| Homilía en Vigilia Pascual |
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Homilía del Cardenal Juan Luis Cipriani Muy queridos Obispos Auxiliares, En esta noche, santa, celebramos la Vigilia Pascual, la primera, la madre de todas las vigilias del año litúrgico. Como hemos escuchado, hemos recorrido en el Pregón y luego en las lecturas, de manera breve, la historia de la salvación, desde la creación hasta la resurrección. Esperanza, por la resurrección de Cristo El día de hoy, como se han podido dar cuenta, la luz de Jesús que resucitó de entre los muertos, hace que la humanidad nuevamente tenga una visión de su propia historia llena de gozo, llena de esperanza. La resurrección de Cristo, que esta noche memorable estamos celebrando, es el corazón de toda nuestra fe. La iglesia en el mundo entero vela, medita, este misterio pascual. Como decía el Papa Juan Pablo II: “Es una noche de guardia en honor del Señor”, y justamente la ceremonia litúrgica que hemos vivido en esta Santa Misa está llena de símbolos: la luz, el agua, la noche. Acompañada de una serie de textos bíblicos del Antiguo y Nuevo Testamento. Por eso podemos decir que la iglesia hoy en esta Vigilia está recordando las principales etapas de la Sagrada Escritura, en la que se ve: la creación, en el Génesis; el paso del Mar Rojo, en el Éxodo; y la promesa de la nueva alianza. Por eso, hermanos, esta vigilia nos invita a todos a cumplir esa nueva alianza, ese nuevo pacto, que Jesús acaba de firmar con su Pasión, Muerte y Resurrección. Ahora nos toca a nosotros cumplir día a día con esa nueva alianza. La acción de Dios, que culmina en la resurrección de Cristo, nos abre ya las puertas a esa visión de la vida eterna. Por eso, en esta noche de Pascua, empezamos a ver el amanecer del día que no termina nunca. Esa unión con Cristo, esa vida nueva. El don de la fe Desde el principio, la iglesia ha unido esta vigilia a la celebración del Bautismo, como hoy. Esta noche, estos queridos hermanos catecúmenos, sumergidos con Jesús en su muerte. Por el agua resucitarán a una nueva vida con Él. Por eso, ustedes que van a ser bautizados, vivirán ese misterioso volver a nacer, operados por el Espíritu Santo, que los incorpora a este pueblo de Dios, los incorpora a la vida en Cristo. Saludo con particular afecto a cada uno de ustedes, que hoy van a vivir ese momento tan bonito y tan importante en sus vidas. Además recibirán los otros sacramentos de la iniciación: la Confirmación y la Eucaristía. Es la generosidad de nuestro Dios, que gratuitamente les da el don de la fe. Saludo también por eso a sus familiares y amigos y a todos los que han colaborado en la preparación para este Bautizo, Confirmación y Eucaristía. No olviden, van a entrar a formar parte de la iglesia. Un pueblo que no tiene frontera de raza, de lengua ni de cultura, un pueblo llamado a la fe desde Abraham, para que permanezcan fieles a ese Dios que los ha elegido, para que participen de esa vida de la iglesia y sean apóstoles, misioneros. Y a todos nosotros la liturgia hoy también nos invita a renovar nuestras promesas bautismales. Renovemos sobre todo esa docilidad, esa obediencia a las enseñanzas de la iglesia. Querido hermanos, es posible que nos parezca a veces difícil o que nos cueste un poco más ser fieles día a día, a todos, pero no olvidemos las promesas de Cristo Resucitado: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Por lo tanto, no tenemos ninguna dificultad ni obstáculo. Su palabra nos ilumina, su cuerpo y sangre nos alimenta, su Espíritu Santo nos conduce. Y en este camino de gozo de esta noche no falta María. Ella está junto a esos apóstoles, que inicialmente temerosos, desorientados, se unieron a ella. Con su fe, ella les mostró más allá de la noche el gozo del amanecer, de la resurrección. Por eso, al saludar y felicitarlos en este día en que la iglesia ya celebra la resurrección, nos unimos también a nuestra madre Santa María en esta renovación de las promesas bautismales. Así sea. |