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PRESENTACIÓN Queridos hermanos sacerdotes: Han transcurrido casi tres años desde que el Santo Padre me confió la misión de ser el Pastor de la Iglesia de Lima. Desde el inicio de mi ministerio una de mis principales ocupaciones ha sido mi oración y permanente orientación pastoral a mis sacerdotes junto con la dedicación de tiempo y cariño al trabajo que realizamos en el Seminario de Santo Toribio. Es por ello que me dirijo a todos ustedes, mi más cercanos colaboradores, con una nueva Carta Pastoral, que he titulado, “La Actividad Pastoral del Sacerdote”. A través de ella quiero iluminar y encaminar la labor pastoral que ustedes realizan en nuestra Arquidiócesis al comienzo de este nuevo milenio, para que con un renovado impulso en nuestras vidas brille para el mundo nuestra santidad sacerdotal tan necesaria para llevar adelante la obra de la Nueva Evangelización. Confío en que estas reflexiones que hoy paternalmente les dirijo sirvan para hacer realidad en sus vidas las palabras del apóstol San Pablo a Timoteo: “Por esta razón, te recuerdo que tienes que reavivar el don de Dios que recibiste por la imposición de mis manos” (2 Tim 1,6). A través de esta carta pastoral quiero compartir con ustedes la alegría del sacerdocio, para que al considerar el gran privilegio que esto significa, los mueva a orar constantemente unos por otros, dejando de lado todo aquello que nos aleje del Evangelio, buscando ser fieles a Jesucristo y a la Iglesia. Recuerden que todo ministerio sacerdotal tiene que ir encaminado a aquello que es la meta de nuestra vida: La Santidad. Donde hay un sacerdote santo hay un pueblo santo. Para algunos de ustedes han transcurrido no pocos años desde que recibieron el don de la ordenación sacerdotal, para otros en cambio, el camino recién se ha iniciado. Lo decisivo hoy y siempre es que construyamos diariamente nuestra vocación sacerdotal con Cristo, por Cristo y en Cristo, Único y Eterno Sacerdote, de cuyo sacerdocio participa el nuestro. Deseo vivamente que estas líneas sirvan para que cada uno de ustedes renueven su “hoy” sacerdotal en Aquel que es la razón de ser de nuestra vida y ministerio. No olvidemos que si analizamos las aspiraciones del hombre de hoy en relación con nosotros, descubriremos que en el fondo del corazón del hombre contemporáneo hay una sola y gran aspiración: tiene sed de Cristo. El hombre de hoy le pide al sacerdote de hoy que le muestre y le dé a Cristo. Con paternal solicitud, los invito a emprender con más amor y sacrificio este camino que nos une a todos. Cuenten siempre con mis oraciones, amistad y todo mi afecto, invitándolos también a que oren por mí y abran sus corazones a la acción del Espíritu Santo que obra a través de su Pastor. Nuestra vocación es “Don y Misterio”, como la ha llamado el Santo Padre. Vivámosla con toda generosidad y amor. Que la medida de nuestro sacerdocio sea siempre la Cruz de Cristo y que María nuestra Madre, Estrella de la Evangelización, nos ayude a caminar con paso seguro hacia su Hijo. Con afecto les imparto de corazón mi bendición. +Juan
Luis Cipriani Thorne
CARTA
PASTORAL
LA ACTIVIDAD PASTORAL DEL SACERDOTE
El 25 de marzo de 1992, el Santo Padre Juan Pablo II publicó la exhortación apostólica post-sinodal Pastores dabo vobis, dirigida al episcopado, al clero y a los fieles, sobre la formación de los sacerdotes en la situación actual. Este documento del Magisterio pontificio, constituye un punto de referencia obligada para asegurar en la Iglesia doctos y santos sacerdotes, capaces de llevar a cabo la obra de la nueva evangelización en este tercer milenio que hemos comenzado. También desde 1992 contábamos con esa magnífica obra que es el Catecismo de la Iglesia Católica, tanto tiempo deseado como libro frecuente de consulta del sacerdote. Posteriormente, el 31 de enero de 1994, la Congregación para el Clero nos entregó el Directorio para el Ministerio y la vida de los presbíteros, guía fundamental para la misión del sacerdote. Además, la exhortación apostólica post-sinodal Ecclesia in America es particularmente importante para los obispos y sacerdotes que trabajamos en el nuevo continente. Y, entre los muchos otros documentos útiles para la pastoral sacerdotal, quiero mencionar también la carta apostólica Novo millennio ineunte, al concluir el Gran Jubileo del Año Santo 2000, por la particular riqueza doctrinal y desafíos pastorales que contiene, hasta el punto que puede considerarse como el testamento espiritual de Juan Pablo II. Teniendo como coordenadas estos textos del Magisterio Pontificio, abordemos el actual desafío para la Iglesia que es la actividad pastoral del sacerdote, que tiene que estar muy bien preparado para realizar la misión divina que ha recibido y a la que ha respondido con generosidad meritoria. 1. INTRODUCCIÓN A LA ACTIVIDAD PASTORAL DEL SACERDOTE Desde el mismo momento en que el hombre convocado por el Señor al sacerdocio, quiere responder a su llamado, debe plantearse la idea de que “el estudio y la actividad pastoral se apoyan en una fuente interior, que la formación deberá custodiar y valorizar: se trata de la comunión cada vez más profunda con la caridad pastoral de Jesús” [1]. La petición hecha al apóstol Felipe por un grupo de griegos: “queremos ver a Jesús” (Jn 12, 21) expresa de alguna manera el deseo de todos, a lo largo de dos milenios, de ser contempladores del rostro de Cristo, con la mirada más que nunca fija en Aquél que es el Camino, la Verdad y la Vida[2]. La contemplación del Señor es una meta a conseguir a lo largo de nuestra vida, cultivando a diario sin desmayo, porque es el alimento del alma, ratos específicos de oración mental, en los que buscamos el diálogo con Dios, al decirle nuestras inquietudes y escuchar sus palabras de paz. La oración conduce a la contemplación, y facilita el ver todas las cosas que nos ocurren bajo la luz de los misteriosos designios de la providencia divina. Sólo así cumpliremos a cabalidad la invitación del Señor al apóstol Pedro –y también a nosotros- de remar mar adentro: “Duc in altum” (Lc 5, 4)[3]. El sacerdote debe realizar su labor pastoral en el mundo, sabiendo que hay algunos rasgos de la cultura imperante en nuestro tiempo, que desafían el sentido cristiano de la vida. Se advierte, en efecto, una tendencia subjetiva de la persona, que tiende a encerrarse en un individualismo, incapaz de relaciones humanas auténticas. Esta cerrazón es, evidentemente, una puerta que hay que abrir, alma por alma, para poder iniciar el trato personal que conducirá a la confidencia íntima y, con ella, a la dirección espiritual de cada fiel. Una vez descubierto ese velo, es frecuente encontrar una especie de inmediatismo práctico, a modo de un ateísmo existencial, de utilitarismo pragmático que intenta desconocer las realidades trascendentes, que vacía a la persona del suplemento del alma, y la llena de sí misma, en una visión secularizada de la vida y del destino del hombre. Solamente una atención prolongada, cargada de paciencia y cordialidad, podrá crear el clima de amistad y confianza, para ir abriendo a los ojos de las almas las maravillas de la vida cristiana. Una de las primeras deficiencias de la persona, envuelta en el ambiente materialista de nuestra época, que en cada caso tomará forma distinta, es una particular disgregación de la realidad familiar. Las primeras quejas de los fieles irán en esta línea. Ya la herencia familiar viene hipotecada por lacras, por rencillas, por indiferencias, por omisiones, por realidades no pocas veces dolorosas y difíciles de arreglar. Y cada persona, en la medida que recorre el tiempo que le toca vivir, complica su propia realidad y la de su familia, haciendo cada vez más difícil que pueda abrirle su corazón a Dios. Esta misión personal del sacerdote de llevar las almas a Dios encuentra en la labor pastoral fenómenos negativos que inquietan mucho a la Iglesia.“Incluso en el campo eclesial se dan fenómenos preocupantes y negativos, que influyen directamente en la vida y el ministerio de los sacerdotes, como la ignorancia religiosa que persiste en muchos creyentes; la escasa incidencia de la catequesis, sofocada por los mensajes más difundidos y persuasivos de los medios de comunicación de masas; el malentendido pluralismo teológico, cultural y pastoral, que, aún partiendo a veces de buenas intenciones, termina por hacer difícil el diálogo ecuménico y atenta contra la necesaria unidad de la fe; la persistencia de un sentido de desconfianza y casi de intolerancia hacia el Magisterio jerárquico; las presentaciones unilaterales y reductivas de la riqueza del mensaje evangélico, que trasforman el anuncio y el testimonio de la fe en un factor exclusivo de liberación humana y social o en un refugio alienante en la superstición y en la religiosidad sin Dios” [4]. En los procesos educativos y en el mundo de la juventud, es necesario superar la valla del atractivo de la llamada sociedad de consumo. Los mensajes permisivos de la publicidad comercial y el sentido materialista de los medios de comunicación alienan a las nuevas generaciones, porque le dan una visión que tergiversa y manipula la verdad de la vida humana, presentando –por ejemplo- la sexualidad como un bien de consumo. En esa corriente de pensamiento, el niño, el muchacho, el joven es inducido a una experiencia desviada de la libertad, ajena a toda norma moral responsable. Entonces, la personalidad se desarrolla con una fragilidad psicológica, que genera miedo frente a los compromisos nobles y estables. El sacerdote debe tener una actitud serena ante esta realidad. No ignorar que existen estas dificultades. Pero tampoco paralizarse por advertirlas. De ninguna manera, debe adoptar la actitud ingenua, de pasar por encima de ellas, sin tomarlas en serio. La responsabilidad del sacerdote es prepararse para afrontar las dificultades del ambiente, por grandes que sean, confiando siempre en que la gracia de Dios pone el incremento a la labor cotidiana de predicar la fe a los fieles para animarlos a la coherencia y a la autenticidad, es decir al esfuerzo por hacer que la vida cristiana se haga vida cotidiana. No se trata tanto de alejarse del templo para llegar a la gente, sino salir a la calle para llevar a los fieles al templo. “El templo es ante todo el lugar que Dios habita, el espacio de Su presencia en este mundo. Es, pues, el lugar del cual brota la Palabra de Dios, el lugar en el que se eleva la medida de su mandamiento y se hace visible desde lejos, y, por consiguiente, es finalmente el lugar de la gloria de Dios. Esta se manifiesta en la pureza inviolable de su Palabra. Pero, se manifiesta también en la belleza solemne de las ceremonias del culto.” [5]. Por tanto, la vida del sacerdote en el mundo actual reclama de una preparación, interna y externa, que le permita ser buen pastor de los fieles, a imitación de Jesucristo, el Buen Pastor (ver Jn 10, 1-18). El sacerdote está llamado en virtud del Orden sacerdotal que ha recibido a ser alter Christus. Así lo entiende y exige el Pueblo de Dios. Además, como dice santo Tomás de Aquino, “el sacerdote es verdadero mediador entre Dios y los hombres” (Suma Teológica, 3, q. 22, a.1). Y como enseña a su vez Pío XI, el sacerdote “es intercesor público y oficial de la Humanidad delante de Dios” (Ad catholici sacerdotii, 20 de diciembre de 1935). Por todo ello, el sacerdote tiene que esforzarse diariamente por ser conciente del don que ha recibido en el sacramento del Orden sagrado. 2. NÚCLEO DE LA ACCIÓN PASTORAL DEL SACERDOTE ¿Cuál es el núcleo, o principio interior y dinámico, de la actividad pastoral del sacerdote? ¿Qué supone ser sacerdote hoy, en este escenario continuo de cambio? No hay duda de que el sacerdote, con toda la Iglesia, camina con su tiempo y es oyente atento y benévolo, pero a la vez crítico y vigilante, de lo que se madura en la historia. Nos lo dice el Santo Padre: “estoy convencido de que el sacerdote no ha de tener ningún miedo de estar ‘fuera de su tiempo’, por que el ‘hoy’ humano de cada sacerdote está insertado en el ‘hoy’ de Cristo Redentor. La tarea más grande para cada sacerdote es descubrir día a día este ‘hoy’ suyo sacerdotal en el ‘hoy’ de Cristo, aquel ‘hoy’ del que habla la Carta a los Hebreos. Este ‘hoy’ de Cristo está inmerso en toda la historia, en el pasado y en el futuro del mundo, de cada hombre, de cada sacerdote. ‘Ayer como hoy, Jesucristo es el mismo y lo será siempre’ (Heb 13, 8)” [6]. En su hoy divino-humano y sacerdotal, Cristo es la medida de todos los tiempos. Se supera así de raíz toda aparente oposición entre los llamados tradicionalismo y progresismo; sacramentalismo y pastoralismo; oración y acción; y muchas más dicotomías y dialécticas que son dañinas, y que han pululado en medios eclesiásticos, particularmente entre los llamados ‘teólogos revolucionarios’. Es conveniente decirle a los sacerdotes: ¡No tengan miedo de ser lo que son! Cumplan con su labor pastoral, de acuerdo a su vocación sacerdotal y a las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia. Quisiera en este punto de nuestro trabajo resaltar algunos aspectos que nunca hay que olvidar. Ya lo hemos mencionado, la piedra angular de la vida del sacerdote es la oración. Recordemos la oración de Jesús en Getsemaní: “Entonces fue Jesús con ellos a una finca llamada Gestsemaní, y dijo a los discípulos: ‘Sentaos aquí mientras voy allá a orar’. Y tomando a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a entristecerse y a sentir angustia. Entonces les dijo: ‘Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo’. Y adelantándose un poco, cayó rostro en tierra, mientras oraba diciendo: ‘Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz; pero no sea como yo quiero, sino como quieras Tú’. Volvió junto a los discípulos y los encontró dormidos; y dice a Pedro: ¿Con qué no habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil” ( Mt 26, 36-41). En la oración de Getsemaní parece que Jesús quisiera decirle a cada sacerdote: conforma tu vida con el misterio de la Cruz, porque sólo en este ‘ethos’ brotará, crecerá y se fortalecerá la caridad pastoral que nos lleva a dar la vida por los demás: “Habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). La oración es vehículo de identificación con la voluntad de Dios, con su designio divino. Hay una primacía de la vida espiritual que nunca debemos olvidar y ella exige estar con Cristo en la oración. La vida del sacerdote, “debe estar profundamente vinculada a la oración, radicada en la oración” [7]. “No se debe olvidar que la primera intención de Jesús fue convocar en torno a sí a los Apóstoles, sobre todo para que ‘estuviesen con él’ (Mc 3,14)...El sacerdote necesita una sintonía particular y profunda con Cristo, el Buen Pastor, el único protagonista principal de cada acción pastoral” [8]. No perdamos de vista que el sacerdote es administrador de los misterios de Dios. Por eso, la oración profunda, personal, constante –todos los días, un buen rato de oración mental-, nos dará una especial sensibilidad espiritual para comprender a los demás, y ponernos al servicio de los fieles. “Siguiendo el ejemplo de Cristo, el sacerdote debe saber mantener –vivos y frecuentes- los ratos de silencio y de oración, en los que cultiva y profundiza en el trato existencial con la Persona viva de Nuestro Señor Jesús” [9]. Asimismo, la Liturgia de las Horas, que debe rezarse diaria e íntegramente, es para el sacerdote momento privilegiado para el encuentro con Dios, y para que en nombre de la Iglesia y unido ella, eleve las alabanzas y súplicas de la humanidad y de la creación toda. El sacerdote debe asimismo cuidar el modo de celebrar la Santa Misa y la adoración al Santísimo Sacramento. El Papa nos lo recuerda: “Queridos hermanos sacerdotes, los invito a un serio examen de conciencia: ¿Qué lugar ocupa la Santa Misa en nuestra vida cotidiana? ¿Continúa siendo la Misa, como en el día de nuestra ordenación -fue nuestro primer acto como sacerdotes-, el principio de nuestra labor apostólica y de nuestra santificación personal? ¿Cómo la preparamos y la celebramos? ¿Cómo es nuestra oración ante el Santísimo Sacramento y cómo la inculcamos a los fieles? ¿Cuál es nuestro empeño en hacer de nuestras iglesias la Casa de Dios para que la presencia divina atraiga a los hombres de hoy, que con tanta frecuencia sienten que el mundo está vacío de Dios?” [10]. El horizonte de la Santa Misa para la vida interior del sacerdote es inmenso. “Después de tantos años, aquel sacerdote hizo un descubrimiento maravilloso: comprendió que la Santa Misa es verdadero trabajo: operatio Dei, trabajo de Dios. Y ese día, al celebrarla, experimentó dolor, alegría y cansancio. Sintió en su carne el agotamiento de una labor divina.”[11]. La celebración de la Santa Misa debe ser para el sacerdote el momento central de su día y de su ministerio, ocasión privilegiada para un encuentro profundo y eficaz con el Señor Jesús. La Adoración Eucarística y la visita frecuente al Santísimo Sacramento deberán ocupar también lugar importante en la vida del sacerdote. El recogerse diariamente ante la presencia real de Jesús Sacramentado es momento de unión con el Señor y fuente de fortaleza para la actividad pastoral. El Santo Padre dijo en México que la Eucaristía es el lugar privilegiado para el encuentro con Cristo vivo, que la Eucaristía continúa siendo el centro vivo permanente en torno al cual se congrega toda la comunidad eclesial, cuyos diversos aspectos muestran su inagotable riqueza, al ser, al mismo tiempo, sacramento-sacrificio, sacramento-comunión y sacramento-presencia [12]. Hermanos sacerdotes, no olvidemos que el sacerdote, por voluntad del Señor Jesús, es el único ministro del sacramento de la reconciliación y como Cristo, él también es enviado a convertir a los pecadores para llevarlos otra vez al Padre. Por eso, como otro Cristo que es, el sacerdote debe saber identificarse con este sacramento y asumiendo la actitud del Señor debe inclinarse con misericordia, como buen samaritano, sobre el pecador herido por el pecado y darle la gracia propia de la confesión que está orientada a sanar y reconciliar. El sacerdote debe dedicar tiempo y energía para escuchar las confesiones de los fieles. La experiencia nos muestra claramente que los cristianos acuden con gusto a recibir este sacramento allí donde saben que hay sacerdotes disponibles. La vivencia del Gran Jubileo del Año Santo 2000, así también nos lo ha demostrado alentadoramente. Pero el sacerdote no debe olvidar que él también tiene necesidad de confesar sus propios pecados y debilidades. Toda la existencia sacerdotal sufre un inexorable decaimiento si viene a faltarle al sacerdote por negligencia o cualquier otro motivo el recurso periódico al sacramento de la reconciliación. Más aún, “en un sacerdote que no se confesara o se confesara mal, su ser sacerdotal y su hacer sacerdotal se resentirán muy rápidamente, y también la comunidad, de la cual es pastor, se daría cuenta” [13]. El sacerdote debe tener siempre presente que no hay cristianismo sin cruz. Que no es posible seguir a Cristo, sin amar la Cruz. Cuando los cristianos recuperaron la Cruz que había sido arrebatada por los persas, el emperador Heraclio, autor del rescate, quiso llevarla personalmente hasta su primitivo lugar en el Calvario, vestido con todas las insignias de la realeza. Pero Heraclio se cansó a medio camino. Entonces, el obispo de Jerusalén, Zacarías, le hizo ver que para llevar a cuestas la Santa Cruz debería despojarse de la pompa real, e imitar la pobreza y la humildad de Cristo, que se había abrazado a la Cruz desprendido de todo. Sin las pesadas ropas de la realeza, aligeró la carga y pudo llevarla hasta el Calvario. Por ello forma parte importante de su vida espiritual la mortificación y el sacrificio, virtudes que deben vivirse con generosidad y mansedumbre. Él, sabrá negarse una y mil veces, para estar fuerte en el Señor y poder trasmitir a los demás esta enseñanza. Sin abrazarse al dolor con un horizonte de esperanza cristiana, sin sonreír ante el sufrimiento, sin alegría en el sacrificio, sin un amor doliente y gozoso a la vez, el sacerdote no es realmente testigo de Cristo. Todo lo anteriormente mencionado nos encamina a aquello que es la meta de nuestra vida y a la vez la fuente para un ministerio fecundo: la Santidad. El Santo Padre ha dicho: “no dudo en decir que la perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral es el de la santidad” [14]. Este empeño por ser santos se expresa a través de la respuesta a la vocación, de la práctica de la oración, de la celebración recogida de la Santa Misa, de la adoración a la Eucaristía, de la confesión frecuente, del amor sacrificado a la Cruz de Cristo, del afán de servicio a los demás, del trabajo ordinario en la tarea que el Obispo ha encomendado a cada uno. La Iglesia, la humanidad, tienen urgente necesidad de sacerdotes santos. “En mi ya larga experiencia, a través de situaciones tan diversas, me he afianzado en la convicción de que sólo desde el terreno de la santidad sacerdotal puede desarrollarse una pastoral eficaz, una verdadera ‘cura animarum’. El auténtico secreto de los éxitos pastorales no está en los medios materiales, y menos aún en la ‘riqueza de los medios’. Los frutos duraderos de los esfuerzos pastorales nacen de la santidad del sacerdote. ¡Este es el fundamento!” [15]. Ni la falta de medios humanos, ni las limitaciones de la propia persona del sacerdote son argumento para abandonar la tarea pastoral o para intentar justificar la falta de frutos. El testimonio de la labor sacerdotal de san Juan María Vianney, en el pequeño pueblo de Ars, habla por sí misma: sin una capacidad personal extraordinaria y sin más medios que los sobrenaturales, supo ser ‘otro Cristo’ y servir a la Iglesia, mediante una intensa labor apostólica con los fieles que acudían de toda la Francia de su época a confesarse con él. 3. ALGUNAS PRIORIDADES PASTORALES DE HOY Las prioridades pastorales del sacerdote dependen, en parte, de las circunstancias en las que se sitúa cada uno. El sacerdote debe pensar en las orientaciones de la Iglesia universal, en las indicaciones concretas de su Obispo, en las características del encargo apostólico que se le ha encomendado, en el entorno social en el que se mueve. a) La pastoral de las vocaciones El ser promotor de vocaciones, es señal inequívoca de fidelidad al ministerio sacerdotal. Es, además, una respuesta urgente a la situación actual de la Iglesia. La mejor propuesta de esta dimensión de la pastoral debe proceder de la propia vida del sacerdote. Un sacerdote coherente con su vocación y feliz en la tarea que Cristo mismo le ha encomendado es ya un buen promotor de vocaciones. El sacerdote no debe dejar de incentivar la oración por las vocaciones. Conozco lugares en los que se ha establecido la Adoración al Santísimo Sacramento un día por semana, con la intención de promover la inquietud vocacional, y la respuesta ha sido generosa: las vocaciones sacerdotales se han multiplicado. Asimismo el sacerdote ha de esforzarse, también, en la formación de los acólitos. En no pocos de ellos está el llamado del Señor. Mediante una relación personal el sacerdote podrá ayudarlos a que descubran el Plan de Dios en sus vidas, en orden a una elección valiente en el seguimiento de Cristo. Es esencial dedicar el tiempo y el acompañamiento a los jóvenes, para que puedan valorar sus motivaciones vocacionales. Es necesario exigir calidad, que el Obispo debe señalar con criterios claros, criterios que tengan en cuenta la madurez humana y espiritual, las capacidades intelectuales, el espíritu de servicio y la aptitud para asumir un compromiso para toda la vida. Hoy debemos ponderar con cuidado la madurez afectiva del candidato y el ambiente familiar del que procede, para no llevarnos a engaño. Con el Santo Padre quiero también decirles: “Se ha de hacer ciertamente un generoso esfuerzo –sobre todo con la oración insistente al Dueño de la mies (ver Mt 9,38)- en la promoción de las vocaciones al sacerdocio y a la vida de especial consagración. Éste es un problema muy importante para la vida de la Iglesia en todas las partes del mundo...Es necesario y urgente organizar una pastoral de las vocaciones amplia y capilar, que llegue a las parroquias, a los centros educativos y familias, suscitando una reflexión atenta sobre los valores esenciales de la vida, los cuales se resumen claramente en la respuesta que cada uno está invitado a dar a la llamada de Dios, especialmente cuando pide la total entrega de sí y de las propias fuerzas para la causa del Reino” [16]. b) El Seminario diocesano El seminario es la pupila de los ojos del Obispo. Por eso, los sacerdotes que trabajan en el equipo de formadores, quienes elaboran y realizan el plan de trabajo en las distintas áreas: enseñanza, dirección espiritual, desarrollo integral, organización del tiempo de vacaciones, etc., deben poner todo el cuidado debido para que las vocaciones maduren y sean fieles. Hay que enseñar a los seminaristas a ser sinceros, sencillos, dóciles, trabajadores, amables, y recios. Hay que adentrarlos en el mundo de la vida de piedad para que sean realmente hombres de Dios. Cada muchacho que toca la puerta del Seminario debe encontrar en los sacerdotes responsables de su formación a hermanos mayores, capaces de toda la abnegación y entrega para que ellos puedan seguir sin obstáculos infranqueables los pasos de Jesucristo. La formación que se imparte en el seminario debe ser integral. Ella debe buscar que los futuros sacerdotes sean verdaderos hombres, que vivan las virtudes humanas, siendo sinceros, alegres, laboriosos, valientes, fuertes, y sociables. Aquel que está llamado a ser sacerdote, está llamado a consagrar su vida a Cristo y a la Iglesia. Está llamado a una misión de tal magnitud que las virtudes de lealtad y fidelidad son imprescindibles para que pueda llevar adelante su vocación. A estas virtudes se añaden las virtudes sobrenaturales: las cardinales y las teologales. Si bien los estudios filosóficos y teológicos son muy necesarios, ellos en ocasiones no son lo más importante de la formación, por mucho que el seminarista deba realizarlos con la misma seriedad y responsabilidad con la que sus hermanos los hombres hacen sus estudios universitarios para después ganarse la vida a través de una profesión. Es la formación de calidad humana y la vida interior para el trato con Dios lo que muchas veces es decisivo para forjar un buen sacerdote, que además deberá ser, por eso mismo, docto en ciencias eclesiásticas. Recordemos aquí el sentido profundo del seminario diocesano. A las preguntas: ¿Para qué existe el seminario? Y ¿cómo debe ser hoy la formación sacerdotal? El Cardenal Joseph Ratzinger contesta que la tarea esencial de un seminario consiste en ofrecer un espacio en el que pueda realizarse ininterrumpidamente el construir espiritual de cada seminarista, porque su fin es “ser un lugar de encuentro con Jesucristo, un lugar que une los hombres a Jesús de un modo tal que ellos puedan convertirse para los hombres y para el mundo de hoy en su voz actual”. De esta manera, los sacerdotes que egresan del seminario podrán “construir el reino de Dios, construir la Iglesia, construir una nueva sociedad” [17]. “La piedra que desecharon los constructores se ha convertido en la piedra angular” (Salmo 118, 22). Los sacerdotes somos piedras vivas para la construcción de una casa espiritual, la Iglesia de Dios. Si Pedro es la piedra sobre la que Cristo construyó su Iglesia, nosotros somos también sillares que la expanden por toda la tierra. Insiste Ratzinger: “Nosotros somos piedras; para nosotros, construir significa ser construidos. El antiguo himno de la liturgia de la consagración de la Iglesia lo muestra de modo drástico, cuando habla de los beneficiosos golpes del cincel, del amplio trabajo del martillo del maestro, de la juntura precisa por la cual bloques de piedra se convierte en la gran casa de la nueva Jerusalén. Aquí se toca un punto muy importante: construir significa ser construido. Si queremos convertirnos en casa todos debemos aceptar el destino de ser trabajados. Para ser adecuados para el edificio debemos dejarnos conferir la forma apropiada al lugar al cual seremos asignados. Quien quiera convertirse en una piedra en el todo y por el todo debe dejarse ligar al todo. Ya no puede hacer simplemente aquello que le parece y que le agrada. Ya no puede ir sencillamente donde se le antoje. Debe aceptar que cualquier otro le ciña la vestidura y lo lleve donde no quiera (Ver Jn 21, 18)”[18]. La formación sacerdotal de los seminarios es por eso clave en la fecundidad pastoral de la Iglesia del tercer milenio. c) La Guía de la Comunidad y la Pastoral familiar El sacerdote debe en todo momento mantener siempre su calidad sacerdotal. Debe aparecer claramente ante los demás como mediador entre Dios y los hombres. El sacerdote está llamado a ser pastor de la comunidad. Él, “existe y vive para ella; por ella reza, estudia, trabaja y se sacrifica. Estará dispuesto a dar la vida por ella, la amará como ama a Cristo, volcando sobre ella todo su amor y su afecto, dedicándose –con todas sus fuerzas y sin límite de tiempo- a configurarla, a imagen de la Iglesia, Esposa de Cristo, siempre más hermosa y digna de la complacencia del Padre y del amor del Espíritu Santo...actuará de manera que guíe su comunidad sirviendo con abnegación a todos y cada uno de sus miembros, iluminando sus conciencias con la luz de la verdad revelada, custodiando con autoridad la autenticidad evangélica de la vida cristiana, corrigiendo los errores, perdonando, curando las heridas, consolando las aflicciones, promoviendo la fraternidad” [19]. El sacerdote entregará sus energías para mantener unida a la comunidad parroquial, conformada por “personas que por su origen, formación, temperamento y condiciones de vida son distintas. Debe hacer que los hombres sean capaces de reconciliarse, perdonarse verdaderamente, soportarse recíprocamente y ser generosos. Debe ayudarlos a aceptar al prójimo en su diversidad, a tener paciencia los unos con los otros, a equilibrar adecuadamente fe y prudencia, discreción y apertura, y muchas otras cosas más. Debe estar sobre todo en condición de sostener a las personas en el dolor, ya sea en el sufrimiento físico como en todas las desilusiones, las humillaciones y las angustias que no se le escatiman a nadie” [20]. Esta entrega sacerdotal salvará muchos matrimonios y facilitará la comprensión de los miembros de las familias cristianas, evitando muchos fracasos personales que terminan siéndolo de la sociedad y de la Iglesia. La Iglesia entiende a la familia, no lo olvidemos, no solamente como célula social sino como ‘iglesia doméstica’. En su carta a los sacerdotes de 1988, el Santo Padre Juan Pablo II afirmaba que la carta magna del apostolado y de la pastoral de la familia es la Exhortación Apostólica “Familiaris Consorcio”, que dice que “hay que subrayar una vez más la urgencia de la intervención pastoral de la Iglesia en apoyo de la familia. Hay que llevar a cabo toda clase de esfuerzos para que la pastoral de la familia adquiera consistencia y se desarrolle, dedicándose a un sector verdaderamente prioritario, con la certeza de que la evangelización, en el futuro, depende en gran parte de la Iglesia doméstica”(N° 65). Debemos tener la sensibilidad particular que reclama el trato con los abuelos, con los padres y con los hijos. Entender el lugar que cada persona ocupa en un hogar y darle la orientación debida. d) El apostolado de los laicos. Tengamos presente que el laico es “aquel miembro de la Iglesia que pertenece radicalmente a la civitas terrena y que participa en su construcción, en su edificación. De ahí que condición necesaria para que el laico sea buen cristiano, es que sea un buen miembro de la civitas terrena; grave deber del médico católico es ser un buen médico; de un campesino, es ser un buen campesino, etc. De ahí también que, como sea que el hombre es bueno por sus virtudes, es indispensable al laico tener y vivir las virtudes humanas, naturales –fundamento de las sobrenaturales-, y poseer el máximo conocimiento posible, dentro de su capacidad, del arte de su propia función (profesión) secular. Porque esto es lo que le hará ser un buen miembro de la civitas terrena, y a través de lo cual busca, por vocación divina, el reino de Dios” [21]. El sacerdote se aproxima al apostolado de los laicos, tan reconocido y promovido en la Iglesia a partir del Concilio Ecuménico Vaticano II, partiendo de la realidad de que todos estamos llamados a la santidad. En la relación final del Sínodo de 1985 se decía que “la vocación a la santidad es la invitación a la íntima conversión del corazón y a participar de la vida de Dios uno y trino, lo cual significa y supera el cumplimiento de todos los deseos del hombre. Precisamente en este tiempo, en el que muchísimos hombres experimentan un vacío interno y una crisis espiritual, la Iglesia debe conservar y promover con fuerza el sentido de la penitencia, de la oración, de la adoración y del sacrificio, de la obligación en sí mismo, de la caridad y de la justicia.” Y seguía diciendo que “en circunstancias dificilísimas a lo largo de toda la historia de la Iglesia, los santos y santas fueron siempre fuente y origen de renovación. Hoy necesitamos fuertemente pedir a Dios con asiduidad santos” [22]. El equilibrio que el sacerdote necesita tener para urgir a las personas a acercarse a Dios y a la Iglesia, por ejemplo, en la participación de la misa dominical, es fundamental para no ser ni distante ni entrometido en el ámbito de cada uno, sin dejar por eso de alentar a todos los fieles a tomarse en serio la dirección espiritual personal. Solamente debe ser el afán de servicio lo que oriente la acción del sacerdote en el ámbito privado de cada fiel cristiano. El sacerdote es un pregonero permanente de la necesidad de cumplir con el precepto de asistir a la Santa Misa todos los domingos y días de guardar. Este es un paso decisivo en la vida cristiana. Es la manera de robustecer y rejuvenecer a la Iglesia. Allí, además de la celebración del santo sacrificio, el sacerdote predicará la Palabra de Dios y estará en el templo con los fieles. Tengamos presente que, de manera particular, “el cristiano se siente en cierto modo solidario con los otros hombres en gozar el día de reposo semanal; pero, al mismo tiempo, tiene viva conciencia de la novedad y originalidad del domingo, día en el que está llamado a celebrar la salvación suya y de toda la humanidad. Si el domingo es el día de alegría y de descanso, esto le viene precisamente por el hecho de que es el día del Señor, el día del Señor resucitado. Descubierto y vivido así, el domingo es como el alma de todos los días, y en este sentido se puede recordar la reflexión de Orígenes según el cual el cristiano perfecto ‘está siempre en el día del Señor, celebra siempre el domingo’. El domingo es una auténtica escuela, un itinerario permanente de pedagogía eclesial” [23]. Una vez mencionadas estas líneas matrices, caben miles de iniciativas puntuales. Consultorios parroquiales, capellanías en clínicas y hospitales, orientación en las clases de religión y catecismo en colegios y parroquias, entre tantas otras, permitirán al sacerdote preparar a los fieles en la práctica de los sacramentos, y especialmente en la preparación para el matrimonio, en la educación en la castidad, en la generosidad de los cónyuges entre sí y en la acogida de los hijos, para que sepan el valor sagrado de la vida y estén advertidos de los ataques a la doctrina cristiana sobre el amor matrimonial. En esa tarea, especialistas y matrimonios pueden colaborar, pero siempre bien formados en la doctrina del Magisterio y bajo la orientación directa del obispo y los sacerdotes. e) La educación humana y cristiana. Desde las guarderías infantiles hasta las universidades -pasando por escuelas, colegios e institutos- todos esos ámbitos pedagógicos de la sociedad deben ser lugares de encuentro con Cristo, mediante la predicación del Evangelio. No debemos abandonar la difusión de la fe cristiana ni la práctica de los sacramentos. Los enfermos acogen agradecidos a los capellanes. Los que se preparan para confirmarse desean encontrar el alimento adecuado de conocimientos sólidos sobre el cristianismo. Si ellos no van al templo, entonces es el sacerdote quien debe acudir a buscarlos. Alguna vez, el Papa Juan Pablo II ha dicho que viaja tanto porque así “sale al encuentro del mundo”. Es importante la preparación pedagógica y el conocimiento de las ciencias y letras en los educadores, para que transmitan con consistencia sus enseñanzas a los discípulos, tanto en las disciplinas eclesiásticas como en las civiles. Pero no olvidemos que, ante todo y sobre todo, hay que educar en la verdad. “Para el hombre la verdad es con frecuencia incómoda; ella es con seguridad la guía más fuerte a la renuncia de sí mismo, a la verdadera libertad (...) Los hombres tienen constantemente la tentación de pensar: “Puedo salirme de un problema, si hago una pequeña concesión a la mentira. O sea: actuar según la verdad me causa inmensas molestias. ¡Con cuánta frecuencia ocurre esto!¡Y con cuánta frecuencia nos equivocamos! (...) No dudo en afirmar que el gran éxito de nuestro tiempo es la falta de verdad. El éxito y la acción han tenido superioridad sobre ella. Renunciar a la verdad y refugiarse en la uniformidad del grupo es sólo en apariencia una vía hacia la paz. Una comunidad de este tipo está construida sobre arena. El dolor de la verdad es el presupuesto para una comunidad auténtica. Debe ser admitido día a día. Solamente en la pequeña paciencia de la verdad maduraremos desde dentro, nos hacemos libres de nosotros mismos y libres para Dios”[24]. 4. MEDIOS HUMANOS Y SOBRENATURALES DE LA LABOR Los instrumentos del sacerdote en la labor pastoral son muchos. Entre los principales están la oración, la predicación, la catequesis, la enseñanza, la frecuencia de sacramentos, la obediencia, el celibato, el espíritu de pobreza y los medios de comunicación social. a) La oración.- Toda acción tiene que presentarse primero a Dios en el silencio activo de la oración, para rectificar la intención, para ponerla en sus manos, para pedirle su gracia para que el esfuerzo sea fecundo, para darle a Él toda la gloria. “¿Quién de vosotros, si quiere poner en práctica un gran proyecto pastoral, no comienza poniéndose de rodillas, para emprender y llevar a cabo esta misión con el Espíritu de Dios?” [25]. El Santo Padre habla del “arte de la oración” para recordar que “en la plegaria se desarrolla ese diálogo con Cristo que nos convierte en sus íntimos: ‘Permaneced en mí, como yo en vosotros’(Jn. 15, 4)” [26]. b) La predicación.- El Evangelio se difunde a través de la palabra, siguiendo el ejemplo del mismo Jesucristo y de los doce apóstoles. Dos mil años de fe han sido testigos del anuncio valiente y vibrante del Evangelio realizado por obispos y sacerdotes. Algunos de ellos incluso han entregado sus vidas en el martirio por anunciar el Evangelio. Por ello, “la predicación no se puede reducir a la comunicación de pensamientos propios, experiencias personales, simples explicaciones de carácter psicológico, sociológico o filantrópico y tampoco puede usar excesivamente el encanto de la retórica...Se trata de anunciar una Palabra de la que no se puede disponer porque ha sido dada a la Iglesia a fin de que la custodie, examine y transmita fielmente” [27]. Por ello, hay que predicar la Palabra de Dios después de estudiarla, meditarla, vivirla y prepararla. En la predicación la palabra que predicamos es la Palabra de Dios que a todos invita a la conversión y a la santidad. Por ello el sacerdote debe tener conciencia de la absoluta necesidad de permanecer fiel y anclado en la Palabra de Dios y en la Tradición de la Iglesia para así ser fiel a esta función de su ministerio que consiste en enseñar con autoridad la fe católica en nombre de la Iglesia. Por ello para que su predica sea auténtica, ella debe estar conforme con la fe de la Iglesia, que custodia la verdad acerca de Dios y la verdad acerca de la persona humana. No hay que olvidar que la homilía, medio privilegiado a través del cual se anuncia la Palabra, ha de ser normalmente breve y siempre clara, hecha con sencillez evangélica, buscando apelar a las inteligencias y llegar a los corazones de los fieles, para facilitarles su lucha concreta por ser santos. La preparación incluye los ejemplos didácticos, las anécdotas, los testimonios de vida de santos, es decir todo lo que facilite la atención y la comprensión del mensaje evangélico. c) La catequesis.- El Catecismo de la Iglesia Católica promulgado en 1992, es un maravilloso don del Magisterio. Fruto del Concilio Vaticano II, está en continuidad y en sintonía con el Catecismo de san Pío V, fruto a su vez del Concilio de Trento. Hay que enseñarlo, adaptando las explicaciones a los fieles, pero sin empobrecerlo ni reducirlo. Por ello la catequesis es un reto a la labor pastoral, y es tarea de muchos años. “Maestro, y educador en la fe, el sacerdote hará que la catequesis, especialmente la de los sacramentos, sea una parte privilegiada en la educación cristiana de la familia, en la enseñanza religiosa, en la formación de movimientos apostólicos, etc.; y que se dirija a todas las categorías de fieles: niños, jóvenes, adolescentes, adultos y ancianos. Sabrá transmitir la enseñanza catequética haciendo uso de todas las ayudas, medios didácticos e instrumentos de comunicación, que puedan ser eficaces a fin de que los fieles –de un modo adecuado a su carácter, capacidad, edad y condición de vida- estén en condiciones de aprender más plenamente la doctrina cristiana y de ponerla en práctica de la manera más conveniente. Con esta finalidad, el presbítero no dejará de tener como principal punto de referencia el Catecismo de la Iglesia Católica. De hecho, este texto constituye una norma segura y auténtica de la enseñanza de la Iglesia” [28]. d) La enseñanza.- Es necesario enseñar el Evangelio, a todos los niveles de la enseñanza, en cumplimiento del mandato divino de “Id, pues, enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado” (Mt 28, 19-20). Debemos estudiar bien la doctrina católica, para darla a conocer elevando el nivel de la docencia ordinaria, desarrollando los programas de religión en los centros educativos, subrayando la dignidad de los hijos de Dios, sin complejos de inferioridad. En la formación cristiana de la juventud está en juego la presencia del laicado en el mundo y la conciencia de que cada fiel cristiano es un miembro vivo de la Iglesia y por tanto del Cuerpo Místico de Cristo. Pero no debemos quedarnos solamente en la enseñanza religiosa. Toda la formación de la niñez y juventud, en la ciencia humana, es laudable y prepara a la persona para conocer mejor a Dios y para comportarse conforme a la dignidad humana. Por eso la Iglesia prioriza la tarea educativa en todas sus formas. Encontraremos que, hacemos las cosas como debemos, que “los fieles, recordando la palabra de Cristo a sus apóstoles: ‘El que a vosotros escucha, a mí me escucha’ (Lc 10, 16; cf LG 20), reciben con docilidad las enseñanzas y directrices que sus pastores les dan de diferentes formas” [29]. e) La Santa Misa.- La Santa Misa es el centro y la raíz de la vida interior. El sacerdote la debe celebrar cada día con mucha piedad. Interiormente, debe prepararse cuidadosamente para ese momento; y, luego, debe dar gracias con gozo. La Santa Misa era para san Juan María Vianney la gran alegría y el aliento en su vida sacerdotal. A pesar de la afluencia de penitentes, se preparaba con toda diligencia y en silencio durante más de un cuarto de hora. Celebraba con recogimiento, dejando entrever su actitud de adoración en los momentos de la consagración y de la comunión. Con gran realismo hacía notar: ‘la causa del relajamiento del sacerdote está en que no dedica suficiente atención a la misa’[30]. Como no recordar en este punto de nuestras reflexiones el bello poema hecho oración del beato franciscano capuchino Diego José de Cádiz (1743-1801): “Despacio y con devoción di sacerdote, la Misa; que lo corrido y deprisa desdice a tu dignidad. ¡Y no sabes si será el último sacrificio! Haz como debes tu oficio y Dios te lo premiará”. No hay que olvidar que celebrar bien constituye una primera e importante catequesis sobre el Santo Sacrificio de la Misa. De esta devoción se sigue el culto a la Eucaristía, que el sacerdote debe tener muy dentro de su alma. El Cura de Ars se dejaba embargar particularmente ante la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Ante el tabernáculo pasaba frecuentemente largas horas de adoración, antes de amanecer o durante la noche; durante sus homilías solía señalar al sagrario diciendo con emoción: ‘El está ahí’. Por ello, él, que tan pobremente vivía en su casa rectora, no dudaba en gastar cuanto fuera necesario para embellecer la iglesia. Pronto, pudo ver un buen resultado. Los feligreses tomaron por costumbre venir a rezar ante el Santísimo Sacramento descubriendo, a través de la actitud de su párroco, el gran misterio de la fe[31]. f) La frecuencia de los sacramentos.- El sacerdote, desde su puesto de trabajo –parroquia, capellanía, colegio, hospital, etc.- debe ser consciente de que tiene que velar para que todos los hijos de familias católicas reciban el bautismo, la primera comunión y la confirmación. Que los novios acudan al sacramento del Matrimonio, cuando estén decididos a unir sus vidas para siempre. Que los enfermos y ancianos reciban a su tiempo el sacramento de la Santa Unción. Para ello, hay que brindarles facilidades en la formación previa para cada caso. No manipular a las personas, servirlas con sentido de responsabilidad y aprovechamiento de tiempo. “En la programación que nos espera, trabajar con mayor confianza en una pastoral que dé prioridad a la oración, personal y comunitaria, significa respetar un principio esencial de la visión cristiana de la vida: la primacía de la gracia. Hay una tentación que insidia siempre todo camino espiritual y la acción pastoral misma: pensar que los resultados dependen de nuestra capacidad de hacer y programar. Ciertamente, Dios nos pide una colaboración real a su gracia y, por tanto, nos invita a utilizar todos los recursos de nuestra inteligencia y capacidad operativa en servicio a la causa del Reino. Pero no se ha de olvidar que, sin Cristo, ‘no podemos hacer nada’(cf. Jn. 15, 5)[32]. El sacerdote debe ser ordenado en su horario de atención, disciplinado en su organización pastoral, sacrificado en el servicio a las almas, docto en la propia preparación teológica. Su despacho debe ser adecuado y digno, en nada debe parecerse a una oficina burocrática poblada de gente ‘rara’. Si bien su trato debe ser cordial y cercano, deberá evitar las excesivas familiaridades y afectaciones. Así como el fiel cristiano debe sentir en el templo el clima sobrenatural, así debe percibir que el sacerdote es un hombre de Dios, que pertenece al Señor y a la Iglesia. g) La Obediencia.- El sacerdote nunca debe olvidar que la obediencia es un valor sacerdotal de primer orden. Por la misma naturaleza de su ministerio, el sacerdote está al servicio de Cristo y de la Iglesia. En la vida de Cristo, la obediencia al Padre está en el mismo corazón de su sacerdocio. Al igual que para Cristo, también para el sacerdote la obediencia expresa la voluntad de Dios, que le es manifestada por medio de los superiores. Por ello el presbítero tiene “una obligación especial de respeto y obediencia” al Sumo Pontífice y al propio Ordinario (Ver C.I.C., can. 274, 2). En virtud de la pertenencia a un determinado presbiterio, el sacerdote está dedicado al servicio de una Iglesia particular, cuyo principio y fundamento de unidad es el Obispo. La virtud de la obediencia, intrínsecamente requerida por el sacramento del Orden y por la estructura jerárquica de la Iglesia, es claramente prometida por el clérigo, primeramente en el rito de la ordenación diaconal y, después, en el de la ordenación presbiteral. Por la obediencia el sacerdote se libera de todo lo que pudiera atarle para hacerse totalmente disponible a vivir su vocación y misión en la Iglesia. No hay que olvidar que la obediencia es camino de libertad. El que obedece nunca se equivoca y coopera decididamente en la realización de los planes de Dios. Por ello el sacerdote debe esforzarse, como Cristo y como María, por vivir una obediencia pronta, igual y generosa, que salga al encuentro de la autoridad, y que sea transparente y fiel. h) El Celibato sacerdotal.- El celibato, es un don, que la Iglesia ha recibido y custodia. Debe ser vivido como una novedad liberadora, como testimonio de radicalidad en el seguimiento de Cristo. Por medio del celibato, el sacerdote puede unirse más fácilmente a Cristo con un corazón indiviso, y puede dedicarse totalmente al servicio de Dios y de los hermanos. A través de él, el sacerdote es invitado por el Señor a vivir el amor universal y adquiere una mayor libertad para la evangelización. Este don, asumido libremente para toda la vida, requiere ser cuidado y cultivado. Por ello es necesario que los sacerdotes, “se comporten con la debida prudencia en las relaciones con las personas cuya proximidad puede poner en peligro la fidelidad a este don e incluso suscitar el escándalo de los fieles...Los sacerdotes, pues, no descuiden aquellas normas ascéticas, que han sido garantizadas por la experiencia de la Iglesia, y que son ahora más necesarias debido a las circunstancias actuales, por las cuales prudentemente evitarán frecuentar lugares y asistir a espectáculos, o realizar lecturas, que pueden poner en peligro la observancia de la castidad en el celibato. En el hacer uso de los medios de comunicación social, como agentes o como usufructuarios, observen la necesaria discreción y eviten todo lo que pueda dañar la vocación. Para custodiar con amor el don recibido...éstos deberán encontrar en la comunión con Cristo y con la Iglesia y en la devoción a Santa María Virgen, así como en la consideración del ejemplo de los sacerdotes santos de todos los tiempos, la fuerza necesaria para superar las dificultades, que encuentran en su camino y para actuar con aquella madurez, que los hace creíbles ante el mundo” [33]. i) El espíritu de pobreza sacerdotal.- No hay que olvidar que Jesús, siendo rico se hizo pobre por nosotros, para enriquecernos por medio de su pobreza (ver 2 Cor 8,9). La pobreza de Jesús tiene una dimensión salvífica. Por ello, difícilmente el sacerdote que está apegado y excesivamente preocupado por los bienes del mundo podrá ser verdadero servidor y ministro de los demás. Con Cristo, el sacerdote deberá buscar esa libertad interior que lo lleve a vivir el desapego frente a los bienes perecederos. Todo sacerdote, incluso el que no asume la pobreza como promesa pública, está obligado a llevar una vida sencilla y debe abstenerse de todo lo que huela a vanidad. En todo (habitación, vestimenta, medios de transportes, vacaciones, etc.) el sacerdote debe eliminar todo tipo de afectación y de lujo. Asimismo el sacerdote deberá evitar el apego al dinero y no caer en simonía. La vivencia del espíritu de pobreza lo llevará a ser más solidario con los más pobres y necesitados y lo impulsará a vivir la comunicación de los bienes en espíritu de caridad y generosidad cristiana. j) Los medios de comunicación social.- El sacerdote no debe salirse de su sitio, debe estar siempre en el lugar que le corresponde. Por eso mismo, manteniendo siempre su dignidad sacerdotal, debe acudir cuando corresponda a los medios de comunicación, respetando la naturaleza peculiar de cada uno. Debe ir a ellos para evangelizar, y no caerá en la tentación de ‘aguar’ el mensaje con el pretexto de caer simpático o con el afán ‘facilista’ de hacer más accesible las verdades de la fe. Evitará el afán de protagonismo y presentará el evangelio de Cristo con todas sus exigencias porque no se trata de buscar el aplauso fácil sino dar testimonio de la Verdad que es fuente de auténtica libertad. Un amigo no practicante me dijo: -“Tú crees que lo que dices es verdad; entonces, ¿por qué no lo dicen por la televisión? Equivale a mil catedrales llenas. 5. ALGUNOS RIESGOS QUE ENCUENTRA EL SACERDOTE En cada lugar y en cada tiempo, la tarea pastoral ha encontrado obstáculos Quiero hoy mencionar algunos de nuestro tiempo. a) El clericalismo.- La persona que sufre de clericalismo olvida la índole secular de los fieles laicos y pretende reducirlos y limitarlos a funciones de ‘apoyo’ al ministerio sacerdotal. Se comprende que el sacerdote quiera que lo ayuden, porque entiende la magnitud de la misión pastoral. Es bueno buscar ayuda, pero no sacar a los seglares de su sitio, sino pidiéndoles que ayuden en dónde puedan hacerlo y en lo que puedan hacerlo, sin perder su condición laical. b) El secularismo.- Es el fenómeno opuesto al clericalismo. No son pocos los sacerdotes que caen a veces en la tentación de ‘disfrazarse’ por así decirlo de laicos, como si el ocultamiento de su condición clerical les permitiera ser más eficaces en su labor pastoral. En la práctica nunca ocurre así, porque el laico busca al sacerdote para que le preste la ayuda pastoral que le corresponde, no para que le imite en sus trabajos u oficios seculares. No pretende que el sacerdote sea igual a él, que es seglar, sino que sea auténtico sacerdote, para recibir de él la ayuda espiritual que requiere. El clericalismo impide al laico la realización de su misión de procurar la santificación de todas las realidades terrenas, mientras que el secularismo termina llevando al sacerdote a abandonar su tarea pastoral, para tratar de imitar a los laicos, sea en el modo de vestir, o interviniendo en actividades políticas o sociales que le son impropias. Ambos fenómenos reducen peligrosamente la identidad del sacerdote y del laico, limitando la acción del Espíritu Santo en la historia de la salvación. b) El funcionalismo.- El sacerdote debe priorizar su trabajo, sin dejarse arrastrar por él. El dejarse absorber por un activismo que afecta a su vida de piedad, puede acarrear un daño moral muy grande al sacerdote y detener o abandonar su verdadera actividad pastoral. “El multiplicarse de tareas y servicios; la complejidad de la vida humana en general y de las comunidades cristianas en particular; el activismo y el ajetreo típico de tantos sectores de nuestra sociedad, privan con frecuencia a los sacerdotes del tiempo y energías indispensables para ‘velar por sí mismos’ (cf. 1 Tim 4, 16)” [34]. Cuando el sacerdote pierde la fuerza de la oración y de la mortificación, de la contemplación y del estudio, cuando deja de ‘estar’ en su sitio, donde es tan productivo en las cosas de Dios, está desviándose de su camino, para entregarse a la vida social, a mirar televisión, a jugar con la computadora, o a perder el tiempo, dejando entrar en su alma la pereza, la tibieza, la frivolidad y hay veces hasta la impureza. Si el sacerdote descuida la contemplación de Dios a través de sus trabajos sacerdotales, y el aprovechamiento del tiempo de estudio de la doctrina de fe, en un frenesí de movimientos, reuniones, viajes, etc., a la larga él mismo comprobará que no sabe para qué ha servido ese cambio de criterio y comprobará la esterilidad de su esfuerzo, movido únicamente por intereses humanos, sin un sentido sobrenatural de la vida. c) El descuido de la formación integral y permanente.- El sacerdote requiere de una formación integral, intensa en el seminario y permanente mientras desempeña su actividad pastoral. Abandonar este criterio exigente pero indispensable, para tratar de improvisar la predicación, la enseñanza y el trabajo pastoral en general, equivale a renunciar a tener la madurez intelectual propia de todo sacerdote, con el fin de dar respuestas sólidas y confiables, ante las legítimas demandas de la razón humana. La preparación del sacerdote debe ser rigurosa en lo humano y en lo espiritual, como lo ha sido –hay que suponer- en el conocimiento de la filosofía y teología, y el cultivo de la ascética, en los años del seminario, si quiere ser realmente ‘otro Cristo’ a lo largo de su vida. Nada de improvisaciones en las cosas de Dios. La Iglesia señala constantemente el camino para ser fieles a los designios de la providencia divina. d) La ‘voluntaria’ soledad.- Si bien el sacerdote nunca está solo, porque ‘siente’ en todo momento la presencia de Dios, debe cuidar el trato fraternal con los sacerdotes vecinos. La unidad entre los sacerdotes de una misma ciudad es urgente en un mundo frío, agresivo y secularizado. Si nos apoyamos unos con otros seremos fuertes a los ojos de los hombres y pondremos un antídoto al desaliento. “ ‘Frater qui adjuvatur a frate quasi civitas firma’ –El hermano ayudado por su hermano es tan fuerte como una ciudad amurallada. -Piensa un rato y decídete a vivir la fraternidad que siempre te recomiendo” [35]. Los sacerdotes cuentan ahora con las ayudas que ordinariamente la Iglesia, a través de los Obispos, les brinda en sus diócesis, mediante medios de formación, de comunicación y de convivencia. Además, “es de desear que crezca y se desarrolle la cooperación de todos los presbíteros en el cuidado de su vida espiritual y humana, así como del servicio ministerial. La ayuda, que en este campo se debe prestar a los sacerdotes, puede encontrar un sólido apoyo en diversas Asociaciones sacerdotales, que tienden a formar una espiritualidad verdaderamente diocesana” [36]. Son asociaciones sacerdotales que, “teniendo estatutos reconocidos por la autoridad competente, estimulan a la santidad en el ejercicio del ministerio y favorecen la unidad de los presbíteros entre sí y con su propio obispo” [37]. Puedo mencionar, entre otras, con conocimiento de causa, la existencia de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, a la que pertenecen tantos sacerdotes en todo el mundo. e) El aislacionismo.- Puede ocurrir que, con el tiempo, algunos sacerdotes tiendan a aislarse de sus hermanos sacerdotes y a distanciarse, a lo mejor sin darse mucha cuenta, de su Obispo. No dejemos que el demonio rompa esta dimensión esencial de la eclesiología que es la comunión entre nosotros los sacerdotes. Busquemos la cercanía, practiquemos la corrección fraterna, abundemos en detalles de caridad con todos, para fortalecer la unidad sacerdotal y la unidad del apostolado. Dice Santo Tomás de Aquino que “el amor conduce a la felicidad. Sólo a los que lo tienen se les promete la bienaventuranza eterna. Y sin él todo lo demás resulta insuficiente” (Sobre la caridad, l. C. 204). 6. FIDELIDAD A LA IDENTIDAD DEL SACERDOTE En el sacerdote, no se puede separar su ser sacerdotal, su identidad –otro Cristo, el mismo Cristo- de su misión pastoral, ser buen pastor. “Si Jesucristo, Sumo Sacerdote, quiso someter la plenitud de su perfecta Humanidad al cumplimiento exclusivo de la voluntad del Padre (Ver Jn 4, 34; 5, 30; 6, 38) para buscar únicamente su gloria, bien se entiende también (...) que el sacerdote reproduzca en la totalidad de su ser y en la totalidad de su vida –cuyo centro y raíz es el mismo sacrificio Eucarístico- esa amorosa inmolación y perfecta donación en Cristo Víctima” [38]. La tarea de fortalecer la labor pastoral de los sacerdotes es de largo plazo y la debemos emprender con fe y esperanza, seguros de que el fruto está asegurado, porque Dios pone el incremento, aunque nos parezca que no alcanzaremos a ver los frutos maduros de este esfuerzo. “De que tú y yo nos portemos como Dios quiere –no lo olvides- dependen muchas cosas grandes” [39]. El amor a la Iglesia Católica es, en el sacerdote, tan vital como el latir del corazón: una vibración ininterrumpida. Advertimos que, en el mundo de hoy “el sentido del misterio Iglesia se va apagando casi del todo y la Iglesia universal pasa a ser considerada, en general, sólo como una organización que puede administrar los quehaceres religiosos pero que ella misma no pertenece a la religión, la cual vive solamente en la comunidad aferrada por el entusiasmo. Por eso la experiencia y la aceptación de la Iglesia es parte esencial del camino de formación del sacerdocio. Si durante este periodo ‘la Iglesia no se aviva en las almas’ al final todo permanece subjetivo. La fe se convierte en una selección privada de aquello que me parece todavía actualizable; el proceso de expropiación de mí mismo y de entrega a la Palabra del otro no se verifica. Al final la Palabra permanece siendo mi palabra; no me dejo comprometer en el Cuerpo de Cristo, sino permanezco aislado en mí mismo” [40]. ¡Qué importante y fundamental es en la vida de un sacerdote amar a la Iglesia y hacerla amar! El conocimiento de la realidad sobrenatural de la Iglesia, como Cuerpo Místico de Cristo, el amor y la dedicación a la Iglesia como sacerdotes de Cristo, ahondan en el alma esa identificación con el Magisterio y con la misión de la Iglesia en el mundo. Ese amor llena el alma de paz espiritual y hace al sacerdote leal y apostólico. Finalmente, es importante recordar que para un sacerdote católico es fundamental el amor a Pedro, al Santo Padre. El sacerdote debe querer al Papa con todo su corazón porque es el Vicario de Cristo en la tierra, o como lo llamaba santa Catalina de Siena, “el dulce Cristo en la tierra”. La fidelidad a Cristo se extiende a la fidelidad a su Vicario. No dejemos de cultivar en el corazón un intenso cariño al Santo Padre. Siempre debemos secundarle, leer lo que escribe, sentir sus alegrías y sus penas como nuestras, rezar por sus intenciones, defenderlo de las críticas, que tanto daño hacen a la Iglesia. Desde el cielo, Santa María Madre de Dios y Madre nuestra, estrella de la nueva evangelización, ejerce su misión maternal alcanzándonos continuamente gracias ordinarias y extraordinarias de su Hijo. Ella es, especialmente para los sacerdotes de la Iglesia, “Abogada, Auxilio, Refugio y Mediadora nuestra”. Pongamos en la ternura de su corazón inmaculado nuestro propósito de ser sacerdotes a la medida del Corazón de su Hijo Jesucristo, el Buen Pastor. Con mi afecto y bendición pastoral,
+Juan
Luis Cipriani Thorne
Lima, 15 de Setiembre de 2001
Memoria de Nuestra Señora la Virgen Dolorosa
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NOTAS [1]
Juan Pablo II, Exhortación Apostólica post-sinodal, Pastores
dabo vobis, N° 57.
[2]
Ver Juan Pablo II, Carta Apostólica, Novo millennio ineunte,
N° 16-28.
[3]
Ver Juan Pablo II, Carta Apostólica Novo millennio ineunte,
N° 1; 58.
[4]
Juan Pablo II, Exhortación Apostólica post-sinodal, Pastores
dabo vobis, N° 7.
[5]
Joseph Card. Ratzinger, Perspectivas de la formación sacerdotal
en nuestro tiempo, en Celibato y Magisterio, Lima, 1990, p. 26.
[6]
Juan Pablo II, Don y Misterio, BAC, Madrid, 1996, IX, p. 101-102.
[7]
Juan Pablo II, Carta a los sacerdotes en el Jueves Santo, 13 de
abril de 1987.
[8]
Congregación para el Clero, Directorio para el Ministerio y
la vida de los presbíteros, N° 40 y 38.
[9]
Congregación para el Clero, Directorio para el Ministerio y
la vida de los presbíteros, N° 40.
[10]
Juan Pablo II, Carta a los sacerdotes en el Jueves Santo de 1986.
[11]
Beato Josemaría Escrivá, Via Crucis, Madrid, 1983,
N. 4 de los puntos de meditación de la XI estación, p. 109.
[12]
Ver Juan Pablo II, Exhortación Apostólica post-sinodal,
Ecclesia in America, N° 35.
[13]
Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal, Reconciliatio
et Paenitentia, N° 31.
[14]
Juan Pablo II, Carta Apostólica, Novo millennio ineunte,
n° 30.
[15]
Juan Pablo II, Don y Misterio, BAC, Madrid, 1996, IX, p. 107.
[16]
Juan Pablo II, Carta Apostólica, Novo millennio ineunte,
N° 46.
[17]
Joseph Card. Ratzinger, Perspectivas de la formación sacerdotal
en nuestro tiempo, en Celibato y Magisterio, Lima, 1990, pp. 19-21.
[18]
Joseph Card. Ratzinger, Perspectivas de la formación sacerdotal
en nuestro tiempo, en Celibato y Magisterio, Lima, 1990, p. 21.
[19]Congregación
para el Clero, Directorio para el Ministerio y la vida de los presbíteros,
N° 55.
[20]
Joseph Card. Ratzinger, Perspectivas de la formación sacerdotal
en nuestro tiempo, en Celibato y Magisterio, Lima, 1990, p. 22.
[21]Mons.
Alvaro del Portillo, Fieles y Laicos en la Iglesia, Eunsa, 2°
ed., Pamplona, 1981, p. 169.
[22]Mensaje
del Sínodo al Pueblo de Dios, Roma, 8 de diciembre de 1985, N°.
10.
[23]
Juan Pablo II, Carta Apostólica, Dies Domini, N° 82-83.
[24]Joseph
Card. Ratzinger, Perspectivas de la formación sacerdotal en
nuestro tiempo, en Celibato y Magisterio, Lima, 1990, pp. 22-25.
[25]
Juan Pablo II, A los Obispos de Francia, Región Norte, en visita
ad límina, 21-XI-1987.
[26]
Juan Pablo II, Carta Apostólica, Novo millennio ineunte, N°
32.
[27]
Congregación para el Clero, Directorio para el Ministerio y
la vida de los presbíteros, N° 45.
[28]Congregación
para el Clero, Directorio para el Ministerio y la vida de los presbíteros,
N° 47.
[29]Catecismo
de la Iglesia Católica, N° 87.
[30]
Ver Juan Pablo II, Carta a los sacerdotes en el jueves santo, 16
de marzo de 1986, Nº 8.
[31]
Ver Juan Pablo II, Carta a los sacerdotes en el jueves santo, 16
de marzo de 1986, Nº 8.
[32]
Juan Pablo II, Carta Apostólica, Novo millennio ineunte,
N° 38.
[33]
Congregación para el Clero, Directorio para el Ministerio y
la vida de los presbíteros, N° 60.
[34]
Juan Pablo II, Exhortación Apostólica post-sinodal, Pastores
dabo vobis, N° 78.
[35]
Beato Josemaría Escrivá, Camino, N° 460.
[36]
Congregación para el Clero, Directorio para el Ministerio y
la vida de los presbíteros, N° 88.
[37]
C.I.C., can 278,2.
Ver Concilio Vaticano II, Decreto Presbyterorum Ordinis, N°
8.
[38]
Mons. Alvaro del Portillo, Escritos sobre el sacerdocio, p. 79.
[39]
Beato Josemaría Escrivá, Camino, N° 755.
[40]
Joseph Card Ratzinger, Perspectivas de la formación sacerdotal
en nuestro tiempo, en Celibato y Magisterio, Lima, 1990, p. 32.
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