo estás en la familia de mi padre. ¿Dónde ocurre ese “Ven”? En el Bautismo soy invitado a esa familia. Uno se pone a recordar ¿Dónde estarán mis padres, los que han fallecido?, ¿en el cielo?, ¿me escucharán?, ¿me verán?, ¿me ayudarán? ¿Dónde estarán mis abuelos? No es una tontería, porque la eternidad es lo que domina nuestra vida, esa ansia de perpetuidad, esa ansia de trascender. Eso no es eso ni dinero, ni política, ni poder. No, eso está en el espíritu, todos queremos trascender, pasar el tiempo. Unirnos a nuestros padres y abuelos que ya murieron a esta vida y viven en la eternidad. Eso preside en el fondo nuestra manera de ser. Nadie pierde a sus padres, los tiene de otra manera, o a mis abuelos.

Esto no es como una pastilla para tranquilizar los ánimos. Esto es una realidad que la fe nos enseña. Que tantas veces es una luz que nos ayuda a ir adelante, el saber que delante de nosotros nos antecedieron padres, amigos, abuelos, muchísima gente que hoy se interesa por ti y por mí. Esto es el mejor modo de echar afuera odios, depresiones, tristezas, venganzas. Veamos en este mes de la Virgen ese amor de Dios, eternidad, que siempre está pendiente de cada uno.

Armando Canchanya: Vamos a la pausa y regresamos, amigos, en un momento.


(Mensaje del Papa)

Armando Canchanya: Esa frase final me parece muy interesante. “Gracias a Él estamos convencidos de que nada es inútil y vacío, ni fruto de la vana casualidad ni de que cada día esconde un gran misterio de gracia que en nuestro mundo no necesitamos otra cosa que una caricia de Cristo”.

Cardenal Juan Luis Cipriani: Lo que veníamos hablando. Cristo no está encerrado en este mundo y en la pequeñez de mi vida. Desde esa eternidad y desde esa maravilla que es Cristo sí, soy su hijo y su hermano mayor. Estas cosas de Dios y de nosotros. Soy hijo de Dios padre porque soy hermano adoptado de Cristo. Cristo que no está enterrado en ti ni en mí, pero que está con nosotros, se preocupa de tener –como dice el Papa- una caricia. Esa caricia de Cristo, aparte de ser una cosa espiritual, cómo la siento yo. La siento a través del papá, del hijo, de la mamá, del enfermo. Quién es el que me hace visible la caricia de Cristo, cómo la veo; la tengo que ver a través de mi papá, de mi hermano, de mi hijo, de mi hermano, de este enfermo, del amigo. El mundo tiene que ser un signo que hace visible el amor de Cristo invisible. Es un gran misterio. No es obra de nuestras manos.

Cuando nosotros, como personas, queremos ser ese signo visible, que con una palabra: Gracias; que con una visita de cariño: Estoy aquí para acompañarte; un apoyar a alguien que está en una necesidad. Cuando yo ejerzo un acto de amor, hago visible al dueño de ese amor: Cristo. Digamos lo contrario: ¿A quién represento cuando odio, insulto, miento, hago daño? Al demonio. Hay que decirlo con todas sus letras. Aquel que odia, aquel que miente, aquel que hace daño, hace visible al mal. ¿Y quién es el padre del mal? El demonio. Y hay una gran batalla en nuestras almas y en la sociedad entre esos signos del amor y la ternura de Cristo; y ese odio y maldad, signo del demonio. Hay que decirlo así: Hay una gran batalla.

Por eso, muchas veces me pongo a pensar en la juventud, porque la juventud es un momento en el que uno está como tomando decisiones; es un momento en que hay cambios: estoy estudiando, voy a estudiar en la universidad; empiezo a tener cierta libertad en la casa; tengo dudas; mi papá me dice que eso está mal hecho, mi mamá me dice no sé qué; tengo un amigo que me cuenta una cosa diferente a mi hogar; es el momento, como dice el Papa, de la paciencia. La esperanza vigilante y paciencia. Creo yo que nuestra tarea en esta gran familia del mundo, en relación a la juventud, míralos con cariño, ten paciencia, señala alternativas, ofrece posibilidades; pero la libertad es de ellos, no les digas que está bien lo que está mal, pero él podrá elegir; no le digas que le vas dar un chocolate cuando la cosa no es de chocolate; no le digas vas a ganar porque el Perú es grande, vas a ganar porque has entrenado, porque te has cuidado, porque estás jugando en equipo; pero no por un sentimiento poético que se te ha ocurrido.

La juventud de hoy se encuentra ante unos cambios muy rápidos y muy complejos. Yo no tuve esa situación. Realmente, esta juventud pasará a la historia del mundo como una época donde hubo cambios, rapidísimos y muy profundos. Los que hemos pasado ya esta etapa, que tenemos más estabilidad, que conocemos más experiencias; tenemos que ayudarlos; lo que no podemos es sustituirlos, encerrarlos, criticarlos. No. Orientar y luego ellos verán. Y probablemente hay cosas en las que ellos nos pueden ayudar con alguna actitud nueva. Pero el joven no es bueno porque es joven. La bondad no es una idea de la edad. Puede haber viejos que son muy malos y jóvenes que son muy buenos. A la juventud hay que ponerle un especial empeño como familia, acompañando, sabiendo que están en una situación decisivas para sus vidas. No pretender que crezcan a base de jalarlos, a ver si crecen más rápido. Y hay actividades donde yo por lo menos pienso así: El deporte, la cultura, la oración, son elementos que acompañan cualquier proceso.

Armando Canchanya: Pero de todas maneras es natural que los jóvenes quieran separarse y diferenciarse de lo que representan sus padres.

Cardenal Juan Luis Cipriani: Más ahora, porque como los elementos para escoger son muy variados y son muy rápidos, se me presentan a través del celular 50 modelos que me alejan de mi padre. En mi tiempo, no sé si en el tuyo, no había tantos modelos. Era el barrio, era mi padrino, era mi papá, eran los amigos de mi papá, la gente con la que uno entraba al colegio. No había tanta variedad y había una especie de respeto a un modo de ser. Hoy, en este cambio generacional, en esta época tan variable, se están rompiendo. Yo no estoy tan de acuerdo que rompan por ejemplo la imagen de mi padre o de mi madre; comprendo que eran otras épocas, pero rescato mucho de la vinculación, de la palabra empeñada, de la continuidad de la fe. Cada época tendrá su momento. Pero que la primera prioridad de un joven sea separarse de su padre, no es bueno. Que la prioridad de un joven sea no hacer nada de lo que hizo su padre, no es bueno. Creo que hay una continuidad natural en la que uno efectivamente va adquiriendo esa libertad, esa elección, pero no por una lucha ideológica que te viene de afuera, sino por una maduración interior, en la que tú vas encontrando una mayor aceptación de una cosa y rechazo de otra. Cuántas veces hoy los papás se encuentran con la dificultad de que los estudios son diferentes, porque tú cualquier tarea que le das vas a Google y te la hace Google, entonces tienen que ser tareas más activas, más participativas. Son cosas que hablando un poco de esa eternidad, de que vale la pena tener en el fondo del alma, muchas veces al día, Dios mío, una palabra, mis hijos, una gratitud. Ese dicho “Es de bien nacido ser agradecido”. Muy importante porque me lleva a Dios.

Creo yo que este detalle que el Papa acaba de decir: “Esperanza vigilante y paciencia, el futuro no es obra de nuestra manos. Es una preocupación de un Dios que todo es misericordia, hay que amar la vida y no hay que maldecirla nunca”.

Estamos en el mes del Señor de los Milagros. Yo les diría Hay que vivir amando, perdonando, ayudando. No odiando, envidiando y acusando.

Y una sola palabra, porque son una familia tan cercana, que hoy ha fallecido el ingeniero Toto Hansem, un ingeniero civil extraordinario de 99 años, el hombre que más sabía de concreto en el país, su cuarta edición la acaba de hacer unos días. Un hombre profundamente católico, maravilloso padre, esposo, abuelo y bisabuelo. Muere en paz, con serenidad. Desde aquí Ana Teresa, su esposa y a todos sus hijos, mis condolencias. Así pasa la vida y pasa en paz y buscamos cuándo nos encontraremos nuevamente todos juntos.

Que Dios los bendiga, el Señor de los Milagros en este mes junto a María estén en sus hogares. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.