COLECCIÓN NUEVA EVANGELIZACIÓN No. 6
CARTA PASTORAL
" La caridad de Cristo nos urge"
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69.- "La Iglesia expresa un juicio moral, en materia económica o social, cuando lo exigen los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas" (51). Por ejemplo, levanta su voz ante aquellos temas económicos que puedan afectar esos derechos fundamentales. "La moderna economía de empresa, cuya raíz es la de la persona, que se expresa en el campo económico y en otros campos (52). Sin embargo, es necesario descubrir y hacer presente los riesgos y los problemas relacionados con este tipo de proceso. De hecho, hoy muchos hombres, quizá la gran mayoría, no disponen de medios que les permitan entrar de manera efectiva y humanamente digna a un sistema de empresa, donde el trabajo ocupa una posición realmente central. No tienen posibilidad de adquirir los conocimientos básicos, que les ayuden a expresar su creatividad y desarrollar sus capacidades(…) Ellos, aunque no explotados propiamente, son marginados ampliamente y el desarrollo económico se realiza, por así decirlo, por encima de su alcance, limitando incluso los espacios ya reducidos de sus antiguas economías de subsistencia(…) No se les reconoce, de hecho, su dignidad y, en ocasiones, se trata de eliminarlos de la historia mediante formas coactivas de control demográfico, contrarias a la dignidad humana" (53). 70.- Cuando la Iglesia defiende estos derechos del trabajador, no desconoce el esfuerzo del empresario, ni condena la búsqueda de beneficios, sino que recuerda que la finalidad de la empresa, siendo fundamental obtener beneficios, debe promover el mejoramiento personal y profesional de sus trabajadores, empleados y fomentar la generosidad de los empresarios. La virtud es de la persona no de la empresa. "La Iglesia reconoce la justa función de los beneficios(…) Sin embargo, los beneficios no son el único índice de las condiciones de la empresa. Es posible que los balances económicos sean correctos y que al mismo tiempo los hombres, que constituyen el patrimonio más valioso de la empresa, sean humillados y ofendidos en su dignidad" (54). 71.- Es lógico, por tanto, que la Iglesia apruebe que los trabajadores intenten que se respete su dignidad y sus derechos. "Esta doctrina reconoce también la legitimidad de los esfuerzos de los trabajadores por conseguir el pleno respeto de su dignidad y espacios más amplios de participación en la vida de la empresa, de manera que, aun trabajando juntamente con otros y bajo la dirección de otros, puedan considerar en cierto sentido que "trabajan en algo propio", al ejercitar su inteligencia y libertad" (55). 72.- Esta enseñanza de no buscar exclusivamente los beneficios de la empresa, sino el bien de las personas que trabajan en ella, no es solamente una exigencia moral, sino que es también una forma de obtener una mayor eficiencia de la misma empresa. Pues, al no hacerlo, "además de ser moralmente inadmisible, este no puede menos de tener reflejos negativos para el futuro, hasta para la eficiencia económica de la empresa. En efecto, la finalidad de la empresa, no es simplemente la producción de beneficios, sino más bien la existencia misma de la empresa como comunidad de hombres que, de diversas maneras, buscan la satisfacción de sus necesidades fundamentales y constituyen un grupo particular al servicio de la sociedad entera" (56). 73.- De todos modos es necesario advertir que estas enseñanzas son orientaciones. Son flechas que señalan un camino, no son la carretera. "La Iglesia no tiene modelos para proponer. Los modelos reales y verdaderamente eficaces pueden nacer solamente(…) gracias al esfuerzo de todos los responsables que afronten los problemas concretos en todos sus aspectos sociales, económicos, políticos y culturales que se relacionan entre sí. Para este objetivo la Iglesia ofrece, como orientación ideal e indispensable, la propia Doctrina Social, la cual reconoce la positividad del mercado y de la empresa, pero al mismo tiempo indica que éstos han de ser orientados hacia el bien común" (57). Una cultura del gasto responsable 74.- A todos los problemas ya mencionados, hay que añadir el afán desordenado de consumismo. "No es malo el deseo de vivir mejor, pero es equivocado el estilo de la vida que se presume como mejor, cuando está orientado a tener y no a ser, y que quiere tener más no para ser más, sino para consumir la existencia en un goce que se propone como fin en sí mismo. Por esto, es necesario esforzarse por implantar estilos de vida, a tenor de los cuales la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien, así como la comunión con los demás hombres para un crecimiento común sean los elementos que determinan las opciones del consumo, de los ahorros y de las inversiones" (58). 75.- De lo contrario, unos deseos que son en sí mismo buenos, pueden derivar a un estilo de vida muy dañino para el propio interesado. La demanda de una existencia más satisfactoria es algo en sí legítimo; sin embargo, hay que poner de relieve las nuevas responsabilidades y peligros. Se pueden crear hábitos de consumo y estilos de vida objetivamente ilícitos y con frecuencia incluso perjudiciales para su salud física y espiritual (59). 76.- Por tanto, hay que poner remedios eficaces a esta situación. "Es, pues, necesario y urgente una gran obra educativa y cultural, que comprenda la educación de los consumidores para un uso responsable de su capacidad de elección, la formación de un profundo sentido de responsabilidad de los productores y sobre todo de los profesionales de los medios de comunicación social, además de la necesaria intervención de las autoridades públicas" (60). Aunque pueda parecer paradójico, es muy urgente crear la cultura del ahorro a todo nivel de la población. Iglesia, política y participación 77.- La Iglesia, en este comienzo del milenio, tiene un especial interés en la difusión de sus enseñanzas para que faciliten una buena formación de los dirigentes de la sociedad. En la Exhortación Apostólica Postsinodal, "La Iglesia en América", dice el Santo Padre: El haber descuidado, como señalaron los Padres sinodales, la atención pastoral de los ambientes dirigentes de la sociedad, con el consiguiente alejamiento de la Iglesia de no pocos ellos, se debe en parte, a un planteamiento del cuidado pastoral de los pobres con un cierto exclusivismo. El amor a los pobres ha de ser preferencial, pero no excluyente. Es necesario evangelizar a los dirigentes, hombres y mujeres, con renovado ardor y nuevos métodos, insistiendo principalmente en la formación de sus conciencias mediante la Doctrina Social de la Iglesia (61). 78.- Y la Doctrina Social de la Iglesia presenta la necesidad de una correcta concepción de la función del Estado: una sana teoría del Estado es necesaria para asegurar el desarrollo moral de las actividades humanas: las espirituales y las materiales, entre ambas indispensables. 79.- Por eso, es indispensable conocer con precisión cómo deben ser las relaciones entre el Estado y la Iglesia y no atribuir a ésta las opiniones personales de los católicos. "Es de suma importancia(…) tener un recto concepto de las relaciones entre comunidad política y la Iglesia, y distinguir claramente entre las naciones que los fieles, aislada o asociadamente, llevan a cabo a título personal, como ciudadanos, de acuerdo con su conciencia cristiana, y las acciones que realizan en nombre de la Iglesia, en comunión con sus Pastores: 'La Iglesia, que por razón de su ministerio y de su competencia no se confunde en modo alguno con la comunidad política ni está ligada a sistema político alguno, es a la vez signo y salvaguarda del carácter trascendente de la persona humana' " (62). 80.- También, es preciso saber lo que señala la Doctrina Social de la Iglesia sobre la importancia de la democracia, cuando es auténtica. "La Iglesia aprecia el sistema de la democracia, en la medida en que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pacífica" (63). 81.- "Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana. Requiere que se den las condiciones necesarias para la promoción de las personas, mediante la educación y la formación en los verdaderos ideales(...) Una democracia sin valores se convierte fácilmente en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia" (64). 82.- Lo que asegura la autenticidad de un sistema democrático es el respeto que debe tener sobre los derechos humanos. Juan Pablo II comenta al respecto: "Después de la caída del totalitarismo comunista asistimos hoy al predominio del ideal democrático, junto con una viva atención y preocupación por los derechos humanos. Pero es necesario que los pueblos den a la democracia un auténtico y sólido fundamento, mediante el reconocimiento explícito de estos derechos. Entre los principales hay que recordar: el derecho a la vida, del que forma parte integrante el derecho del hijo a crecer bajo el corazón de la madre, después de haber sido concebido; el derecho a vivir en una familia unida y en un ambiente moral, favorable al desarrollo de la propia personalidad; el derecho a madurar la propia inteligencia y la propia libertad a través de la búsqueda y el conocimiento de la verdad; el derecho a participar en el trabajo para valorar los bienes de la tierra y recabar del mismo el sustento propio y de los seres queridos; el derecho a fundar libremente una familia, a acoger y educar a los hijos, haciendo uso responsable de la propia sexualidad. Fuente y síntesis de estos derechos es, en cierto sentido, la libertad religiosa, entendida como derecho a vivir en la verdad de la propia fe y en conformidad con la dignidad trascendente de la propia persona" (65). 83.- Dentro de estos derechos humanos tiene una especial urgencia, por el impacto que tiene en las personas, en las familias y en la sociedad, el derecho al trabajo. "La obligación de ganar el pan con el sudor de la propia frente supone, al mismo tiempo, un derecho. Una sociedad en la que este derecho se niegue y las medidas de política económica no permitan a los trabajadores alcanzar niveles satisfactorios de ocupación, no puede conseguir su legitimación ética ni la justa paz social. Así como la persona se realiza plenamente en la libre donación de sí misma, así también la propiedad se justifica moralmente cuando crea, en los debidos modos y circunstancias, oportunidades de trabajo y crecimiento humano para todos" (66). 84.- Las oportunidades de trabajo y de crecimiento humano tienen que ir acompañadas de un esfuerzo de los individuos para no quedar atrapados por un afán desordenado de bienes de consumo, que fomenta el egoísmo y causa insatisfacción. "El individuo, hoy día, queda sofocado con frecuencia entre los dos polos del Estado y del mercado. En efecto, da la impresión de que existe sólo como productor y consumidor de mercancías, o bien como objeto de la administración del Estado, mientras se olvida que la convivencia entre los hombres no tiene como fin ni el mercado ni el Estado, ya que posee en sí misma un valor singular a cuyo servicio deben estar el Estado y el mercado. El hombre es ante todo, un ser que busca la verdad y se esfuerza por vivirla y profundizarla" (67). 85.- Cuando se busca la verdad, se vive en la verdad y se vence el egoísmo, entonces se ven las necesidades de los demás y se comprende la importancia y la urgencia de promover la justicia. "El amor por el hombre y, en primer lugar, por el pobre, en el que la Iglesia ve a Cristo, se concreta en la promoción de la justicia. Ésta nunca podrá realizarse plenamente si los hombres no reconocen en el necesitado, que pide ayuda para su vida, no a alguien inoportuno o como si fuera una carga, sino la ocasión de un bien en sí, la posibilidad de una riqueza mayor(…) No se trata solamente de dar lo superfluo, sino de ayudar a pueblos enteros -que están excluidos o marginados- a que entren en el círculo del desarrollo económico y humano. Esto será posible no sólo utilizando lo superfluo que nuestro mundo produce en abundancia, sino cambiando sobre todo los estilos de vida, los modelos de producción y de consumo, las estructuras consolidadas de poder que rigen hoy la sociedad. No se trata tampoco de destruir instrumentos de organización social(…) sino de orientarlos según una concepción adecuada del bien común con referencia a toda la familia humana" (68). 86.- Los males que padece nuestra sociedad no se van a resolver mediante medidas paliativas momentáneas, como cuando tomamos unos calmantes para aliviar un malestar. No basta con eliminar los síntomas; hay que enfrentarse con la raíz de estos males, hay que curar la enfermedad. Como afirma Juan Pablo II: "Se trata no sólo de aliviar las necesidades más graves y urgentes mediante acciones individuales y esporádicas, sino de poner de relieve las raíces del mal" (69). Es una tarea profunda y de mediano plazo, por eso urge emprenderla lo mejor posible. 87.- En primer lugar, la enfermedad de la sociedad proviene de una errónea concepción de lo que significa la dignidad de la persona, lo cual lleva a una falta de autoestima personal. Además, nos quita fuerzas para afrontar las dificultades y deteriora la capacidad de respetar a los demás. El equivocado concepto y ejercicio de la libertad, que se practica como un querer hacer lo que me da la gana, sin límites de tipo ético o moral de ninguna clase. 88.- En segundo lugar, una falsa concepción y valoración de la institución familiar, que dificulta la fidelidad al amor conyugal verdadero, aquel que perdura hasta la muerte. Este problema, que se da a nivel mundial, exige una movilización profunda y masiva, especialmente velando por la correcta participación del Estado en los Organismos Internacionales que promueven un permanente ataque cínico contra la familia. 89.- En tercer lugar, se vive una confusa visión de lo que es la sociedad y del rol que le corresponde y los derechos y deberes del rol del Estado. Esta falta de claridad impide lanzarse solidariamente -juntos- en la búsqueda generosa del bien común; quienes dirigen el Estado y las autoridades pertinentes deben ser promotores de bienestar social, basados en el pleno respeto por los derechos humanos, y a la vez deben crear el marco jurídico adecuado para promover e implementar los principios de solidaridad y subsidariedad. A la inversión privada le corresponde la obligación moral de invertir, pagando los impuestos y respetando los derechos de los trabajadores a una vida digna. 90.- Por tanto, urge priorizar todo lo que suponga un serio esfuerzo educativo para elevar la dignidad de las personas, que consiste principalmente en la orientación moral de la niñez y de la juventud; la protección de la estabilidad matrimonial; la creación de fuentes de trabajo, como consecuencia de un esfuerzo solidario de todos; y, finalmente, el fomento de la libertad y responsabilidad social de los medios de comunicación y de los dirigentes políticos en todos estos campos. 91.- Al concluir esta Carta Pastoral, hago mías las palabras de Juan Pablo II: "Doy gracias de nuevo a Dios omnipotente, porque ha dado a la Iglesia la luz y la fuerza de acompañar al hombre en el camino terreno hacia el destino eterno. También en el tercer milenio, la Iglesia es fiel en asumir el camino del hombre, consciente de que no camina sola, sino con Cristo, su Señor. 92.- Que María, la Madre del Redentor, que permanece junto a Cristo en su camino hacia los hombres y con los hombres… acompañe con materna intercesión a la humanidad en el tercer milenio, con fidelidad a Jesucristo, que es el mismo ayer, hoy y siempre (Cfr. Hb 13, 8)" (70). Lima, 9 de enero de 2000 +Juan
Luis Cipriani Thorne |
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NOTAS 51. Catecismo de la Iglesia Católica, no.2420 [Regresar] 52. Juan Pablo II, Centessimus annus, no.32 [Regresar] 53. Juan Pablo II, Centessimus annus, no.33 [Regresar] 54. Juan Pablo II, Centessimus annus, no.35 [Regresar] 55. Juan Pablo II, Centessimus annus, no.43 [Regresar] 56. Juan Pablo II, Centessimus annus, no.35 [Regresar] 57. Juan Pablo II, Centessimus annus, no.43 [Regresar] 58. Juan Pablo II, Centessimus annus, no.36 [Regresar] 59. Cfr. Juan Pablo II, Centessimus annus, no.36 [Regresar] 60. Juan Pablo II, Centessimus annus, no.36 [Regresar] 61. Juan Pablo II, Ecclesia in América, no.67 [Regresar] 62. JuanPablo II, Ecclesia in América, no.27 [Regresar] 63. Juan Pablo II, Centessimus annus, no.46 [Regresar] 64. Juan Pablo II, Centessimus annus, no.46 [Regresar] 65. Juan Pablo II, Centessimus annus, no.47 [Regresar] 66. Juan Pablo II, Centessimus annus, no.43 [Regresar] 67. Juan Pablo II, Centessimus annus, no.49 [Regresar] 68. Juan Pablo II, Centessimus annus, no.58 [Regresar] 69. Juan Pablo II, Ecclesia in América, no.18 [Regresar] 70. Cfr. Juan Pablo II, Centessimus annus, no.62 [Regresar]
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[Reseña histórica de la arquidiócesis][Arzobispo y obispos auxiliares] |