350 AÑOS DE FE Y TRADICIÓN

 

1. Un nuevo Octubre morado se abre ante nosotros como un maravilloso don del amor de Dios. Muy pronto millones de limeños, de peruanos y de hermanos venidos de países distantes, pero cercanos en la fe, comenzarán a llenar el Santuario de Nazarenas con sus oraciones y ofrendas; y acompañarán en cada uno de sus recorridos procesionales, con su fe y amor, al Cristo Morado, el Señor de los Milagros.

Como aquellos griegos del Evangelio, también nosotros nos abriremos paso de entre gentío para decir: «Queremos ver a Jesús» (Jn 12,21), queremos ver al Señor de los Milagros. Pero, ¿por qué este anhelo de querer encontrarnos con Cristo a través de la sagrada imagen del Señor de los Milagros? ¿Por qué este afán de querer ver al Señor Jesús, de visitarlo en su Santuario, de acompañarlo durante horas en la procesión?

2. La razón por la cual buscamos al Señor de los Milagros cada Octubre es porque «Él es el camino a seguir para llegar a la plena realización personal, que culmina en el encuentro definitivo y eterno con Dios. "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí"... Jesucristo es, pues, la respuesta definitiva a la pregunta sobre el sentido de la vida y a los interrogantes fundamentales que asedian también hoy a tantos hombres y mujeres»1. La magnitud de esta enseñanza es decisiva. Sólo siguiendo al Señor Jesús es como se llega a la realización personal. ¿No es este acaso uno de los significados más profundos y bellos que tiene la procesión del Señor de los Milagros? En cambio, no seguirlo es condenarse a la tristeza y a la frustración. Por más substitutos que pueda inventar hoy el consumismo, el materialismo o cualquier ideología de moda, jamás podrán hacer desaparecer la realidad objetiva que la Iglesia proclama: Es en el Señor en quien el ser humano encuentra su auténtica identidad.

3. Este año 2001 el culto al Cristo Morado reviste un carácter muy especial pues se cumplen 350 años desde que apareció pintada esta venerada y milagrosa imagen en un modesto muro de adobes de un galpón erigido en el barrio de Pachacamilla, donde hoy se alza su Santuario. Estamos pues ante un Año Jubilar Nazareno. La Providencia Divina ha querido hacer coincidir este aniversario con el inicio del Nuevo Milenio, una vez concluido el Gran Jubileo del Año Santo 2000. Por ello quiero invitar a todos los que formamos la Iglesia de Lima a que este Octubre sea para nosotros un tiempo propicio en el que renovemos profundamente nuestra vida cristiana en vista a asumir con nuevo impulso nuestra misión evangelizadora.

4. En primer lugar mediante un esfuerzo serio y responsable por la santidad, que es nuestra vocación común como bautizados y que debe ser siempre la primera de todas las urgencias pastorales. Así nos lo recuerda el Santo Padre Juan Pablo II: «En primer lugar no dudo en decir que la perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral es el de la santidad... En realidad poner la programación pastoral bajo el signo de la santidad es una opción llena de consecuencias. Significa expresar la convicción de que si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial»2.

No olvidemos nunca que la vocación a la santidad es para todos y no para unos cuantos. Así lo enseña con claridad el Concilio Vaticano II: «Todos los cristianos, de cualquier clase o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor»3. Enseñanza que reitera el Papa cuando nos dice: «Como el Concilio mismo explicó, este ideal de perfección no ha de ser malentendido como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos "genios" de la santidad. Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno. Doy gracias al Señor que me ha concedido beatificar y canonizar durante este año a tantos cristianos en las circunstancias más ordinarias de la vida. Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este "alto grado" de la vida cristiana ordinaria»4.

Cada Octubre, el Señor de los Milagros nos reúne en torno a sí a los bautizados de toda clase o condición, para llamarnos a vivir el horizonte apasionante de la vida cristiana, que consiste en desplegar la vida de Cristo que hemos recibido en el Bautismo hasta que podamos exclamar con el Apóstol: «Vivo yo más no yo, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20). Quien con fe contemple la imagen de Cristo Crucificado, el Señor de los Milagros, no puede menos que sentirse interpelado por Jesús a ser santo. Él lo dio todo por nosotros. Él, desde la Cruz, sea que lo miremos en el muro o en su anda, nos dice insistentemente: «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5,48).

5. En segundo lugar, mediante una conversión sincera. El color morado, característico de la devoción al Señor de los Milagros, nos habla de conversión, de lucha contra el pecado, de despojarse del hombre viejo para revestirse del hombre nuevo. En una palabra, de recio combate espiritual. Sólo surgirá el Perú nuevo que todos anhelamos, donde la Civilización del Amor no sea más un sueño sino una realidad, si hay hombres nuevos, peruanos nuevos, en todo semejantes a Cristo, el Hombre Nuevo.

Para lograr esta meta, el auxilio de la gracia es fundamental. Hay una primacía de la gracia que es decisiva aunque no es menos cierto que ella exige, reclama nuestra activa cooperación5. Por bondad del Santo Padre Juan Pablo II, este próximo mes de Octubre tendremos en abundancia el auxilio de la gracia, ya que podremos ganar nuevamente el don de la Indulgencia Plenaria que convocó a miles y miles de personas en nuestra Arquidiócesis durante todo el Año Santo 2000. Ya sea visitando al Señor de los Milagros en su Santuario de Nazarenas, o acompañándolo el 18, 19 y 28 de Octubre en la procesión, podremos hacer nuestro este don que purifica y renueva profundamente nuestra vida cristiana. Por ello pido especialmente a los sacerdotes de la Arquidiócesis que instruyan convenientemente a los fieles que tienen bajo su cuidado pastoral para que sepan cómo acogerse a este manantial de gracia que es la Indulgencia.

6. Siendo la confesión sacramental uno de los requisitos fundamentales para ganar la Indulgencia, se hace necesario acudir al don del sacramento de la Reconciliación. Por ello cercano ya Octubre, quiero hacer mío el llamado apremiante del apóstol San Pablo: «En nombre de Cristo os suplicamos: ¡Reconciliaos con Dios!» (2 Cor 5,20). Hermanos, acerquémonos con confianza al sacramento de la Reconciliación. Allí nos espera Jesús para abrirnos su corazón misericordioso y reconciliarnos plenamente. Hay que decir con firmeza y convicción que el sacramento de la Reconciliación es la vía ordinaria para alcanzar el perdón y la remisión de los pecados graves cometidos después del Bautismo.

A mis queridos sacerdotes de la Arquidiócesis de Lima, quiero pedirles que en Octubre dediquen todas las horas que les sea posible en sus parroquias e iglesias para escuchar confesiones. Les pido que ofrezcan a los fieles generosos horarios para administrar el sacramento de la Reconciliación.

¡En nombre del Señor de los Milagros, que entregó su vida para el perdón de los pecados, les pido que cumplan bien con su vocación de ministros de la reconciliación!

Desarrollen por tanto una gran capacidad de acogida, de escucha, de diálogo y de constante disponibilidad para escuchar confesiones, dimensiones éstas que son esenciales para que el ministerio de la reconciliación manifieste todo su esplendor y riqueza. Nosotros que por razón de nuestra vocación sacerdotal hemos sido objeto de la misericordia, tanto más debemos sentir la urgencia de testimoniarla e irradiarla.

A ello nos alienta el Santo Padre cuando nos dice: «El Año Jubilar, que se ha caracterizado particularmente por el recurso a la Penitencia sacramental nos ha ofrecido un mensaje alentador, que no se ha de desperdiciar: si muchos, entre ellos tantos jóvenes, se han acercado con fruto a este sacramento, probablemente es necesario que los Pastores tengan mayor confianza, creatividad y perseverancia en presentarlo y valorizarlo. ¡No debemos rendirnos, queridos hermanos sacerdotes, ante las crisis contemporáneas! Los dones del Señor –y los Sacramentos son de los más preciosos- vienen de Aquél que conoce bien el corazón del hombre y es el Señor de la historia»6.

7. Finalmente, que este Octubre, el primero del nuevo milenio, nos impulse a un compromiso apostólico más generoso. El comienzo del tercer milenio de la fe exige de nosotros una Nueva Evangelización, cuyo centro es el anuncio del Señor Jesús, el mismo ayer, hoy y siempre (ver Hb 13,8), el Único Salvador del Mundo.

Siempre hemos dicho que el Señor de los Milagros es el primer misionero de Lima. Él nos dice: «No tengan miedo» (Mt 17,7; Jn 6,20). Él nos invita en cada recorrido procesional a ponernos en camino: «Id pues y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19).

Frente a un mundo que se va apartando de su sentido somos llamados por el Señor a anunciarlo en primera persona, con creatividad e ingenio, cada uno desde su propia vocación según el máximo de sus posibilidades y capacidades. Caminemos con esperanza. Un nuevo milenio se abre ante la Iglesia de Lima como un océano inmenso en el cual hay que aventurarse. ¡A remar mar adentro!, como nos ha pedido el Santo Padre. Contamos con la ayuda de Cristo, el Señor de los Milagros. Él nos guía y acompaña.

Los exhorto de manera especial a unirnos en la oración al Dueño de la mies para pedir por las vocaciones sacerdotales, para que muchos jóvenes animados por una entrega generosa anunciando el Evangelio y encontrando el rostro de Cristo en cada uno de sus hermanos digan un "sí" a la llamada del Señor. Los sacerdotes tienen por eso la especial responsabilidad de animar y cuidar las vocaciones principalmente con el testimonio de una vida de fidelidad, alegría, entusiasmo y santidad7.

Que María Santísima, Estrella de la Nueva Evangelización, interceda por todos nosotros para que nuestras vidas ardan en el Amor de su Hijo y que bajo su acción maternal sepamos irradiar al Perú de hoy este Amor que da vida.

Con mi bendición pastoral,

 

+ Juan Luis Cardenal Cipriani Thorne
Arzobispo Metropolitano de Lima
y Primado del Perú

Lima, 15 de Setiembre de 2001
Memoria de Nuestra Señora, la Virgen Dolorosa.

 

 

NOTAS

1. S.S. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Post Sinodal Ecclesia in America, N° 10.[Regresar]

2. S.S. Juan Pablo II, Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte, N. 30 y 31. [Regresar]

3. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, N° 4. [Regresar]

4. S.S. Juan Pablo II, Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte, N. 31. [Regresar]

5. Ver Ibidem N. 38. [Regresar]

6. Ibidem, N. 37. Ver S.S. Juan Pablo II, Carta a los sacerdotes con motivo del Jueves Santo de 2001. [Regresar]

7. S.S. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Post Sinodal Ecclesia in America, Nº 40. [Regresar]

 

 

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