HOMILÍA DEL OBISPO AUXILIAR DE LIMA, MONSEÑOR CARLOS GARCÍA
BASÍLICA CATEDRAL DE LIMA, MIÉRCOLES 1 DE ENERO

- Miércoles, 1 de enero de 2003 -

"QUE EN EL PERU REINE LA CULTURA DE LA PAZ"


Queridos hermanos todos en el Señor:

Qué hermoso es ver que hoy, en el primer día del año, venimos a darle gracias a Dios y a pedirle su ayuda para que vivamos este nuevo año de acuerdo a sus enseñanzas. El Papa Juan Pablo II nos ha puesto un reto para este nuevo milenio, que es el reto de vivir en santidad y hacer de la Iglesia una tierra de santos, una viva imagen de Cristo para los demás.

Y eso tiene que ser alcanzado no sólo con palabras, sino con el testimonio de vida de cada uno de nosotros. Por eso le pedimos a Dios la fuerza y las luces necesarias para que no echemos a perder este año; y para darnos aliento, Cristo nos regala en el primer día del año la Solemnidad de María, Madre de Dios.

María es la mujer del "sí", la mujer sencilla, que en su "sí" generoso nos trae a la humanidad la posibilidad de este regalo tan grande de la Navidad, del Salvador de cada uno de nosotros.

En ese "sí", y en esa maternidad junto con San José, es que podemos hoy darle gracias a Dios en el inicio del año, y encomendar nuestro país y el mundo entero a las manos, al corazón y a la protección de María, Madre de la Iglesia.

En este día, la Iglesia Católica también nos invita a orar por la paz, tarea muy importante porque no sólo es una cuestión de leyes ni de normas, sino es una realidad que se constituye y se realiza desde la vida, el corazón, los ideales y valores que cada persona cultive.

De allí que este año, y con motivo de la Jornada Mundial, el Papa Juan Pablo II, nos regale una reflexión muy importante: nos dice -recordándonos los 40 años de ese documento que Juan XXIII firmara dos meses antes de morir, el "Pacem in terris" - sobre la necesidad de vivir en esa paz que se nos propone en este nuevo milenio.

Y el Papa también nos habla del Beato Juan XXIII, recordando su perfil como persona; porque fue un hombre lleno de ilusión, al que los más de 80 años de edad no le consumieron su pasión por anunciar el evangelio. Y la edad nunca limitó a Juan XXIII para llevar una sonrisa y una palabra de aliento, de esperanza y de paz a todos los lugares donde le toco ir.

El Papa nos recuerda el Pacem in terris hoy que el mundo está dividido por muchas circunstancias y en el que es necesario anunciar con mucha ilusión esa paz que hace falta. Podemos hacer un diagnóstico de la situación real del mundo y es catastrófica: porque los seres humanos piensan que el camino de la guerra puede ser el camino de la paz, y porque hay quienes están convencidos que para tener paz tienen que prescindir de los demás.

Y es allí cuando los cristianos podemos y debemos decir -convencidos porque seguimos a Cristo- que ese no es el camino auténtico de la paz. Y por eso Juan XXIII nos recuerda que "habrá paz sólo donde se cultive la verdad; donde los hombres respeten la justicia, y donde los seres humanos vivan en auténtica libertad. Habrá paz donde todos nosotros aprendamos, vivamos y cultivemos el amor que Dios nos propone".

Los cuatro pilares donde se sostiene la paz son: la verdad, la justicia, la libertad y el amor. Donde falte una de esas cuatro, faltará siempre la paz. Por eso, Juan XXIII nos recuerda que en una sociedad donde los seres humanos no aprendamos a respetar los derechos del otro y aquellos que puedan llevar a un bien común, no estaremos construyendo la paz.

Y por ello, Dios nos plantea también que todo eso nos debe llevar a una gran reflexión: a vivir en sintonía con Dios y con su plan, y en un respeto a la dignidad de la persona humana, no basada en principios puramente humanos, sino basada en la realidad de lo que sabemos nosotros que es cada persona humana: criatura de Dios hecha a imagen y semejanza.

Qué importante y qué necesario es que al inicio del año, cada uno de nosotros reflexione si estamos colaborando para que en el mundo entero podamos tener una auténtica cultura de paz. Porque creo que todos queremos colaborar y ser parte de esa cultura de paz, no de la cultura de la violencia, la muerte ni la indiferencia, que es la que se va apoderando de todos, cada día más.

"No es mi problema", dicen algunos ante una injusticia, "es el problema del otro" dicen otros, y por lo tanto, no debemos sentirnos comprometidos con nada; pues debemos saber que en esa actitud falta un elemento muy importante para alcanzar la paz que se nos propone, el amor.

Sin amor, por más que podamos hablar de justicia o de verdad, siempre habrá algo importante que falte para que en el Perú y el mundo entero reine la paz.

Por eso, el Papa nos recuerda: "se debe reconocer que la paz, no es una cuestión de estructura, como sí de personas. Estructuras y procedimientos de paz jurídicos, políticos y económicos son ciertamente necesarios y afortunadamente se dan a menudo". Y es cierto, porque muy seguido se firman tratados y los seres humanos se reúnen, acuerdan acciones y demás; y aunque son sólo teoría, esas acciones son necesarias, ya que son el fruto de la sensatez acumulada a lo largo de la historia a través de innumerables gestos de paz, llevados a cabo por hombres y mujeres que han sabido esperar, sin desanimarse nunca.

Por eso dice el Papa: "los gestos de paz se dan en la vida de personas que cultivan en su propio ánimo una constante y muchas actitudes de paz". Y tú me preguntarás "¿cuándo cultivamos la paz?", y te diré: cultivamos la paz cuando aprendemos a perdonar, cuando siempre partimos de un pensamiento positivo del hermano, o cuando arrancamos del corazón todo espíritu de venganza o rencor.

Qué importante es descubrir ahora cuánto daño nos hace a nuestro corazón el odio o el rencor, y también al mundo entero y a las realidades diversas donde nos encontramos; porque cuando caminamos en rivalidad, cuando solamente recordamos lo malo del otro, o lo que me parece que me pudiera haber hecho, dañamos nuestro corazón.

Cuánto daño nos hace pensar así. Por eso, los gestos de paz se dan siempre en la vida de las personas que cultivan en su ánimo constantes actitudes de paz; esos gestos son obra de la mente y el corazón de quienes trabajan por ella. Y dice también el Papa: "los gestos de paz son posibles cuando la gente aprecia plenamente la dimensión comunitaria de la vida".

Qué importante es aprender a vivir y convivir con los demás, y no sentir que los demás son enemigos de tu vida. Todos necesitamos de los demás, por ello qué importante es descubrir que cada uno de los que me rodea son piezas que le dan sentido a este rompecabezas de la vida en paz.

Todos necesitamos del otro de diferentes maneras; profesionalmente, familiarmente y socialmente. Qué importante es conocerlo, decirlo, y valorarlo para que en ello podamos construir la paz.

Qué importante cuando la gente aprecia este valor comunitario de la vida, que les haga percibir el significado y las consecuencias que ciertos acontecimientos tienen sobre su propia comunidad y sobre el mundo en general.

Qué interesante e importante es recordar lo que dice el Papa: gestos de paz crean una tradición y una cultura de paz.

Por eso la religión -y eso pongámoslo en nuestra mente, corazón y en todo nuestro quehacer del año, aunque nos digan "no hables de esto o aquello"- tiene un papel vital para suscitar gestos de paz. Si hay dos hermanos que están peleando, nuestro papel es reconciliarlos para que regrese la paz.

Y debemos consolidar condiciones de paz. Este papel lo puede desempeñar tanto más eficazmente la Iglesia, cuánto más decididamente se concentre en lo que la caracteriza: por ello, la apertura a Dios debe ser su principal tarea en este tiempo.

Creo que todos tenemos que hacer lugar en nuestro programa de vida para el 2002 para esa apertura de Dios, para ese estar abiertos en la oración, en la contemplación, en la meditación a ese Dios que nos habla, que está cerca de nosotros y que nos responde a través de su palabra.

Qué importante que cada día podamos abrirnos a Dios, a las enseñanzas que él nos da por medio de su palabra, y a vivir en una fraternidad universal. Para que los problemas y alegrías del mundo no sean extrañas a nuestra propia vida.

La fraternidad universal es fundamental, y se da gracias a la promoción de una cultura que nos hace solidarios. En el Perú esto es algo muy grande y muy bello, que parte de nuestra propia raza y nuestra realidad.

Y el mejor ejemplo de ello es cuando en medio de la pobreza y las necesidades de nuestra patria, siempre hay un gesto que sale del corazón de cada uno de los peruanos; cuando acudimos con lo mucho o poco que tengamos para decir a nuestros hermanos afectados: "¿qué puedo hacer por ti?".

En las parroquias se ve ello a menudo, y también se notan esos gestos de solidaridad en Cáritas, para las distintas realidades que experimentan nuestros hermanos de diversas partes del Perú. Gracias a Dios, muchas veces hemos podido ayudar con nuestro tiempo y dinero a que esas necesidades puedan sentirse aliviadas.

Esta Jornada de Oración por la Paz está unida a ese gran acontecimiento de María, Madre de Dios, y también está unido a aquel acontecimiento del 24 de enero del año 2002, cuando el Papa Juan Pablo II convocó a los diversos representantes de las distintas religiones. Entonces, ellos se comprometieron a expresar el deseo de educar para la paz mediante la difusión de una espiritualidad y una cultura de paz.

Ojalá que todos nosotros le pidamos a la Virgen: "ayúdanos a vivir en esa cultura de paz, como tú lo hiciste en Belén y en Nazareth, junto al rey de la paz, a Jesús".

Que todos nosotros, al salir de esta eucaristía, pensemos que debemos cultivar la cultura de paz. Ama a Dios, y estarás haciendo dentro de tu corazón, ese ambiente para la cultura de la paz. Ama a tu prójimo como a ti mismo, y estarás creando este ambiente de la paz.

Cultiva los valores de la verdad, la justicia, la libertad y el amor, y estarás haciendo de este mundo, un mundo donde reine la paz. Destierra de tu corazón todo pensamiento que destruya, que divida, que genere guerra, entre los unos y los otros, porque eso no agrada a Dios.

Lo que agrada a Dios es que nos amemos los unos a los otros, como él nos ha amado. Que en el Perú reine este estilo de paz, esa cultura de la paz, donde no nos sintamos enemigos, sino hermanos, para construir una patria católica, auténtica y sobre todo que camine por la senda que Jesús nos propone para este nuevo milenio.

Así sea.

 
 

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