Un saludo muy especial a todas las parroquias que hoy se han congregado en toda la Plaza para acompañar a Jesús. Un saludo también a los Señores cadetes de los Institutos Armados y de las Fuerzas Policiales; a todos los movimientos y hermandades.
Cuerpo y Sangre de Cristo, alimento de vida eterna: misterio de la fe
Hoy queridos hermanos, la Iglesia nos quiere recordar ese gran misterio de la fe. Jesucristo nos habla de pan, de comida, de alimentos; es decir, nos hace ver que la vida humana necesita para la buena salud el alimento; y por eso, dice: “Mi carne, mi cuerpo es verdadera comida; mi sangre es bebida”.
Nos está queriendo introducir en el misterio de la fe de una manera sencilla. Todos somos conscientes que necesitamos alimento para vivir. Si no hay alimento no hay salud y no hay vida. Y una vez que Jesús ha explicado ese ejemplo de la comida y de la salud, entonces abre el misterio. Jesús, nos introduce en el ámbito de la fe porque nos habla de un pan vivo bajado del cielo. Nos habla de que el que coma de ese pan vivirá para siempre. Ya está hablando de algo que no se entiende. Y finalmente dice: “El pan es mi carne”.
Ante ese misterio de la vida divina ¿Qué ocurrió? y ¿Qué ocurre? Ocurrió que la gente se puso a discutir de como puede darnos a comer su carne. Ante este misterio de la fe es posible que un mundo que ha perdido un poco la dimensión del misterio, de lo que no se ve, ni se toca; ha perdido la dimensión de la verdad que está en el fondo del alma.
Entonces, cuando le hablan de un misterio de la fe lo mira como un hecho extraño, raro, en algunos casos, hasta hay que quitarlo de la cabeza. ¡Que ideas tan raras son estas! Los mismos discípulos en otra ocasión cuando Jesús les habla del misterio de su cuerpo, empezaron a irse, como diciendo: ‘estas palabras son demasiado extrañas, duras de creer’.
La Gran Misión de Lima, oportunidad para vivir una fe viva
Hermanos, lo primero que debemos pedirle hoy al Señor y examinarnos es cómo es nuestra fe. La fe hay que ponerla en práctica. Yo creo en cada uno de los mandamientos de la Ley de Dios, creo que son el camino para ser feliz, creo que son el camino para formar una buena sociedad cuando el Señor me dice: “Honrar al padre y a la madre”. Amar a los padres, educar a los hijos. No es una idea, creo que Dios me está revelando algo que es de Ley natural, que los padres estén unidos uno con una para toda la vida; y, que esos padres tengan como responsabilidad principal educar a sus hijos, y los hijos amar, obedecer y ayudar a sus padres a lo largo de la vida.
Y me atrevo a incorporar a los abuelitos que son memoria histórica de un tiempo en el que ¡se olvida todo! Y son ellas y ellos los que nos recuerdan el amor a Dios, la fe en la oración, que hay que educar a los hijos. Esos abuelitos pasan a ser parte importante de ese cuarto mandamiento.
Y así podemos seguir diciendo, cuando el Señor nos ha dado a conocer el séptimo mandamiento: “No robar”. Tenemos fe en que ser honrados es bueno, que usar el dinero que no es nuestro de mala manera, que el corromper a otro con el dinero ¡hace daño!, ¡estropea la vida, la familia, la sociedad y el mundo entero!
Y así te digo, la fe no es solo en la Eucaristía, en la oración, también la fe es en esos aspectos de la vida de la sociedad: Amar a Dios, no engañar, ser honestos, educar a los hijos, cuidar la familia. Y así vemos que si tenemos fe en Dios, que nos ha regalado unos mandamientos, que nos ha dejado unos sacramentos, entonces, con mucha confianza vamos por ese camino.
Hermanos, hay que tener fe ¡viva!, fe ¡práctica! No basta decir tengo fe, ¡hay que ponerla en práctica! La Gran Misión de Lima, que hemos empezado todos, nos quiere enseñar a vivir de una manera cristiana.
No olvidemos la dimensión ética y moral del desarrollo y del bienestar
Esa gran cruzada de una cultura cristiana, de que la expresión de la fe que no se expone, se propone, se ofrece, pero con toda libertad, para decirle a todos que la familia es esencial, no puede faltar en el proyecto de una sociedad; que la honradez no puede faltar en ningún proyecto de desarrollo; que la dimensión moral; es decir, el bien y el mal, deben tomarse en cuenta en cualquier proyecto; no es algo sólo para la sacristía o para un grupo de gente.
Siempre que uno contempla un deseo de progreso, de bienestar ¡lícito!, ¡maravilloso!, siempre hay que hacerse la pregunta ¿Esto es bueno?, ¿hace bien? o ¿es un bienestar que maltrata a la familia y a los niños?
El mundo de hoy, no solo aquí, sino en el mundo entero, se está olvidando de esa dimensión moral y ética, del desarrollo y del bienestar. Todo vale si tiene éxito. Eso es muy malo, hace mucho daño. El centro de todo desarrollo tiene que ser el respeto a cada persona desde su concepción. Las políticas tienen que proteger y promover ¡la vida humana! Toda la dimensión legal debe proteger, promover y custodiar ¡la familia! Todo deseo de progreso debe abrir las puertas al derecho natural de alimentarse, de poder acceder a una vivienda, de poder circular por las calles libremente.
Jesucristo al venir y quedarse en la Eucaristía nos ha dejado una fe práctica, hecha persona, ¡Cristo! No es algo al margen de mi interés, sino es el centro de mi interés. ¿Por qué quiero ayudar a progresar al mundo entero? ¡Porque creo en la persona! ¿Por qué quiero distribuir mejor las ayudas, desarrollar a todos? ¡Porque creo en que la persona es imagen de Dios!
Y; por lo tanto, nuestra inteligencia, nuestros esfuerzos nos llevan a buscar el mejor modo de ayudar al mayor número de personas, empezando por los que menos tienen; empezando por los más débiles, niños, ancianos y enfermos. Esto es lo que Jesucristo en la Eucaristía nos enseña cada día.
Jesús murió para darnos la vida eterna
Por eso hermanos, al contemplar el misterio del cuerpo y sangre de Cristo adquirimos un compromiso en esta Gran Misión de Lima: “Vivir de una manera coherente, con hechos, nuestra fe”. Si creo, vivo de esa manera. No me siento mejor, ni peor, pero ¡creo! ¡Creo Jesús que me has enseñado un modo de vivir que realmente es el mejor!
Y luego de este primer aspecto de la fe, del misterio, de esa reacción de la gente que no cree, Jesucristo nos explica: “El que come mi carne, el que bebe mi sangre”; es decir, el que comulga y el que participa de la Santa Misa con el alma limpia; dice: “ese tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día”. Jesús nos explica algo nuevo: “Te ofrezco una vida eterna”.
Y te pregunto ¿Deseas esa vida eterna? ¿Piensas en esa vida eterna? ¿Te das cuenta que todos tus actos quedan grabados para la eternidad? Vale la pena pensar en esa vida eterna que a Jesús le costó la muerte en la Cruz; para darnos la vida eterna ofreció su cuerpo por nuestros pecados.
Acudamos al sacramento de la Confesión, renovemos la fe en el perdón de Dios
Hoy, en esta Eucaristía, también renovamos la fe en el perdón de Dios, en la misericordia de Dios, en saber que todo tiene arreglo delante de Dios si somos humildes, si sabemos pedir perdón, si sabemos convertirnos, aunque nuestros males sean ¡enormes!, aunque pienses que lo que has hecho es ¡muy malo!, nuestra religión desde la Cruz te estira la mano. ¡Ánimo! Estoy yo, dice Jesús para perdonar.
Ese sacramento tan maravilloso, la Confesión, que también en esta Gran Misión queremos promover en todas las parroquias de una manera tan generosa. Invito a los sacerdotes que ayudemos mucho a la gente porque todos están deseando acudir a ese sacramento que te da paz, alegría y que te invita a tener la valentía de pedir perdón a Dios.
La vida humana adquiere por la Eucaristía un sentido divino
Y finalmente, nos dice Jesús algo que es una maravilla y al mismo tiempo una gran responsabilidad: “El que come de este pan, (Eucaristía) habita en mí y Yo en él”. El que comulga, el que recibe mi Cuerpo, -dice Jesús- habita en mí, es decir, no soy yo, es Él. Estoy en Jesús y Jesús, habita en mí. ¡Qué lejos nos lleva el misterio del Cuerpo y la Sangre de Cristo! Ese misterio de la unidad de la Eucaristía en tu cuerpo.
Hermanos, se produce esa maravilla del valor divino de lo humano. Se produce esa escuela. Todo lo que hacemos los hombres y mujeres delante de Dios tiene un valor divino. La vida humana ha adquirido por la Eucaristía un sentido divino. Por eso, no sólo es la ley que debo cumplir, no sólo es la dignidad y la estima, es que mi vida, el amor a mis hijos, mi trabajo, mi enfermedad, ¡todo! se convierte en un momento de encuentro con Cristo. Esa dimensión de la vida se ha perdido, muchas veces nos estamos quedando sólo en que en la vida vale lo que tiene resultado: ‘si me pagan bien, si me reconocen, si tengo poder, si engaño al otro, si me gusta y si me divierte’.
Hermanos, hay algo mucho más profundo en tu vida que debes rescatar. Decía San Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei, unas palabras muy sencillas: “Hay un algo divino en todas la realidades humanas que te toca a ti descubrir”. En todo lo que hacemos, en todas las actividades de los hombres y mujeres hay un algo divino, está presente Dios y te toca a ti reconocerlo; y así aprenderemos a amar al prójimo, a perdonar, a ayudarnos, a ser generosos, a ser un gran país, a adquirir un gran desarrollo, porque descubro en los demás algo divino y aprendo a quererlo, a comprenderlo, a ayudarlo.
Recibamos la Eucaristía con el alma limpia
Terminemos esta homilía formulando algunos propósitos, ante la grandeza de un misterio de amor de ese Dios que se ha quedado con nosotros, prepara bien tu alma, que esté limpia cuando lo recibes; si has tenido una inclinación a pensar de que todos pueden comulgar sin ninguna preparación, eso no es verdad, eso es un gran daño. Para recibir el cuerpo de Cristo tenemos que estar en gracia de Dios; es decir, haberme acercado a confesar en caso de un pecado grave. Por lo tanto, propósito de recibirlo siempre con el alma limpia; y si no estoy preparado recibo al Señor con una comunión espiritual y no me acerco a la comunión para no maltratar el cuerpo de Cristo.
¡Prepárate bien! La Gran Misión tiene que ser una gran escuela de recibir la Eucaristía con el alma limpia; y en segundo lugar quiero saludar con verdadera emoción y agradecimiento a todos los párrocos, a todos los sacerdotes porque en la Arquidiócesis se está extendiendo de una manera maravillosa la exposición del Santísimo Sacramento. En muchos lugares, en muchas parroquias estas capillas con el Santísimo expuesto, acompañado por miles y miles a lo largo del día. ¡Cómo no va a ser una alegría para Jesús esta compañía que tantos hijos e hijas suyos sigamos por ese sendero!
Que Jesús Eucaristía ilumine nuestras vidas, nuestras familias, nuestros barrios, que sigamos cuidando esa exposición del Santísimo Sacramento que nos llena de alegría. Nos dirigimos a nuestra madre Santa María, la mujer que contempló con enorme gozo, con enorme fe el cuerpo de Cristo. ¡Madre mía, enséñanos a querer a tu hijo, a creer en Él! Madre mía, que pongamos en práctica nuestra fe, que descubramos esa dimensión divina en la vida diaria y que de esa manera, la Iglesia, que se centra en el cuerpo de Cristo sea esa luz que ilumina a nuestro pueblo.
Así sea.