Domingo, 17 de Diciembre de 2017

Sobre el Jubileo de las 40 Horas

Raíces bíblicas y de la Tradición

Para celebrar la Pascua del Señor, era ya una de las costumbres de los cristianos de los primeros siglos, juntarse para ayunar, hacer penitencia, orar y cantar salmos durante cuarenta horas, en memoria del tiempo que el Salvador del mundo permaneció en el sepulcro. De esta manera, durante este tiempo sagrado, estos cristianos, asociándose con profundidad a la muerte redentora del Señor, hacían más perfecta su participación en la celebración de su resurrección en la liturgia pascual.

Este tiempo lo computaban, desde el viernes, a la hora de nona (3 de la tarde), en que murió Cristo (Lc 23,44), hasta el amanecer del domingo, hacia las 7 horas, en el que resucitó (Mt 28,1). Tres días, pues, permaneció muerto el Señor en el sepulcro.

Esta manera de interpretar el tiempo de permanencia de Jesús en el sepulcro tiene una significación propia en la Sagrada Escritura. El número cuarenta puede significar sin más un largo período de tiempo, como cuando se dice que Saúl reinó cuarenta años (Hch 13,21), David cuarenta (1Cro 29,27) y Salomón cuarenta (2 Cro 9,30). Pero en otras ocasiones “cuarenta” señala un tiempo largo de purificación o de abatimiento, previo a una gracia muy alta o una especial exaltación. Son cuarenta, por ejemplo, los días que dura la purificación enorme del Diluvio (Gén 7,12; 7,17). Cuarenta años dura para Israel la prueba del desierto, antes de entrar en la Tierra prometida (Dt 8, 2; Núm 14, 33-34; Hch 13, 18). Cuarenta días y noches pasa Moisés solo en el Sinaí, en oración y ayuno, antes de recibir la Ley divina (Ex 24,18; 34,28). Cuarenta días y noches, con la fuerza del alimento misterioso que le da un ángel, Elías camina hasta el monte Horeb (1Re 19,8). Jesús permanece cuarenta días y noches a solas en el desierto, antes de iniciar su misión pública en medio de Israel (Mc 1,13). Cuarenta horas permanece muerto. Y una vez resucitado, antes de ascender al cielo, se aparece a sus discípulos durante cuarenta días (Hch 1,3).

Tiempos difíciles

En el siglo XVI, esta devoción comenzó a adquirir mucha importancia en las iglesias de Milán y de Roma. Eran muy graves las situaciones que atentaban contra la Iglesia. Eran los tiempos de la Reforma Protestante y de las invasiones de los turcos. Además, como sucede hoy en día, eran también tiempos de relajación de costumbres, producto de la época renacentista.

Fueron muchos los santos sacerdotes que contribuyeron en el afianzamiento y extensión de esta devoción, muy en especial, San Carlos Borromeo, quien le dio su actual configuración: Jubileo de Cuarenta Horas, en el que se expone solemnemente al Santísimo Sacramento, para que los fieles, en el curso de tres días, puedan adorar al Señor sacramentado, con la oración y la penitencia.

En 1592, el Papa Clemente VIII, mediante la Encíclica Graves et diuturnae, después de un claro y valiente, pero humilde diagnóstico de la alarmante situación de la Iglesia en esos tiempos, ordena que se establezca públicamente en Roma “la piadosa y saludable oración de las cuarenta horas” en las basílicas y en todas las iglesias para que “día y noche, en todos los lugares y a lo largo de todo el año se alce al Señor, sin interrupción alguna, el incienso de la oración”.

Extensión de la devoción

Posteriormente, en el siglo XIX, esta devoción se fortaleció nuevamente, cuando la Sede de Pedro estaba sufriendo las humillaciones de la época napoleónica. La Iglesia rogó mucho ante el Santísimo Sacramento por el feliz regreso del Papa a Roma. A partir de este momento la devoción se afianzó en Roma y comenzó a extenderse por el mundo católico.

La devoción en nuestra Patria

Esta devoción eucarística fue recibida con entusiasmo en muchas diócesis americanas, muy especialmente en nuestra Arquidiócesis, en la que arraigó tan profundamente, que el Papa Pío VII, en el Breve del 14 de Mayo de 1816, concedió la Indulgencia Plenaria a los fieles de Lima que practicaran este Ejercicio eucarístico.

Siguiendo la devoción su curso, en 1899, el Arzobispo de Lima, Mons. Manuel Tovar, estableció que este Ejercicio se realizara en forma de Jubileo Circular, para lo cual se organizaron turnos que se irían sucediendo de parroquia en parroquia. Esta nueva forma, además de ayudar a que una mayor cantidad de fieles se beneficie de la devoción y de la Indulgencia Plenaria, instauró la adoración perpetua del Santísimo Sacramento en nuestra Arquidiócesis. Esta costumbre fue corroborada por el XVIII Sínodo de Lima, en 1959 en la Constitución Nº 410 y en el Apéndice XI.

Oración expiatoria, suplicante y eucarística

El Papa Clemente VIII, al instituir la oración de las 40 Horas, invocó con emoción a los fieles de Roma orar ante la difícil situación de la cristiandad de sus tiempos: “a todos es manifiesto que cualquier obra humana es vana para superar males tan graves, y que son vanos los trabajos e impotentes las fuerzas, si no se ven ayudadas por el auxilio divino de la gracia celeste. Ahora bien, para conseguir esta gracia es imprescindible acudir a la oración…, que cuando está hecha con un corazón contrito y un espíritu humillado, llega al cielo, suaviza la ira divina, aparta las plagas y los azotes, e implora la abundancia de la misericordia divina. Por eso los Santos Padres le llaman la llave del cielo, porque cuando la oración asciende, desciende la misericordia de Dios, y esto sucede tanto más fácil y abundantemente cuanto mayor es la asamblea de fieles y personas de bien que, unidas por el vínculo de una misma caridad, ofrecen oraciones continuas” (Encíclica Graves et Diuturnae. 1592).

Desde sus orígenes, la oración eucarística de las 40 Horas, por su carácter expiatorio, suplicante y eucarístico, va a ayudar a muchos fieles a configurarse con Cristo y de estar en sintonía con su obra redentora. Va a enseñarles también a unirse a Cristo resucitado, presente en el Santísimo Sacramento del Altar, recordando el momento de su permanencia en el sepulcro muerto después de sufrir por nosotros su dolorosa pasión. Esto es posible porque la institución del Sacrificio Eucarístico, desde su nacimiento, tiene inscrito de forma indeleble el acontecimiento de la pasión y muerte del Señor, que no sólo la evoca sino que la hace presente sacramentalmente (Ver Ecclesia de Eucharistia, Nº 11).

Indulgencia Plenaria

De otro lado, los fieles, imbuidos del deseo de ganar la Indulgencia Plenaria concedida al Jubileo de las 40 Horas, lo harán teniendo presente que esta gracia se obtiene en “virtud del poder de atar y s desatar que le fue concedido (a la Iglesia) por Cristo Jesús, que interviene a favor de un cristiano y le abre el tesoro de los méritos de Cristo y de los santos para obtener del Padre de la misericordia la remisión de las penas temporales debidas por sus pecados. Por esto la Iglesia no quiere solamente acudir en ayuda de este cristiano, sino también impulsarlo a hacer obras de piedad, de penitencia y de caridad”(Catecismo, Nº 1478).

Las 40 Horas hoy

Escuela de oración
La promoción de este santo Ejercicio ayudará a que en nuestra Arquidiócesis se formen auténticas “escuelas de oración” en las que los fieles cristianos, al contemplar el rostro de Cristo, aprendan a servir a los hermanos; a acoger con diligente y fervoroso amor las prioridades pastorales arquidiocesanas, y a acentuar en el apostolado la dimensión eucarística propia de la vida cristiana.

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