HOMILIA DE MONSEÑOR RINO PASSIGATO,
NUNCIO APOSTOLICO DEL PAPA
DOMINGO 29 DE JUNIO DE 2003,
SOLEMNIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO DIA DEL PAPA

- Domingo, 29 de junio de 2003 -

"JUAN PABLO II PROCLAMA A CRISTO COMO CENTRO DEL COSMOS Y DE LA HISTORIA"


Queridos hermanos en Cristo Jesús:

Hoy hacemos memoria de los apóstoles Pedro y Pablo, columnas de la Iglesia en sus inicios y fundamentos de la tradición apostólica de la fe cristiana. Y recordamos tanto la santidad de Pedro, apóstol de los judíos, como la de Pablo, apóstol de los gentiles.

Originariamente, Pedro -que antes se llamaba Simón- fue un sencillo pescador de Galilea, mientras que Pablo, llamado también Saulo, fue un docto fariseo de Tarso. Ambos judíos, ambos apasionados y de recia personalidad, al ser tocados por Cristo se convirtieron en dos enamorados de él, hasta llegar al martirio en Roma, entre los años 64 y 67. Ambos, por caminos diversos, congregaron a la única iglesia de Cristo en la tierra.

En el evangelio de San Mateo que acabamos de escuchar, se unen la confesión de fe y el primado de Pedro; este un texto clásico, porque todos recordamos las respuestas de Pedro a las preguntas de Jesús, sobre todo a la última, que le interrogaba así: "¿y vosotros, quién decís que soy yo?". Y Pedro le respondió a Jesús: "tú eres el Mesías, el hijo de Dios vivo".

Desde entonces, Pedro ha constituido la piedra, la roca, el cimiento visible de la Iglesia por su profesión de fe y de amor. Por ello, además del evangelio de Mateo, debemos recordar el pasaje del evangelio de Juan, en el que después de su resurrección, Jesús le pregunta a Pedro: "¿me amas?". Y Pedro, con profunda humildad y sinceridad le dijo: "Señor, tú conoces todo, sabes que te amo".

JUAN PABLO II, CON EL MISMO ARDOR DE SIMON PEDRO

Entonces Jesús lo constituyó en Pastor de la Iglesia universal y cabeza del Colegio apostólico, con esa frase: "apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas". Hoy celebramos el Día del Papa, sucesor de Pedro, y este año queremos celebrarlo con un énfasis especial, por la circunstancia excepcional de ser el vigésimo quinto año del pontificado de Su Santidad Juan Pablo II, que constituye el cuarto pontificado más largo de la historia.

Hoy queremos imaginarnos que Juan Pablo II toma el lugar de Simón Pedro en las dos escenas relatadas por los evangelistas Mateo y Juan, y queremos imaginarnos que en nombre de los demás discípulos -obispos, sacerdotes, feligreses laicos del mundo entero- le contesta a Jesús, con el mismo ardor, la misma sinceridad y fe, con la misma humildad y amor, con la misma entrega total de Pedro, proclamándolo (su amor a Dios) en el mundo entero, desde la cátedra de San Pedro en Roma y desde los cinco continentes, en su imparable peregrinar.

En su profesión de fe y de amor, Juan Pablo II actualiza la fe infalible y la ardiente caridad de Pedro, cimienta la comunión del colegio episcopal y confirma a todos los bautizados en la misma fe de Cristo, Mesías, hijos de Dios vivo.

Juan Pablo II, como todos los sucesores de Pedro, ha sido constituido piedra, cimiento visible, cabeza y Pastor supremo de la única Iglesia de Cristo, por libre designio de Dios expresado en la elección efectuada por el Colegio de los Cardenales, el 16 de octubre de 1978.

Por ello, hoy queremos conocer la profesión de fe de Juan Pablo II -recordando algunas de sus formulaciones más importantes, recogidas en la mina inagotable de su magisterio- para fortalecer nuestra fe y amor hacia Jesús, y para poder darle al Divino Maestro nuestra respuesta personal y comunitaria de fe y de amor.

CRISTO, REDENTOR DEL HOMBRE

Siendo imposible abarcar en una homilía el marco entero del pontificado de Juan Pablo II, y a fin de darle coherencia y unidad a mi exposición, me remitiré a su primera encíclica, la Redemptor hominis (Jesucristo, Redentor del hombre), que considero no sólo el documento programático de su pontificado, sino también su solemne profesión de fe como sucesor de Pedro.

La encíclica Redemptor hominis se abre con una síntesis poderosa de esa idea apostólica y pascual: el Redentor del hombre, Cristo, es el centro del cosmos y de la historia. Karol Wojtyla, convertido en sucesor de Pedro con el nombre de Juan Pablo II en homenaje a sus antecesores -Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo I- proclama a Cristo centro del cosmos y de la historia, porque el mismo Cristo ya es el centro de su universo personal y de su vida.

Al centro de todo su pensar, sentir y actuar como sacerdote, teólogo, filósofo, místico, poeta, humanista, siempre está Cristo. En el instante mismo de su elección, él tiene conciencia de la magnitud de su cargo, pero lo acepta por amor y obediencia a Cristo. Recordemos sus propias palabras:

A Cristo Redentor he elevado mis sentimientos y mis pensamientos cuando después de la elección canónica me fue hecha la pregunta: ¿aceptas?. Respondí entonces: "en obediencia de fe a Cristo, mi Señor, confiando en la madre de Cristo y de la Iglesia, y no obstante las grandes dificultades, acepto".

Y agrega: "Quiero hacer conocer públicamente mi respuesta a todos, sin excepción, para poner así de manifiesto que con esa verdad primordial y fundamental de la encarnación, está vinculado el ministerio, que con la aceptación de la elección a obispo de Roma y sucesor del apóstol de Pedro, se ha convertido en mi deber específico, en su misma catedral".

PROGRAMA DE SU MINISTERIO APOSTÓLICO

Esta profesión de fe se convierte inmediatamente para Juan Pablo II, en el programa de su ministerio apostólico, en el cometido único e imprescindible para consagrar todas sus energías y las fuerzas vivas de la Iglesia a la orientación del espíritu, a la dirección del entendimiento hacia Cristo, Redentor del hombre, Redentor del mundo. A él queremos mirar, porque sólo en él, hijo de Dios, hay salvación, renovando la afirmación de Pedro: "Señor, sino fuera así, ¿a quién diríamos "tú tienes palabras de vida eterna"?

A través de la conciencia de la Iglesia -y de todos los campos en que la Iglesia se expresa, se encuentra y se confirma- debemos tener constantemente a aquel que es la cabeza, a aquel de quien todo procede y por quien oramos; aquel que es al mismo tiempo, el camino, la verdad, la resurrección y la vida; aquel que viéndolo, nos muestra al Padre, aquel que debió irse de nosotros para que el Espíritu Santo venga a nosotros.

Juan Pablo II tiene claro que Cristo no ha venido sólo para la Iglesia, sino para todos los hombres, y les habla a todos. Les habla como hijo de Dios, y les habla también como hombre, por ello afirma que la Iglesia no cesa de escuchar sus palabras. Estas palabras son escuchadas también por los no cristianos, porque la vida de Cristo es (además) para los hombres que no están aún en condiciones de repetir con Pedro: "tú eres el Mesías, el hijo de Dios vivo".

El Papa Juan Pablo II se muestra verdaderamente como Vicario de Cristo, gran sacerdote de la humanidad entera, indicando a todos, sin excepción, el camino de la verdad, de la fidelidad, el amor como camino de salvación. Este camino es el mismo Cristo, incluso para quienes todavía no lo conocen.

Fiel discípulo y cumplidor del Concilio, Juan Pablo II puntualiza: "Cristo, Redentor del mundo, es aquel que ha penetrado de modo único e irrepetible en el misterio del hombre y ha entrado en su corazón. El hijo de Dios, en su encarnación, se ha unido en cierto modo con todo hombre, porque trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, amó con corazón de hombre. En el seno de la Virgen María se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado".

CRISTO, NUESTRA RECONCILIACIÓN ANTE DIOS PADRE

Juan Pablo II nos habla de la dimensión divina y la dimensión humana del misterio de la redención, prueba del amor paterno e infinitamente misericordioso de Dios. Y nos recuerda: "Cristo, hijo de Dios vivo, se ha convertido en nuestra reconciliación ante Dios Padre, porque la cruz sobre el calvario -por medio de la cual Cristo deja este mundo- es una nueva manifestación de la eterna paternidad de Dios".

Dios es amor, y el amor es más grande que el pecado, que la debilidad, es más fuerte que la muerte, es amor siempre dispuesto a aliviar y perdonar, siempre dispuesto a ir al encuentro con el hijo pródigo.

Esta revelación del amor, anota el Papa, es definida también con misericordia, y tal revelación del amor y de la misericordia tiene en la historia del hombre una forma, cuyo nombre se llama Cristo; y este Cristo redentor -continúa diciendo Juan Pablo II, explicando la dimensión humana de la redención- nos revela que el hombre puede volver a encontrar la grandeza, la dignidad, y el valor propios de su humanidad.

El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo, puede acercarse a Cristo con su inquietud, su incertidumbre, e incluso con su debilidad y pecaminosidad en su vida; por ello, debe entrar en Cristo con todo su ser, debe apropiarse y asimilar toda la realidad de la encarnación y de la redención para encontrarse a sí mismo.

Juan Pablo II concluye diciendo: "qué dolor debe tener el hombre ante los ojos del Creador, si ha merecido tener tan gran redentor; qué dolor debe tener el hombre si Dios le ha tenido que dar a su hijo a fin que no muera, sino que tenga la vida eterna".

La fe apostólica y pascual de Juan Pablo II es fe del misterio de Dios y es fe en el hombre, por eso el cometido y el compromiso fundamental que él pide a la Iglesia es "orientar la conciencia y la experiencia de toda la humanidad hacia el misterio de Cristo, ayudar a todos los hombres a tener familiaridad en la profundidad de la redención que se realiza en Cristo Jesús".

A pesar de las dificultades y exposiciones, que son parte del misterio de la cruz, Juan Pablo II llama a la Iglesia y todos sus miembros a entregarse con perseverancia a la gran misión de revelar a Cristo al mundo, a ayudar a todo hombre a que se encuentre a sí mismo en su palabra divina, a ayudar a las generaciones contemporáneas de nuestros hermanos, pueblos, naciones y la humanidad entera.

El Papa nos llama a todos a conocer las insondables riquezas de Cristo, porque éstas son para todo hombre y constituyen el bien de cada uno.

Meditemos una frase: "debemos creer en la orientación de fe". Fe en Cristo y fe en el hombre que ha preocupado a Juan Pablo II en cada momento de su ministerio, como timonel de la barca de Pedro. Porque la Iglesia desea servir a este único fin, que todo hombre pueda encontrar a Cristo, para que el Señor pueda recorrer en cada uno el camino de la vida, la fuerza de la verdad acerca del hombre y del mundo, contenido en el misterio de la encarnación y de la redención.

Por eso, la profesión de fe pascual de Juan Pablo II que reconoce en Jesús al Cristo -es decir el Mesías, salvador prometido y esperado, el hijo de Dios, encarnado, muerto y resucitado, vencedor del pecado y de la muerte- es inseparable de su fe en el hombre, en cada hombre histórico, creado a imagen y semejanza de Dios y llamado a participar en la vida de Dios.

El Papa cree profundamente y proclama con vigor que esta vida prometida y dada a cada hombre por el Padre, es el final cumplimiento de la vocación del hombre, es el cumplimiento de la suerte que desde la eternidad, Dios le ha preparado. Si todo esto llega -aún con toda la riqueza de la vida temporal- por inevitable necesidad a la frontera de la muerte y la meta de la destrucción del cuerpo humano, Cristo se nos aparece más allá de esta meta, diciéndonos: yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mi no morirá para siempre.

Hasta aquí hemos visto lo que he llamado la profesión de fe apostólica y pascual de Juan Pablo II, integrada en su primera encíclica Redemptor hominis. Cada instante de su pontificado -que en cierto modo ha conocido su momento más destacado en el gran Jubileo de la Encarnación- ha sido una extensión de esa primera profesión de Pedro.

APLICACIÓN PARA NUESTRAS VIDAS

No puedo terminar sin tratar de resumir y sacar una aplicación práctica de esta doctrina, y dejaré al mismo Juan Pablo II que lo haga, leyendo la exhortación que él hizo a los jóvenes del mundo el 29 de junio de 1999, en preparación al Gran Jubileo:

Mirad a Jesús de Nazareth, es el salvador de todos, adorad a Cristo nuestro redentor, que nos rescata del pecado y de la muerte, porque es ese Dios vivo, fuente de la vida. Contemplad y reflexionad, porque Dios nos ha creado para compartir su misma vida, para ser sus hijos, miembros vivos del cuerpo místico de Cristo, templos luminosos del espíritu del amor. Nos llama a ser suyos, quiere que todos seamos santos.

Queridos hermanos, tenemos la santa misión de ser santos, como él es santo. Me preguntaréis: ¿pero hoy es posible ser santos?. Pues si sólo contáramos con las fuerzas humanas, tal empresa sería imposible; de hecho sabéis que cargas pesan sobre el hombre, cuántos peligros y amenazas contra él contienen sus pecados, pero debes saber que aunque el camino es duro, todo lo podemos en nuestro Redentor.

No os dirijáis a otros, sino buscad a Jesús, no busquéis en otro sitio sólo lo que él puede daros, porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos, señala el Santo Padre.

Con Cristo, proyecto divino para cada bautizado, es posible salvarnos, creer en la fuerza invencible del evangelio y poner la fe como fundamento de nuestra esperanza. Cristo camina con nosotros, nos infunde valor con la fuerza de su espíritu, por ello no tengáis miedo de ser los santos del nuevo milenio, sed contemplativos y amantes de la oración, coherentes en nuestra fe y generosos en el servicio a los hermanos.

Para realizar este proyecto de vida, estad a la escucha de la palabra, sacad fuerza de los sacramentos, sobre todo de la eucaristía y de la penitencia, porque el Señor los quiere apóstoles de su evangelio y constructores de la nueva humanidad.

MARIA, GUIA DEL PONTIFICADO DEL PAPA JUAN PABLO II

María, madre de la Iglesia, madre tierna y fuerte, estrella del pontificado de Juan Pablo II, guíalo y sostenlo en la sublime misión de confirmar en la fe y la caridad a los discípulos de tu hijo, grey y pastores;

Mantenlo firme en el cometido fundamental de anunciar la verdad del infinito amor de Cristo por el hombre, haz que bajo su guía segura y inspirada -en medio de un mundo lleno de contradicciones y pesimismo, dividido por tantos odios, injusticia, violencia y discordias- la Iglesia sea para todos fuente de armonía y esperanza, instrumento de justicia, solidaridad, fraternidad, amor y de paz.

Así sea.

 
 

[Reseña histórica de la arquidiócesis]
[Peregrinación por las Iglesias de Lima]
[Advocaciones y santos peruanos]
[Mensajes del Santo Padre al Perú][Enlaces]