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Catedral
de Lima, 14 de mayo de 1988
¡Dios te salve, María,
llena de gracia, Madre de Misericordia! Te damos gracias porque nos has
dado el fruto bendito de tu vientre, Cristo Jesús, autor de nuestra salvación.
Tú, Madre y protectora
de este pueblo, nos has acompañado a través de la historia, siendo su
Maestra en la fe, en la esperanza y en el amor: muéstranos ahora a Jesús,
presentándonos el ejemplo de su vida e intercediendo por nosotros.
En esta hora de gracia
y bendición para el Perú, deseamos reafirmar nuestra fe en Cristo Eucaristía,
Camino, Verdad y Vida, cuya palabra queremos acoger en nuestro corazón
como Tú la acogiste, de modo que, renovados por la Eucaristía y la Palabra,
podamos edificar todos unidos la ansiada Civilización del Amor.
"¡Nuestra Señora
de la Evangelización!". Madre de la Buena Nueva, sabemos que el camino
es arduo; esta tierra gloriosa, cuna de santos, se ve ahora afligida por
la violencia y la muerte, por la pobreza y la injusticia, por una honda
crisis familiar fruto del olvido de la Ley del Señor, por ideologías que
intentan vaciar de contenido su fe cristiana.
Por eso queremos ofrendar
a Ti todo el pueblo de Dios que peregrina en Perú y poner cerca de tu
Corazón de Madre:
A los Pastores
de la Iglesia, para que sigan siendo valientes maestros de la Verdad,
defensores de la dignidad de sus hermanos, constructores de la unidad.
A los sacerdotes,
para que cada vez más conscientes de su vinculación con el único mediador,
Cristo Jesús, prolonguen su presencia en las comunidades, siendo fieles
dispensadores de los misterios de Dios.
A las personas
consagradas, para que por el fiel seguimiento de los consejos evangélicos
se dediquen intensamente a Dios como a su amor supremo, sean signo preclaro
de la Iglesia, y presencia de tu Hijo en el mundo.
A todos los
laicos, para que fieles a su bautismo y guiados por el Espíritu Santo
sean verdadero testimonio del Evangelio y lo anuncien con su vida.
A los hogares
cristianos, para que como verdaderas iglesias domésticas, sean auténticos
santuarios donde se viva la fe, la esperanza y la caridad, donde florezca
la fidelidad, la obediencia filial, el amor mutuo.
A los jóvenes,
para que tengan el valor de brindar todas sus energías en construir
un nuevo Perú donde se viva sin temor el espíritu de las bienaventuranzas
del Reino.
A los pobres,
ancianos, enfermos, a las víctimas de la injusticia y la violencia,
a los que están llevando la cruz de la Pasión de tu Hijo, para que encuentren
consuelo en su fe, fortaleza en su esperanza, ayuda solidaria y fraterna
en todos sus hermanos.
A los responsables
del gobierno de la Nación y a los que rigen la sociedad, para que con
rectitud y entrega generosa conduzcan el pueblo del Perú por caminos
de justicia y libertad en convivencia pacífica.
Madre y Señora nuestra,
acoge con amor esta ofrenda de tus hijos y bendice esta amada tierra con
los dones de la reconciliación y la paz.
¡Oh clementísima,
oh piadosa, oh dulce Virgen María!
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