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COLECCIÓN NUEVA EVANGELIZACIÓN No. 8 HOMILÍA Tiempo de esperanza Cuatro homilías de Adviento Lima, 21 de noviembre de 2000 Solemnidad
de la Presentación Prólogo Esta publicación presenta las homilías predicadas durante la Santa Misa, en la Basílica Catedral, por el Arzobispo de Lima y Primado del Perú, Monseñor Juan Luis Cipriani Thorne, que pertenecen a los cuatro domingos de Adviento del año 1999. Aproximadamente mil feligreses acuden semanalmente a la sede primada para cumplir allí el precepto dominical, a las once de la mañana, y para escuchar las palabras del Pastor. Cada una de las cuatro homilías de Adviento viene precedida por el texto del Evangelio correspondiente, que pertenecen al tiempo de inicio del año litúrgico y preparación para la fiesta de Navidad. Es así que esta publicación se constituye en una ferviente invitación para que los fieles caminemos hacia el encuentro de Dios y nos preparemos cristianamente ante la proximidad del nacimiento del Niño Jesús, que en este Año Santo celebramos los 2000 años de su venida a la tierra. Es también un llamado a la oración y una necesidad de penitencia. Porque, como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, "La venida del Hijo de Dios a la tierra es un acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos" (n. 522). Y esa preparación se concreta litúrgicamente en el tiempo de Adviento, que significa la venida del Hijo de Dios al mundo, en su doble dimensión de advenimiento en la carne y advenimiento glorioso. Así, pues, tiene un sentido de preparación inminente a la venida real de Cristo. El Calendario Romano señala una doble dimensión teológica del Adviento, como tiempo de esperanza gozosa: "Es tiempo de preparación para las solemnidades de Navidad, en las que se conmemora la primera venida del Hijo de Dios a los hombres, y es a la vez el tiempo en el que por este recuerdo se dirigen las mentes hacia la expectación de la segunda venida de Cristo al fin de los tiempos. Por esas dos razones el Adviento se nos manifiesta como tiempo de una expectación piadosa y alegre." Estamos seguros que la publicación de este documento, que hemos denominado sencillamente "Tiempo de esperanza", será acogido con agradecimiento e interés por sacerdotes, religiosos y laicos. Javier
Dextre Uzátegui
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PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO (Lima, 28 de noviembre de 1999) "En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Estad sobre aviso, velad y orad, porque no sabéis cuándo será el tiempo. Así como el hombre, que partiendo lejos, dejó su casa y encargó a cada uno de sus siervos todo lo que debía hacer y mandó al portero que velase. Velad, pues, porque no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa: si a la tarde, o a media noche, o al canto del gallo, o a la mañana. No sea que cuando viniere de repente, os halle durmiendo. Y lo que a vosotros digo a todos lo digo: velad." Mc 13, 33-37
1.- Comenzamos el tiempo litúrgico de Adviento meditando en el llamado del Señor a los hombres para que seamos salvos: "Velad", como dice el Evangelio de la misa de hoy. Los hombres tenemos que estar preparados para recibir este llamado divino. Adviento es un tiempo de advertencia para prepararnos a recibir a Jesús Niño. La Iglesia nos pide una preparación interior, para que no nos sorprenda el momento del encuentro con Dios, "no sea que cuando viniere de repente, os halle durmiendo". 2.- El mismo mensaje de advertencia nos da Cristo en la parábola de las vírgenes prudentes y las vírgenes necias (Cfr. Mt 25, 1-14). Hay diez vírgenes que están esperando al esposo. Todas están esperando al Señor, pero sólo las prudentes han previsto la necesidad de tener aceite; las necias lo han olvidado. Nosotros representamos el papel de esas personas que están esperando al Señor. Y cinco son necias y cinco prudentes. Las prudentes reciben el premio del reino de los cielos y las necias no. 3.- Vemos que hay un intento de buscar el reino de los cielos entre gente que no lo merece y que no se esfuerza por merecerlo; y entre gente que sí lo merece, porque se esfuerza por alcanzarlo. El esposo de la parábola, que hemos leído en el Evangelio de hoy, es Dios. No sabemos cuándo ni a qué hora llegará a buscarnos, a llamarnos, a recogernos. Tenemos que estar prevenidos, puesto que no sabemos el día ni la hora. En las cosas que miran a Dios, siempre tenemos que estar vigilantes. 4.- Por principio, todos buscamos salir al encuentro de Dios, que es la felicidad. El mensaje evangélico de la Iglesia, desde hace dos mil años, cuando vino Jesucristo a traernos la Buena Nueva de la Redención, continúa vigente. La vida en esta tierra, aprovechada en obediencia al mandamiento del amor divino, es felicidad en el bien, en la verdad, en la belleza. Si actuamos así, como las doncellas prudentes, buscaremos a Jesús en la familia, en el descanso, en el esfuerzo, en el dolor, en el sacrificio, en las lágrimas -cuando una pena grande duela en el corazón-, pero sabiendo que si todo eso lo ofrecemos a Dios se transforma en felicidad, porque desde que Cristo ha venido a la tierra a redimirnos por medio de la Cruz, también el dolor, el sacrificio y las lágrimas se tornan en felicidad eterna. 5.- Nos movemos por un premio que no se acaba de alcanzar en esta tierra, que se termina de alcanzar en la eternidad. Pero a las cinco vírgenes necias se les acaba la luz, las lámparas ya no tienen combustible y se apagan. ¡Cuántas veces, en tu vida o en la mía, se apaga la luz por ser atolondrados, porque no encontramos tiempo para rezar y pensamos que no nos sirve de nada la oración! A las cinco vírgenes prudentes, en cambio, porque son dóciles a la gracia, la sabiduría del Espíritu Santo, que todos hemos recibido en la Confirmación, les conduce a entender que el diálogo con Dios es siempre fecundo. Esa es la diferencia que remarca la parábola del Evangelio. 6.- La sabiduría de Dios es radiante, la ven fácilmente los que aman a Jesucristo, la encuentran los que buscan hacer su voluntad, quienes madrugan para meditar las verdades de la fe. Esa es la prudencia que nos enseñan las mujeres del Evangelio, que no sucumben al atolondramiento de las cosas meramente terrenas. La misma sabiduría divina va de un lado a otro, por decirlo antropológicamente, buscando a las personas que merecen su luz, esa voz que está dentro de nosotros, como regalo del Señor, para saber quién eres, para saber quién soy. 7.- Quiero leer unas palabras aleccionadoras del Santo Padre, sobre la sabiduría: "Nadie es capaz de lograr que lo pasado no haya ocurrido, ni el mejor psicólogo puede borrar el peso del pasado, sólo lo puede lograr Dios, quien con ese amor creador marca en nosotros cada día un nuevo comienzo". Esto es lo grande del sacramento del perdón, la penitencia. Nos colocamos cara a cara ante Dios y cada uno es escuchado personalmente para ser renovado por Él. ¡Qué maravilla! 8.- Un mundo sin perdón, una Iglesia sin redención, una vida sin el sacramento de la Confesión es llevar encima, permanentemente, la sombra de nuestro pasado, de nuestro pecado, de nuestras faltas. Pero no es así, gracias a Dios. Entonces, ¿por qué martirizarnos, por qué no obedecer al Papa? Él te dice: colócate cara a cara con Dios, acércate a la Confesión. El mensaje clave de la fe católica es un Cristo que es Perdón, que es Amor, que es Misericordia. 9.- Cuando un fiel cristiano descubre que debe ser como Cristo y lo intenta pidiendo la ayuda divina, aprende a amar, que es perdonar, que es tener misericordia, que es darle un abrazo a ese hermano que requiere consuelo, o a ese hijo que viene tal vez dolido de lo que ha hecho, o a esa esposa que espera una disculpa si ha tenido un olvido. Todos merecemos perdón cuando tenemos arrepentimiento por no haber sido generosos. 10.- ¡Cómo no vamos a anunciar la alegría de una fe que dice que todo tiene arreglo en esta vida! Por eso el Papa con tanta insistencia nos recuerda que siempre es posible el encuentro con Dios, por mucho que hayamos pecado, por muy alejados que nos sintamos; porque Él está saliendo siempre a nuestro encuentro y porque nosotros estamos dispuestos a humillarnos, a pedir perdón y a hacer el propósito de recomenzar nuestra vida cristiana. 11.- Si algo nos ocurre hoy es que llevamos el peso del pecado que nos arrastra y nos quita la fuerza y la alegría. Ese es el mal del mundo. Abre tu alma, no seamos como esas vírgenes necias que vivían a oscuras, con la tragedia de un dolor que no se sabe para qué es. 12.- Cuántas personas, cuántas familias, cuántos grupos de amigos que trabajan, que luchan, que se esfuerzan, están faltos de luz, de esa chispa de amor de Dios que sólo se tiene cuando Cristo, por la gracia, por el sacramento, por la Eucaristía, la da gratuita y magnánimamente, porque encuentra un corazón humilde y esperanzado. Tenemos el ejemplo de las cinco prudentes que saben amar, saben rezar, saben trabajar, saben ser humildes; tienen un corazón manso y humilde, lleno de fe y de esperanza. 13.- Deja que Cristo ponga en tu alma ese aceite del que nos habla el Evangelio, esa luz de Dios, esa sabiduría de Dios. Verás cómo los problemas dejan de ser problemas si se ven en la perspectiva de las cosas sobrenaturales, si se ven como lo hace el hijo de Dios que confía en su Padre del cielo. 14.- La luz de la fe está en la razón: en tu inteligencia, en tu meditar, en tu reflexionar. La fe no está en tu ojo o en tu oreja, la fe no está en tus pasiones. La fe está fundamentalmente en tu capacidad de acoger la gracia que Dios te da, de pensar, de meditar, de decidir, aunque a veces parece que dentro hay un mundo que revuelve. Hermano mío, esa chispa de la imagen de Dios, la inteligencia, la voluntad, permite al hombre y a la mujer elegir el camino de Cristo. 15.- Aquellas vírgenes, a pesar de ser necias, eran buenas, habían salido a buscar, habían hecho algo bueno, pero no era suficiente, porque querían salvarse solas. En cambio, las vírgenes prudentes querían salvarse con la ayuda del Espíritu Santo. En la vida debes ser humilde, déjate ayudar, y deja que te ayuden, deja que esa criatura -ese papá o ese amigo- sean voces del Espíritu Santo. Pide a Jesús que te hable, encuéntrate con Él. Las necias piden que el Señor les abra a pesar de haber llegado tarde y Él les contesta: no las conozco. ¡Qué fuerte! Hay cielo y hay infierno, hay Dios y hay demonio, pero la redención, la gracia y la ayuda son suficientes. 16.- Somos libres y tenemos que luchar para decirle al Señor que, por amor, le entregamos nuestra libertad. Un día me caigo y el otro me levanto y el alma se va haciendo fuerte con la gracia de Dios, el alma se va haciendo limpia, el alma se va haciendo esa parte de la persona que uno más admira. Cuando se encuentran dos amigos después de muchos años físicamente casi ni se reconocen, ya no tienen casi nada de lo que conocían de sus figuras, pero dentro quedan recuerdos de amistad, de lealtad, de trabajo, de esfuerzo. Cuando hay amor hay que dejar de lado muchas cosas para que Cristo -el mismo ayer, hoy y siempre-, la Virgen María, maravillosa Madre de Dios, San José, un hombre de carne y hueso como nosotros, la Sagrada Familia, nos entreguen esas maravillosas lecciones. 17.- Sólo te digo eso: abre tu alma, pide perdón, acércate a ese sacramento maravilloso de la Penitencia para que tu alma quede limpia como el Cuerpo de Cristo, para que seas Cristo, y de esa manera el Señor dejará que las fuerzas del bien actúen y ese problema que te preocupa, que me preocupa, que preocupa al país o a la Iglesia, no será un problema moral, ni demográfico, ni político, ni social, ni cultural, ni económico, ni religioso; será un problema de millones de personas, que se soluciona porque quieren darse la mano fraternalmente, solidariamente, como hijos de Dios. 18.- Esa fuerza divina, de la gracia, no la controla nadie, cuando realmente queremos hacer el bien. Esa fuerza es eficaz y es benevolente. Apostemos a la confianza en Dios, que te dice: sé honrado, sé sincero, sé honesto, no seas corrupto, cumple tus compromisos, no engañes, comparte con el que no tiene, ayuda al enfermo. Millones de personas de la mano de Dios son mucho más fuerza que ese egoísmo calculado, que ese discurso semi mentiroso que pretende decirnos que la pobreza es un gran mal; porque la verdad es que los hombres y las mujeres no quieren ser generosos. 19.- Falta fibra moral para que todos los hombres y las mujeres, en todos los rincones del mundo, se sientan igualmente hijos de Dios, criaturas dignas que merecen todo el cuidado solidario de los demás. Pongamos, tú y yo, esa fibra moral en la educación, en la salud, en la alimentación de los más necesitados. También en la formación espiritual y religiosa de las almas. Pongamos nuestra confianza en Dios y verás que la Virgen María, Madre de Dios, que San José, nuestro Padre y Señor, que Jesús Niño, acuden a nosotros para llevarnos de la mano a ser prudentes. 20.- La Iglesia tiene una misión superior a la de una coyuntura política o legislativa, judicial o policial, o del orden temporal que sea. La Iglesia está muy por encima de las cosas terrenas, para predicar con libertad soberana la salvación de todos los hombres y para exigir que se respete su mensaje evangélico. Este pueblo mayoritariamente católico quiere ser solidario, acoger al prójimo con cariño, ayudar a los necios a ser prudentes, lejos de todo conflicto y de toda confrontación. 21.- La Iglesia pregona su solicitud por todas las almas cuando recoge en la liturgia el pasaje evangélico que dice: "Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa. Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre" (Mt 43, 14). 22.- Es, pues, un llamado a despertar las conciencias para enseñar a amarnos cristianamente unos a otros, estando siempre alertas. Es un llamado a una docencia y un ejemplo constante en la vida diaria, en el trabajo diario, en esa aventura maravillosa de la libertad que reside en tu capacidad de reflexión, de meditación, de oración, de poder decir: Señor, pequé, perdóname. ¡Qué gran abrazo, qué gran gozo maravilloso de hombres y mujeres de este pueblo cristiano! La fuerza de la fe avivada por el perdón divino libera, porque el amor de Dios espera darte un gran abrazo y decirte que te ama y que le abras tu corazón para entrar en él.
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SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO (Lima, 5 de diciembre de 1999) "Principio del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Así como está escrito en Isaías el profeta: He aquí que Yo envío a mi ángel delante de tu faz, que preparará tu camino delante de ti. Voz del que clama en el desierto: Aparejad el camino del Señor, haced derechas sus sendas. Estaba Juan en el desierto bautizando y predicando el bautismo de penitencia para remisión de los pecados. Y salía a él toda la tierra de Judea y todos los de Jerusalén; y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados. Y Juan andaba vestido de pelos de camello y traía un ceñidor de piel alrededor de sus lomos y comía langostas y miel silvestre. Y predicaba diciendo: En pos de mí viene el que es más fuerte que yo, ante el cual no soy digno de postrarme para desatar la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado en agua, mas Él os bautizará en Espíritu Santo." Mc 1, 1-8
1.- Este segundo domingo de Adviento nos recuerda que tenemos que vivir de manera austera, como lo hizo Juan Bautista. Que debemos convertirnos a Dios, como pedía a sus coetáneos Juan Bautista. Él tuvo una vida de entrega a los demás, preparando la llegada del Salvador. No es un panorama sombrío sino esperanzador. El Santo Padre nos enseña que cuando te entregas a los demás te haces cada día mejor, estás más alegre, eres más humano, eres más divino, por amor a Dios. 2.- Es la entrega del que sabe priorizar sus amores: primero el amor de Dios y complementariamente -porque así debe ser-, el amor a los hombres. El apóstol San Juan recuerda que "el que ama su vida, la pierde; pero el que aborrece su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna" (Jn 12, 25). Es el mensaje cristiano de identificación con Cristo, que supo dar la vida para la redención de la humanidad. Ese Cristo que vivió primero treinta años de vida oculta, trabajando como artesano, en la preparación de su Pasión, Muerte y Resurrección. Ese Cristo que primero nació en un pesebre de Belén, pobre, por amor a los hombres. La entrega es el antídoto del egoísmo, de la poltronería, de la comodidad, de la indiferencia. La entrega entendida como solidaridad; no estoy hablando ahora de la dedicación plena a Jesucristo en la vida religiosa o secular y laical en el mundo, estoy hablando de la vocación común del cristiano. 3.- Frente a la tentación de una vida fácil, está la mortificación constante en cosas pequeñas. El santo Cura de Ars afirmaba que hay dos clases de mortificación: "una es interior, otra es exterior, pero las dos van siempre juntas". Aprendamos de ese hombre santo a no rehuir la mortificación interior y la mortificación de los sentidos. Si lo hacemos así, nos estaremos preparando bien para la Navidad, estaremos viviendo adecuadamente el Adviento. 4.- No podemos actuar como el hombre de la parábola que enterró el talento que había recibido. (Cfr. Mt 24, 14-30). Era Dios quien en definitiva le había dado un talento. Dios nos ha dado el ser, la vida, una fe, una familia. Dios nos pide una respuesta a esos dones. Dejarnos llevar por el temor y la inactividad es enterrar el talento, es olvidarnos que Dios nos pide una respuesta y que estamos viviendo un tiempo de preparación, de conversión, de espera del Niño Dios. Es vivir a espaldas de todas esas realidades. 5.- El que vive a espaldas de la fe le está diciendo a ese Dios nuestro: Tú eres muy exigente, me dio miedo y enterré mi talento, todo lo que me diste lo guardé, aquí te lo devuelvo. Pero eso no lo salva; el Señor lo condena. ¿Por qué? Porque el egoísmo es muy malo; al que entierra lo poco que tiene Dios se lo quita y se lo entrega al que más tiene. El primer egoísmo es pensar todo el tiempo en uno mismo. Tenemos que aprender a pensar en los demás y en servir nosotros a los demás. Así nos encaminamos a una conversión a Dios como preparación de la Navidad. 6.- El beato Josemaría Escrivá decía que la mayor cantidad de problemas personales comienza cuando uno piensa demasiado en sí mismo, se encierra en su torre de marfil de manera egoísta y olvida a los demás, olvida los mandamientos de Dios. ¿Cómo puedo hacer para salir de la torre? Juan Bautista nos lo ha dicho: primero rezar, segundo rezar, tercero rezar. En paralelo, vivir austeramente, hacer voluntarias mortificaciones, ofrecer pequeños sacrificios cuando las dificultades de la jornada nos hagan difícil el trabajo. 7.- Abre tu alma a Dios, comunícate con Él, escúchalo. Siente el silencio activo de la oración, que es diálogo entre dos: Dios y tú. No es ponerte simplonamente delante de Dios para decir: me falta esto, quiero lo otro, no tengo esto. Abre tu alma, de verdad: Señor, aquí está tu hijo, hoy vengo con preocupaciones, quiero aborrecer mis pecados. O, en ocasiones, podemos decirle: vengo lleno de gozo, quiero callar para escucharte. Es decir, dejo que el Señor vaya entrando en mi alma de esa manera y no me encierro en mí mismo, que es el egoísmo del que guardó el talento y lo enterró. 8.- Salgo de mí mismo cuando me confieso, porque tantas veces mis pecados me encierran como en una jaula. Pensamos que Dios no nos conoce y el demonio se apropia de esa jaula y te encierra. Confiésate, limpia tu alma. Santa Teresa de Avila decía que la imaginación era la loca de la casa, la loca de tu casa, cuando la imaginación te trae esos recuerdos negativos, posibilidades de ofender al Señor, esas películas de violencia del cuerpo y del espíritu. No te dejes llevar por la imaginación, cuando tu cabeza te rememora momentos de dolor y de llanto que te ponen triste; o cuando sueñas que eres un héroe y ni siquiera te puedes levantar de la cama. 9.- La imaginación es la loca de casa, una loca que te confunde y te complica la vida. No la dejes suelta, toca la realidad, no te escondas en la imaginación, porque es una manera de encerrarte en ti mismo. Cuántas veces se vive el egoísmo de soñar con esos pensamientos de placer que ofenden a Dios, a tu esposa, a tus hijos, esos pensamientos te hacen daño porque te encierras en ellos. 10.- Lucha para tener confianza en Dios, para no encerrarte en pensar mucho en ti mismo. La vida está hecha para pensar en los demás; el egoísmo hay que combatirlo con energía. Leo unas palabras de la madre Teresa de Calcuta, aquella mujer pequeña que se dedicaba a los pobres todo el día: "Dios no ha creado la pobreza, la hemos creado nosotros con nuestro egoísmo." 11.- El Señor dice: pobres siempre los tendrán porque no seremos todos iguales; a unos les dieron diez talentos, a otros cinco, a otros uno. El que no tiene para comer, para vestirse, para curar su enfermedad, el que no tiene un pequeño empleo, tiene una pobreza que no es pobreza política, es una pobreza moral, fruto del egoísmo de los demás, que no han sabido compartir ni hacer felices a sus prójimos. 12.- Hay que compartir y seremos felices; ayudemos a todos los prójimos que podamos: los miembros de nuestra familia, los compañeros de trabajo, los vecinos y amigos. Recuerdo una anécdota que escuché contar hace mucho tiempo: un hombre muy rico, con mucho dinero, gastaba en su casa muy poquito, pagaba buenos sueldos a sus trabajadores, hacía obras de caridad, tenía una fundación para ayudar a mucha gente pobre, su casa era elegante, pero era pobre. Su dinero lo daba a los demás, estaba desprendido, colaboraba con los demás. Al mismo tiempo iba a atender un comedor de niños pobres. Un día uno de esos muchachos, con su cuchara, acabó la sopa y miraba la cuchara como si fuera un tesoro, le pasaba la lengua varias veces, la envolvía en un pequeño papel y se la guardaba como un tesoro. ¡Era un pequeño egoísta que guardaba su cuchara y no quería compartirla con nadie! Aquel otro hombre que era rico, en cambio, vivía pobre, como Juan Bautista, a pesar de que era hijo de un matrimonio destacado entre su pueblo, era hijo de Isabel y Zacarías, y tenía por tíos nada menos que a María y José. 13.- Hay gente que lo poco que tiene lo esconde todo para sí, y otra que lo comparte; y hay gente que tiene mucho y se lo guarda, es egoísta, vive triste, y hay ricos que saben vivir con sobriedad y ser generosos. Recordemos a la madre Teresa: Dios no ha creado la pobreza, la hemos creado nosotros con nuestro egoísmo. 14.- El egoísmo es un pecado que tiene dos manifestaciones: primero, el egoísmo del cuerpo, que es el abuso de la sensualidad, búsqueda del placer morboso de la vista, el uso indebido del sexo, la imaginación descontrolada; es el egoísmo del animalito, que no repara en su alma inmortal, llamada a gozar de Dios en la eternidad. Y el otro egoísmo es el egoísmo del alma, casi más peligroso todavía: la soberbia. Ten miedo al pecado de la soberbia, porque ciega, empobrece la fe y nos endiosa con una idolatría mala que nos aleja del verdadero Dios, de nuestro Padre Dios. Vivamos, en cambio, la filiación divina, que es un endiosamiento bueno, porque nos hace hijos de Dios por la humildad, por la mansedumbre, por la generosidad. 15.- Entremos en ese santuario que es un rincón del cielo dentro de ti, en el fondo de tu alma. Tal vez no lo conozcas todavía del todo. Allí es donde Dios ha elegido hacer su morada. Tú sabes lo que es que Dios esté dentro de ti. Recuerda por ejemplo cuando hiciste tu primera comunión. Jesús tiene un rincón dentro de ti; el Dios de los amores, el Amigo de los amigos, el Perdón que perdona al que confiesa sus culpas, quiere entrar a ese santuario tuyo para lavarte el alma y prepararla para la Navidad, para la conversión, para el diálogo continuo con Dios. 16.- La única forma de preparar ese lugar recóndito de tu alma para el ingreso de Dios es rezar constantemente, tener una vida penitente, sentir dolor por las ofensas cometidas. A través de la oración, de la mortificación y del arrepentimiento, abrimos el alma a Dios, le permitimos ingresar a ese santuario que es tu conciencia, en donde se ve claramente dónde está el bien y dónde está el mal. 17.- Pídele a la Virgen que sepas prepararte para recibir al Niño Jesús en tu alma. Ella es ejemplo de mujer hacendosa, trabajadora, fiel a Dios. Nuestra Madre Santa María es la criatura más hermosa. Queremos recordárselo a Nuestra Señora como alabanza rendida, tuya y mía. Que Ella nos ayude a preparar el santuario de nuestra conciencia para recibir a su Hijo queridísimo, venciendo a nuestro egoísmo, a nuestra sensualidad y a nuestra soberbia. Encontraremos en ese diálogo divino la felicidad que nos prepara el camino del cielo, que da tanto gozo que nos permite entregarnos cada día a los demás en pequeños actos de servicio, que nos hace mejores hijos de la Iglesia.
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TERCER DOMINGO DE ADVIENTO (Lima, 12 de diciembre de 1999) "Fue un hombre enviado de Dios, que tenía por nombre Juan. Este vino en testimonio para dar testimonio de la luz, para que creyesen todos por él. No era la luz, sino para que diese testimonio de la luz. Y este es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron a él de Jerusalén sacerdotes y levitas a preguntarle: ¿Tú, quién eres? Y contestó y no negó, y confesó: Yo no soy el Cristo. Y le preguntaron: ¿Pues qué?, ¿Eres tú Elías? Y dijo: No soy. ¿Eres tú profeta? Y respondió: No. Y le dijeron: ¿Pues quién eres, para que podamos dar respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo? Él dijo: Yo soy voz del que clama en el desierto: enderezad el camino del Señor, como dijo Isaías profeta. Y los que habían sido enviados, eran de los fariseos. Y le preguntaron y le dijeron: Pues, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el profeta? Juan les respondió y dijo: Yo bautizo en agua, más en medio de vosotros está a quien vosotros no conocéis. Este es el que ha de venir en pos de mí, que ha sido engendrado antes de mí, del cual yo no soy digno de desatar la correa de la sandalia. Esto aconteció en Betania de la otra parte del Jordán, en donde estaba Juan bautizando." Jn 1,6-8. 19-28
1.- El tiempo de Adviento que estamos viviendo es tiempo de preparación a las solemnidades de la Navidad, en la que se conmemora la primera venida del Hijo de Dios a los hombres. Pero es también tiempo en el que nuestras almas reflexionan sobre la segunda venida de Cristo a la tierra, al final de los tiempos. Por eso es tiempo de alegre esperanza. Estén, pues, siempre alegres, el Señor está presente ayer, hoy y siempre. La Iglesia estalla en un grito de gozo, cuando citando la carta de San Pablo a los Tesalonicenses, que hemos escuchado en la segunda lectura, afirma: "Hermanos: Estad siempre gozosos, orad sin cesar, en todo dad gracias, porque esta es la voluntad de Dios en Jesucristo para todos nosotros." (Cfr. 5, 16-24). 2.- La tristeza, la intranquilidad surgen cuando se pierde tiempo pensando cada uno en sí mismo, la fuente de intranquilidad es encerrarse en sí mismo. El egoísmo aparece con una característica muchas veces muy desagradable: la envidia, el compararse cada uno con otros, y surge la tristeza como consecuencia de mirar talentos ajenos que uno no tiene. Se va la alegría y junto con la pena puede ingresar en el alma más fácilmente la tentación y la caída. 3.- Dice el Evangelio que Juan vino a dar testimonio de la luz. La gran mayoría de problemas humanos surge porque el hombre apaga esa luz, queda a oscuras, de espaldas al Evangelio de Dios. Es ese individualismo, tan metido en la sociedad de hoy, que lleva a la gente a hacer su torre de marfil, en la que él es el dios, su propio ídolo. Si te pasa algo así, evita perder el tiempo de esa manera, ocúpate de los demás: alégrate con la alegría de los demás, duélete con el dolor de los demás, no los abandones, únete a su dolor, ten compasión, perdona las ofensas que te pueden hacer los demás. Alégrate siempre porque de esa alegría que viene del amor a Dios surgen las fuerzas para perdonar, para acompañar a los demás y ayudarlos en sus dificultades. 4.- Cuando nos comportamos así, no nos cansamos. Sólo así la alegría es fácil, no es un remedio amargo que hay que tomar a la fuerza; la alegría cristiana se alimenta del amor de Dios. El profeta vuelve a insistir, desbordado de gozo con el Señor, alegrándose de anunciar a nuestro Dios. Nada puede haber en esta vida que calme el afán de felicidad que todos tenemos. Lo peor que puede pasar es que te engañes y luego te des cuenta, cuando pensaste que la alegría y la paz las ibas a encontrar en lo que sea. No es como cada uno quiere, con su capricho. Tarde o temprano, te das cuenta que no es así, y viene esa frustración, ese desánimo o esa cólera, porque te volviste a engañar. Nada temporal puede cambiar el afán de tu corazón de encontrarse con lo eterno. 5.- Tu corazón y el mío no descansan en nada que el tiempo pueda cambiar. Si quiero detener el tiempo para poner a Dios de lado, quitarlo de mi camino, tarde o temprano me doy cuenta que era porque yo quería adorar a ese pequeño ídolo que soy yo mismo, lleno de soberbia, de pereza, de sensualidad o de mezquindad. A veces el espejuelo puede ser el poder, la vanidad, el dinero o la comodidad. Son tantas las cosas que uno quiere que se detengan para hacer un teatro donde yo soy un ídolo, donde eternamente soy "feliz". Lo humano tiene la señal de lo que va cambiando, variando. Por eso, si uno pone el afán de felicidad en tal o cual proyecto, pero no lo dirige a Dios, no purifica su corazón para decirle al Señor: este amor mío Tú lo iluminas. ¡Tú eres la luz de la que Juan Bautista da testimonio! 6.- El amor de un padre y una madre a su hijo -o viceversa-, parecería que es la absoluta felicidad para siempre, pero sin embargo tantas veces esa alegría extraordinaria ante los hijos ha pasado por tantas lágrimas, por tantas contrariedades y sinsabores. ¿No es verdad que tantas veces has sentido el dolor ante sucesos familiares? Te recomiendo que te arrodilles ante tu Padre Dios y le digas: Señor, cuánto quiero a mis padres en Ti, junto a Ti, por Ti, cuánto rezo cuando los veo sufrir, cuánto ofrezco mis pequeñas dificultades en el trato con los demás, o en el dolor cuando los veo con dolor, o cuánto los extraño porque estoy lejos y los veo solos, porque Tú, mi Dios, has sido tan grande que me has dado a estos padres y a estos hijos, que son como son y así debo quererlos, con sus defectos, ayudándolos para que esos defectos puedan ser corregidos. 7.- Los hijos son angelicales recién nacidos, cuando dan sus primeros pasos, cuando comienzan a hablar y dicen: papá, mamá… pero cuando tienen 17 ó 23 años ya no son tan angelicales y la mamá dice: lo llevé en el vientre; y el papá dice: lo tuve en mis brazos. Eso entonces no cuenta porque vienen las rebeldías o las caídas o las imprudencias y la temeridad de la juventud. Entonces se pone a prueba el amor paterno y materno, que tiene que acudir a Dios para enriquecer ese cariño a los hijos, para armarse de paciencia y educarlos bien, que es educarlos cristianamente. Haciéndolos participar, por ejemplo, en la meditación y en la mortificación como preparación para recibir adecuadamente al Niño Dios. 8.- Los padres sobrenaturalizan así su amor a los hijos, dejan de lado el egoísmo para entregarse al servicio de ellos, elevan con mayor facilidad el corazón a Dios porque requieren de su gracia y valoran el consuelo divino. Entonces se ha sublimado el amor humano, porque se ha hecho cristiano. Dios es el camino, la luz, la felicidad. Levanta tu corazón a Dios para que esta maravilla que es el mundo te lleve a esta alegría cristiana que entiende que todo lo creado es parte del gozo de su Creador; que nosotros, sus hijos, compartimos ese gozo si miramos las cosas con ojos de eternidad.
9.- Estamos cerca de la Navidad, que es un momento en que las familias se dan un abrazo para siempre; el hijo que estaba lejos se acerca donde la mamá y le dice que es la Navidad y la llena de besos y abrazos, habla con el padre de hombre a hombre, con humildad y sinceridad, para que le aconseje bien. ¡Cómo no conmovernos ante un Dios que se despoja de todo lo divino para darnos cariño y consejo, como los padres a sus hijos! 10.- La Iglesia, que es de Dios, nos enseña hoy con la epístola paulina que abramos el corazón para dar gracias por todos los dones recibidos en nuestra vida, haciendo este buen gesto, que es humano y divino, porque dejamos que Jesús entre en nuestras almas por la docilidad a la acción del Espíritu Santo. Gracias, Jesús, por el don de la vida; gracias, Jesús, porque tengo salud, alimento, educación, trabajo. No seas tan soberbio que te olvides de esos dones divinos, por mucho que quizás hay expectativas concretas que te ilusionan y que no has podido conseguir, por mucho que lo hayas intentando, porque las dificultades externas son grandes, por lo que sea. 11.- Dale gracias a Dios y dale gracias también a tus padres, que te han traído al mundo y te han cuidado, te han formado, te han alimentado, te han llevado al templo para que cultives la fe, porque quieren lo mejor para ti. Y, simultáneamente, di: Gracias, Señor, también por mis dolores, por mis tribulaciones, por mis frustraciones, porque a veces me has enseñado a palos, cuando no he sabido reaccionar, como cualquier buen padre que exige a su hijo que sea dócil a sus enseñanzas terrenas. Perdóname, Señor -sigue diciéndole-, porque me he hecho merecedor de que me hayas golpeado un poquito, para que reaccione. Gracias, Señor, porque me quieres tanto que no has permitido mi engreimiento y mi capricho, porque me has corregido con suavidad y con cariño. Gracias, Señor, porque me falta a veces lo más importante para poder sostenerme, la comida. 12.- Lo que no quiere decir, sin embargo, que ruegues a Dios, si has perdido la salud, para que te la dé una vez más; si te falta alimentos, para que tus hermanos, los hombres, te alcancen un pedazo de pan. Sin olvidar que la pobreza es un tesoro del cielo para que no olvides que somos peregrinos a la búsqueda del Niño Dios, de Cristo en la Cruz, del Salvador Resucitado que nos abre las puertas del cielo. 13.- No soy digno de desatar la correa de la sandalia de Jesús pero tengo la misma alegría que Juan Bautista, me doy cuenta de la verdad del Evangelio. Puedo besar con humildad el camino que me señala el profeta para llegar al Salvador, o lavar con mis lágrimas y ungüento los pies de Jesús, como la mujer del Evangelio (Lc 7, 37 y ss). Los besos y las lágrimas que podemos dar al Señor es la práctica de la Confesión, el sacramento del perdón, que nos devuelve el gozo y la paz. Jesús, que siempre nos gana en generosidad, entonces nos lava y nos besa y nos alegra y nos llena de tranquilidad y de ilusiones. Estoy arrepentido, confieso mis pecados y en compensación de haberme acercado al Señor, tengo el camino expedito para recibir la Eucaristía, para que estalle mi corazón de felicidad porque Dios ha entrado en mi alma. 14.- Señor, que sepa yo pedir perdón, que sepa tener la humildad de reconocer tantas veces mis faltas para recuperar el gozo y la paz. Jesús es el único capaz de saber que esas alegrías son verdaderas. Por eso si vas de un lado a otro buscando alegría te agotas. Dile a Jesús que te muestre el camino, y te señalo a los enemigos de esa alegría para que los recuerdes: el egoísmo, el pensar que tú y tus cosas son el centro del universo -un desastre-, tus caprichos. Te conviertes en ídolo, dejando a Dios de lado; el no ser agradecido, el pensar que todo te lo mereces por tu linda cara; el tener ese rencor que lleva a no olvidar y no perdonar. Seamos recios para perdonar; hay que tener coraje, el perdón de los débiles no es perdón, es resignación. La alegría de perdonar necesita de un temperamento recio, coraje, fuerza interior para saber ponerte de rodillas ante tu esposa, ante tu hijo, ante tu padre, ante tu amigo. 15.- Así, serás más humano y más alegre que nunca. Esto necesita nuestra Iglesia, nuestras familias, nuestros hogares: Perdona nuestras faltas, Señor, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden, rezamos en el Padrenuestro. Recuerdo unas palabras del beato Josemaría Escrivá: "No he tenido que aprender a perdonar porque Dios me ha enseñado a querer". Ese amor, que es fuente de gozo y de alegría, es también la fuente del perdón. No lo olvidemos. 16.- Hay megaeventos que recuerdan a la torre de Babel, expresión de la soberbia humana, la tendencia a la idolatría. El castigo fue la confusión de lenguas. Volvamos los ojos más bien al gran megaevento que es el Nacimiento del Hijo de Dios, de nuestro Señor Jesús. Este es un gran episodio de la Sagrada Escritura que narra las bendiciones de Dios a los hombres. Acudimos a la Virgen, que es causa de nuestra alegría, Madre de Jesús y Madre Nuestra, para que prepare nuestro corazón para la próxima Navidad y para el Año Santo que conmemora el segundo milenio de la llegada de Jesús a la tierra. Que la Navidad sea el megaevento que convierta nuestros corazones, que nos comunique el don de lenguas para agradecer a Dios tantos dones y para pedirle perdón por nuestros pecados. ¡Jesús, que en el jubileo del Año Santo nos demos todos un abrazo fraterno y cristiano, en la presencia de Dios!
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CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO (Lima, 19 de diciembre de 1999) "En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado de Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una Virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David, y el nombre de la Virgen era María. Y habiendo entrado el ángel a donde ella estaba, dijo: Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo, bendita tú entre las mujeres. Y cuando ella oyó esto, se turbó con sus palabras, y pensaba qué salutación fuese ésta. Y el ángel le dijo: No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; he aquí que concebirás en tu seno, y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el trono de David su padre, y reinará en la casa de Jacob por siempre. Y no tendrá fin su reino. Y dijo María al ángel: ¿Cómo será esto, porque no conozco varón? Y respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y te cubrirá con su sombra la virtud del Altísimo. Y por eso lo Santo que nacerá de ti, será llamado Hijo de Dios. Y he aquí que Isabel, tu parienta, también ha concebido un hijo en su vejez, y este es el sexto mes de la que se llamaba estéril, porque no hay cosa alguna imposible para Dios. Y dijo María: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Y se retiró el ángel de ella." Lc 1, 26-38 1.- La humanidad ha esperado por muchos siglos la venida del Redentor, y justamente pienso que el hombre y la mujer, en los tiempos actuales, están tan acostumbrados sólo a lo que se ve, a lo que se toca, a lo que se tiene. Estamos tan metidos en ese mundo materialista en el que sólo se busca éxito, dinero, egoísmo, placer, que nos resulta muy difícil el poder abrir nuestro pensamiento y nuestro corazón para que pueda entrar el misterio, lo que no se ve, lo sagrado, la grandeza del Creador, la bondad de nuestro Dios. 2.- Por eso le pido al Señor que sea Él quien en cada corazón, en cada rincón del mundo, abra inteligencias y corazones a las personas de buena voluntad. Que el Señor los acompañe por su peregrinaje terreno. Especialmente, que abra las inteligencias y los corazones de los pequeños, porque el reino de los cielos es para los niños y para los que se hacen como niños delante de Dios. 3.- Jesús, que va a nacer, llama a toda la humanidad a la conversión, a la reconciliación, a la entrega a los demás, para que se prepare para el advenimiento del reino de los cielos. Miremos a la niñez en este tiempo de Adviento. Ellos gozan con la espera de la Navidad, esperan los regalos que recibirán ese día. Es una manera pedagógica de enseñarles que la Navidad trae otros regalos, los regalos espirituales que mejoran el alma. En los niños se refleja la imagen de Dios; los hombres entendemos de alguna manera, al modo humano, cómo es Dios, por su inocencia, por su alegría, por su bondad, por su simplicidad y sencillez. 4.- Los niños están inermes, no se defienden, son pequeños, casi no hablan, necesitan del cariño de los demás, por eso el privilegio de acudir al pensamiento de los niños, y de los enfermos –porque el mal físico los hace también inermes, como los niños- para pedirle a Dios que cada uno de nosotros, con su ayuda, tengamos esa capacidad de poder abrir el alma para que entre el gran silencio de Dios, que es gracia, que es luz, que es paz. 5.- Desde la hora del pecado original hasta la llegada del Hijo de Dios, han sido largos siglos de espera. Ante el gran silencio del Creador del mundo, la tierra clamaba, la humanidad clamaba: "Acuérdate de tu pueblo, no nos olvides", y fueron siglos hasta que llega ese umbral de la venida del Redentor. Jesús está a punto de llegar, pero lo primero que nos ha pedido a todos es cultivar el silencio, el silencio activo de la oración, sin ruido de palabras (Cfr. Beato Josemaría, Camino, nº 85), que facilita la contemplación amorosa del misterio del nacimiento de Jesús. 6.- ¿Te has fijado cómo una madre, cómo un padre, pueden estar horas contemplando a ese hijo pequeñito suyo? Qué le van a decir si todavía no habla, si todavía no saben si los reconoce, pero lo pueden contemplar y en ese silencio hay un recorrido de amor. ¡Cuántas veces ante una persona querida y enferma nos hemos puesto al lado en silencio, acompañando con nuestra presencia y nuestro silencio, nuestro apoyo, nuestra ayuda, nuestro cariño! Es un silencio que habla sin palabras, comunica afectos y solidaridad. Quisiera que en este silencio que quiere anunciar que dentro de pocos días nace Jesús, encontremos la paz de Dios. No el monólogo, no el silencio que habla de sí mismo, del que está pensando en sí mismo. Al contrario, el silencio que contempla las maravillas que ha operado Dios con la humanidad, con mi familia, con mis padres y hermanos, conmigo. 7.- Las maravillas de Dios están recogidas en los cuatro evangelios; y las de María, como sabemos, están especialmente en el Evangelio de San Lucas, que hemos leído hoy en la Santa Misa. En el Evangelio hay narraciones muy significativas, históricas y teológicas, de gran magnitud. Pero también hay silencios igualmente significativos y comunicadores. En la vida de María hubo momentos de silencio que nos tienen como en suspenso, como cuando el ángel la encuentra recogida en oración. Esos silencios en los cuales Dios habla por dentro con gestos y con palabras, nos revelan la grandeza del mundo sobrenatural que se nos abre con la llegada de la Redención. 8.- Cuando vemos a los enfermos en los hospitales, a los ancianos en los hospicios, y sólo Dios sabe a cuántas personas que carecen de parientes y amigos y sufren soledad, contemplamos un silencio terrible, que solamente se rompe si sabemos convertirlo en el silencio maravilloso del diálogo interior con nuestro Padre Dios. A ellos queremos decirles que no están solos, que compartimos la alegría de la espera del nacimiento de Jesús. Esa espera llena, con su silencio exterior que es diálogo activo con el Señor, los corazones de esperanza, de fe, de amor. 9.- Nazaret era un pueblo de unos dos mil habitantes más o menos y la casa de María era una casa limpia y sencilla aunque pobre. Ella está en oración y empieza ese diálogo que nos deja a todos muy conmovidos. ¡Qué humildad! Queremos pedirle a Santa María que nos consiga de Dios esa humildad. Le dice el arcángel Gabriel que va a ser Madre de Dios y ella pregunta cómo va a ser si no conoce varón. ¡Qué corazón, qué pureza, cómo sabía amar, qué humilde! Qué lección nos diste, Santa María, en aquel momento conmovedor que cambió la historia de la humanidad. ¡Cómo nos quitas, Madre mía, toda la soberbia, todo el orgullo, toda la vanidad, para que yo también le sepa decir al Señor que quiero convertirme, que quiero prepararme, que quiero estar bien dispuesto para su llegada al mundo. 10.- Y el arcángel Gabriel la vio tan confundida a aquella Madre nuestra que es santa cuando recibió el anuncio de su maternidad divina, ella que está llena de gracia, que le dice: no te turbes, no tengas miedo. Hermanos, cuando Dios cuenta contigo, te lo digo de veras, entra un poco de miedo porque ese amor de Dios es tan grande que a veces da temor, que uno se pregunta: ¿Qué me irás a pedir, Señor, cuando tanto me amas? Cuando Dios pasa cerca no te preocupes, Dios exige un poco porque es un amante infinito, te quiere mucho, y ese amor le lleva a pedirte lo que puedes dar y más porque Él está contigo y te da su gracia. 11.- María se confundió como tú y yo nos confundimos tantas veces, cuando terminamos por decir: Señor, me da miedo no darme cuenta de la grandeza de tu nacimiento, ayúdame, dame luces. Y luego, cuando el ángel le explica cómo va a ser todo, María le dice: He aquí a tu esclava, has lo que quieras conmigo. Aprendamos esta lección. Abandónate en manos de Dios, que son unas manos seguras y tiernas, porque mientras que las nuestras tantas veces traicionan, las de Dios jamás. Dios es un amigo que nunca traiciona, tiene silencio, tiene momentos de prueba, pero cuando abres tu alma como María: -Hágase, Señor, según tu palabra, dejo todo en tus manos-, Él te dice: No temas. Y, entonces, ¡qué paz! 12.- Hemos leído en la carta de San Pablo a los romanos que Dios es poderoso para confirmarnos en el Evangelio de Jesucristo (Cfr. Ro 16, 25-27). Para Dios nada es imposible, por eso -con San Juan de la Cruz- te quiero decir: "Pon amor donde no hay amor y sacarás amor". Aleja en estos días de Navidad cualquier pequeña señal de cólera, de envidia, de egoísmo, de distancia, es el momento en que toda la familia se reúne; es el momento en que olvidamos todo, purificamos la memoria. ¡Madre mía, purifica mi memoria. San José, -qué hombre más bueno- protege a todas las familias, para que en estos días haya ese gran abrazo fraterno y filial, conyugal y cordial entre todos! 13.- Tantos tenemos a nuestros padres ya en el cielo, otros los tienen lejos de donde viven, hermanos nuestros que están en diferentes sitios. Le pido a José y a María que hagan este milagro, espiritual o físicamente: ¡Que las familias sientan esa comunicación de amor, de perdón, de alegría, de gozo. Señor, regálanos ese milagro! 14.- Y nosotros, ¿qué le vamos a regalar al Niño Jesús en esta Navidad? Le vamos a regalar el arrepentimiento por nuestros pecados, le vamos a pedir perdón por aquellas veces que hayamos podido hacer mal a otras personas. Es un perdón que, con la ayuda de Dios, Jesús lo aceptará y nos llenará a todos de gozo, de paz, de alegría. Piensa qué le vas a regalar a ese Niño que está por nacer y qué le vas a pedir. Mientras tanto le pedimos esa paz interior para todos, esa alegría interior para todos y un regalo muy grande para aquellos que pasan un momento de tribulación o de soledad, sea enfermedad, sea soledad, sea abandono. 15.- ¡Que el Niño Jesús baje a todos esos rincones del mundo. Que Santa María y San José nos acompañen con villancicos y con panetones, pero sobre todo con dones espirituales! Lima, 21 de noviembre de 2000 Solemnidad
de la Presentación
+Juan
Luis Cipriani Thorne
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