Juan Pablo II, facetas de un Pastor

 

PONENCIA DEL CARDENAL JUAN LUIS CIPRIANI,
ARZOBISPO DE LIMA y PRIMADO DEL PERÚ

El Cardenal Cipriani, en la XXVI Semana Teológica del Instituto Superior de Estudios Teológicos (ISET) Juan XXIII, recordó que el Papa Juan Pablo II no aceptaba la violencia, no aceptaba la injusticia, y al mismo tiempo jamás se le vieron gestos de odio, siempre tuvo ternura en el corazón para todos, pero no aceptaba componendas.

Martes 15 de noviembre de 2005

Excelentísimo monseñor Pacífico Tomasi, P. Enrique Segovia, Rector del ISET, profesores, alumnos y amigos todos en Cristo:

Aquí estamos con ocasión de la celebración de la XXVI Semana de Reflexión Teológica, organizado por el Instituto Superior de Estudios Teológicos Juan XXIII, tomando para ello los mensajes del Papa Juan Pablo II en su visita al Perú en los años 1985 y 1988.

Me han pedido hablar de su faceta como pastor. Mezclaré, de un modo breve, algunos recuerdos personales con el Papa Juan Pablo II y algunos aspectos de lo que su ser Pastor lo llevó a marcar en su enseñanza, en su vida, en su magisterio en estos 27 años de su pontificado.

En primer lugar, es evidente que el Papa centra su razón de ser como persona, como sacerdote, como obispo y finalmente como sucesor de Pedro, en la persona de Cristo. Recordarán ustedes que en la Redemptor Hominis el Papa advierte que el hombre que no conoce al Verbo, a Dios hecho hombre, permanece desconocido para sí mismo, es decir, la verdad de nuestra propia identidad la encontramos en el mismo Cristo. Esta aproximación a la Cristología, bastante agustiniana, supone una innovación muy grande y una vivencia fruto de su formación fenomenológica: Cristo, el único Pastor nos lleva a muchas conclusiones. Así como Juan Pablo II, iluminaba; Benedicto XVI es lineal, introduce un planteamiento y llega hasta el final.

El Papa Juan Pablo II, nos dejó una luz muy fuerte: “O es Cristo que vive en mi o no soy nadie”. Así de radical, elimina de golpe toda ideología que quiera instrumentalizar el mensaje de la fe al servicio de cualquier otra idea. La gracia de Cristo ilumina con bastante claridad la vida espiritual, la vida material, los cambios de estructuras, la vida social y Juan Pablo II con su respuesta heroica nos hace presente a Cristo Vivo, nos conmueve su gesto, su palabra, su amor, su cariño, su cordialidad, ese derroche de amor a los demás, esa amabilidad y agradecimiento tan grande que tiene al ser acogido en un país, al agradecerle a su presidente, al recordar a los misioneros, al hablarle a los religiosos, logrando que desde el más sencillo hasta el más intelectual se conmueva, porque sienten en él la presencia de Cristo Vivo.

El Papa Pablo VII decía, en la Evangelii Nuntiandi, que el mundo de hoy más que palabras pide testimonios, que el mundo de hoy reclama más que grandes discursos, testigos vivos y el Papa Juan Pablo II era conocedor de estas palabras. Justamente menciona ésta referencia a Cristo, cuando acepta ser elegido Papa: “en obediencia de fe a Cristo mi Señor, confiando en la Madre de Cristo y de la Iglesia, no obstante las graves dificultades, acepto” Este planteamiento desde el primer momento de su elección hasta el último instante de su vida es un sello que marca toda su actividad intelectual, pastoral, apostólica, social, todas las dimensiones de su magisterio.

Es el gran regalo que Dios ha querido darnos con este Papa y que continúa en el Papa Benedicto XVI, con esa presencia real de Cristo y ese ser hijos de Dios en Cristo. Esa inserción de nuestra vida en la vida intratrinitaria, es una revolución de tal categoría que resulta difícil asimilarla, pero vamos caminando, y hemos visto en este año de la Eucaristía una explosión de cariño, una explosión de fe en el mundo entero. En el Sínodo lo escuchaba con testimonios de Asia, de África, de Europa, de diferentes modos y diferentes maneras. Ese asimilar de que Cristo vive en su Iglesia es algo que en la medida que lo vayamos haciendo vida propia, va a surgir con una fuerza extraordinaria. La Iglesia no es proyecto de ningún obispo, ni del Papa, ni de un grupo de religiosos, ni de tres catequistas ¡No! La Iglesia, hoy, es Cuerpo Místico de Cristo.

Hace poco, decía Benedicto XVI, que la Iglesia vive el Evangelio que no es suyo, sino que es la palabra de Dios permanentemente actual la que nos enseña la teología interpretada a la luz de la tradición y del magisterio, pero no es un evangelio a gusto del consumidor o del cliente. Esa unidad con Cristo nos lleva a un enorme respeto por la Iglesia, por la Sagrada Escritura y a una profundización en lo que es el magisterio, esa cercanía con Cristo significará también un renacer de la presencia del Espíritu Santo, animando cada vez más la iglesia.

El Papa pronuncia, con esa claridad tan grande las palabras de Cristo: “no me habéis elegido vosotros a mí, yo los he elegido a vosotros y los he destinado para que deis fruto y que este fruto permanezca”. Él tiene conciencia en su humildad que desde que nace hasta que muere está cumpliendo una misión de obediencia a la fe, lo que falta cada vez más, peregrinación en la fe; ya no la peregrinación física, cronológica o intelectual. Es otro recorrido interior que el Papa, en esa mística, nos presentaba de un modo tan atractivo, en esa humildad de ser consciente, que su razón de ser es absolutamente el abandono en las manos de Dios; lo que demuestra en Juan Pablo II una personalidad muy fuerte. Fíjate el contraste: ¡cuanto más me abandono con humildad en las manos de Dios, más necesito la personalidad y la madurez de carácter!

Digo todo esto para que no haya la preocupación de que una excesiva espiritualidad o vida de oración pueda convertir a un hombre en indeciso, o a una mujer en débil de carácter ¡No! Para abandonarse en las manos de Dios hace falta mucho temperamento, mucha personalidad, mucho carácter.

El Papa no aceptaba la violencia, no aceptaba la injusticia, y al mismo tiempo jamás se le vio gestos de odio, siempre tuvo ternura en el corazón para todos, pero no aceptaba componendas.

No hay que olvidar que el Papa en Nicaragua tuvo que enfrentarse prácticamente a un desafío en la Santa Misa; en Chile sabía de la presencia de Pinochet; en Ayacucho sabía que estaba sendero luminoso, en Polonia sabia el Papa de la opresión del régimen comunista. En la firmeza de este Papa, martirizado en la Plaza de San Pedro, no se encuentra ni un milímetro, ni un gramo de odio, de venganza, de resentimiento, ¡No! Esta es, para todos nosotros, una lección impresionante de abandono y confianza en el Señor.

Yo me atrevo a decir que la fuerza del Papa fue la oración, tengo muchos ejemplos prácticos, recuerdo dos: En una visita ad limina en Castelgandolfo, me preguntaba por el terrorismo, por la violencia, por la gente pobre, por los seminarios, por las vocaciones, por los religiosos. Eran ocasiones en las que el Papa preguntaba al Obispo acerca de su trabajo y yo le presenté las cosas con la mayor sinceridad: Santo Padre no hay vocaciones, son tan solo siete muchachos, le explicaba lo que estábamos haciendo y al terminar el Papa decía: ”Oración”.

Hablamos también del deporte, yo estaba en esos días con la rodilla lesionada y el Papa preguntó que había pasado, le expliqué que jugando básquet me había lesionado y me dice: “Yo también estoy con la rodilla hinchada”. Para acabar la entrevista me dice: “Bueno, resumiendo oración”. Recuerdo que entró un obispo después que yo y salió al cabo de cinco minutos y me dice: Cipriani, ¿qué te ha dicho el Papa?, Te lo pregunto porque el Santo Padre me ha dicho: pregúntele a Monseñor Cipriani que es lo que él ya sabe. Y le dije: “¡Oración!”

Otra anécdota muy cercana: La última vez que vi al Papa, un par de semanas antes de morir, yo estaba en Roma, por suerte, en una reunión de la Congregación del Culto Divino y el Papa estaba en Gemelli. Quise averiguar sobre su estado de salud. Le escribí una carta y me acerqué al Policlínico donde estaba internado y por esas casualidades quien me atendió me pidió esperar un momento, luego me hizo subir al décimo piso, donde estaba Monseñor Stanislaw y me hizo pasar a una sala. Le dije que yo sólo había ido a dejar una carta al Papa. Dijo ¡no! Quédese un rato y acompáñeme, el Papa está al lado, hemos habilitado una capilla y él está allí. Después me pidió que lo siguiera y entramos por la puerta posterior, había un sagrario, el Papa estaba en esa silla que usaba últimamente, una monja polaca le leía al oído. Estuve unos 30 segundos y me retiré.

La fortaleza de este Papa que recorrió más mundo que todos, que escribió más que todos, que habló con todos en todos los idiomas, que tuvo una apertura a todas las culturas, que fue realmente un aire fresco a un mundo cansado, fue la oración intensa. Esa idea de que la oración nos aleja de la acción no es real; Dios es la Acción, es el Espíritu y la meditación pura. No tengamos miedo de tener mucha vida de piedad o mucha intimidad con el Señor en la Eucaristía. Una intimidad seria con Jesús lleva a una acción apostólica impresionante, una acción apostólica sin Él, es peligrosísima.

En el año 83, el Papa inicia la prédica de la nueva evangelización, nueva en su ardor, nueva en sus métodos, nueva en sus expresiones. En la Novo Millenium Ineunte ya existe algo de ardor en el tema del año de la Eucaristía, pero nueva en sus métodos, nueva en su expresión. Esta semana teológica nos ayudará realmente a aproximarnos a ese Señor que quiere darnos una fuerza muy grande.

Recuerdo que en otra ocasión estando en Roma, el Papa dijo: “¿Les parece bien que el Papa salga de viaje?”, nadie contestó; y luego en el almuerzo volvió a preguntar: “¿Qué les parece que el Papa viaje mucho?”, no contestamos por segunda vez. El Papa dijo entonces: “Hay algunos a quienes no les gusta que el Papa salga mucho, pero va a seguir saliendo, porque si el mundo no llega a Roma, Roma sale al encuentro del mundo”. Ante el nivel de problemas y dificultades que había en el mundo El Papa se lo tomó como tarea personal: El pastor que deja las noventa y nueve y va a buscar a la que se ha perdido. El Papa dejaba todo, se subía al avión y no paraba, porque quería ver a cada uno. Esto fue para nosotros un regalo que evidentemente el Señor bendijo con abundantes frutos.

Este ejemplo, nos lleva también a darnos cuenta que cada alma vale toda la Sangre de Cristo; y lo digo, especialmente, a las comunidades religiosas. No vaya a ser que por captar nuevos amigos y nuevas vocaciones se olviden de aquellos que están al lado y no se den cuenta que necesitan ayuda. ¡Comunidades Religiosas! ¡Ambientes Parroquiales, vida, cariño!

El Papa en su dimensión de Pastor era un hombre abierto a la esperanza, siempre lo vi como el hombre de la esperanza. En una ocasión que me pidieron ayuda para preparar un posible esquema sobre la vida del Papa, me indicaron que al Papa le gustaba mucho un pasaje de la primera Epístola de San Pedro: ”Dales razón de tu esperanza”. Éstas fueron las líneas habituales de su conducta y de su predicación; junto a su pasión por la verdad ¿porqué? Porque la verdad los hará libres, repetía insistentemente. Él era un apasionado de la verdad y de la esperanza como el mayor don creado y dado por Dios, iluminado por la libertad..

En cuanto a la cultura el Papa era consciente de que estábamos asistiendo al final, a la muerte, al agotamiento de una cultura, y por eso, ha dejado cimientos de una nueva cultura que nos toca desarrollar.

Evidentemente, la cultura donde él nació y vivió está prácticamente muerta, no da más de sí, estamos viendo ya la escoria final de la cultura: el aborto, la violencia, secuestros, la permisividad, los matrimonios gays; nos encontramos en el tramo final de lo que puede ser una cultura y, definitivamente, no vamos a dejar que la cultura nueva sea exclusiva y puramente tecnológica ¡No!

Esa nueva cultura –decía el Papa- los sistemas que va creando el hombre, son siempre imperfectos; Tanto más imperfectos cuánto más seguro está de sí mismo. Ante ese constante intento de fabricar al hombre del futuro de manera virtual a través de la televisión, de la internet, de celular no nos dejemos aplastar como una partícula del cosmos organizado por tres o cuatro poderosos del mundo; ¡de ninguna manera! El Papa nos advertía proféticamente sobre este intento generalizado.

Estas son breves ideas de la faceta de pastor, de ese amor a la verdad, a la libertad, a la dignidad de la persona, de ese portador de cultura. Para Juan Pablo II la cultura no era un cuadro ni una poesía pues la cultura es algo que brota, es el vehículo en el cual se sube la humanidad, es la forma de comunicación de los hombres, son miles de expresiones. Pero, si la cultura pierde la densidad espiritual de lo que es la persona humana, pierde su conexión con Cristo, perfecto Dios y perfecto Hombre, el Verbo, la Palabra que se hizo carne.

Si mi palabra participa de la Palabra, permanece, se siente actual, es la palabra de Dios. Cuando el mundo empieza a jugar con el significado de las palabras, también es señal de agotamiento de una cultura.

Hablemos de María ¿En qué vientre estuvo Cristo? En el vientre purísimo de María, ¿quién puede ser el modelo de criatura? María, creada en plenitud de gracia. La Virgen María más que una devoción es una participación –vamos a decirlo así- de la cual nosotros debemos entrar a formar parte, no se concibe participar de Cristo sino es a través de María. La cercanía con María es señal inequívoca de cercanía con Cristo, si se quiere ser un hombre eucarístico, que la Eucaristía pase por María.

La función importante de la fe –dice el Papa- para cambiar a las personas y mediante ellas a la sociedad, son los ideales a los que quiero servir con mis citas y desearía que todo sea una ayuda para el robustecimiento de la fe del pueblo peruano.

Hermanos, Dios ha querido regalarnos esas muestras de piedad popular que conmovían al Papa. El Papa se emocionó con la petición de bendiciones, por el amor a la Cruz, al ver esas imágenes de la Virgen, como si hubiera intuido vestigios de la primera evangelización y al llegar comprobarlo.

Estas señales de piedad popular son un regalo de Dios para América Latina y un vehículo que no debemos descuidar, que vale la pena profundizar en ellos, conocerlo más a fondo y desde allí, y esto es lo que el Papa Benedicto XVI va a desarrollar mucho, la llamada universal a la santidad que compromete de manera especial a todos los bautizados.

Muchísimas gracias.
 
 

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