En el día de la Inmaculada Concepción

Arzobispo de Lima ordenó a 5 diáconos en la Catedral de Lima

La Arquidiócesis de Lima cuenta, desde el miércoles 8 de diciembre, día de la Inmaculada Concepción, con cinco nuevos diáconos que recibieron la ordenación diaconal de parte del arzobispo de Lima y Primado del Perú, monseñor Juan Luis Cipriani Thorne, en la Basílica Catedral de Lima.

Ordenación diaconalLa ceremonia litúrgica, en la que se realiza la imposición de manos, tuvo como concelebrantes al nuevo Nuncio Apostólico en el Perú, monseñor Rino Passigato, y al obispo auxiliar, monseñor Alberto Brazzini. Los nuevos diáconos son César Ccollque Quispe, Henry Infante Lecaros, Jaime Calvo Zárate, Luis Ángeles Méndez y Segundo López Zumaeta.

Dos de ellos habían realizado su vida profesional durante muchos años, pero el camino de Dios pudo más en sus vidas. Luis Guillermo Ángeles, de 43 años, es ingeniero civil, profesión que ejerció durante 14 años hasta que ingresó al Seminario de Santo Toribio.

Jaime Calvo, por su parte, era Mayor de la Policía Nacional, institución a la que sirvió por 21 años, hasta cuando sintió el llamado de Dios. A sus 45 años de edad siente haber realizado su verdadera vocación: convertirse en soldado de Cristo.

El rector del Seminario de Santo Toribio, monseñor Carlos García, fue el encargado de presentar a los postulantes al diaconado y dar testimonio de su preparación para el acto. Por su parte, los presentados prometieron pública obediencia al Arzobispo y a la Iglesia luego de haber confirmado su deseo de desempeñarse en el ministerio del diaconado.

Durante su homilía monseñor Cipriani resaltó la importancia y labor de las madres, el amor filial al Señor y el compromiso cristiano de seguir las huellas de Cristo siempre de la mano de nuestra Madre, María.

María, modelo de madre

La antífona de la entrada de la misa de hoy, pone en nuestro corazón estas palabras: "Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios". Y es que la solemnidad de nuestra Madre, bajo la advocación de la Inmaculada Concepción produce en nuestro corazón sentimientos de ternura, de cariño, hace que nuestro corazón desborde de gozo.
Quisiera resaltar, al empezar estas palabras, el papel tan importante de las mamás en la vida, en la formación, en la vocación, especialmente cuando el señor nos llama a una entrega total a su ministerio. La madre del sacerdote de alguna manera es la imagen de la madre del "sacerdote eterno"; es decir, es la imagen de María, que siempre es modelo.

Algunos tenemos a nuestra madre descansando junto al Señor, otros tienen su mama junto a ellos, pero a todas ellas quiero decirles, en nombre de Dios, ¡Gracias por la educación, por la formación, por todo lo que han hecho para que estas vocaciones, a través de esa mediación humana, encuentren el camino divino!


También les doy gracias a los papás y a las familias, que es el lugar donde el 90 % de las vocaciones se cultivan, se consolidan y crecen. Elevamos por todos ellos una oración hacia el señor a través de nuestra madre, Santa María. Y en este día de fiesta, pido un recuerdo muy especial de agradecimiento por nuestras madres, que tengamos el propósito de acompañarlas, de amarlas más.

El amor de Dios

La primera lectura del génesis nos ha relatado sobre el pecado original; es decir, la caída de nuestros primeros padres. Quiero referirme a las palabras de Dios cuando, después de este pecado empieza a pasear por el paraíso preguntando ¿dónde estás?. Esa escena demuestra que la búsqueda de Dios es constante y su amor hacia nosotros es infinito, desde el primer momento.

Cuando Adán y Eva han pecado, aparece rápidamente nuestro Dios diciendo ¿dónde estás?. Y ese amor de Dios para todos nosotros es un don y una tarea, es un regalo que hay que cultivarlo, especialmente en un clima de oración diaria. ¡La acción más humana y más divina de la criatura con su Creador es la oración, es el levantar el corazón, el contemplar la maravillosa sabiduría, la bondad, la generosidad, la entrega!

La verdadera cruz

Por eso, hay que afrontar sin miedo ese amor que tiene raíces en forma de cruz, pero de una cruz alegre, gozosa, en la que está Cristo que me dice: "Mi yugo es suave, mi carga es ligera, vengan a mi todos los que están agobiados, que yo los confortaré".

La tarea de amar a Dios pasa por esa escalera, pero de una cruz que es el trono del amor, de la redención; por ello, las exigencias para ustedes que van a recibir el diaconado, especialmente la exigencia del celibato, la entrega total e indivisa del corazón, les llevará a luchar constantemente con sinceridad, sabiendo que ese gran amor que permite la entrega total es una gracia muy especial.

El valor de la castidad

No tienen razón aquellos que hablan del peso de la castidad. El beato Josemaría decía: "¿Acaso a los pájaros no les pesan las alas? ¿Y no son las alas las que les permiten volar alto?". Hermanos, esa gracia del celibato supone un esfuerzo y una entrega total, pero es lo que permite volar para la entrega al amor de los amores, para que toda la vida sean enamorados, hombres especialistas en el amor. Porque eso significa ser un sacerdote, y eso es lo que empiezan a ser ustedes a partir de hoy como diáconos.

Llamada a la santidad

En la segunda lectura de hoy, en la carta a los Efesios, vemos unas palabras que son muy fuertes para todos. Dice: "Él (Dios) nos eligió en la persona de Cristo antes de crear el mundo, para que fuésemos santos". Es decir, Dios, antes de crear el mundo, nos eligió a iniciativa suya porque ha querido elegirnos, sin mérito de nuestra parte, para que seamos santos.

En el concilio Vaticano II, en la constitución Lumen gentium, la Iglesia ha querido recordar a toda la humanidad que todos, sea cual fuera nuestra condición, podemos lograr la santidad viviendo la vida "en" Cristo, "con" Cristo, "por" Cristo, que nos dejó sus huellas, que son los sacramentos que nos conducen a ese testimonio de fe. Y esa llamada a la santidad pide la respuesta del hijo pródigo. Porque todos volvemos a la casa del Padre cuando sentimos el peso de nuestras limitaciones y caídas.

La reconciliación, camino al Padre

El hijo prodigo nos ha dejado una parábola llena de luz, de gozo, de misericordia, para que nadie pueda sentirse lejos de su Padre. Y ese hijo pródigo me habla de volver a Dios cada día mediante la confesión.
Futuros diaconos, queridos hermanos sacerdotes: ¡Confesión frecuente, no sólo para administrarla sino para recibirla! ¡Hermanos, sacramento de la reconciliación, del gozo, de la paz, de la alegría! Ese es el camino del retorno al Padre, el camino de la santidad.

La dirección espiritual, es una petición muy especial del Pastor, que también pido a los sacerdotes. Necesitamos acudir frecuentemente a abrir nuestra alma de par en par. El rezo del Santo Rosario, que a nuestra Madre le gusta tanto, la meditación diaria de la palabra de Dios, la piedad, luchar contra ese activismo, protagonismo. ¡Hermanos: tiempo para lo sagrado, tiempo para el misterio, tiempo de recogimiento! De esa manera reconquistaremos el espacio del misterio sagrado, el cuerpo de Cristo, la eucaristía.

Queridísimos postulantes a diáconos, sacerdotes y fieles, tengan la emoción del silencio, del recogimiento. No hay excusas para no orar, para no acudir al confesionario a limpiarse de los pecados. Cada uno, en su quehacer diario, debe tener momentos de silencio interior para establecer ese maravilloso encuentro con nuestro Padre Dios. La Iglesia, que se asoma a los 2000 años, lo dice el santo padre, es tiempo nuevo en su ardor, en su alegría, en su ilusión.

Somos hijos de Dios

Finalmente, el evangelio de hoy nos presenta esas palabras maravillosas del ángel a la Virgen: "¡Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo! Por eso, el motivo de nuestra alegría, de nuestro gozo, es la filiación divina, porque somos hijos de Dios.

Nos dice el Papa en la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones: "Una llamada especialmente a los jóvenes: ¡Salgan al encuentro de Jesús Salvador, ámenlo, adórenlo en la eucaristía, es nuestro amigo, amigo de todos, particularmente de los jóvenes, tan necesitados de confianza y amor! Él les puede dar la valentía para ser sus apóstoles. El año 2000 será como ustedes, jóvenes, lo quieran y lo construyan. Después de tantas épocas de violencia, de secularismo, de relativismo moral, de pragmatismo sin rostro humano. Cuando tanta juventud ha navegado entre dudas y preguntas, hermanos: ¡Tendamos un puente de reconciliación del hombre con Dios!".

Seamos como Cristo

Necesitamos sacerdotes fieles, que sean imagen y vida de Cristo. Jóvenes, tengan confianza y amor, dejen fuera la duda, asuman el compromiso, cumplan la palabra dada. Dice el papa: "El tiempo del hombre sin vocación -como llama a esta época de confusiones-, reclama que crean en la vida y la acojan, que aprendan a cultivar el verdadero amor, jóvenes valientes, con el corazón y la mente abiertos a ideales altos y generosos para restituir la belleza de la vida".

Madre nuestra, danos la humildad, protégenos de la soberbia a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. ¡Que la alegría, señal de la filiación divina, esté siempre con nosotros, que sea un amor de fondo, serio, de compromiso!

 

 

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