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PAZ
Y DESARROLLO AL SERVICIO +
Juan Luis Cardenal Cipriani Thorne I El Beato Josemaría era un hombre de paz. Conocía, por propia experiencia, que la paz personal es el premio que Dios concede a quienes aman y buscan cumplir Voluntad divina. Y que sin esa paz en el corazón de cada hombre, no es posible lograr una paz verdadera en la sociedad. Éste era el "secreto", el "secreto a voces" que el Beato Josemaría proclamó sin descanso durante toda su vida y que, a la luz de los dramáticos acontecimientos de estos meses, adquiere nueva actualidad: "estas crisis mundiales son crisis de santos. --Dios quiere un puñado de hombres "suyos" en cada actividad humana. --Después... "pax Christi in regno Christi" --la paz de Cristo en el reino de Cristo" (Camino, 301). La Iglesia es la continuadora de la misión de Cristo, de su reinado de paz y de amor. El Santo Padre Juan Pablo II, felizmente reinante, es justamente reconocido en la esfera internacional como el más autorizado y activo heraldo de la paz. Sus intervenciones a favor de la concordia entre los pueblos son incontables. Con valentía ha señalado las fuentes de las que brota el odio, la violencia o la guerra. Son las graves injusticias que padecen hombres y mujeres de tantos países; los atropellos que sufren en su dignidad y derechos, primero de todos el de la vida; las falsas y degradantes vías de escape que ofrece el permisivismo y materialismo consumista. Si nos preguntamos, como tantos se preguntan, por qué esa paz tan querida se nos ofrece como algo casi inalcanzable, frágil e inestable, y por qué los caminos para conquistarla están erizados de dificultades, hasta hacerlos casi intransitables, encontramos la respuesta en la alabanza de los ángeles a Jesús Niño, que además de dar gloria a Dios en las alturas, pregonaban ante los pastores la paz en la tierra para los hombres de buena voluntad, que son los hombres que ama el Señor. Hay que recordarlo: "¡Paz, paz!, me dices. --La paz es... para los hombres de "buena" voluntad" (Camino, 759). El don divino de la paz, ofrecido a todos los hombres, está condicionado a la buena voluntad de cada uno. Exige, en otras palabras, la propia conversión. Es ahí donde la Iglesia puede ofrecer una "contribución específica y decisiva", estimulando los comportamientos humanos que favorecen la cultura de la paz" (Centesimus annus, 51, 1). La Iglesia proporciona "una fuerza liberadora y promotora de desarrollo, precisamente porque lleva a la conversión del corazón y de la mentalidad; ayuda a reconocer la dignidad de cada persona; dispone a la solidaridad, al compromiso, al servicio de los hermanos; inserta al hombre en el proyecto de Dios, que es la construcción del Reino de paz y de justicia, a partir ya de esta vida. (...) El desarrollo del hombre viene de Dios, del modelo de Jesús Dios y hombre, y debe llevar a Dios" (Redemptoris missio, 59, 1). La paz, además de un don, es una conquista personal de cada hombre. Alguien escribía al Beato Josemaría: "Mi gozo y mi paz. Nunca podré tener verdadera alegría si no tengo paz. ¿Y qué es la paz? La paz es algo muy relacionado con la guerra. La paz es consecuencia de la victoria. La paz exige de mí una continua lucha. Sin lucha no podré tener paz." (Cfr. Camino, 308). Las rupturas --en la familia, en la sociedad, etc.-- son consecuencia de la ruptura que provocó el pecado original, agravada por los pecados actuales. Pero sabemos que el hombre, redimido por Cristo, puede vencer al pecado y reconciliarse con Dios. La Iglesia, mientras dispensa los medios para obtener esa reconciliación, promueve la paz verdadera. La Iglesia subraya la naturaleza sobrenatural y espiritual de la paz, en cuanto don gratuito de Dios, y recuerda que la paz está estrechamente unida con la verdad. El servicio a la verdad, por ejemplo en los medios de comunicación social, es un antídoto contra la violencia, que siempre busca ampararse y legitimarse en la mentira. Otro campo privilegiado de servicio a la verdad se encuentra en la enseñanza. Suele decirse --y el Beato Josemaría lo recordaba con frecuencia-- que el peor enemigo de Dios es la ignorancia. Y no sólo de Dios: la falta de instrucción también expone fácilmente a la manipulación, a la sustitución de la verdad por el eslogan, al desconocimiento de los valores en los que se funda una sociedad próspera y pacífica. Por último, los cristianos sabemos que si la paz es un don de Dios, tenemos un medio infalible para conseguirla: pedírsela a Él por medio de la oración. II El Beato Josemaría fue un hombre sencillo y espontáneo, que desde su infancia comprendió que la vida ofrece, junto con el cariño y la alegría, los sinsabores del sufrimiento y del dolor. Desde temprano, siguiendo el ejemplo de la conducta magistral de sus padres, supo luchar para mantener y fortalecer la paz interior de su alma. Es evidente que esa paz era fruto cuajado de su entrega en las manos de Dios. Era, asimismo, consecuencia de su esfuerzo por tener cada día más una vida contemplativa en medio del mundo, contando siempre con el incremento de la gracia divina. Era un sacerdote que imitaba apasionadamente la vida de Cristo con una enorme e irremovible paz espiritual. Llevaba la paz consigo y la entregaba a los demás con su mirada cariñosa, su serena enseñanza, su ejemplo humilde y formidable, su meditación y su sacrificio, hechos sin alardes ni comedias, convencido que en la paz de Dios está el secreto de la felicidad terrena y del premio eterno. Sabía consolar a los afligidos y alentar a todos con esperanza. Su paz no se basaba en las propias fuerzas humanas, sino en la fuerza de la gracia divina, que le hacía ver con optimismo, además de esperanza, el futuro de la humanidad. Buscaba la tranquilidad en el orden, según la enseñanza agustiniana. No le incomodaban ni alteraban el trabajo intenso y sus muchas ocupaciones, ni le quitaba la paz el fragor del mundo y del trabajo de los hombres, donde había aprendido a encontrar a Dios. En los años 50 dijo a un químico portugués, Armando Serrano, con el que convivió años en Roma, caminando por las calles de la ciudad: "¡Qué bien se hace la oración en nuestros oratorios... pero lo nuestro es la calle!" La paz del templo de Dios, que tanto le atraía, era también la paz del mundo creado por Dios, en la que se movía siempre como pez en el agua. Dios irrumpió en su vida con fuerza. Los planes legítimos que se había forjado, quedaron atrás --sin tormento de su alma-- ante la llamada divina. "La aceptación rendida de la Voluntad de Dios trae necesariamente el gozo y la paz: la felicidad en la Cruz. --Entonces se ve que el yugo de Cristo es suave y que su carga no es pesada" (Camino, 758). Desde entonces, la convicción de estar cumpliendo la misión que el Señor le había encomendado le llenaba de paz. Esta serenidad paciente y perseverante le dio una fecundidad inmensa en la práctica, en sus labores al servicio de Dios. Dios permitió que el Beato Josemaría sufriera la prueba de las enfermedades. Tomó ocasión de los accidentes de salud para practicar lo que llamaba oración del cuerpo, la mortificación y el sacrificio. No perdía la paz al afrontar esa realidad de su vida y seguía cumpliendo sus tareas como si estuviera completamente sano, mientras las fuerzas lo permitían. Sabía transmitir esa serenidad a los enfermos, a los que consideraba un tesoro desde el punto de vista sobrenatural. Los frecuentó desde que era un joven sacerdote, caminante por las barriadas de Madrid, y los siguió frecuentando a lo largo de su vida, desviviéndose por sus hijos enfermos en la Obra, alentando a todos a sobrenaturalizar sus enfermedades, proclamando la necesidad de atenderlos siempre con una solicitud solidaria y abnegada. La proyección de esta actitud --humanitaria y cristiana-- del Beato Josemaría no ha terminado. Su enseñanza toma cuerpo en muchas iniciativas de quienes le hemos querido y admirado, y sabemos que, si seguimos sus indicaciones y consejos, haremos un bien muy grande a la sociedad y a la Iglesia. Frente a la desesperación y a la angustia, la enfermedad debe enfrentarse con la paz que viene de Dios. Si el Beato Josemaría fue un hombre de su tiempo y el siglo veinte fue un tiempo de confrontaciones mundiales, no es llamativo que su vida tuviera el sello de la guerra. Sufrió la persecución religiosa en España, antes y durante la guerra civil. Estuvo muy cerca de perder la vida en varias ocasiones, vio las atrocidades y sacrilegios que se cometían, lloró por el asesinato de los mártires. Y en esas vicisitudes de su vida, tampoco perdió la paz. Sufrió con los que sufren, pero compartió con ellos su paz. "Gaudium cum pace", pedía todos los días para él y para todos los fieles del Opus Dei. Frente a todos los mártires del siglo veinte y al sacrificio humano de millones de seres, acudía a los medios sobrenaturales, para urgir a Dios la paz para el mundo, y a la vez que respondía humanamente con una defensa de la vida, de la verdad histórica, de la realidad de la grandeza de la dignidad humana, ante cuantos acudían a escucharle, aún sabiendo que, por respeto a la libertad del hombre, sus inescrutables designos permiten o toleran tantos dolores a los pueblos. La caridad que vivió heroicamente durante toda su vida le llevó a callar, ante las contradicciones que surgieron a raíz de su labor apostólica, en cumplimiento de un deseo de Dios. Y, ¿cómo callar sin tener paz interior? Recordando esos tiempos escribió: "¿Estás sufriendo una gran tribulación? --¿Tienes contradicciones? Di, muy despacio, como paladeándola, esta oración recia y viril: "Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios, sobre todas las cosas. --Amén. --Amén." Yo te aseguro que alcanzarás la paz" (Camino, 691). III El Beato Josemaría tuvo un espíritu que trasmitir, el que viven sus hijos de todo el mundo en el Opus Dei, y del que participan los Cooperadores --también no católicos y no cristianos-- y muchas otras personas. No tuvo, en cambio --y es conveniente decirlo-- una teoría del desarrollo. Él era, como decía, "un sacerdote que sólo sabe hablar de Dios". Consideraba las teorías sobre el desarrollo un tema opinable, dejado a la libre decisión de los hombres. "La libertad personal es esencial en la vida cristiana --dijo en el campus de la Universidad de Navarra--. Pero no olvidéis, hijos míos, que hablo siempre de una libertad responsable" (Conversaciones, Amar al mundo apasionadamente, 117). Este sentido de libertad le llevaba a abrir los brazos a todos, a confiar en los hombres de buena voluntad, y a proclamarse "enamorado de la libertad". Animaba a todos a ejercer con plenitud la libertad personal, único camino para la creatividad, la perfección personal, el servicio a los demás, el desarrollo social. Una consecuencia de este espíritu de libertad era el respeto a las soluciones diferentes que cada uno propone en los asuntos temporales: políticos, económicos, culturales, sociales, profesionales, en una pluralidad multicolor que facilita las relaciones humanas. (Cfr. Conversaciones, Amar al mundo apasionadamente, 117). Con la franqueza que le caracterizaba, y a pesar de que era un tema que no estaba precisamente de moda, advertía que no todo lo nuevo es progreso ni todo lo antiguo atraso. En las cosas trascendentes de la vida, a veces la historia camina hacia atrás. Mirando los dos mil años de historia eclesiástica, rechazaba valientemente la tentación de pensar que Cristo había fracasado en el mundo, al ver extenderse el paganismo, la confusión religiosa, el materialismo ateo. Frente a esa realidad, aparentemente negativa, se crecía con esperanza. Los frutos del desarrollo del Opus Dei a su muerte, en 1975, hablan del buen rendimiento de ese esfuerzo cuajado gracias a la paz de su alma, que le permitía ver las cosas de la tierra con optimismo, confianza, entusiasmo. Decía con insistencia que, como sacerdote, afirmaba que la fe católica era la verdadera, pero que precisamente también como sacerdote, estaba dispuesto a dar la vida, si fuera necesario, para defender el derecho de cualquier persona a ejercer dignamente su propia fe. Un canto a la libertad, un canto a la dignidad de la persona. Tolerancia real, abierta a la defensa irrenunciable de la libertad religiosa, uno de los fundamentales derechos humanos, como ha recordado el Santo Padre Juan Pablo II, en su fecundo pontificado. El mensaje de la santificación del trabajo ordinario es un llamado a todos a participar activamente en el desarrollo social de los pueblos. Una mujer o un hombre que, en su labor profesional, dan todo lo que pueden de sí, son agentes activos de ese servicio a la humanidad. La "unidad de vida" del cristiano le lleva a integrar conocimientos y fe, cultivo de virtudes humanas y sobrenaturales, trabajo ordinario y práctica de los sacramentos. El Beato Josemaría fue un incansable promotor de la confesión sacramental frecuente entre los fieles, consciente de que sólo la reconciliación con Dios otorga la paz, con la gracia sacramental. El trabajo entendido como servicio aporta un sentido solidario, que hace amable la convivencia social y aligera la lucha por vencer los obstáculos de la pobreza, el desorden, la mala distribución de la riqueza, el egoísmo. La presencia de los cristianos en el mundo, decía por eso a sus hijos, debe ser "como una inyección intravenosa en el torrente circulatorio de la sociedad", para santificar todas las nobles realidades terrenas (Rodríguez, P. Vocación, trabajo, contemplación, p. 117). Enaltecer la dignidad de la persona, hacer la apología de la familia cristiana --iglesia doméstica--, confiar en los principios de la doctrina social de la Iglesia y aplicarlos en la fábrica, el laboratorio, la oficina y la prensa es construir un mundo mejor para todos. El mensaje del Beato Josemaría fue claro en cuanto a la prioridad de trabajar para elevar la condición de vida de los que estaban en los estratos más bajos de la organización social de los pueblos. Era una apuesta por la paz social, consecuencia de la paz personal. Para el Beato Josemaría eran compatibles una actitud abierta y respetuosa con la libertad de todos y un amor sobrenatural a la Iglesia de Jesucristo, de la que era sacerdote. El Concilio Vaticano II fue para él una alegría grande. Vio allí un designio de Dios para consagrar lo que venía predicando desde 1928 sobre el sentido universal de la santificación del trabajo ordinario. Participó del gozo eclesial de ver una renovación universal hacia la conversión del Pueblo de Dios. La Iglesia católica, y dentro de ella esa pequeña porción que era el Opus Dei, se desarrollarían bajo la sombra de un nuevo impulso del Espíritu Santo, en un renovado viento sin fronteras, universal y ecuménico, que le llenaba de alegría. No faltaron, entonces, junto con esos motivos de gozo, expresiones de división, de desobediencia, de confusión doctrinal, de mala conducta. Su instinto sobrenatural detectó los inicios de esas desviaciones. No le quitaron la paz. Le llevaron a rezar más y a pedir oraciones por la Iglesia, a poner los medios oportunos para salvaguardar la salud espiritual de la Obra y a conversar con muchos obispos que iban a visitarle, para compartir esas preocupaciones y fortalecer sus espíritus. Cuando pensó que Dios le pedía más, para desagraviar por los que le ofendían, ofreció al Señor todo lo que tenía, su vida. IV La paz de Cristo en el reino de Cristo puede traducirse, pues, por la paz de cada cristiano para construir el progreso y el desarrollo de los pueblos, comenzando por los más pobres, en lo espiritual y en lo material. Así se cumplen, de mil maneras inimaginables, según los condicionamientos de la historia y de la geografía, los misteriosos designios de la providencia divina. Lo entendió muy bien el Beato Josemaría, lo predicó durante toda su vida, lo consiguió en el modelo de su conducta, y lo ha trasmitido al mundo y a la Iglesia, lo que augura muchos bienes materiales y espirituales para los hombres y redunda en una mayor gloria para Dios. Lima, enero de 2002
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