COLECCIÓN NUEVA EVANGELIZACIÓN No. 2

DISCURSO DE ORDEN

La institución universitaria:
Unidad y fundamento

Lima, 4 de abril de 1999

 

Prólogo

El 24 de marzo de 1999 tuvo lugar en el Auditorio de la Facultad de Derecho de la Pontificia Universidad Católica del Perú la ceremonia de Apertura del Año Académico. En dicha ceremonia, el Rector, doctor Salomón Lerner Febres, se dirigió a Monseñor Juan Luis Cipriani Thorne con las siguientes palabras:

"En nombre del claustro al cual se integra le doy una grata bienvenida y con sólidas esperanzas en la armonía que reinará en el trabajo compartido al servicio de nobles causas, le hago entrega de la medalla de nuestra Casa de Estudios. A través de este símbolo, y en cumplimiento a lo señalado por nuestros Estatutos, lo reconozco como Gran Canciller de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Consecuentemente, le solicito que luego de su Discurso de Orden, declare inaugurado el presente año académico de nuestra Universidad".

Monseñor Juan Luis Cipriani Thorne, ya reconocido públicamente como Gran Canciller, en su calidad de Arzobispo de Lima y Primado del Perú, y ya recibida la Medalla propia de su cargo, pronunció el Discurso de Orden, en el que hizo una serie de reflexiones sobre la institución universitaria. Puso el acento en la unidad y fundamento de la universidad, defendiendo la autonomía del estudio de las cosas creadas, a la luz de la fe en Dios Creador. Se refirió a la naturaleza de las Universidades Católicas, según el derecho de la Iglesia, y a la génesis y esencia de la Pontificia Universidad Católica del Perú, cuyo cargo de Gran Canciller recibía, dijo, con espíritu de humildad.

Por el interés de profesores y estudiantes de leerlo con detenimiento, ofrecemos el texto íntegro del discurso de Orden.

Javier Dextre Uzátegui
Secretario de Prensa
Arzobispado de Lima

 

 

Mis primeras palabras como Gran Canciller de la Pontificia Universidad Católica del Perú son de agradecimiento al Santo Padre Juan Pablo II por haberme nombrado Arzobispo de Lima, cargo que lleva consigo esta responsabilidad que me honra y compromete seriamente con este centro superior de estudios universitarios.

El recuerdo y la gratitud reverente al fundador de esta institución, el Padre Jorge Dintilhac, de la congregación de los Sagrados Corazones, no sólo es de justicia sino un deber moral que quiero señalar expresamente. Asimismo, quiero mencionar mi reconocimiento a quienes han contribuido con su trabajo sacrificado y profesional, fiel a las enseñanzas de la Iglesia, a lograr que esta Universidad sea hoy considerada una de las mejores, si no la mejor, del Perú.

"La Universidad Católica, recordaba el Dr. Víctor Andrés Belaunde, que fuera su Pro Rector, se acoge a las enseñanzas de la Iglesia y baña sus certidumbres morales a la luz inefable y eterna de las verdades de que es depositaria (...) La Iglesia no sólo es maestra en el orden sobrenatural y religioso. Ella ha ejercido además incomparable y milenario magisterio en el orden natural de los conocimientos humanos. La Universidad Católica aprovecha en su cometido esa experiencia única de tantos siglos y en tan diversos medios" (1).

EL LLAMADO "NUEVO ORDEN"

Desde hace ocho siglos, la Universidad, como institución, ha sido capaz de responder a los desafíos provenientes del exterior. La universidad ha sido siempre un agente de vanguardia en los cambios operados en la historia de la humanidad. En estos tiempos, el llamado "nuevo orden" en la sociedad, viene acompañado de fenómenos muy variados y todos ellos llenos de novedad: desde la tendencia a una excesiva especialización de los conocimientos, hasta la llamada globalización informática, obligan a una necesidad constante de adaptarse a los cambios, para estar al día.

A las instituciones les ocurre como a las personas: se proyectan hacia afuera para enriquecerse mediante la comunicación y el diálogo, expresiones de sociabilidad y socialización; y se interiorizan en el ámbito interpersonal de su natural autonomía, para cultivar esa riqueza que reciben del entorno y fortalecer su propia existencia. Ese equilibrio de operaciones ad extra y ad intra evita una desintegración por exceso de proyección hacia las complejidades que pueden desdibujar la propia personalidad, y evita la involución por exceso de introspección que puede degenerar en autismo, lo cual apresura el envejecimiento y atrofia el propio orga-nismo hasta adelantar la muerte.

Estamos ante el fenómeno que los sociólogos actuales denominan "implosión", es decir, explosión seca, hacia dentro, producida por un vacío interno. No se trata de un problema funcional; puede tratarse de una decisiva encrucijada institucional. Lo que habitualmente le sobra a la Universidad es organización; lo que falta, en cambio, es vida. Lo que necesita, cuando busca mantener su nivel de excelencia, es esa fuerza espiritual básica, sin la cual son inútiles todas las reformas.

No nos faltan hoy motivos para pensar que esta energía espiritual de fondo no se puede reducir a un humanismo etéreo y sincrético. La Universidad sabe que la objetividad científica rechaza justamente toda neutralidad ideológica, toda ambigüedad, todo con-formismo, toda cobardía: el amor a la verdad compromete la vida y el trabajo entero del científico, y sostiene su temple de honradez ante posibles situaciones incómodas, porque a esta rectitud comprometida no corresponde siempre una imagen favorable en la opinión de otros. La presunta neutralidad está resultando una ficción inhabitable, porque acaba desembocando en la intolerancia y el fanatismo. Por su parte, el "pensamiento débil", sustituto posmoderno de la objetividad ilustrada, constituye la expresión cultural de un permisivismo en el cual lo que se permite es precisamente el dominio de los fuertes a los débiles, de los ricos a los pobres.

Mejorarán este mundo nuestro no los que pretenden narcotizar la vida del espíritu, reduciendo todo a cuestiones económicas o de bienestar material, sino los que tienen fe en Dios y en el destino eterno del hombre, y saben recibir la verdad de Cristo como luz orientadora para la acción y para la conducta. Porque el Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de la humanidad. Es un Padre que ama ardientemente a sus hijos, un Dios Creador que se desborda en cariño por sus criaturas. Y concede al hombre el gran privilegio de poder amar, trascendiendo así lo efímero y lo transitorio.

FE Y CULTURA

Estamos apuntando al núcleo profundo que confiere unidad y universalidad a esa comunidad de investigación y aprendizaje que es la Universitas Studiorum, la Universitas Magistrorum et Alumnorum. El Papa Juan Pablo II, con su positiva radicalidad, señaló ese núcleo cuando, hace algunos años, sostuvo ante los estudiantes de Coimbra, que la Universidad es esencialmente un ámbito de libertad para la "manifestación de los hijos de Dios". La filiación divina es el misterio que nos libera de la vanidad y de la dispersión. El amor paternal de Dios abre la única posibilidad real de que los seres humanos se amen los unos a los otros, y susciten así una cultura innovadora. "El vínculo del Evangelio con el hombre -dijo Juan Pablo II en la Universidad Complutense de Madrid- es creador de cultura en su mismo fundamento, ya que enseña a amar al hombre en su humanidad, y en su dignidad excepcional (...) La síntesis entre cultura y fe no es sólo una exigencia de la cultura, sino también de la fe (...) Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida".

La fe se hace cultura porque enseña a amar al hombre en su concreta humanidad, en esa unidad vital que está hecha de materia y de espíritu, de intimidad y trascendencia, de singularidad irrepetible y de apertura a lo universal. No es un acontecimiento histórico contingente el hecho de que esta Universidad sea una institución original y originariamente católica. Como tampoco lo es la realidad de que la misma idea de Universidad se oscurece y debilita cuando se olvidan sus raíces católicas. Como bien ha dicho el rector de esta casa de estudios, el Dr. Lerner, "ser cristianos en el Perú de hoy requiere de un gran movimiento de conversión personal y social que comienza por experimentar la cercanía del Reino de Dios que Jesús puso al alcance de la mano" (2).

Ya en el primer tercio de este siglo, Max Weber nos ofreció la crónica anticipada de esa unidad perdida. Disipada la fe en el único Dios verdadero, lo que queda es un "politeísmo de los valores", del que parten solicitaciones contrapuestas. El hombre contemporáneo se encuentra internamente desgarrado por una multiplicidad de lealtades incompatibles entre sí que, en su ruidosa carencia de armonía, sólo coinciden en excluir la fidelidad indivisible al unum necessarium.

Precisamente el Padre Dintilhac, en palabras del Dr. Víctor Andrés Belaunde "tenía un arma más eficaz que la humana elocuencia y el efímero prestigio político: la santidad. Y a fuerza de santo era intuitivo; porque la santidad es amor y las grandes intuiciones son el resultado o el galardón del amor (...) Vio la urgente necesidad de recristianizar las orientaciones superiores del Perú, volviendo a la filosofía que creó nuestra civilización, uniendo el derecho a la moral y a la religión y oponiendo al economismo egoísta la justicia social palpitante de caridad y, a las amenazas del absolutismo totalitario, los derechos imprescriptibles de la personalidad del hombre" (3).

Cada uno de nosotros experimenta en su propia carne esas "vivencias de discontinuidad", que le obligan a cambiar de disfraz varias veces al día.

La persona ha vuelto a adquirir su etimológico significado de "máscara", de manera que en un solo sujeto cohabitan varias personas, sin que sea fácil identificarse con ninguna de ellas: el desencantamiento del mundo por la ciencia, la modernización salvaje, habría de conducir a la producción de una clase de hombres que serían "especialistas sin alma, vividores sin corazón". Ya están por todas partes. Como también se ha hecho permisiva la "falta de sentido" que sería el precio que habría que pagar por la generalizada sustitución de las convicciones por las convenciones.

 

 

FE Y RAZÓN

"No hay pues, motivo de competitividad o contraposición alguna entre la razón y la fe: una está dentro de la otra, y cada una tiene su propio espacio de realización (...) La fe, nos insiste Juan Pablo II, agudiza la mirada interior abriendo la mente para que descubra, en el sucederse de los acontecimientos, la presencia operativa de la Providencia" (4).

La razón se encuentra ante el apasionante desafío de respetar algunas reglas de fondo para expresar mejor su propia naturaleza: una primera regla consiste en tener en cuenta el hecho de que el conocimiento del hombre es un camino que no tiene descanso; la segunda nace de la conciencia de que dicho camino no se puede recorrer con el orgullo de quien piense que todo es fruto de una conquista personal; y, finalmente, una tercera, se funda en el temor de Dios, don del Espíritu Santo, del cual la razón debe reconocer a la vez su trascendencia soberana y su amor providente en el gobierno del mundo. Cuando se aleja de estas reglas, el hombre se expone al riesgo del fracaso (5).

"La Iglesia, aceptando la 'legítima autonomía de la cultura humana y especialmente la de las ciencias', reconoce también la libertad académica de cada estudioso en la disciplina de su competencia, de acuerdo con los principios y métodos de la ciencia, a la que ella se refiere, y dentro de las exigencias de la verdad y del bien común" (6).

El trabajo humano, que ha sido el foco de las utopías colectivistas y es ahora el cauce de las antiutopías individualistas, se ennoblece al convertirse en medio para complementar la obra creadora, para servir a todos los hombres, especialmente a los más necesitados, y para buscar el propio perfeccionamiento, la santidad personal. Se trata de un planteamiento trascendente e inmanente a la vez, que rompe, desde dentro y por elevación, los círculos cerrados de esa dialéctica negativa que lleva a las ideologías modernas a un punto muerto. Es un programa radicalmente antidialéctico; pero no por una reiterada contraposición, que nada solucionaría, sino por una profundización en el misterio del ser y por una conciliación analógica de las diversas dimensiones de la realidad. Es así como se puede diseñar una nueva cultura de vida, que se opone audazmente a la vieja cultura de muerte, según expresiones de Juan Pablo II.

La escisión irreconciliable es semilla de muerte. La unidad armónica es raíz de vida. Y la esencia de la Universidad consiste en la convicción de que esa unidad orgánica es posible, de que existe una articulación necesaria entre verdad y unidad que puede ser develada por la más alta actividad humana, por la teoría o contemplación serena de la realidad. En cambio, la contraposición entre espíritu y materia, entre verdad y eficacia, entre educación humanística y capacitación profesional, es la herida no restañada por la que se desangra el ideal universitario.

A mi modo de ver, la unidad entre fe y razón y la integración de los saberes son, en gran medida, la forma como conecta el hombre con la Providencia divina que dirige la historia. Por lo pronto, el hombre es partícipe de ella afrontando el enigma de lo nuevo, de lo que no cabe en el viejo molde, sino que exige renovación interior y una fuerte restructuración.

El "nuevo orden" que se avista es mejor, hay que ser optimistas. Sin novedades, el hombre no podría vivir porque vivir es desplegar las energías humanas. Por eso, los retos son espléndidos. La solertia, parte de la virtud de la prudencia, que por cierto fue mi tesis doctoral en teología, es la aptitud de hacerse cargo de lo inesperado. El futuro no es el lugar del miedo, sino de lo nuevo, y por lo tanto, de la reorganización con el fin de generar un espacio que albergue esa novedad. La espontaneidad es requisito para el ejercicio creativo de la libertad, tan propia del quehacer universitario, que es aprendizaje, docencia, investigación, descubrimiento, aporte a la sabiduría de la humanidad y confirmación estudiosa de las verdades eternas.

Sólo el amor a la verdad funde sin confundir, mantiene a la vez la alteridad y la identidad, logra la unidad de lo plural. Por eso pueden fracasar los programas académicos "ilustrados": es decir, aquellos que pretenden articular los saberes en el plano de una fría objetividad, presuntamente neutral, que margina el amor a la verdad. La contraposición entre amor y conocimiento, como si fueran respectivamente lo irracional y lo racional, es una perversión dialéctica, que acaba por reducir el amor a deseo físico y el conocimiento a esa trivial curiosidad que se enmascara bajo el optimismo desesperanzado de la erudición sin finalidad. Cuando, en rigor, el amor es la fuente de todo saber y la íntima energía que alimenta a una comunidad de investigación y enseñanza. No cabe hablar de Universidad donde la indagación y transmisión del conocimiento no se fundamenta en el amor apasionado al mundo y a nuestros hermanos, los hombres, en cuya faz brilla el esplendor del Amor subsistente. ¡Et lux in tenebris lucet! (7) reza el escudo de la Pontificia Universidad Católica del Perú, en frase tomada del Evangelio de San Juan.

LA NUEVA COMPLEJIDAD

Se ha producido una "nueva complejidad" que no consiste sólo en el aumento de las complicaciones que acompañan desde siempre a la vida humana. Lo que ahora acontece es que la "nueva complejidad" no procede de un exceso de realidad sino de un vacío de ser. La proliferación de la anomia, ausencia de reconocimiento de la ley natural o norma general inspirada en la sindéresis, que goza de consenso, hace que la sociedad provoque en nosotros un estado de perplejidad. Esa sociedad desorganizada causa efectos negativos en muchas personas, en razón de la incoherencia social ante hábitos de conducta contradictorios y dispersos en sus criterios y objetivos, producidos por la separación entre las estructuras políticas y económicas, por una parte, y en la vida real y concreta de los individuos, por otra. Lo que los sociólogos llaman "tecnoestructura" o "tecnosistema" -el entramado del mercado, el Estado, y los mass media- ofrece un aspecto de lo unreal, en el sentido de Newman: el hombre de la calle ya no es capaz de reconocerse en esas configuraciones poderosas y fantasmales.

La Universidad actual no puede refugiarse en el ghetto de una simplicidad que tal vez nunca existió y que ahora es sencillamente imposible; si aún desea seguir siendo ella misma, se encuentra hoy ante el desafío de comprender esa "nueva complejidad", gestionarla y convertirla en una complejidad que sea humana y, por tanto, cristiana.

Tal reducción y transformación de la complejidad no se puede realizar sólo con los recursos de conocimiento y acción provenientes de la propia tecnoestructura. Es preciso redescubrir una fuente de sentido olvidada, previa a todas nuestras construcciones e interpretaciones. Ese "suplemento de alma" está ya siempre dado. Es lo que, utilizando la terminología fenomenológica, podríamos llamar "mundo de la vida" (Lebenswelt). La fuente originaria de sentido, sumergida bajo las densas capas de la complejidad, no es otra que la unidad de la vida humana: la unidad de las personas en su concreta humanidad, cuya naturaleza social exige su integración en comunidades abarcables, a escala humana, entre las que figuran en primer lugar la familia y la escuela.

La solución que la Universidad puede aportar a una sociedad que busca contextualizar ese "nuevo orden" no reside primariamente en el recurso a esa abstracción que se llama "cambio de estructuras". La verdadera solución se halla "en medio de la calle", en la inmediata realidad de la vida de los hombres, en sus modos de vivir y de trabajar, y -más radicalmente aún- en la referencia unitaria de la pluralidad de los asuntos humanos al Dios vivo y próximo. "No puede haber una doble vida, que nos lleve a una especie de esquizofrenia, si queremos ser cristianos hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser -en el alma y en el cuerpo- santa y llena de Dios, de ese Dios invisible, que lo encontramos en las cosas más visibles y materiales. No hay otro camino (...), debemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso me atrevo a afirmar que nuestra época necesita devolver -a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares- su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo" (8).

 

 

LA METAFÍSICA, NECESIDAD ACTUAL

La filosofía de la creación y la teología de la gracia se unen sin confusión para conferir a la idea de Universidad una tremenda energía transformadora en este final del milenio. La dispersión y la banalidad se disipan cuando recordamos que el Espíritu Santo es -como decía Tomás de Aquino- "el regalo primordial". "Más íntima a mí que yo mismo", según la expresión agustiniana, esa luz de la Sabiduría increada ilumina todas las realidades creadas, incitándonos a avanzar en el desvelamiento del ser de las cosas. Porque "hay un algo trascendental, un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de nosotros descubrir" (9).

La metafísica, "herramienta" de la cumbre del saber racional, se nos ofrece como una vía andadera para iluminar el camino de la búsqueda de la verdad en la Universidad. Con palabras densas y sabias afirmaba José de la Riva Agüero que "los errores en metafísica y ciencias morales, tarde o temprano, destruyen la paz pública" (10).

"No entendemos la metafísica como una alternativa a la antropología, ya que la metafísica permite precisamente dar un fundamento al concepto de la dignidad de la persona por su condición espiritual. La persona, en particular, es el ámbito privilegiado para el encuentro con el ser y, por tanto, con la reflexión metafísica" (...)

"La filosofía moderna, es necesario reconocerlo, tiene el gran mérito de haber concentrado su atención sobre el hombre", nos dice Juan Pablo II en la reciente Encíclica "Fides et ratio" (11). Por este motivo las recientes enseñanzas del Magisterio del Santo Padre, nos permiten confiar en que la filosofía y las ciencias abiertas a la fe no pertenecen al pasado solamente, sino especialmente al siglo XXI (12).

La Universidad se convierte así en una apasionante aventura del espíritu cuando se entiende como una comunidad vital, en la que profesores y estudiantes se asocian libremente en el empeño por detectar esos brillos humanos y divinos que reverberan en las realidades del mundo y de la sociedad. Se abre así de nuevo la posibilidad de que sea la institución la que realice una síntesis de los saberes y una armonización de las formas de vida.

RESPUESTA A LOS DESAFÍOS

"No hay Universidad propiamente en las Escuelas donde, a la transmisión de los saberes, no se una la formación enteriza de las personalidades jóvenes. Ya el humanismo helénico fue consciente de esta riqueza de matices. Pero cuando, llegada la plenitud de los tiempos, Cristo iluminó para siempre las arcanas lejanías de nuestro destino eterno, quedó establecido un orden humano y divino a la vez, en cuyo servicio tiene la Universidad su máxima grandeza" (13).

La base firme de esta formación integral es una preparación intelectual sólida y abierta, que se desglosa en unos breves principios:

- Amplitud de horizontes, y una profundización enérgica, en lo permanentemente vivo de la ortodoxia católica.

- Afán recto y sano -nunca frivolidad- de renovar las doctrinas típicas del pensamiento tradicional, en la filosofía y en la interpretación de la historia.

- Una cuidadosa atención a las orientaciones de la ciencia y del pensamiento contemporáneos.

- Y una actitud positiva y abierta, ante la transformación actual de las estructuras sociales y de las formas de vida (14).

Ciertamente, la Universidad no vive de espaldas a ninguna incertidumbre, a ninguna inquietud, a ninguna necesidad de los hombres. No es misión suya ofrecer soluciones inmediatas. Pero, al estudiar con profundidad científica los problemas, remueve también los corazones, espolea la pasividad, despierta fuerzas que dormitan, y forma ciudadanos dispuestos a construir una sociedad más justa. Contribuye así con su labor universal a quitar barreras que dificultan el entendimiento mutuo de los hombres, a aligerar el miedo ante un futuro incierto, a promover -con el amor a la verdad, la justicia y la libertad- la paz verdadera y la concordia de los espíritus y de las naciones.

Las grandes conmociones sociales y culturales que estamos viviendo estos últimos años vuelven a prestar una sorprendente actualidad a estos principios del espíritu universitario. Como en otros momentos cruciales de su ya larga historia, la institución universitaria debe redescubrir en nuestro tiempo el papel decisivo que le corresponde en la orientación de esos cambios tan hondos. Porque es esa memoria histórica la que permite comprobar que, si nos dejamos llevar por la corriente de los acontecimientos externos, se produciría siempre la decadencia de la Universidad; mientras que su florecimiento sólo acaece cuando acierta a estar "en el origen mismo de los cambios".

Cabe adivinar la mutación que ahora se anuncia como el paso de la sociedad industrial a la sociedad del conocimiento. La quiebra de la interpretación materialista de la historia no sólo se ha hecho patente en los acontecimientos de la Europa del Este, sino que ya se venía evidenciando en la "revolución silenciosa" que está cambiando nuestro modo de trabajar y de pensar. Hoy ya sabemos que la verdadera riqueza de los pueblos no estriba primariamente en su capacidad de transformar la materia. Nuestro principal recurso consiste ahora en la potencialidad para generar nuevos conocimientos, y en la agilidad y versatilidad para procesar y transmitir la información.

Claro aparece que, en una situación de esta traza, las demandas que se hagan a la Universidad serán tan perentorias como arduas de responder. Para estar a la altura de tales circunstancias históricas, para ser capaces de gestionar el cambio con originalidad y eficacia, la propia mentalidad de los universitarios habrá de experimentar también una significativa innovación.

Pero lo más interesante de este reto estriba en que el progreso que se nos está pidiendo es -en el sentido de la aristotélica praxis teleia- un avance hacia nosotros mismos, un nuevo encuentro con la genuina tradición de la Universitas Studiorum. La nueva sensibilidad cultural, así como el impresionante despliegue de la ciencia y la tecnología en las últimas décadas, han roto los compartimientos estancos de las disciplinas convencionales, y están clamando por una nueva articulación de los conocimientos que vuelva a enraizar la pluralidad de saberes en la unidad de un horizonte humano con verdadero sentido.

 

 

LA GESTIÓN UNIVERSITARIA

La "interdisciplinariedad" ha dejado de ser un lema decorativo, una especie de lugar común en el discurso universitario. La "interdisciplinariedad" es hoy una exigencia indeclinable, porque los problemas reales a los que la Universidad debe buscar solución abarcan siempre diversos campos científicos y no pueden quedar atrapados por la red de un sistema organizativo rígido.

La propia gestión interna de las universidades ha de adecuarse a esa dinámica de cooperación interfacultativa. Además de generosidad y altura de miras, la nueva situación requiere unos procedimientos operativos que la Universidad puede encontrar también en su propio seno, en las ciencias que tratan de la acción humana.

Pero, como antes apuntaba, el cambio del modelo organizativo sería superficial, e incluso ineficaz, si no se fundamentara en el cambio del paradigma epistemológico y ético. Según ha señalado el Profesor MacIntyre, se trata de pasar del modelo de la evidencia al modelo de la verdad.

De acuerdo con el modelo de la "evidencia", no hay hondura de realidad, no hay misterio alguno en el ser de las cosas, sólo hay problemas que pueden llegar a resolverse con una adecuada metodología. Las objetividades están ahí, disponibles para todo el que las "tematice" con el método adecuado. Un buen método nos abriría al espectáculo de las objetividades: un mundo accesible con independencia del temple ético personal, de la comunidad en la que habitamos, de la historia que vivimos.

Este planteamiento ha conducido a un callejón sin salida, a una situación de ficciones generalizadas en el lenguaje científico y ético, a una profunda desmoralización en amplios sectores de la sociedad. Pienso que ya es tiempo de pasar del "paradigma de la evidencia" al "paradigma de la verdad".

De acuerdo con el paradigma de la verdad, el saber teórico y práctico tiene mucho de "oficio", de artesanía casi, tal es el sentido clásico del término "sabio". Para llegar a saber, es preciso integrarse en una comunidad de aprendizaje, que tiene su dinámica de tradición y progreso, que establece normas a las que se vinculan libremente sus miembros, que fomenta virtudes intelectuales y éticas sin las cuales todo avance en el conocimiento es superficial e ilusorio. El acceso a la verdad requiere una severa preparación, valores compartidos y autodisciplina; lo mismo que el recto ejercicio de la libertad, al que está estrechamente vinculada.

Amar libremente la verdad: este es el meollo de la vida universitaria. Vida que sólo es posible en una comunidad intelectual y ética. Comunidad de saber que es preciso rehacer de continuo, con una creatividad que ningún método encierra o agota. "Es un honor y una responsabilidad de la Universidad Católica consagrarse sin reservas a la causa de la verdad. Es ésta su manera de servir, al mismo tiempo, a la dignidad del hombre y a la causa de la Iglesia" (15).

La Universidad recoge las vitalidades que se estrenan en la vertiente nueva de la juventud, las templa en los hábitos teóricos y prácticos, y las lanza a las tareas directivas de la vida social. Una enseñanza de calidad es mucho más que la transferencia de un conocimiento decantado, mucho más que una pura transmisión de información. Una enseñanza de calidad es la forja ética y científica de personalidades maduras y libres, que crecen junto a sus profesores y compañeros en un ambiente fértil, en un clima de convivencia culta, de responsabilidad cívica y de promoción de la justicia social. Una buena enseñanza superior está hecha de aprendizaje de contenidos sólidos, pero también de incorporación de metodologías innovadoras, de adquisición de estilos relacionales y de incremento de la capacidad creativa.

Las tres metas institucionales de la Universidad las podemos resumir así: la elaboración de la síntesis de los saberes, la formación armónica de los estudiantes, y el servicio al entorno social. Tales finalidades presentan ahora, en el claroscuro de este fin de siglo, una renovada actualidad. Hoy es necesario y posible intentar que el humanismo de raíz clásica se dé la mano con la ciencia más avanzada y con la tecnología de vanguardia. Cabe empeñarse en la formación de profesionales que sean eficaces, precisamente porque tienen una visión unitaria y global de la realidad, porque son personas cultas. Servir a la sociedad no equivale a sucumbir ante las rutinas del pragmatismo, sino que implica la audaz anticipación de un futuro más justo.

LA VERDAD, FUNDAMENTO DEL DIÁLOGO

La fecundidad de la tarea académica adquiere perspectivas trascendentes, cuando -en un clima de diálogo y libertad- se inspira en los valores cristianos presentes en la original idea de Universidad. La Fe es iluminación y acicate, en modo alguno constricción o barrera, cuando se comprende que el cristianismo es vida liberada por Cristo, existencia redimida de la vanidad y la dispersión.

Lo decisivo en una Universidad es si en ella se sabe que Dios es la Verdad. "Sin descuidar en modo alguno la adquisición de conocimientos útiles, la Universidad Católica se distingue por su libre búsqueda de toda la verdad acerca de la naturaleza, del hombre y de Dios. Nuestra época, en efecto, tiene necesidad urgente de esta forma de servicio desinteresado que es el de proclamar el sentido de la verdad, valor fundamental sin el cual desaparecen la libertad, la justicia y la dignidad del hombre" (16).

La verdad no admite sustituto válido. La verdad no acepta condiciones. Como Tomás de Aquino que no vacila en aconsejar a un joven estudiante: "No te fijes en quien habla, sino guarda en tu memoria todo lo que oigas de bueno". Y ese consejo de sopesar toda palabra escuchada, sin dividir de antemano a los hombres en dignos e indignos de atención, traduce el temple de un espíritu que ama la verdad sin condiciones. +No había escrito Santo Tomás de Aquino también que omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est: que toda palabra verdadera, sea quien fuere el que la diga, procede del Espíritu Santo? (17)

De este modo, la comunicación de la verdad contemplada se realiza según lo que es justo, e introduce un principio de justicia en la sociedad: al hacer patente el fin y el bien -la verdad esencial acerca del mundo, del hombre, de Dios-, ella suscita esa tensión hacia lo superior y ese pleno respeto a la persona, que son las condiciones capaces de moderar la hybris, la desmesura en el afán de dominio o de placer. Puede haber entonces paz, el sosiego del orden, que es fruto de la justicia. Al menos, por un tiempo más o menos prolongado.

El oficio del sabio resulta por ello una necesidad constante en la vida de la sociedad que, sin la palabra fundamental, tiende a la disgregación. Como se lee en los libros sapienciales: "Si falta la palabra profética, el pueblo se disgregará" (18). La belleza es la capacidad de congregar, es algo central, es un trascendental, como diría Santo Tomás.

Misión de la Universidad es actualizar el oficio del sabio en cada tiempo histórico. Los maestros pasan, pero la tarea es constante. Cuanto más adversas parezcan las circunstancias, más necesaria es esa misión.

Cada aportación personal, por insignificante que parezca, cumple un papel en la narrativa de esta historia, que tiene un carácter unitario, porque cada una de las Universidades no es sino una realización de la Universidad como institución. Ante una cultura dominante que se autorelativiza, la Universidad como institución debería desaparecer. Pero si advertimos ese peligro, nuestra tarea de estudiantes y profesores, nuestra modesta inquisitio veritatis (19), nuestra humilde búsqueda de la verdad, empieza a ser ya una potente contrapartida al oscuro empeño de la abolición del hombre.

La tarea del sabio, que intentamos realizar en la Universidad, sólo podrá culminar cuando la unidad de una vida verdaderamente humana alcance su cumplimiento. Afrontaremos entonces el riesgo y la esperanza del juicio sobre la autenticidad de nuestra misión. Porque, como dice San Juan de la Cruz, "en la tarde de la vida seremos examinados en el amor".

MIRANDO EL FUTURO

La cuestión del "nuevo orden", finalmente, se puede y debe estructurar en tres instituciones fundamentales: la familia, la universidad y la empresa. De la calidad de relaciones que se puedan establecer entre ellas surgirá una mejor o peor sociedad en el siglo XXI. Porque las tres son estructuras estructurantes, es decir, abiertas a servir de contexto al nuevo orden, a la novedad de lo que se siente que está ocurriendo en el mundo de hoy.

Cuando el llamado "mercado" se impone a la vida social, entonces el intercambio es de cosas, no de ideas. En esta situación el conocimiento, se supone, es el "mercado" de la llamada "demanda". En cambio, en el mercado de "la oferta", de las aportaciones humanas el conocimiento emerge. La creatividad requiere generar los contextos adecuados para el "nuevo orden", es decir, el nuevo modo de entender las relaciones humanas.

El cambio comporta una novedad que es algo más que la variación histórica. Una novedad que no encaja en la organización existente; sin embargo, analizando bien esta novedad, ella misma nos presenta el sendero o la indicación del nuevo orden, pues el diálogo es una novedad dotada de una fecundidad sistémica. Pero ello mismo nos desconcierta. El futuro, insisto, está en manos de la familia, la universidad y la empresa, si éstas, a su vez, van de la mano. Y éstas se relacionarán de modo armónico si tienen clara conciencia de su responsabilidad. Toda responsabilidad seria es de índole ética.

Si una institución pretende eludir la responsabilidad que le corresponde, se falsea. La ética no es un asunto de los políticos, porque estaríamos dejando en manos de las mayorías democráticas la calificación moral del obrar humano. Está claro que es un grave error. El objetivo de la ética es promover la dignidad humana. El hombre es un ser ético porque tiende hacia el bien, y sus tendencias deben ser fortalecidas; pero solamente se fortalecen si se integran, es decir, si funcionan en régimen de síntesis. O interrelacionamos nuestras tendencias o no crecemos como seres humanos.

Hay que encontrar el modo de organización de las instituciones, que sirva de cauce para la iniciativa de sus miembros. Este sistema se llama liderazgo. El liderazgo no consiste en identificar al líder, sino más bien en lograr aquel sistema de organización con el que todos los miembros de la institución actúan mejor que en cualquier otra. El liderazgo es un sistema de colaboración.

"La Universidad Católica goza de aquella autonomía institucional que es necesaria para cumplir sus funciones eficazmente y garantiza a sus miembros la libertad académica, salvaguardando los derechos de la persona y de la comunidad dentro de las exigencias de la verdad y del bien común (20).

Ello, teniendo presente que la autonomía institucional quiere significar que el gobierno de una institución académica está y permanece dentro de la institución. Libertad académica es la garantía, dada a cuantos se ocupan de la enseñanza y la investigación, de poder indagar, en el propio campo específico del conocimiento, conforme a los métodos propios de tal área, que a través de la evidencia y el análisis conduzcan a la verdad.

Y de poder enseñar y publicar los resultados de tal investigación, teniendo presente los criterios citados; esto es, la salvaguarda de los derechos del individuo y de la comunidad en las exigencias de la verdad y del bien común" (21).

"Entre las instituciones que la fecundidad gloriosa de la Iglesia ha creado entre nosotros, la Universidad Católica es una de las más recientes (...) Somos una familia espiritual que ha crecido a la sombra de un padre amoroso. Nos une el vínculo inefable del amor a la verdad y nuestro afán estudioso; hemos sabido compartir, en cristiana cordialidad, el pan material de nuestros ágapes alegres, porque supimos compartir antes, temblorosos y felices, el pan de la verdad y del amor en el cuerpo de Cristo. Nuestro empeño es ser uno sin diferencias de clases ni de rango, como quiso el Señor, por ser uno en Él" (22).

He pretendido hacer una reflexión de lo que es el fundamento de la unidad en la Pontificia Universidad Católica del Perú, cuyo objeto, como dice el artículo segundo de su Carta Orgánica de 1917, "es la enseñanza superior de las ciencias y las letras siguiendo el criterio católico". En ese contexto, me permito citar otras solemnes palabras del maestro Víctor Andrés Belaunde, quien -hace más de cincuenta años- escribió: "Juremos preservarla íntegra, sin renuncios, retrocesos ni cobardías; y con ella la irradiación de las supremas verdades de religión y sanas doctrinas impedirán el desquiciamiento de nuestro amado Perú" (23).

En el presente Discurso de Orden de apertura del año académico de esta querida y apreciada casa de estudios, en mi calidad de Gran Canciller, antes de terminar, no puedo dejar de invocar al Altísimo, para que su bendición descienda sobre todos y cada uno de los miembros de la Comunidad Universitaria: autoridades, profesores, estudiantes y empleados, con la seguridad de que, de esa manera, la Pontificia Universidad Católica del Perú se proyectará por siglos al servicio de la Iglesia y de la patria.

 

+ Juan Luis Cipriani Thorne
Arzobispo de Lima y Primado del Perú

 

 

NOTAS

1. Víctor Andrés Belaunde, Discurso pronunciado con motivo de las Bodas de Plata de la Universidad Católica, 1942 [Regresar]

2. Salomón Lerner, Visión Panorámica del Perú de hoy a la luz de Jesucristo [Regresar]

3. Discurso en el entierro del Padre Jorge Dintilhac, Fundador y Rector de la Pontificia Universidad Católica del Perú, 15 de abril de 1947 [Regresar]

4. cf. Juan Pablo II, Enc. "Fides et ratio" no.16 y 17 [Regresar]

5. cf. Ibid n.18 [Regresar]

6. Ex corde Ecclesiae, no.24 [Regresar]

7. Jn 1, 5 [Regresar]

8. Beato Josemaría Escrivá, Conversaciones, 114 [Regresar]

9. Ibid. 114 [Regresar]

10. José de la Riva Agüero, Discurso con motivo de las Bodas de Plata de la Universidad Católica del Perú [Regresar]

11. Encíclica "Fides et ratio" no.5 [Regresar]

12. cf. Encíclica "Fides et ratio" no.83 [Regresar]

13. Beato Josemaría Escrivá, Formación enteriza de las personalidades jóvenes. Pamplona, 1964, p.3 [Regresar]

14. cf Josemaría Escrivá de Balaguer, Surco no.428 [Regresar]

15. Constitución Ex corde Ecclesiae, no.4 [Regresar]

16. Ex corde Ecclesiae, no.4 [Regresar]

17. Cf. Super lob, I, lect. 3, no.103; De Ver., I, 8, s.c. 1 [Regresar]

18. Pr, 29, 18 [Regresar]

19. Contra Gentiles, 5 [Regresar]

20. Ex corde Ecclesiae no.12 [Regresar]

21. Cf Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, no.59, Gravissimun educationis, no.10, citado en Ex corde Ecclesiae a pie de pág. Del no.12 [Regresar]

22. Víctor Andrés Belaunde, discurso pronunciado en la recepción del Cardenal Juan Gualberto Guevara como Gran Canciller de la Universidad, 1946 [Regresar]

23. Víctor Andrés Belaunde, discurso pronunciado en la recepción del Cardenal Guevara como Gran Canciller de la Universidad, 1946 [Regresar]

 

Página principal


[Reseña histórica de la arquidiócesis]
[Peregrinación por las Iglesias de Lima][Advocaciones y santos peruanos]
[Mensajes del Santo Padre al Perú][Enlaces]