COLECCIÓN NUEVA EVANGELIZACIÓN Nº 10

JUBILEO

Gran movilización de fe
al inicio del Tercer Milenio

El Jubileo del Año Santo 2000
en la Arquidiócesis de Lima

Primera Parte

La difusión de la Palabra de Dios,
en unión al Santo Padre Juan Pablo II

Terminado el Jubileo por el Año Santo 2000, su Santidad Juan Pablo II nos ha enviado la carta Apostólica Novo Millennio Ineunte, en la que evalúa la riqueza espiritual que ha traído al mundo este tiempo de especial gracia, en uno de los documentos más elocuentes de su largo y fructífero pontificado. No podemos olvidar, afirma en ella, "el deber de gratitud por las maravillas que Dios ha realizado en nosotros". Y continúa, "es necesario pensar en el futuro que nos espera. Tantas veces, durante estos meses, hemos mirado hacia el nuevo milenio que se abre, viviendo el Jubileo no sólo como memoria del pasado, sino como profecía del futuro. Es preciso ahora aprovechar el tesoro de gracia recibida, traduciéndola en fervientes propósitos y en líneas de acción concretas."

Su Santidad Juan Pablo II continúa diciéndonos que la pastoral de la nueva evangelización, al comienzo del Tercer Milenio de la Cristiandad, "es una tarea a la cual deseo invitar a todas las Iglesias locales. En cada una de ellas, congregada en torno al propio Obispo, en la escucha de la Palabra, en la comunión fraterna y en la fracción del pan, está verdaderamente presente y actual la Iglesia de Cristo, una, santa, católica, y apostólica. Es especialmente en la realidad concreta de cada iglesia donde el misterio del único Pueblo de Dios asume aquella especial configuración que lo hace adecuado a todos los contextos y culturas."

Bajo la inspiración de estos santos deseos del Romano Pontífice, obispo de Roma y Pastor universal, recogemos en esta primera parte cuatro homilías, entre las muchas pronunciadas por Monseñor Juan Luis Cipriani, Arzobispo de Lima y Primado del Perú, con motivo del Año Santo. La primera es del 25 de diciembre de 1999, apertura del Jubileo en Lima. La segunda, de la Noche Buena de 2000. La tercera, de la Misa de Navidad del año 2000, ante la presencia del Presidente de la República y otras autoridades del Estado. Y la cuarta, de la Misa de Acción de Gracias por la culminación del Año Santo, el 7 de enero de 2001.

Las palabras de nuestro Arzobispo, en cada jornada de este Año Santo, constituyen una invalorable enseñanza para fortalecer este propósito de impulsar la nueva evangelización en el Tercer Milenio de la Cristiandad.

 

Javier Dextre Uzátegui
Secretario de Prensa
Arzobispado de Lima

 

I.- Abrir las puertas a la conversión

El Año Santo en Lima se inició el día de Navidad de 1999, con un recorrido procesional desde Basílica del Rosario, en el convento de Santo Domingo, hasta la Catedral, encabezado por el Señor Arzobispo. Nuestro Pastor estuvo acompañado del obispo auxiliar de Lima, mons. Alberto Brazzini, de los monseñores Salvador Piñeiro y Octavio Casaverde, de sacerdotes, seminaristas y fieles. Su ingreso a la sede Primada por la puerta principal levantando el evangeliario, seguido de la nutrida multitud, significó la entrada del pueblo católico de Lima a la gran fiesta del Jubileo. Al acto litúrgico asistió mons. José Antonio Almandoz en representación del Señor Nuncio y diversas autoridades políticas y civiles.

Homilía pronunciada por el Arzobispo de Lima y Primado del Perú, mons. Juan Luis Cipriani Thorne, durante la Santa Misa por la Natividad del Señor e inicio del Año Santo en Lima. Sábado, 25 de diciembre de 1999.

1.- Queridos hermanos, al iniciar el Jubileo del Año 2000, deseo leerles unas palabras del Santo Padre, en la Bula de convocación, donde nos dice: "Establezco que la inauguración del Jubileo en las iglesias particulares se celebre el día Santísimo de la Natividad del Señor Jesús, con una solemne liturgia eucarística presidida por el obispo diocesano en la Catedral".

2.- Y hoy estamos, de una manera especialmente solemne, renovando nuestra unión filial afectiva y efectiva con el Vicario de Cristo, con el sucesor de San Pedro: Su Santidad Juan Pablo II. Somos una Iglesia que renueva su adhesión total, concreta, a su persona y a su magisterio; estamos unidos a todos los obispos en el mundo y en el Perú, y en comunión con el Santo Padre formamos ese Cuerpo de Cristo.

3.- La presencia de monseñor José Antonio Almandoz, representando al Señor Nuncio, es para nosotros particularmente grata, porque de alguna manera podemos manifestarle esa verdadera unidad, tesoro de la Iglesia puesto en nuestras manos, para que todos, pastores, sacerdotes, religiosas, religiosos, y todo el pueblo de Dios, que reluce por el misterio del nacimiento de Jesús, nos presentemos unidos en esta realidad concreta que es la Arquidiócesis de Lima.

4.- Continúa el Santo Padre en la misma Bula, documento solemne con el cual convoca a la apertura del Jubileo, afirmando que "La Navidad de 1999 debe ser para todos una solemnidad radiante de luz, preludio de una experiencia particularmente profunda, de gracia y misericordia divina, que se prolongará hasta la clausura del Año Jubilar, el día de la Epifanía de nuestro Señor Jesucristo, el 6 de enero del año 2001".

5.- Por eso, cada creyente debe acoger la invitación de los ángeles que anuncian incesantemente: "Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor". Hermanos, por bondad divina, por iniciativa de Dios, ¡qué importante es meditar lo que el Señor, en este Jubileo, en este año largo, tiene preparado para la humanidad entera, para nuestro país, para nuestra familia, para cada uno de nosotros!

6.- Les puedo asegurar que hay una esperanza muy grande que brota del pontificado de Juan Pablo II, desde hace muchos años; una peregrinación que el Santo Padre lleva adelante desde tiempo atrás para prepararnos con jubilo, con trabajo, con oración, con la entrega total de su vida, para hacer ingresar a la Iglesia al tercer milenio. Y eso es lo que hemos querido representar al venir en procesión desde la Basílica del Convento de Santo Domingo hasta la Catedral.

7.- Es él, Vicario de Cristo, quien en nombre de Cristo, con la potestad que tiene el magisterio de la Iglesia, nos abre las puertas a la conversión, a la indulgencia, al perdón de nuestros pecados. Y esa indulgencia, esa remoción de la pena temporal, debemos entenderla con la ayuda del Espíritu Santo.

8.- Cuando una persona comete una ofensa grave y se aparta de su Creador, de su Dios, de su Padre, necesita recurrir al sacramento de la Reconciliación. El sacerdote, en nombre de Cristo, absuelve la pena y entonces vuelve a unirnos con Dios. Se produce, de esta forma, el milagro de la conversión, que no es sólo un sentimiento, que no es sólo una sensación. No, es el misterio maravilloso de la misericordia de un Dios que al hacerse niño nos abre las puertas a la redención.

9.- En ese sacramento personal, que debemos cumplir con arrepentimiento y dolor, se produce el milagro del perdón, el milagro de la entrada de la vida de Cristo en nuestro corazón. Entra Cristo y nos limpia del pecado para que vuelva a surgir en nosotros una nueva vida. Este es, hermanos, el milagro de la reconciliación.

10.- Esta humanidad, nos decía el Papa Pío XII, está olvidándose del sentido del pecado. Por ello, le pido al Señor, en este Jubileo, que a través del Espíritu Santo y de su hijo Jesucristo, comprendamos la gravedad de lo que significa el darle la espalda a Dios, el no obedecer esos mandatos que son el ofrecimiento del amor: los Diez Mandamientos.

11.- El cumplimiento de esos mandatos es el camino seguro a la felicidad, al progreso, a la unidad, al entendimiento, a una mayor solidaridad. Por eso, la injusticia, la violencia, la mentira, son pecados, no son problemas solamente sociales o económicos, son ofensas que nacen en el corazón del hombre y de la mujer; y se convierten, de alguna manera, en "estructura social del pecado", como lo ha denominado el Papa Juan Pablo II.

12.- Por eso le pedimos a Jesús, este niño pequeño que acaba de nacer, indefenso, hermano y amigo, que ilumine nuestros corazones para que al sentir la fuerza del pecado, tengamos esa enorme obligación y deseo de acudir al sacramento de la reconciliación. Porque la pena eterna ante el pecado grave es absuelta mediante la confesión. Y la Iglesia, como Madre nuestra, sale al encuentro de toda la humanidad para decirnos que esa deuda, que se llama la pena temporal, esta sanada.

13.- El Santo Padre, como Vicario de Cristo, nos dice que quien cumpla las condiciones establecidas puede borrar la pena temporal. Y así como un atleta puede recuperar la agilidad, la fortaleza, la alegría, la ilusión, así también podremos estrenar un nuevo amor en la familia, una nueva paz social en el mundo, una nueva "solidaridad", que es el nombre cristiano de la "globalización", como lo enseña el Papa Juan Pablo II.

14.- De esta forma estaremos aptos para entrar al tercer milenio en un nuevo estilo de vida, en un nuevo ritmo de amor, gracias a esa comunión de los santos, a esa indulgencia. ¡Señor, toca las campanas de los corazones de este mundo que tantas veces se detiene sólo ante lo que toca, ante lo que ve, ante lo que disfruta! ¡Jesús, abre los corazones en todas las latitudes, porque tú así lo quieres!

15.- Por eso, el Jubileo es un llamado de nuestra madre Iglesia para abrir las puertas a la conversión, a ese dejar que Cristo limpie nuestras almas y las deje como cuando recibimos el Bautismo. Creo que somos capaces de entrar al tercer milenio con un estilo de vida nuevo en donde la gracia de Dios quiere renovar este mundo.

16.- ¡Hermanos, es un privilegio y al mismo tiempo una responsabilidad el que nos haya tocado vivir este cambio de milenio, porque es tal la esperanza que tiene la humanidad, es tal la fe que nos empuja la presencia y el ejemplo del Papa Juan Pablo II, que sabemos que el amor de Dios hará maravillas, en todos los órdenes!

17.- Le pedimos al Señor que ese llamado del Santo Padre -que pide un cambio de la estructura económica del mundo para que los pueblos adquieran, como hace siglos, la remisión o algún mecanismo por el cual vean aliviada la enorme carga de una deuda que hace más pobres a los pobres-, renueve los corazones de quienes tienen en sus manos en el mundo la decisión de poder empezar el nuevo milenio en unas circunstancias que hagan la vida más humana, más digna y más cristiana.

18.- También nos dice el Santo Padre que el Jubileo es una nueva llamada a la conversión mediante un cambio de vida. Y recuerda a todos que no se debe dar un valor absoluto a los bienes de la tierra, porque no son Dios; ni al dominio o a la pretensión del dominio por parte del hombre, porque la tierra pertenece a Dios y sólo a Él. Dice el antiguo testamento: "La tierra es mía, ya que vosotros son para mí como forasteros y huéspedes". ¡Que este año de gracia toque el corazón de cuantos tienen en sus manos los destinos de los pueblos!

19.- Quiero alentarles para que tengan un ánimo grande, para que abran su alma, para que sueñen y dejen que Dios les lleve por sus bondades para conocer ese gran misterio de amor. Acompañen a su Iglesia a través del trabajo diario, de la familia, ofreciéndole sacrificio. Jesús niño nos anuncia esa paz que no es de la tierra, que no puede brotar de este mundo. Nos habla de esa paz que viene de la comunión "en" Cristo, "con" Cristo y "por" Cristo; de la comunión de la Iglesia, a través de sus sacramentos; de la comunión con Pedro, a través de la comunión con sus presbíteros.

20.- Levantamos la voz para darle gracias a la Iglesia, con humildad, con enorme respeto, pero también sabiendo recordar la memoria de lo que ha sido la verdad de la historia de nuestro pueblo: el caminar de una Iglesia que se abrió a los pobres, a la cultura, a todas las expresiones de religiosidad, y que es la que le da el alma a lo que hoy llamamos Perú. Nunca nos cansaremos de invocar a la Virgen María, porque ella es nuestro refugio, ella es nuestra fortaleza. ¡José, peregrino, protege nuestro camino en este año jubilar en que esperamos la abundancia de gracia y misericordia!

21.- Queridos hermanos, este anuncio jubiloso de la apertura de este año no tiene la velocidad de lo inmediato, es algo que queda en el alma para reflexionar, para que día a día, en estos largos 12 meses, sea siempre punto de meditación, de apoyo. Permítanme dirigirme a la Virgen para decirle: "Corazón dulcísimo de María: prepáranos un camino seguro. Que todos nos sintamos, como Iglesia, jubilosos ante este anuncio de abundancia de gracias para ser mejores hijos de Dios Padre, mejores hermanos de Dios Hijo, y para dejarnos aconsejar por el Espíritu Santo. Y que, con María y José, cuidemos permanentemente a ese niño que nos ha nacido para el perdón de nuestros pecados". Así sea.

II.- La sabiduría de la fe

La Misa de Nochebuena del Año Santo 2000 se llevó a cabo el 24 de diciembre a las 8 de la noche en la Basílica Catedral. Contó con la presencia del Señor Nuncio, mons. Rino Passigato, y del Consejero de la Nunciatura, mons. Antonio Arcari. Los fieles, que llenaron la sede primada, acompañaron en oración al Señor Arzobispo delante del gran nacimiento levantado en la Catedral, que estuvo expuesto durante todo el Año Santo.

Homilía pronunciada por el Arzobispo de Lima y Primado del Perú, mons. Juan Luis Cipriani Thorne, durante la Santa Misa de Nochebuena. Domingo, 24 de diciembre de 2000.

Excelentísimo monseñor Rino Passigato, Nuncio Apostólico de su Santidad; monseñor Antonio Arcari, Consejero de la Nunciatura Apostólica; muy queridos hermanos diáconos y queridos hermanos todos en Cristo Jesús.

1.- Hoy estamos en lo que se ha llamado siempre la Nochebuena y vemos que en el Evangelio encontramos pasajes que siempre nos ayudan a ver que ese suceso del nacimiento es actual; no es sólo un recuerdo. Nos dice San Mateo de María, que estaba desposada con José, que antes de vivir juntos ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. De José nos dice que era justo y no quería denunciarla y decidió repudiarla en secreto.

2.- Vemos que el inicio de lo que hoy festejamos, el nacimiento de Jesús, es muy oscuro, diríamos inexplicable: María, virgen pura sin pecado. La tradición nos habla de María como una mujer joven, de quince o dieciséis años, que está esperando una criatura que no es de José. ¡Qué duro! José es aquel hombre escogido también para ser el esposo de María para que fuese la cabeza de ese hogar, un hombre normal, corriente, joven –podríamos calcular que tendría 20, 22 años, no era un hombre anciano, como tantas veces se detalla-. Parecería normal que una mujer tuviese un novio más o menos de la misma edad y José también pasa por un momento de enorme oscuridad. Aquella mujer a la que amó, aquella mujer llena de virtudes, estaba esperando un hijo que no era de él.

3.- Por qué les digo esto, hermanos, porque la misión de Jesús desde el primer instante, desde la concepción, desde que María en su seno recibe por obra y gracia del Espíritu Santo esa semilla del nacimiento de Jesús, desde ese momento el cielo desafía a la tierra. Dios desafía al hombre. Vamos a decirlo de una manera más clara: Dios provoca, ¿para qué? para que tú y yo, finalmente, tengamos esa capacidad de asombrarnos.

4.- Las reglas de la naturaleza no se están cumpliendo, ha entrado el Espíritu Santo, una dimensión que no es conocida. Yo me pregunto en la época actual, en estos años al final del siglo veinte: ¿El hombre de hoy, el anciano, el joven, hombre y mujer, tiene la capacidad de asombro, de acogida de una dimensión más allá de lo que podemos dominar? ¿O el siglo veinte pasará a la historia como el siglo de la soberbia, de la violencia, del maltrato? Piénsenlo bien, porque en todos los rincones donde hoy se celebra la Navidad es una buena ocasión para pedirle al Señor que el regalo de las navidades sea abrir nuestro corazón a la capacidad del asombro, que abra en nuestra cabeza la posibilidad de la humildad.

5.- A mí me parece que hace falta la sabiduría de la fe, lo que podríamos decir ‘el ritmo de la gracia’, la sensibilidad que reacciona ante lo sobrenatural. Esto es un don de Dios. Hay épocas en las que estos dones se ven reflejados con más facilidad, hay épocas en las que no. Tal vez este final de siglo nos hace ver una humanidad casi a oscuras, en gran parte por la suficiencia, por la soberbia, por el murmullo. Hemos visto grandes progresos, hemos visto al hombre hacer maravillas, pero en lo que es su peso como hombre me atrevería a decir que echo en falta esa sensibilidad, esa capacidad de alcanzar a Dios.

6.- Por eso la Navidad, -lo decía el otro día a un grupo de periodistas, y se los digo a todos hoy-, nos dice: ¡Detén el tiempo! ¡Profundiza a donde pocas veces llegas en tu alma! ¡Ponle un poco más de peso a tu pensamiento! ¡No dejes que con tanta ligereza, este misterio simplemente se reduzca a unos momentos! Esto es algo que escapa a nuestras posibilidades, lo vemos reflejado en esa fotografía plástica del nacimiento. Un pesebre, un niño envuelto en pañales, una estrella, unos pastores, todo nos habla de sencillez. La sencillez hace posible que aquel niño, que aquel anciano, que aquel joven, que aquel enfermo tenga algo dentro de sí que le permita llegar a lo verdadero, a lo que hoy nos ofrece Dios. No lo impone, sino lo ofrece.

7.- Esa misión, nos dice San Mateo, es muy clara: "¿Para qué ha venido Jesús? Él salvará a su pueblo de los pecados". Ese es el motivo de la venida de Jesús, ha venido a padecer por los pecados de todos nosotros. Esa es su misión. Por eso cuando contemplamos ese misterio le pido al Señor y les digo a ustedes, y me lo digo también: ¡Despierta! Por ti Dios se hizo hombre, lo dice San Agustín: "¡Despierta tú que duermes, surge de entre los muertos y Cristo con su luz te alumbrará!" Te lo repito, por ti Dios se hizo hombre y ese despertar tiene que ver mucho con la fe, es un regalo de Dios que nos permite ir más allá de lo que vemos, de lo que podemos pensar. Tal vez es el momento, como decía Pascal: "Hay razones en el corazón que el pensamiento no entiende".

8.- Tal vez sea eso un aporte del siglo veinte: que las razones del corazón se incorporen para hacernos bajar la cabeza y decirle al Señor ¡creo, acepto, adoro! Despertar con la esperanza, ¿por qué?, porque la eternidad se ha hecho tiempo. La segunda persona de la Santísima Trinidad, el Verbo, la Palabra, se ha hecho tiempo, ha querido estar reducido a Belén, a un pesebre, a un niño que va a pasar treinta y tres años ¿para qué?, para que mi tiempo tenga acceso a la eternidad, para que ese corazón que está inquieto, como nos dice San Agustín, no se detenga hasta descansar en Dios. ¿Quién no lo ha sentido? ¿Quién no se ha dado cuenta ante dificultades personales, ante el pecado, ante la enfermedad? ¿Quién no se ha preguntado, Señor, por qué esto? Y la esperanza me ha dicho: ese tiempo tuyo, 40, 70, 80, 90 años es el camino a la eternidad. ¡No te dejes encerrar por aquella limitación, por aquel problema, por aquella dificultad!

9.- Despierta con esperanza al contemplar el tiempo de Jesús que nos abre la eternidad. No es tan difícil, piensa, muchos de los problemas que a veces tenemos son por esa ansiedad de lo inmediato, por el deseo de buscar la solución inmediata a los problemas en esta tierra. Estos tiempos requieren de pensamiento, requieren de sensibilidad, requieren de esa capacidad de recibir la gracia que hoy se nos presenta en el nacimiento despertando la caridad. Porque el amor de Dios, que a veces se ha pintado demasiado abstracto, demasiado místico, a veces ha perdido la fuerza de su expresión humana.

10.- Yo les digo que este Jesús, este retrato de María madre, José padre, Jesús niño, nos tiende el puente para que ese amor, lleno de expresión y de cariño, nos ilumine y le demos una ayuda al que no puede, acompañemos al que está solo, recemos por el que no cree, perdonemos al que nos injuria. Todas estas expresiones son de un gran amor, que nos viene del Padre.

11.- El amor infinito se hizo amor en el tiempo para que el amor en el tiempo se hiciera infinito. Todo este camino hacia Dios se abre hoy al contemplar el nacimiento. Por eso vamos a pedirle al Niño que está por nacer que nos ayude a recuperar esa dignidad maravillosa de la dimensión humana de la vida, de la familia, del cariño, de la comprensión, del perdón. No dejemos que lo perecedero, lo que termina, lo defectuoso, nos encierre a esa dimensión, a esa capacidad que Jesús al venir a la tierra nos permite: ser hijos en el Hijo, ser hijos adoptivos de Dios y por lo tanto herederos de toda esta maravilla.

12.- A todos ustedes les deseo una feliz Navidad en una familia unida, alegre, en la que el dolor y el amor, como María y José, será lo normal. Alegría y a veces tristeza, soledad y compañía, luz clara y oscuridad. Todo este contraste es permanente en la vida de todos, pero hace falta hoy dar un paso, inaugurar una nueva vida cuando Jesús cumple dos mil años para decirle al Señor: ¡Auméntanos la fe, la esperanza y la caridad! Así sea.

 

III.- El resurgir de la espiritualidad cristiana

La Navidad del Año Santo 2000 fue ocasión para que el Arzobispo de Lima, mons. Juan Luis Cipriani, retomara la antigua tradición de celebrar la Santa Misa en la Basílica Catedral el 25 de diciembre, con la presencia de autoridades y fieles en general. Es así que participó de la celebración eucarística el Presidente de la República, el Consejo de Ministros, congresistas, autoridades civiles, militares y eclesiásticas.

 

Homilía pronunciada por el Arzobispo de Lima y Primado del Perú, mons. Juan Luis Cipriani Thorne, durante la Santa Misa de Navidad.

Lunes, 25 de diciembre de 2000.

Excelentísimo señor Presidente de la República, Dr. Valentín Paniagua; Dr. Carlos Ferrero, Presidente encargado del Congreso de la República; Dr. Javier Pérez de Cuellar, Primer Ministro; señores ministros, comandantes generales de las Fuerzas Armadas y Policiales; miembros del Cuerpo Diplomático; excelentísimo Señor Nuncio Apostólico, Rino Passigato; excelentísimo monseñor Alberto Brazzini, Obispo Auxiliar de Lima; muy queridos miembros del Cabildo de la Catedral; queridos hermanos sacerdotes concelebrantes; queridos hermanos todos en Cristo.

1.- Hoy, día de Navidad, nos reunimos en la Catedral como familia. Retomamos una viejísima tradición de un pueblo católico: reunirnos en esta expresión espiritual de fe, dejando de lado situaciones políticas y de una manera familiar saludar a Jesús, homenajear a quien es nuestro Padre, Dios, a quien es su Hijo, Jesús, para que de esta manera podamos también fortalecer esa dimensión tan maravillosa, la dimensión espiritual que es la que anima nuestro trabajo, todo nuestro esfuerzo. Es la presencia de Dios la que bendice a este país y la que lo ayuda a salir de sus dificultades.

2.- El libro de Isaías nos ha traído unas palabras especialmente adecuadas hoy: "Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que pregona la victoria". Es el Señor Jesús el mensajero de la paz, y Jesús al hacerse hombre hizo un misterio, un misterio que con la ayuda de Dios nos acercamos a Él y es un misterio que tiene una gran repercusión en la vida de cada uno porque la eternidad se ha hecho tiempo para que el tiempo se haga eternidad.

3.- La venida de Jesús justamente ha abierto la mente, el corazón, la voluntad del hombre, ha abierto el camino a trascender, a ir más allá de sus dificultades, de sus problemas, de sus riesgos y desafíos. Del mismo modo vemos que ese Dios, sin pecado, todo bondad, todo sabiduría ha querido presentarse niño, desvalido, pobre, ha querido hacerse nada. ¿Para qué? para abrirnos ese camino maravilloso de ser hijos en Él. Por eso para un hombre de fe, para todos nosotros en todos los rincones del país, la presencia de Jesús es el rescate más radical de la dignidad de la persona humana, porque no solamente se le reconoce esa dimensión horizontal de ser un sujeto de derechos y deberes, ¡No! Se le hace Hijo de Dios en el Hijo, se le hace capaz de acoger el amor de Dios y de sembrarlo en este acontecer humano.

4.- Por eso la religión católica, sin ninguna duda, es la pionera desde su mismo origen del respeto a los derechos humanos, desde el primer instante. Desde el momento en que Dios se hizo hombre la categoría humana ha adquirido un valor que trasciende, incorpora y respeta todos esos derechos que hoy se conocen de modo universal como la Declaración de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas.

5.- En el nacimiento de Jesús encontramos la imagen de lo que realmente son los derechos humanos, que escapa al acontecer puramente temporal, y esta luz de lo divino que penetra en lo humano es donde San Juan, de una manera no muy clara para la gente sencilla, nos explica en ese primer capítulo cuando nos dice: "En el principio existía la Palabra". Y eso es lo que conviene rescatar personalmente pues la palabra de Dios ya se pronunció: "El Verbo se hizo carne". La palabra de Dios es Cristo.

6.- Cada uno, en cada momento, tiene que buscar esa palabra hoy. ¿Qué me dice? ¿Cómo me ayuda? ¿De qué manera me ilumina? Por eso el enorme ejemplo del Santo Padre, realmente un hombre que está conduciendo a la humanidad a este siglo XXI de una manera extraordinaria, es una maravilla en cuanto contenido de pensamiento, de ejemplo que nos está dejando en un momento, hay que saber reconocerlo, sumamente complejo para la humanidad y sumamente complejo para nuestra patria.

7.- En Belén a María se le cumplieron los días del alumbramiento y llena del Espíritu Santo dio a luz al Primogénito de la nueva creación. Llamada a ser la Madre de Dios, María vivió plenamente su maternidad desde el día de la concepción virginal, culminándola en el calvario, a los pies de la Cruz. En estos días de Navidad, hoy que la Iglesia celebra los dos mil años del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, es preciso mirar al Niño, a ese amor nuestro en la cuna, mirando, sabiendo que estamos delante de un misterio. Como recordaba el beato Josemaría Escrivá, un misterio del amor de Dios por cada uno de nosotros, un misterio que colma las ansias de paz y alegría que tenemos todos los hombres y mujeres de buena voluntad. En suma, una verdad que nos presenta la Iglesia para ayudarnos a examinar nuestros corazones con humildad.

8.- No dejemos que la grandeza de esta luz que irradia Jesús al nacer y que nos guía en nuestras vidas se vea oscurecida por nuestra indiferencia. No dejemos que esta sabiduría, que esta dimensión que está por encima de toda dimensión humana, pero que la penetra, se le pretenda reducir, limitar. ¡No! La Iglesia somos todos, la Iglesia es un ser vivo que está dentro del alma de cada uno cuando participamos de ese ser hijos de Dios en Cristo, y esa Iglesia que somos todos tiene una jerarquía que tiene unos sacerdotes, unos religiosos; pero sepamos cada uno, con enorme confianza en el Señor, asumir esa maravilla del mensaje de la Navidad con libertad de espíritu.

9.- Pregúntale a Jesús, examina en tu corazón para que Él te diga: "Paz, ánimo, alegría, firmeza, gozo, paciencia, dolor, lágrimas, sufrimiento". Él te dirá según el lugar que ocupas cuál es la respuesta. Contemplo con enorme gozo su presencia aquí reunidos, a todas las autoridades unidas, a todo este pueblo que está en la Catedral. Muchos de ustedes son padres de familia, tienen esposa, hijos, y muchas veces los demás sólo los vemos en una dimensión pública, política y nos olvidamos que son padres, madres, hijos, algunos son abuelos... esa dimensión familiar de quienes tienen cargos públicos, el Señor quiere de manera especial acompañar, fortalecer y animar.

10.- Al reflexionar en estos días sobre el sentido del nacimiento de Jesús, nos viene con fuerza a la mente y al corazón cuánto nos ama Dios, cuántos recuerdos de juventud y de niñez, cuánto agradecimiento a nuestros padres, cuántos propósitos de vivir con cariño la unidad entre hermanos, esposos, entre padres, entre hijos. Y gracias a Jesús, a María y a José, la Sagrada Familia, queremos reforzar nuestro compromiso con esta maravillosa institución de la familia.

11.- Permítanme decir, con enorme respeto como siempre lo hago, que es una responsabilidad tal vez mayor de quienes tienen obligaciones públicas el no sólo cuidar sino defender la institución familiar que está siendo objeto de ataques a nivel mundial, tal vez no con mala fe, pero sí con un daño terrible. Hagamos de esta causa, que es de toda la humanidad, algo que realmente no tenga ninguna duda: la familia hecha por Dios, no por los hombres, es la institución básica, es el elemento fundamental, necesita ser protegida, promovida, ayudada, custodiada. Comprendo y respeto que hay gente que piensa diferente, pero debemos profundizar en esto porque es un tema de aquellos que tiene un peso especial: la familia.

12.- Por eso hoy, en la Navidad, hagamos todos ese compromiso serio por cuidarla, promoverla, que seamos un país que ama la vida, que seamos un país que no teme a la familia, que no le teme a la vida, que hace de la causa del respeto a la vida uno de sus puntos fundamentales. Que nadie se sienta excluido en esta alegría de la Navidad, pues el motivo de este gozo es común para todos: Jesucristo, vencedor del pecado y de la muerte. Así como no encontró a nadie libre de culpa, así ha venido a salvarnos a todos, Aquí, en esta escuela de Belén, comprendemos mejor la necesidad de una mayor unidad entre la familia peruana, fortaleciendo entre todos un auténtico propósito de reconciliación nacional basado en la verdad, la justicia y la caridad cristiana.

13.- Es Él quien desde esta cátedra, desde esta sencillez, nos ve, nos anima, nos consuela y nos mira como país diciéndonos: ¡Quiéranse, únanse! Es un suplemento lo que pide esta reconciliación entre todos en esos tres pilares: la verdad, la justicia y la caridad cristiana.

14.- Quiero también decirles que ese nacimiento en un lugar pobre y sencillo de nuestro Redentor es una lección de solidaridad. Realmente sigue siendo un escándalo, que heredamos del siglo XX y con el cual entramos al siglo XXI, el enorme peso de la deuda externa. No es un tema político, es un tema ético, es un abuso de los poderosos sobre los pobres. No es un planteamiento que algún gobierno puede hacer de manera simplista, porque sería castigado. La Iglesia, siguiendo al Papa Juan Pablo II, se suma en esta fiesta de Navidad para despertar la creatividad, la capacidad de los países más poderosos para que entremos al siglo XXI con un poquito más de respeto de unos por otros.

15.- Se habla mucho de derechos humanos, pero hay miembros de la familia humana de diferente nivel: no es lo mismo haber nacido en Europa o Estados Unidos que haber nacido en África o haber nacido en Sudamérica. Este atropello por el cual pasamos todos cuando viajamos por el mundo es un hecho inaceptable, no podemos más que recordarlo delante de Jesús para decir: "Señor, abre el cerebro, abre el corazón, muéstrales tu sabiduría". No es un problema económico, no es un problema político, es un problema netamente ético y moral que tiene mecanismos económicos y políticos. Lo que falta es que sepamos reconocer que aquel muchachito que nació en Apurímac, o aquel otro que nació en Alemania o en Nueva York, es exactamente igual: una persona humana y un hijo de Dios. Por eso Jesús al nacer en Belén algo nos dice para entrar a este siglo XXI.

16.- Al terminar el Año Santo -estamos en vísperas-, queremos agradecer a Dios por las gracias derramadas sobre todos nosotros y estamos seguros que al inaugurar el siglo XXI veremos florecer en nuestra familia, en nuestra patria y en el mundo entero una primavera de espiritualidad, una vuelta del hombre a Dios. También veremos una floración nueva de solidaridad.

17.- A esta globalización le falta el alma: la solidaridad. Creo que el Señor en este siglo XXI nos tiene preparado ese resurgir de la familia, ese resurgir de la espiritualidad y ese resurgir de un mayor respeto entre países que se exprese en una contemplación serena pero seria de lo que es esta carga económica muy difícil de sobrellevar.

18.- Que María, nuestra Madre; San José, nuestro padre; y Jesús, acompañen nuestros hogares, los llene de paz, de gozo, de fortaleza. No son tiempos para espíritus temerosos. Todo este amor, toda esta cercanía de Dios nos convoca a tener firmeza, serenidad, estabilidad, espíritu que nos permita ser fuertes en el fondo y caritativos, respetuosos, en las formas. Así sea.

 

IV.- La visita de Dios al corazón del hombre

 

La Santa Misa realizada el domingo 7 de enero de 2001 en la Catedral de Lima, significó el agradecimiento a Dios del pueblo católico de Lima ante el término del Año Santo, clausurado un día antes en Roma por el Santo Padre Juan Pablo II. Las palabras de monseñor Juan Luis Cipriani, expresan su gratitud por este año de intensa espiritualidad y participación y a la vez son de compromiso para seguir adelante, cada vez con más fuerza, en el camino de la nueva evangelización.

 

Homilía pronunciada por el Arzobispo de Lima y Primado del Perú, mons. Juan Luis Cipriani Thorne, durante la Santa Misa de Acción de Gracias por la culminación del Año Santo. Domingo, 7 de enero de 2001.

Excelentísimo Monseñor Alberto Brazzini, Obispo Auxiliar de Lima, queridos sacerdotes que me acompañan hoy en la celebración, religiosas, religiosos y hermanos todos en Cristo Jesús:

1.- Hoy la Iglesia celebra la solemnidad de la Epifanía. Lo acabamos de escuchar en el evangelio, cómo aquellos hombres, -la tradición los llama magos- que eran hombres sobre todo de una mayor sabiduría, gente que se orientaba por las estrellas, gente que conocía de las ciencias humanas, con toda su grandeza, se dirigen desde tierras muy lejanas siguiendo a una estrella con humildad para encontrar a Jesús y ofrecerle sus dones.

2.- El día de ayer el Santo Padre clausuró de manera solemne el jubileo del Año Santo del año 2000. Las iglesias locales lo hemos hecho antes, pero hoy en esta liturgia queremos también unirnos de manera especial al Papa Juan Pablo II con las palabras que él estos días, y de modo especial el día de ayer, ha dirigido al mundo entero.

3.- Aquí, en la Arquidiócesis, con la ayuda de todos hemos tenido 19 jubileos organizados en las parroquias, movimientos, grupos de todo tipo, jóvenes, mujeres, presos, deportistas, empresarios, medios de comunicación, escuelas, teólogos, religiosas, vida contemplativa... Han sido 19 momentos de mayor intensidad que han culminado en una gran celebración eucarística aquí en la Basílica Catedral.

4.- Quiero agradecer de modo muy especial porque ha sido Dios quien, con su gracia, ha movilizado en todos los rincones del país, también en Lima, a toda la gente. Pero, en especial, quiero agradecer a mi Obispo Auxiliar, monseñor Alberto Brazzini, a los vicarios episcopales, a los vicarios pastorales, a todos y cada uno de los sacerdotes y capellanes, a todas las congregaciones religiosas de hombres, de mujeres, de manera especial a los monasterios en donde en el silencio de la oración hemos tenido una gran fuerza, a los movimientos, que van surgiendo como expresión de una nueva vida de la Iglesia, a las hermandades, de manera especial a la Hermandad del Señor de los Milagros, pero a todas las hermandades y también a los que han sido la gran mayoría de colaboradores que son los fieles cristianos, ustedes: padres de familia, jóvenes, ancianos, enfermos, que de manera organizada o de manera particular se han hecho presentes para colaborar, para asistir, para poner su oración, para motivar, para ir a las escuelas, a los colegios. Ha sido una movilización que sólo se entiende a la luz de la fe y cuyos frutos recién empezaremos a ver en el transcurrir de los años.

5.- Por eso el Papa nos ha recordado ayer que en todos los lugares del mundo este jubileo, este perdón, esta indulgencia plenaria, ha estado presente la iniciativa de Dios de visitar los corazones de las personas para cambiarlos. Todos hemos sentido esa experiencia, dice el Papa, con el deseo de contemplar el rostro de Cristo y de obtener su misericordia.

6.- Que todos repasemos lo que nos dice el Papa: el deseo de contemplar el rostro de Cristo. ¡Señor, auméntanos la fe, porque ese rostro de Cristo eternamente presente, eternamente vivo se nos hace experiencia personal a través de la oración, a través del trabajo, a través del descanso, a través de la familia! Tenemos que encontrar el rostro de Cristo en la esposa, en los padres, en los amigos, en los hermanos. Todos nosotros tenemos que hacer presente el rostro de Cristo.

7.- Esa es la tarea que se inicia en este siglo XXI, en el que los laicos, la gente que se desempeña en su tarea personal, que son el 99% de los católicos, tenemos ese enorme desafío. Mostremos esa coherencia en nuestras vidas con el ejemplo, no sólo con la palabra, que Cristo vive. Tal vez sea ese gran don el regalo, el milagro que en este siglo XXI el Señor quiere hacer a la tierra para que la humanidad tenga un nuevo brío, un nuevo aire, una nueva alegría para anunciar la misma radicalidad de su mensaje evangélico. Él quiere mostrarse cercano, tocar las puertas de cada corazón para decir: ¡Aquí estoy, no te desanimes! ¡Todo tiene arreglo, vuelve a empezar! Y quiere hacerlo a través de nosotros. Ese es el gran misterio, quiere que se haga presente su rostro, su mirada, su palabra a través nuestro, por eso le pedimos: ¡Auméntanos la fe!

8.- El Papa nos dice que ese deseo de contemplar el rostro de Cristo y de obtener misericordia, es una de las características centrales de la vida de Cristo. Jesucristo vino a cargar con todas las miserias, con todos los cansancios, con todos los agobios, con todos los problemas para ponerlos en su corazón y convertirlos, con su colaboración, con tu confesión, con tu arrepentimiento, con tu dolor, en perdón.

9.- Esto es lo que deslumbraba a la gente de Jesús. Que así como la justicia humana castiga, la justicia divina perdona, y recordamos tantos pasajes del evangelio como el momento en el que entra aquel paralítico que ya no puede caminar, -también podemos pensar en sentido figurado, a veces no podemos caminar por el desánimo, por el pecado o por la envidia-, y dice: ¡Señor, no puedo caminar hacia ti! Y aquellos amigos suyos, haciendo un hueco en el techo lo bajaron, y ya recuerdan la imagen, lo primero que le dice Jesús es: tus pecados son perdonados, y la gente se sorprende, empieza un murmullo de crítica: ¿Quién es éste que perdona los pecados?

10.- Fíjense como el Señor asombraba y conmovía, porque iba con la misericordia a lo que es el centro de nuestra vida. Queremos estar en paz, alegres, serenos, optimistas, queremos comprendernos, perdonarnos, querernos, y para eso necesitamos el perdón de Dios. Como la gente no creía, le dice a ese hombre: ¡Coge tu camilla y vete! Y aquel hombre se fue: el milagro de la salud, el milagro económico, el milagro de lo que a veces pedimos fue secundario. El gran milagro fue la misericordia. ¿No crees también que debemos pensar y hacer más esfuerzo para presentar el rostro de Cristo? Hay que saber perdonar, agradecer, apoyar, y acercarnos a la confesión.

11.- El Santo Padre dice que con la Puerta Santa se cierra un símbolo de Cristo, al cerrar la puerta de la Basílica de San Pedro queda más que nunca abierto el corazón de Cristo que sigue diciendo a todos: necesitamos de esperanza y de un sentido de sus vidas, ¡Vengan a mí todos los que están fatigados y sobrecargados y yo los haré descansar! El Santo Padre con tanta ilusión nos ha escrito a todos unas palabras en las que nos dice que un nuevo milenio se abre. El Santo Padre, que se está despidiendo prácticamente de la humanidad con una entrega, con un amor, con un sentido de sacrificio, dando todo lo que tiene de sus energías, de su cariño, de su oración, quiere esa herencia: iluminar el siglo XXI y de manera muy breve nos ha señalado algunos aspectos.

12.- Nos dice, por ejemplo, que debemos prepararnos para ir mar adentro como le dijo Jesús a Pedro: "Rema mar adentro para que la Iglesia afronte los desafíos del mundo sin miedo". Sólo podemos ir mar adentro si, como dice él, contemplamos el rostro de Cristo, si aprendemos a caminar "con" Cristo, "en" Cristo, por la oración, por la búsqueda de ir mejorando cada día un poco. Y como dice él, de una manera muy especial, cumpliendo el sacramento de la reconciliación, la confesión.

13.- El jubileo -dice el Papa- ha puesto de manifiesto que se superó ya la crisis que había dejado de lado lo que era el núcleo de la redención: el perdón. La gente se había alejado de la confesión, la gente se había alejado de esa confianza en el perdón y el Santo Padre dice, -y yo puedo dar fe de lo que ha ocurrido en Lima-, miles y miles de hombres y mujeres en horas y horas de confesiones en todos los templos. Por eso le damos gracias a Dios porque se recupera esa esperanza y esa alegría que se inicia en el sacramento de la reconciliación. ¡Que esto no sea un punto final sino un punto de partida!

14.- ¿Cómo están nuestros corazones? Cuando sientas ese dolor, esa pena, esa preocupación ¡acércate a la confesión! El Papa lo dice de esa manera y por eso también en su mensaje habla con mucha claridad de ese enorme reto de la defensa de la vida, de la defensa de la familia y del matrimonio.

15.- ¡Hermanos, que cada uno sea un apóstol de Cristo! Que todos nos sintamos convocados para que toda familia, todo matrimonio siempre tenga una palabra de esperanza, que nadie se sienta decaído, que nadie piense que el divorcio o que el aborto le abre un panorama positivo, eso es un engaño, es un dolor. La Iglesia nos acompaña, nos ayuda y nos comprende, pero tiene que decir con claridad que la vida desde el inicio, desde la concepción misma, tiene toda la dignidad de una vida humana, de una imagen de Dios. Por lo tanto, es un crimen horrible el aborto. También nos dice la Iglesia que el vientre de la educación es la familia, y por lo tanto, hay que ayudarla, protegerla, de esta manera encontrarán todos en nosotros un testimonio, un ejemplo, con caídas, con limitaciones.

16.- El Papa lo ha dicho al iniciar justamente, estas palabras: "Yo quiero evitar toda auto exaltación. Al contrario, considero que este jubileo ha servido para tomar plena conciencia de nuestros propios límites y debilidades. Ahora bien, no podemos dejar de vibrar de alegría por las gracias recibidas y por la certeza del amor perenne de Cristo, ahora es el momento de mirar hacia delante, el cristianismo nace y se regenera continuamente a partir de esta contemplación de la gloria de Dios que resplandece en el rostro de Cristo. Por eso -añade el Papa-, se podría reducir el programa que nos plantea a una sola palabra: JESUCRISTO".

17.- Hermanos, le pedimos a la Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra, Madre de la Iglesia; Ella, que contempló el rostro de Jesús desde niño, que lo llevó en su vientre, María en esta Cruzada del Rosario para que todos tengan un rosario y sepan rezarlo en familia: ¡Enséñanos, tráenos, muéstranos el rostro de tu Hijo! Y que cada uno imite el propósito de los apóstoles: ¡Id por todo el mundo, predicad el evangelio!

18.- Con el ejemplo, con la palabra, solamente quedan palabras de enorme agradecimiento a Dios y a todas las almas que de una manera maravillosa -cada uno tiene su experiencia- hemos sentido esa campana fuerte, que llama, que convoca al amor de Dios. ¡Que nuestra patria sea bendecida por este amor, por esta misericordia, por esta contemplación de Jesucristo, único salvador del hombre! De esta manera, hermanos, nos unimos a la solemne clausura del Año Santo que el día de ayer culminó en el mundo entero. Así sea.

Segunda parte

Continúa...

 

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