Hacia el final de
la avenida de la Emancipación, hemos de detenernos frente a la parroquia
de San Marcelo, justo en el mismo lugar en donde siglos atrás, los primeros
agustinos que llegaron al Perú, levantaron el primer templo. Sobre aquel,
más tarde, hubo la necesidad de construir uno mayor, con tres naves y con
el crucero dotado de media naranja. Con el correr de los años los agustinos
prefirieron un lugar más cercano al corazón de Lima y no estuvieron allí
para cuando la iglesia fue elevada a parroquia en 1535. El templo sufrió
muchas transformaciones, desde perder una de sus naves por cuestiones de
orden, hasta tener que ser completamente reedificado después del terremoto
de 1609. Pero si bien su rostro tuvo que cambiar y adaptarse, su profunda
belleza y elegancia permanecieron. Bastaría mencionar el bellísimo retablo
dedicado a la Virgen de los Remedios quien acoje con su ternura a los peregrinos,
sus hijos, desde el altar mayor. El coro, el bautisterio, la sacristía,
todo derrocha espacio y sencillez, calidez y elegancia. Predomina entre
sus cuadros la figura de San Francisco Javier, el santo misionero. Pero
no sólo son sus cuadros: su fachada misma, sus torres embellecidas recientemente,
todo el conjunto es fiel testimonio de la fe profunda de una Lima que ha
sabido siempre elevar, con el arte, su viva plegaria y amor al Señor de
los señores, nuestro Dios. |