Mensaje
al mundo de
la cultura y a los empresarios
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Seminario Santo Toribio de Mogrovejo, 15 de mayo de 1988 Distinguidos participantes en este encuentro: 1. Sean mis primeras palabras de esta tarde expresión de mi viva satisfacción por encontrarme con vosotros, hombres y mujeres del mundo de la cultura y de la empresa. En mi anterior visita al Perú, estuvisteis muy presentes en mi pensamiento. En verdad, cuando desde estas tierras agradecía a Dios la evangelización del nuevo mundo, no me refería en modo exclusivo a la abnegada labor de los misioneros, sino también a los hombres de cultura que contribuyeron a modelar la identidad de estos pueblos a la luz de la fe. Así como al hablar sobre el trabajo, no aludía únicamente al papel fundamental de campesinos y obreros, sino también a los afanes de los hombres de empresa que con dedicación y empeño ejemplares conducen las labores de producción y fomentan el desarrollo. Ambos mundos son verdaderamente expresiones de una misma realidad que puede ser comprendida en sentido amplio bajo la denominación de desarrollo cultural. La reflexión sobre la cultura tiene una larga historia en la vida y en el pensamiento de la Iglesia. En efecto, ha sido una preocupación constante, que se acentuó de manera singular en momentos cruciales de la historia de la humanidad. Estamos, pues, ante un tema central en la vida del hombre y de la Iglesia. La labor empresarial, por su parte, es un aspecto muy importante del extenso horizonte de la cultura. Tanto más en los países en vías de desarrollo como el vuestro, donde los desniveles económicos son grandes y donde, en consecuencia, se hace necesario un gran esfuerzo comunitario para alcanzar un desarrollo económico suficiente que permita construir una cultura verdaderamente humana, esto es, realmente orientada hacia Dios. 2. Las raíces de la cultura de vuestro país están impregnadas del mensaje cristiano. La historia del Perú se ha ido forjando al calor de la fe, que ha inspirado y a la vez ha impreso una marca propia a su vida y sus costumbres. A la luz de ella se modeló una nueva síntesis cultural mestiza que une en sí el legado autóctono americano y el aporte europeo. Sin embargo, la permanencia de estructuras que originan graves desequilibrios en el cuerpo social puede suscitar una cierta desconfianza a la hora de evaluar el sustrato de fe de la primera evangelización, dando por supuesto que, o no ha impregnado con suficiente fuerza los criterios y las decisiones de los responsables del liderazgo cultural y social (cf. Puebla, 437), o se ha debilitado frente a la agresión de ideologías extrañas. Se trata de ideologías de corte individualista que no reparan en la injusta repartición de las riquezas y que conciben al hombre como individuo autosuficiente, inclinado a la satisfacción de su interés propio en el goce de los bienes terrenales, sin consideración alguna para con los derechos de los demás; o son, por otra parte, ideologías de inspiración colectivista, que niegan la vocación trascendente de la persona humana y le señalan una finalidad puramente terrena (cf. Instrucción sobre libertad cristiana y liberación, n. 13). Frente a estas concepciones incoherentes con vuestra tradicional cultura cristiana, quiero repetiros ahora a vosotros la invitación que formulé en Santo Domingo a todos los pueblos de América Latina: permaneciendo siempre fieles a los valores de dignidad personal y de hermandad solidaria que el pueblo peruano lleva en su corazón, como imperativos recibidos del Evangelio, resistid a la tentación de quienes quieren que olvidéis vuestra innegable vocación cristiana (cf. Discurso en Santo Domingo, 12/10/1984). 3. El interés por la cultura es, en primer lugar, un interés por el hombre y por el sentido de su existencia. Así lo afirmé en mi discurso a la UNESCO hace algunos años: "Para crear la cultura hay que considerar íntegramente, y hasta sus últimas consecuencias, al hombre como valor particular y autónomo, sujeto portador de la trascendencia de la persona. Hay que afirmar al hombre por él mismo, y no por ningún otro motivo o razón: ¡únicamente por él mismo! Más aún, hay que amar al hombre porque es hombre, hay que reivindicar el amor por el hombre en razón de la particular dignidad que posee" (Discurso a la UNESCO, 2/6/1980, 10). La cultura debe ser el espacio y el vehículo para que la vida humana sea cada vez más humana (cf. Redemptor hominis, 14; Gaudium et spes, 38) y pueda el hombre vivir una vida digna, conforme al designio divino. Una cultura que no está al servicio de la persona no es verdadera cultura. La Iglesia hace, pues, una opción radical por el hombre al plantearse la evangelización de la cultura. Su opción, en consecuencia, es la de un verdadero humanismo integral que eleva la dignidad del hombre a su verdadera e irrenunciable dimensión de hijo de Dios. Cristo revela el hombre al hombre mismo (cf. Gaudium et spes, 22), le devuelve su propia grandeza y dignidad, permitiéndole redescubrir el valor de su humanidad que por efecto del pecado se había oscurecido. ¡Qué inmenso valor debe tener para Dios el hombre, que ha merecido tan grande Redentor! Por consiguiente, la acción de la Iglesia no puede conjugarse con la de aquellos "humanismos" que se limitan a una visión exclusivamente económica, biológica o psíquica. La concepción cristiana de la vida está siempre abierta al amor de Dios. Fiel a esta vocación quiere mantenerse por encima de las distintas ideologías para optar sólo por el hombre desde el mensaje liberador cristiano. "La Iglesia como he indicado en mi reciente Encíclica Sollicitudo rei socialis no propone sistemas o programas económicos y políticos, ni manifiesta preferencias por unos u otros, con tal que la dignidad del hombre sea debidamente respetada y promovida, y ella goce del espacio necesario para ejercer su ministerio en el mundo" (n. 41). 4. Esta opción humanista desde la óptica cristiana supone, como toda opción, la vivencia clara de una escala de valores, pues éstos son el sustento de toda sociedad. Sin valores no hay posibilidad real de construir una sociedad verdaderamente humana, pues ellos determinan no sólo el sentido de la vida personal, sino también las políticas y estrategias de la vida pública. Una cultura que ha perdido su fundamento en los valores supremos se vuelve necesariamente contra el hombre. Los grandes problemas que afectan a la cultura contemporánea tienen su origen en ese querer marginar la vida personal y pública de una recta escala de valores. Ningún modelo económico o político servirá plenamente al bien común si no se apoya en valores fundamentales que respondan a la verdad sobre el ser humano, "verdad que nos es revelada por Cristo, en toda su plenitud y profundidad" (Dives in misericordia, 1.2). Los sistemas que elevan lo económico a la condición de factor único y determinante del tejido social están condenados por su propio dinamismo interno a volverse contra el hombre. Lo cierto es que solamente acudiendo a las capacidades morales y espirituales de la persona, se obtienen cambios culturales, económicos y sociales que estén verdaderamente al servicio del hombre, pues, el pecado, que se encuentra en la raíz de las situaciones injustas, es, en sentido propio y primordial, un acto voluntario que tiene su origen en la libertad de cada persona. Por eso, la rectitud de las costumbres es condición para la salud de toda la sociedad (cf. Instrucción sobre libertad cristiana y liberación, n. 75). 5. Dentro de la inmensa tarea de evangelización a la que estamos llamados como Iglesia, la evangelización de la cultura ocupa un lugar preferencial (cf. Puebla, 365 ss). Ella debe alcanzar a todo el hombre y a todas las manifestaciones del hombre, llegando hasta la raíz misma de su ser, costumbres y tradiciones (cf. Evangelii nuntiandi, 20). La evangelización de la cultura supone un esfuerzo por salir al encuentro del hombre contemporáneo, buscando con él caminos de acercamiento y diálogo para promocionar su condición. Es un esfuerzo por comprender las mentalidades y las actitudes del mundo actual e iluminarlas desde el Evangelio. Es la voluntad de llegar a todos los niveles de la vida humana para hacerla más digna. De esta manera dignifica los modelos de comportamiento, los criterios de juicio, los valores dominantes, los intereses mayores, los hábitos y costumbres que sellan el trabajo, la vida familiar, social, económica y política. Evangelizar la cultura es promover al hombre en su dimensión más profunda. Por ello, se hace a veces necesario poner en evidencia todo aquello que a la luz del Evangelio atenta contra la dignidad de la persona. Por otra parte, la fe es fermento para una auténtica cultura, porque su dinamismo promueve la realización de una síntesis cultural en una visión equilibrada, que sólo se puede conseguir a la luz superior de que ella es portadora. La fe ofrece la respuesta de aquella sabiduría "siempre antigua y siempre nueva" que puede ayudar al hombre a adecuar, con criterios de verdad, los medios a los fines, los proyectos a los ideales, las acciones a los patrones morales que permitan restablecer en nuestro hoy el alterado equilibrio de valores. En una palabra, la fe, lejos de ser un obstáculo, es fuerza fecunda para la creación de la cultura. La acción evangelizadora de la cultura en el Perú de hoy y del futuro debe partir de un hecho consignado por la historia: la primera evangelización cuyo inicio pronto cumplirá 500 años modeló la identidad histórico cultural de vuestro pueblo (cf. Puebla, 412, 445-446) |