AUDITORIO DEL COLEGIO SAN AGUSTÍN, VIERNES 08 DE AGOSTO


PALABRAS DEL CARDENAL JUAN LUIS CIPRIANI EN LA INAUGURACIÓN DEL CONGRESO MARIANO

Saludo y felicito a los organizadores del Congreso Mariano, por ello quiero empezar diciéndoles que la madre del Redentor tiene un lugar preciso en el plan de la salvación. Recordemos entonces las palabras de San Pablo: “al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su hijo, nacido de mujer, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, para que recibieran la filiación adoptiva”.

La prueba de que sois hijos de Dios es que él ha enviado a vuestros corazones el espíritu de su hijo, Cristo. Por eso, yo le pido a María, nuestra madre -en estos días en que se va a hablar mucho de su amor- para que sea ella la que hable al corazón de cada uno, y para que al acabar el Congreso, cada uno pueda decir: “la quiero más, la conozco mejor, y voy a darla a conocer a los demás”.

Ojalá que tenga este regalo nuestra madre, de parte de todos los que estamos presentes en este Congreso.

MARIA, EJEMPLO DE PEREGRINACIÓN DE LA FE

La Iglesia, confortada por la presencia de Cristo, camina en el tiempo hacia la consumación de los siglos, y va al encuentro del Señor que llega; pero en este camino recorre nuevamente el itinerario realizado por la Virgen María, que avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su hijo, hasta la cruz.

Esta peregrinación de la fe constituye un concepto importante, porque la fe es un don de Dios, y es en ese peregrinar interior donde se da el encuentro de cada uno de nosotros con él, ya sea en un momento de silencio o en un momento de trabajo.

Ese peregrinar de la fe es fundamental, más ahora que estamos en una época de pensamiento ligero, en un mundo que tiene poco peso específico, por lo que es necesario que la peregrinación nos convenza a cada uno de la necesidad de tener un poquito más de fe. Muchas veces me preguntan: “¿por qué se ha enfriado tanto el mundo?”, y yo les respondo así: “¿no será que nuestra fe está un poco tibia?”

Recordemos también que nuestra madre avanzó en esa peregrinación de la fe, manteniendo fielmente su unión con Cristo, por lo que aquel doble vínculo que une a María con Cristo y la Iglesia, adquiere un significado histórico.

No se trata aquí sólo de la historia de la Virgen, y de su personal camino de la fe, sino de la historia de todo el pueblo de Dios y de los que tomamos parte de la misma peregrinación de la fe. Porque la peregrinación de la fe no es otra cosa que la historia interior, es decir, la historia de las almas.

Por eso, este Congreso tiene por título “María, Estrella de la Nueva Evangelización”, porque ella guía y precede esta nueva evangelización. Entonces, yo le pido a ella: auméntanos la fe y muéstranos ese camino en nuestra alma para el encuentro con Cristo. Señor, de una vez por todas, llévanos a ese encuentro maravilloso dentro de nuestro propio corazón, en el que nadie puede reemplazar el amor que sentimos por ti.

María, madre de Cristo, nos llevará de la mano y nos dirá: “yo los llevo donde mi hijo”, para que aumente nuestra fe. Eso es imprescindible hoy, cuando contemplamos un mundo en que las fuerzas del mal y el demonio, hacen de las suyas.

UN MUNDO QUE QUIERE EXCLUIR A DIOS

Contemplamos hoy un mundo en que las fuerzas del mal nos amenazan, y lo digo sabiendo que podrían tildarnos de medievales u oscurantistas; lo que pasa es que somos sinceros, porque sabemos que aquel que no siente la fuerza de la tentación ahora, es que ya esta herido por el pecado.

Por lo tanto, hay que luchar cada día con entusiasmo contra las fuerzas del mal. Porque las fuerzas del mal han logrado estructurar un tejido en que el secularismo agresivo pretende desacralizar el misterio de la Iglesia, y pretende crear un clima de relativismo moral cada vez más cínico, más ofensivo. Buscan disolver incluso la ley natural e instalar en su lugar una nueva religión, o corrientes de opinión en las que siempre reinará el concepto de “la mayoría”.

Cuando esto pasa en el mundo, es que surge la ley del gusto, del consumo, del placer, de la violencia y del éxito. Es decir, el intentar matar a Dios o dejarle de lado les obliga a crear o generar sus pequeños ídolos; por lo tanto, en la medida que se quiera construir un mundo como si no existiera Dios -porque no se tiene La valentía de enfrentarlo- se fabricarán ídolos para motivar la acción de las personas. Y María, nuestra madre, estará en el centro mismo de esa lucha, dentro de cada alma.

Por ello, es necesario que sepamos luchar con sinceridad aquella batalla moral que acompaña la historia de la humanidad y que también acompaña la historia de cada uno de nosotros.

MARIA, MODELO DE OBEDIENCIA DE LA FE

Si antes he mencionado el ejemplo de María en la peregrinación de la fe, ahora recordaremos a María en la obediencia de la fe, virtud por la que se entregó a Dios completamente.

María respondió con todo su yo humano, femenino, y en esta respuesta de fe está contenida una operación perfecta con la gracia de Dios, que previene y socorre. Es una disponibilidad total a la acción del Espíritu Santo, que perfecciona constantemente la fe por medio de sus dones.

Miremos y admiremos esa obediencia de la fe en nuestra madre, que se expresa de modo pleno en esa entrega maravillosa de María al pie de la cruz. Y como enseñanza para nuestras vidas, pensemos cuántas veces ese itinerario de nuestro amor por Dios sufre retrasos y caídas, sobre todo cuando Cristo nos dice “ayúdame en este sacrificio, carga tu cruz”, y nosotros la queremos apartar.

Si apartamos esa cruz, entonces no llegaremos al gozo de la conversión, y no llegaremos a esa peregrinación de la fe, a esa identificación con Cristo. Por eso, la expresión “feliz la que ha creído” es como una clave que nos abre a la realidad íntima de María; ella convoca en este Congreso Mariano a una llamada a la misión, que deriva directamente de la llamada a la santidad, porque cada misionero -es decir cada fiel bautizado- lo es auténticamente si se esfuerza en el camino de la santidad.

La santidad -ha escrito Juan Pablo II- es un presupuesto fundamental, una condición insustituible para realizar la acción salvífica de la Iglesia. Por lo tanto, la vocación universal a la santidad está estrechamente unida a la vocación universal a la misión, es decir a la nueva evangelización. La espiritualidad misionera, apostólica de la Iglesia, es un camino hacia la santidad.

JUAN PABLO II, UN DON DE DIOS PARA LA IGLESIA

Por ello, con profunda gratitud al Señor y poniendo como intercesora a Santa María, quiero elevar mi plegaria por la persona de Juan Pablo II, quien constituye un don de Dios para la Iglesia. Estamos viendo la vida de un hombre santo -no nos demos cuenta muy tarde- por eso nuestro amor a Juan Pablo II debe ser un amor tierno, de hijos, pero también un amor práctico, de oración y de obediencia.

Al invocarlo hoy, le doy muchas gracias a Dios por el magisterio del Santo Padre, quien de una manera verdaderamente profética ha escrito esa Carta apostólica “Novo Millennio Ineunte”, al inicio del nuevo milenio.

En esta Carta, el Papa nos dice que hay que pensar en el futuro que nos espera, y que hay que aprovechar el tesoro de la gracia recibida, traduciéndola en fervientes propósitos y líneas de acción concretas. “Es una tarea, dice Juan Pablo II, a la que estoy invitando a todas las iglesias locales”.

Por ello, agradezco especialmente al Movimiento Sodalicio, que a través del instituto Vida y Espiritualidad promueve este Congreso Mariano. Es una respuesta dentro de la Iglesia de Lima que agradezco con profunda gratitud, porque el Santo Padre nos pide: “cada iglesia analice su fervor, y recupere un nuevo impulso para su compromiso espiritual y pastoral. Ahora tenemos que mirar hacia adelante, con actitud firme, y remar mar adentro confiando en las palabras de Cristo: Duc in altum. No es momento de temores ni de miedos, es momento de un profundo amor de Dios, de unión con Cristo, para lanzar desde allí una acción apostólica sin cansancio, llena de paz y sembradora de misericordia”, dice Juan Pablo II.

La reciente carta apostólica del Santo Padre sobre el Rosario expone claramente este objetivo, al que el mismo Papa la ha calificado como la “coronación mariana” de dicha Carta.

LA CONVERSIÓN ES POSIBLE PARA TODOS

Por eso, al inaugurar este Congreso, les pido que aprovechemos el tesoro de la gracia de Dios, y convirtamos este propósito en líneas de acción concretas. Aquí en Lima, por ejemplo, hemos decidido impulsar en los próximos años esa Gran Misión Mar Adentro, de la mano de María.

Este esfuerzo nos debe ayudar a renacer desde Cristo, contemplando su rostro desde la Virgen; porque ella es maestra de todos, y esencia misma del estar junto a su hijo. Es difícil estar con Cristo sin ella, y es difícil estar con ella y que no te lleve a Cristo.

Me atrevería a agregar a este binomio de madre e hijo a San José, con quien se completa la Sagrada Familia. Finalmente, pensemos en qué bueno es Dios, ya que él nos permitirá en estos días reflexionar, meditar, y esforzarnos para que nuestra madre desde el cielo nos sonría.

Deseo que en el corazón de cada uno de ustedes se produzca esa conversión auténtica, para que sean siempre elementos de comunión y procuren sembrar con humildad la semilla de la santidad, aún en el mundo que nos movemos.

Pensemos que los que estamos aquí reunidos sólo somos unos pecadores que buscan, arrepentidos, amar a Cristo con locura. Por ello es que nos abrazamos a María con tanto cariño, sabiendo que ella es Madre del amor hermoso.

Muchas gracias.

 
 

[Reseña histórica de la arquidiócesis]
[Peregrinación por las Iglesias de Lima]
[Advocaciones y santos peruanos]
[Mensajes del Santo Padre al Perú][Enlaces]