EL ÁRBOL DE LA NAVIDAD
La tradición del árbol de navidad tuvo su origen en una leyenda europea que ha sido transmitida de generación en generación. Esta relata que una noche de frío invierno, un pequeño niño buscó refugio en la casa de un leñador, quien lo acogió y le brindó comida.
Se dice que durante la noche el niño cambió su aspecto y se convirtió en un ángel, vestido de oro de pies a cabeza. Era ni más ni menos que el niño Dios. Para recompensar la bondad de los dos ancianos, tomó una rama de pino y les dijo que la sembraran y cuidaran, prometiéndoles que cada año el arbolito daría frutos. Y la promesa se cumplió: aquel árbol dio manzanas de oro y nueces de plata.
Otros datos históricos señalan que en los intensos inviernos de Alemania los árboles perdían sus hojas, por lo que los germanos inventaban adornos para vestirlos con el fin de atraer a los espíritus buenos.
También se dice que engalanaban sus árboles para que las cosechas siguientes fueran más productivas, y lo hacían sólo en la noche más larga de invierno. Manzanas o piedras pintadas eran los adornos preferidos que utilizaban como atuendo. De allí proviene el origen de la decoración con bolas de cristal, telas, moños o luces, los que se incorporaron al tradicional árbol navideño hacía el año 170 en Bohemia (Italia).
El histórico Árbol Navideño esta especialmente afianzado en Alemania y en otros países del centro de Europa. Pero en otros lugares del mundo como en Noruega y Holanda, el árbol no solo es una tradición sino un símbolo de unión y hermandad entre los países. Por eso cuando llega la época de diciembre, el estado noruego envía a los holandeses un pino gigantesco que se siembra y se viste con miles de luces en la ciudad de Ámsterdam.
La costumbre también ha llegado hasta el lejano oriente. En China, esta cultura milenaria no utiliza pinos, sino que prefiere embellecer los naranjos que retoñan y florecen cada diciembre como símbolos de la felicidad.
En cambio en el Japón, estas festividades tienen un significado de amor hacia los niños, lo que se ve plasmado en los verdes árboles que engalanan a Tokio, decorados con cascabeles de vidrio, abanicos de colores y papel dorado.