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Ya desde la fundación
de Lima por Francisco Pizarro, la orden Franciscana recibió enhorabuena
un solar vecino al de Santo Domingo.Y aquello que en un principio no fue
más que una pequeña ramada que fray Francisco de la Cruz levantó para
usarla de capilla, es hoy, tras contratiempos, derrumbes, esfuerzo y oración,
uno de los centros religiosos, culturales y turísticos más importantes
del Perú, y cuyo templo lleva nada menos que el título de Basílica Menor,
concedido por el Papa Juan XXIII en el año 1963.
Desde la anteportería
y el vestíbulo el templo empieza a mostrar su riqueza. Los lienzos y esculturas,
tanto de maestros como de genios anónimos, hacen casi tangible el hambre
espiritual y la piedad de aquellos artistas que desde distintas épocas
supieron plasmar su amor por lo sagrado y divino.
Tanto la sala
de exposición penitenciaria, el claustro principal y la sala capitular,
en donde los franciscanos se reunían para celebrar sus capítulos conventuales
y tratar asuntos de fundamental importancia, conforman un rico mosaico
de diseños y formas que conjugan estilos de diversas escuelas, épocas
y países. Los 39 lienzos del claustro principal de artistas limeños como
Diego de Aguilera y Francisco de Escobar, compiten en belleza con la talla
en madera en alto relieve que corona la cátedra principal de la sala capitular
y que muestra las imágenes de Fray Duns Scoto y de la Inmaculada Concepción.
La sillería y el techado, el retablo y los lienzos de tan bellas escenas
del Antiguo Testamento, de santos de la propia orden, como del Señor y
de su Madre Santísima son testimonio de la riqueza espiritual de nuestra
Iglesia.
En el museo
o sala de profundis econtramos lienzos de la escuela del flamenco
Pedro Pablo Rubens dedicados a la "Pasión de Cristo" junto a
diversos ornamentos en oro y plata. Seis pontífices franciscanos velan
la sala Clementina mientras que el Refectorio muestra un lienzo de la
Última Cena que destaca por sus dimensiones y belleza. Recia madera de
cedro tallada reviste la sacristía mientras que los coloridos lienzos
de Francisco de Zurbarán y de José de Ribera deslumbran por la vitalidad
de su ejecución. El retablo, el lavabo, la capilla penitencial: lo barroco
se impone por momentos sin opacar los otros estilos: diversas maneras
de expresar una misma fe y una misma devoción.
Las criptas
de San Francisco, o "catacumbas", por su similitud con las romanas,
son una serie de bóvedas subterráneas que sirvieron de sepultura a miembros
de cofradías y hermandades. El recuerdo de la muerte y la apertura al
misterio de la trascendencia de la vida se hacen presentes.
En el Claustro
Superior se encuentran las galerías donde estaban las celdas de los frailes,
quienes se reunían en el Coro para sus oficios o ceremonias religiosas.
Ambas piezas conservan y transmiten parte del espíritu de aquellos hombres
a quienes albergaron. La biblioteca reúne unos 25 000 volúmenes, entre
ellos verdaderas joyas de la literatura universal y de las diversas ciencias
y quehaceres. La belleza del recinto armoniza con la riqueza bibliográfica.
Todo nos remite
al Señor, desde la cúpula imponente hasta la elegante fachada de la iglesia
nos hablan de la estrecha relación que para los hombres ha tenido siempre
el arte y la fe. Ninguna expresión del arte por sublime que sea alcanza
la belleza y profundidad del amor de Dios. Este conjunto monumental está
hecho de ingenio y técnica, de arte y trabajo, pero sobre todo de fe y
de amor, de profunda piedad y devoción, y es en el fondo eso lo que lo
hace verdaderamente hermoso para todo peregrino que llegue con el corazón
abierto para dejarse interpelar por el misterioso lenguaje del arte, la
historia y la fe. |