Especial: El Señor de los Milagros
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Sábado, 06 de septiembre de 2008
 
Carta del Cardenal Cipriani a la Hermandad del Sr. de los Milagros Imprimir

Lima, 17 de setiembre de 2004

Prot. No 220/2004

A la querida Hermandad del Señor de los Milagros de Nazarenas

Por gracia de Dios, desde 1651, el pueblo de Lima experimenta de un modo especial el amor misericordioso de Dios a través de la bendita imagen del Señor de los Milagros. La mano anónima de un negro esclavo fue el medio del que se sirvió Dios para que tan bendita imagen del Señor Crucificado se convirtiese en el centro de una devoción que lleva a cumplimiento las palabras proféticas de Nuestro Señor Jesucristo: «Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32). Desde entonces, y cada vez con mayor intensidad, el pueblo de Lima ha expreimentado la cercanía salvadora de Dios a través de esa imagen del Crucificado a la que llamó «Cristo de las maravillas». Y es que Dios, el único Señor, el que obró maravillas en la historia de Israel; el que realizó la gran maravilla de la salvación al redimir al hombre mediante la muerte y resurrección de Jesús, ha obrado maravillas en Lima mediante esa prodigiosa imagen de Cristo en la cruz durante más de tres siglos y medio, por eso el pueblo limeño le llamó y le llama el Señor de los Milagros.

¡Cuántos milagros atribuidos a tan venerada imagen! Hay toda una historia de milagros que testifican que la imagen bendita es un signo real de la benevolencia divina. Pero hay un milagro siempre nuevo y siempre repetido, original y constante, el milagro de la conversión de tantos hombres y mujeres que a través de la contemplación del Cristo moreno descubrieron o reemprendieron el camino de la salvación. ¡Cuántos hombres y mujeres durante estos tres siglos y medio han descubierto el amor de Dios por ellos y han decidido amarle con sinceridad al contemplar esa bendita imagen! ¿Cómo no conmoverse al contemplar en la imagen del Señor de los Milagros el momento supremo del amor y la entrega del Hijo de Dios por nosotros? ¡Cuantos hombres y mujeres de Lima y del Perú, al contemplar al Señor de los Milagros han sido beneficiados por el gran milagro de comprender la afirmación del Apóstol: «Me amó y se entregó por mí» (Gal 2,20)!

El gran milagro del Señor de los Milagros es recordamos constantemente el amor de Dios por nosotros los hombres, el amor misericordioso de Dios que redime, que salva, que perdona, acoge y ofrece nueva vida. Es por eso que estamos convencidos que la devoción al Señor de los Milagros es el mayor regalo que Dios ha hecho al Perú.

En esta hermosa historia de la devoción al Señor de los Milagros ocupa un lugar privilegiado la Hermandad del Señor de los Milagros de Nazarenas; antigua y benemérita institución que tiene como función importantísima organizar la procesión de la imagen del Señor de los Milagros, la mayor manifestación de fe popular en nuestro país y una de las más grandes expresiones de religiosidad popular del mundo entero. ¡Qué bendición divina y qué responsabilidad ser parte de la familia nazarena! Es, indudablemente, un privilegio divino, una vocación que lleva consigo una misión, la misión de ser testigos del amor misericordioso del Señor. Un hermano nazareno no sólo ha de llevar sobre sus hombros la imagen del Señor en los recorridos procesionales del mes de octubre sino que ha de llevar siempre al Señor en el alma y, con entusiasmo y valentía, ha de ser capaz de dar testimonio del amor salvador del Señor con la propia vida y con las palabras. El hermano nazareno ha de hacerse cada día más hermano del Señor, más semejante a él a través de la vivencia del amor al Padre y el amor y servicio a los hermanos según el estilo de nuestro Señor Jesucristo. Testigos del amor de Dios que hace milagros, he ahí la profunda identidad del hermano nazareno, la meta por la cual trabajar con ahínco y tesón y con la bendición del Señor de los Milagros.

El valor profundo de la devoción al Señor de los Milagros y la importancia de la Hermandad nazarena que lleva su nombre no han escapado a la solicitud pastoral del Vicario de Cristo en la tierra. Por eso, con ocasión de los 350 años de culto al Señor de los Milagros, el año 2001, el Santo Padre Juan Pablo II en gesto benévolo, me hizo llegar una carta, en mi condición de Arzobispo de Lima, en la cual anima a una vivencia cada vez más fiel de la devoción al Señor de los Milagros. Dicha carta es, sin duda, un singular testimonio de la importancia de la devoción al Señor de los Milagros en nuestra tierra limeña; un compromiso de vida al que nos llama el Señor por medio de su Vicario en la tierra; y también una reliquia de un Pastor universal de la Iglesia abnegado, generoso y fiel.

El valor de la mencionada carta, la importancia de la Hermandad del Señor de los Milagros en la Iglesia de Lima y el afecto que me une a dicha institución de la que soy Hermano Mayor, me mueven a entregar oficialmente a la Hermandad el texto original de ese documento pontificio para que la Hermandad lo conserve no sólo en su aspecto material sino que, sobre todo, haga suyo el autorizado mensaje del Santo Padre y trate de que esa reflexión pontificia inspire la vida de tan querida institución. Por eso, Hermano Mayordomo, a Usted, representante de la hermandad, en presencia de los dirigentes de la misma, quiero hacer entrega oficial de tan precioso documento, encargándole el solícito cuidado del mismo y la reflexión constante acerca de su contenido.

Con mi bendición pastoral,

LUIS CARDENAL CIPRIANI THORNE
Arzobispo de Lima y Primado del Perú

 
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