COLECCIÓN NUEVA EVANGELIZACIÓN No. 6

 

CARTA PASTORAL

" La caridad de Cristo nos urge"


Defensa de los derechos humanos

26.- Ha sido una preocupación constante del Magisterio de la Iglesia la defensa de los derechos humanos. "Una ayuda importante e incluso decisiva ha dado la Iglesia, con su compromiso en favor de la defensa y promoción de los derechos del hombre. En ambientes intensamente ideologizados, donde posturas partidistas ofuscaban la conciencia de la común dignidad humana, la Iglesia ha afirmado con sencillez y energía que todo hombre -cualquiera que sean sus convicciones personales- lleva dentro de sí la imagen de Dios y, por tanto, merece respeto" (17).

27.- Como consecuencia inmediata de la dignidad de que goza la persona humana, todos los hombres somos iguales, pues tenemos una misma condición de hijos de Dios por el sacramento del Bautismo: "Rescatados por el sacrificio de Cristo, todos están llamados a participar de la misma bienaventuranza divina: todos gozan por tanto de una misma dignidad" (18). Por consiguiente, si Dios nos ha concedido una misma dignidad a todos, condena toda discriminación de personas, todo desprecio o menosprecio dirigido a un ser humano.

28.- En el documento "La Iglesia en América" el Santo Padre afirma: "La Iglesia se siente obligada a insistir sobre la dignidad humana, común a todas las personas. Ella 'denuncia la discriminación, el abuso sexual y la prepotencia masculina como acciones contrarias al plan de Dios'. En particular, deplora como abominable la esterilización, a veces programada, de las mujeres, sobre todo de las más pobres y marginadas, que es practicada a menudo de manera engañosa, sin saberlo las interesadas; y esto es mucho más grave cuando se hace para conseguir ayudas económicas a nivel internacional" (19).

La igualdad verdadera

29.- Hay que aclarar, sin embargo, que la igualdad en dignidad humana no conlleva que no haya diferencias entre los hombres. Es innegable que hay jóvenes y ancianos, sanos y enfermos, ricos y pobres, etc. "Ciertamente hay diferencias entre los hombres por lo que se refiera a la edad, a las capacidades físicas, a las aptitudes intelectuales o morales(...) a la distribución de la riqueza" (20).

30.- Esta realidad patente también proviene de la voluntad de Dios. Él nos quiere iguales en dignidad y diferentes en otros muchos aspectos, como ocurre en las familias donde los padres quieren por igual a todos los hijos, aunque sean diferentes entre sí. De esta forma, Dios ha previsto que nos necesitemos unos a otros y nos ayudemos mutuamente. "Estas diferencias pertenecen al plan de Dios, que quiere que cada uno reciba de otro aquello que necesita, y que quienes disponen de 'talentos' particulares comuniquen sus beneficios a los demás" (21).

31.- Como le dijo el Señor a Santa Catalina de Siena: "He distribuido los bienes temporales con la mayor desigualdad para que los hombres tengan así ocasión, por necesidad, de practicar la caridad unos con otros" (22).

32.- Al decir que las diferencias entre los hombres pertenecen al plan establecido por Dios, no se afirma que todas las diferencias son gratas a Dios, pues hay desigualdades que son fruto de la injusticia y del egoísmo. "Existen también desigualdades escandalosas que afectan a millones de hombres y mujeres. Están en abierta contradicción con el Evangelio... y se oponen a la justicia social, a la equidad, a la dignidad de la persona humana y también a la paz social e internacional" (23).

33.- Una correcta comprensión de cómo es la persona y para qué está en el mundo nos debe llevar a un serio esfuerzo, con hechos concretos en el ámbito personal, familiar, político, económico, etc., para que nuestra conducta se adecúe a estos conocimientos. Una imagen vale más que mil palabras. De esta manera la unidad entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace potencia -capacita- a las personas, las cuales liberan unas fuerzas humanas que, llenas de creatividad, con la ayuda sobrenatural de la Gracia, son capaces de enfrentar y resolver los problemas que pretenden presentarse como "terribles tragedias de un futuro".

34.- Me refiero a temas que se quieren convertir en "mitos", como la demografía y el crecimiento de la población; la ansiedad y el llamado "stress", que consume a la gente alejándola de sus ratos de compartir en familia; el culto al placer y al éxito por lograr ser competitivos; y tantos otros "engaños" de una sociedad sin dimensión religiosa y sin un desarrollo moral consistente a la luz de la enseñanza del Magisterio de la Iglesia.

35.- En resumen, la libertad sin norma moral es un arma de doble filo que puede atentar contra lo más profundo de la dignidad humana y de los correspondientes derechos humanos.

La familia, santuario de la vida

36.- En la Encíclica "Centessimus annus" el Santo Padre Juan Pablo II, incansable y gran defensor de una cultura de vida, nos da la pauta para entender lo trascendental e importante que es la familia como célula básica de la sociedad: "La primera estructura fundamental(...) es la familia, en cuyo seno el hombre recibe las primeras nociones sobre la verdad y el bien; aprende qué quiere decir amar y ser amado(…) Hay que volver a considerar la familia como el santuario de la vida. En efecto, es sagrada: es el ámbito donde la vida, don de Dios, puede ser acogida y protegida de manera adecuada contra los múltiples ataques a que está expuesta, y puede desarrollarse según las exigencias de un auténtico crecimiento humano" (24).

37.- Por eso, qué terrible es que en la familia, en este santuario de la vida, se atente contra la vida misma. "El ingenio del hombre parece orientarse, en este campo, a limitar, suprimir o anular las fuentes de la vida, recurriendo incluso al aborto... más que a defender y abrir las posibilidades a la vida misma. En la Encíclica "Sollicitudo rei socialis" han sido denunciadas las campañas sistemáticas contra la natalidad que, sobre la base de una concepción deformada del problema demográfico y en un clima de absoluta falta de respeto por la libertad de decisión de las personas interesadas, las someten frecuentemente a intolerables presiones(…) para plegarlas a esta forma nueva de opresión" (25).

38.- Debemos saber que la crisis de la familia se transforma, muchas veces, en causa y origen de la crisis de la sociedad. No pocos fenómenos, hasta de tipo patológico -como son la soledad, la violencia, la droga, la depresión, etc.-, pueden encontrar su explicación, entre otras razones, porque los núcleos familiares han perdido su identidad y su función. Lo triste y preocupante es que estas situaciones afectan directamente a los más débiles: niños, adolescentes, discapacitados, enfermos, ancianos.

39.- Así pues, es preciso promover una reflexión que ayude no sólo a los creyentes, sino también a todos los hombres de buena voluntad, a redescubrir el valor del matrimonio y de la familia, y defenderla por ser el elemento vital para el buen desarrollo de toda sociedad. El Catecismo de la Iglesia Católica, un don de Dios para el siglo XXI, nos dice: "La familia es la sociedad natural en que el hombre y la mujer son llamados al don de sí en el amor y en el don de la vida... La autoridad, la estabilidad y la vida de relación en el seno de la familia constituyen los fundamentos de la libertad, la seguridad, la fraternidad en el seno de la sociedad" (26).

40.- Para resumir, podemos afirmar que la sociedad es un fiel reflejo de lo que sucede al interior de la familia. Por ello, debemos poner urgentemente manos a la obra y promover, defender, unir, profundizar en todos los elementos que permitan augurar un futuro esperanzador para la célula original de la vida social. Y, en primerísimo lugar, reflexionando seriamente sobre lo que es el amor conyugal, sus consecuencias y la función de los padres en la educación de sus hijos. Es muy doloroso comprobar que el permisivismo moral ha invadido este campo dejando muchas veces a los padres ante la disyuntiva de mantener la exigencia moral en su hogar al precio de poder perder hasta la amistad de sus propios hijos. ¡No tengamos miedo, porque la Sagrada Familia, con María, José y el Niño, será siempre nuestro modelo y nuestra mejor ayuda!

41.- Es una vergüenza que desde organismos internacionales se promueva un verdadero imperialismo de tipo racista, invirtiendo grandes cantidades de dinero para someter a los países menos desarrollados; y que se llegue a querer confundir la naturaleza de los dos sexos, hombre y mujer, pretendiendo hacer una 'ingeniería social' confundiendo el sentido genuino del género, con hipótesis y tergiversaciones, cada una más escabrosa que la otra, que no resisten cualquier análisis serio de tipo biológico, médico, económico, antropológico ni sociológico. ¡Qué rápido se olvida la humanidad de las 'limpiezas humanas' que han ocurrido en el siglo pasado!

Persona humana y sociedad

42.- Dios no se ha contentado con darle al hombre una gran dignidad y traerlo al mundo en el seno de una familia, sino que ha querido insertarlo también en el seno de la sociedad para poder desarrollar mejor sus aptitudes de entrega y donación al prójimo, y donde madure su personalidad. Enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: "La persona humana necesita la vida social. Esta no constituye para ella algo sobreañadido sino una exigencia de su naturaleza. Por el intercambio con otros, la reciprocidad de servicios(...) el hombre desarrolla sus capacidades" (27).

43.- "De la concepción cristiana de la persona se sigue necesariamente una justa visión de la sociedad. La sociabilidad del hombre no se agota en el Estado, sino que se realiza en diversos grupos intermedios, comenzando por la familia y siguiendo por los grupos económicos, sociales, políticos y culturales, los cuales tienen su propia autonomía, sin salirse del ámbito del bien común" (28). Es vital entender y esforzarnos para que la sociedad no sea un apéndice del Estado y para que éste no se entrometa más allá de lo que requiera para la búsqueda del bien común.

La indiferencia religiosa de nuestro tiempo

44.- ¿De dónde vienen las diferentes concepciones erróneas de la sociedad que conocemos? Si nos preguntamos dónde nace esa errónea concepción de la persona y de la sociedad, hay que responder que su causa principal es una indiferencia religiosa -no necesariamente la negación de Dios- pero sí el pensar y vivir como si Dios no existiera; en otras palabras, pretender encerrar las enseñanzas de la religión -y la misma presencia viva de Jesucristo- en los templos desligándolas del proyecto divino de hacer de ella un camino hacia la verdadera felicidad y progreso del ser humano, creatura de Dios. La negación de Dios -de un Dios que participa y ama al mundo que salió de sus manos- priva de su fundamento a la persona y, consiguientemente, la induce a organizar el orden social prescindiendo de la dignidad y responsabilidad de la persona (29).

45.- La soberbia del hombre en esta época, especialmente de los más poderosos, pretende rehacer el mundo, la sociedad, la familia y la persona a su antojo, proyectando una sombra sobre el futuro de la humanidad; lo que podríamos calificar de un intento de configurar una sociedad como si Dios no existiera, de una sociedad inhumana, un nuevo episodio de la "Torre de Babel" escondido en el proyecto de la globalización que hace que los grandes se devoren a los pequeños. De ahí la constante llamada del Santo Padre Juan Pablo II: "¡No tengan miedo!" (30).

 

NOTAS

17. Juan Pablo II, Centessimus annus, no.22 [Regresar]

18. Catecismo de la Iglesia Católica, no.1934 [Regresar]

19. Juan Pablo II, Eclessia in América, no.45 [Regresar]

20. Catecismo de la Iglesia Católica, no.1936 [Regresar]

21. Catecismo de la Iglesia Católica, no.1937 [Regresar]

22. Santa Catalina de Siena, Diálogos, no.1,7 [Regresar]

23. Catecismo de la Iglesia Católica, no.1938 [Regresar]

24. Juan Pablo II, Centessimus annus, no.39 [Regresar]

25. Juan Pablo II, Centessimus annus, no.39 [Regresar]

26. Catecismo de la Iglesia Católica, no.2207 [Regresar]

27. Catecismo de la Iglesia Católica, no.1879 [Regresar]

28. Juan Pablo II, Centessimus annus, no.13 [Regresar]

29. Cfr. Juan Pablo II, Centessimus annus, no.13 [Regresar]

30. Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, I, p.8 [Regresar]

 

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