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Exhortación para la Cuaresma
La Cuaresma que nos disponemos a celebrar, nos escribe el Santo Padre Juan Pablo II en su reciente Mensaje, "es un nuevo don de Dios(...) El descubrimiento de la presencia salvadora de Dios en los acontecimientos humanos nos apremia a la conversión." Dios mismo nos invita a un camino de penitencia y purificación interior para renovar nuestra fe. El sacramento de la Penitencia nos ofrece a todos la posibilidad de convertirnos y de recuperar la gracia de la justificación, obtenido por el sacrificio de Cristo. Así somos introducidos nuevamente en la vida de Dios y en la plena participación en la vida de la Iglesia. Al confesar nuestros propios pecados, recibimos verdaderamente el perdón y podemos acercarnos a la Eucaristía con el alma limpia. Como nos indica Juan Pablo II en la Bula Incarnationis mysterium n. 9, "el perdón concedido en forma gratuita por Dios, implica como consecuencia un cambio real de vida, una progresiva eliminación del mal interior, una renovación de la propia existencia" La saludable preocupación por la salvación de la propia alma se libera del temor y del egoísmo sólo cuando se preocupa también por la salvación del otro. En este sentido, los sacerdotes procuren dedicar, en este tiempo de Cuaresma, muchas horas a la atención diligente de las confesiones personales con un horario conocido por los fieles. "El sacerdote debe ser consciente que es portador de gracia que distribuye a sus hermanos en los sacramentos. El mismo se santifica en el ejercicio de su ministerio" (Exhortación "Iglesia en América, n.39). El encuentro con Jesucristo vivo nos exige ser testigos, con obras y de verdad, que convocan a los fieles a esta tarea de conversión para "superar la división entre fe y vida que es indispensable para que se pueda hablar seriamente de conversión" (Exhortación "Iglesia en América", n.26). El testimonio de una vida de fidelidad, alegría, entusiasmo y santidad permitirá guiar a las almas con el buen ejemplo y con la gracia de los sacramentos. "La Caridad vivida con los ojos puesto en el Padre, se convierte así en un tiempo singular de caridad" (Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma de 1999). Aprovechemos para hacer un serio de examen personal sobre cómo vivimos la fraternidad entre nosotros y los actos concretos para aliviar tantas situaciones de pobreza que nos rodean. La experiencia del amor del Padre nos impulsa a dar testimonio de una lógica de servicio a los demás y de participación que nos abre a acoger a nuestros hermanos necesitados. La religiosidad popular, tan rica en sus múltiples expresiones en estas semanas de Cuaresma, debe ser motivo de particular atención. El cuidado de las ceremonias litúrgicas bien preparadas, la Semana Santa, la predicación, las prácticas de piedad que ayudan a vivir una vida más austera y penitente, son entre otras algunas de estas dimensiones que podemos y debemos vivir bien. El Santo Padre ha compuesto una oración a Jesucristo por las familias, en las que dice en una de sus partes: "Tú, que al hacerte hombre quisiste ser miembro de una familia humana, enseña a las familias las virtudes que resplandecieron en la casa de Nazaret. Haz que permanezcamos unidos, como Tú y el Padre son Uno, y sean vivo testimonio de amor, de justicia y solidaridad; que sean escuela de respeto, de perdón y mutua ayuda, para que el mundo crea; que sean fuente de vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada a las demás formas de intenso compromiso cristiano". Pongamos en las manos de Nuestra Madre María, "Estrella de la Evangelización", estas importantísimas tareas de custodiar y rezar por las familias y, al mismo tiempo de alcanzar abundantes y selectas vocaciones para la nueva evangelización. Con mi afectuosa bendición y encomendándome a sus oraciones les envío mi saludo de Padre y Pastor. Lima, 14 de Febrero de 1999 Monseñor
Juan Luis Cipriani Thorne
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