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Homilía en XVIII Domingo del Tiempo Ordinario PDF Imprimir E-mail

Homilía del Cardenal Juan Luis Cipriani Thorne
Domingo, 05 de agosto de 2012
XVIII Domingo del Tiempo Ordinario
Basílica Catedral de Lima

Muy queridos hermanos todos en Cristo.

Hoy la Iglesia nos habla de ese pan del cielo de la Eucaristía. En el libro del Éxodo vemos cómo la gente habla de que tiene hambre, se queja ante Dios y Dios le envía del cielo como esa capa de rocío, la envía una respuesta, un alimento. Pero luego en el Evangelio, ya Jesús nos habla no de ese pan que sacia el hambre material sino que dice: “lo que pasa es que ustedes han comido el pan que yo les di, ese pan que dura hasta la vida eterna”; y aquí es donde la vida del cristiano tiene una gran diferencia con la vida del que no está cerca de Dios.

Uno puede escoger en la vida, buscar las cosas materiales, su razón de ser, comer, vestirse, tener una casa, divertirse pero ahí se queda, eso no es cristiano o también puede igual que la anterior, buscar el alimento, la vivienda, la salud, la felicidad pero ve la vida eterna y por lo tanto el primero puede vivir en pecado porque puede comer, tener una casa, un trabajo pero no acepta el amor de Dios, busca el amor propio y entonces surge el pecado en diferentes formas: el éxito, el dinero, el placer, el sexo. Uno empieza a buscar simplemente satisfacer todo lo que quiere y entonces la vida lamentablemente no es cristiana, no hay una verdadera felicidad, nosotros siguiendo este mensaje claro de la liturgia de hoy buscamos junto a ese deseo bueno de tener un alimento, una familia, una casa, un vestido, un trabajo, pero siempre miramos a Dios, porque nos espera la vida eterna.

Por lo tanto creemos en el amor de Dios, buscamos la confesión cuando vemos que hemos pecado, creemos en el amor y en la familia, manteniendo el hogar, educando a los hijos en la fe, seguimos los Mandamientos. Por eso hoy la Iglesia nos dice, cree en Jesucristo, cree en que el hijo de Dios se hizo hombre, el verdadero Dios y verdadero hombre y está realmente presente en la Eucaristía. Cree, si crees buscarás con los demás muchas cosas buenas pero nunca dejarás de mirar a ese Dios amor, a ese Dios que te ha dejado unos mandamientos y sacramentos, a esa oración porque creo y entonces le diré a Jesús ayúdame, perdóname, enséñame y él me dirá obedéceme, pórtate bien. Pero fíjate que es una diferencia muy grande, los bienes materiales cuando se usan disminuyen, por ejemplo uno tiene un vaso con agua, toma un poco de agua y queda menos; uno tiene un chocolate come un poco de chocolate y queda menos; uno tiene dinero, gasta el dinero tiene menos, los bienes materiales cuando se usan disminuyen y viene esa angustia, egoísmo, injusticia, el de querer siempre más pero va disminuyendo.

Los bienes del Espíritu son muy diferentes, cuando tú amas crece el amor, cuando tú perdonas crece el perdón, cuando tú te dueles ante un problema, una familia, un amigo crece el dolor. Los bienes espirituales cuando se práctica crecen, el que es generoso y da, materialmente tiene menos pero la alegría, la ilusión, el entusiasmo espiritual crece, cuando una madre tiene que levantarse para atender a ese hijo o hija enfermos, materialmente tiene sueño, está cansada, a perdido sueño, ha perdido esa vitalidad pero, ¿quién le va a quitar a la mamá la alegría de haber acompañado a su hijo?, ¿de haber ayudado en ese momento de dolor a esa criatura?

Por eso hermanos en la vida cristiana, hay una división muy clara, el que vive solo de lo pendiente de los bienes materiales no entrará en el reino de los cielos, y esto es lo que Jesús les dice a estos amigos suyos, cuando les dice: “Y qué tenemos que hacer”, porque no le entienden; vemos cómo cuando están dialogando Jesús les dice “Qué obras tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere”, y Jesús les dice – “la obra de Dios que quiere es esta, que crean en mi, en Jesús, les aseguro que no fue Moisés quien les dio el pan del cielo en el desierto sino que es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo”, y la gente le dijo: “danos ese pan”.

Viene la declaración de fe: Yo soy el pan de vida, el que viene a mi no pasará hambre, el que cree en mi nunca pasará sed”. Pensemos hermanos cómo amo a la Eucaristía, cómo acudo a recibir la Eucaristía con el corazón limpio, cómo me acerco a la Confesión cuando a veces entra la suciedad en el alma. Pero eduquen a los niños desde pequeños, a esos valores espirituales que viene de Cristo, no dejemos que este ambiente de consumo solamente se queda en que hay que tener más, hay que comprar más, hay que darle más a los chicos, ¡no!

Hay que educarlos para que entiendan que dentro de ellos existe el valor de la alegría, de la paz, de la honradez, de la bondad, del perdón, del dolor, del respeto a la palabra dada, de la rectitud, de la lealtad. Hermanos esos valores cristianos vienen todos de Jesús, de la Eucaristía y cuando los usas, cuanto más generoso eres, más tienes; cuando más alegres eres, más alegre eres; cuándo más dolor, más riqueza interior. Pero el hombre que solo busca placer, comodidad, dinero, éxito, orgullo, sexo, mentira, todo el tiempo tiene la sensación de que me falta más: egoísmo.

Hermanos, qué bonita es nuestra Iglesia, qué bueno es Jesús, nos ha dejado el pan del cielo que nos llena todas las necesidades. Recíbelo siempre con el corazón limpio.       

Pidámosle a su Madre bendita, la Virgen, Madre mía, que yo aprenda a vivir como cristiano, que yo aprenda a valorar esos tesoros espirituales, que los busque y los promueva a mí alrededor. Ayer tuvimos aquí está ordenación sacerdotal y diaconal, un bien espiritual, cuánta alegría en la Iglesia, cuánta alegría en las familias y en la parroquias, recemos siempre para que aumente y perseveren esas vocaciones que Jesús llama a su servicio.

Así sea.

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