En el día de Navidad

Arzobispo de Lima inauguró el Año Santo


Con una misa concelebrada en la Basílica Catedral de Lima, el Arzobispo de Lima y Primado del Perú, monseñor Juan Luis Cipriani Thorne, declaró inaugurado el Jubileo 2000 en la Arquidiócesis. Fue durante la celebración eucarística por la fiesta de Navidad. Momentos antes encabezó una nutrida procesión desde la Basílica del Rosario, en el Convento de Santo Domingo, de donde partió acompañado de su obispo auxiliar, monseñor Alberto Brazzini, de sus vicarios generales, monseñores Salvador Piñeiro y Octavio Casaverde y de numerosos sacerdotes, religiosos, seminaristas y fieles.

La procesión, que representa a nuestra Iglesia peregrina en la tierra que, encabezada por el Santo Padre, visita todos los lugares del mundo llevando la palabra de Dios, llegó hasta las puertas de la Catedral e hizo su ingreso a las 11 de la mañana ante el entusiasta aplauso de los asistentes. Allí el Arzobispo de Lima levantó la Biblia e ingresó a la sede primada como señal de la entrada del pueblo de Dios al Año Santo.

La misa estuvo concelebrada por el obispo auxiliar, los dos vicarios generales del Arzobispado y por el encargado de negocios de la Nunciatura Apostólica, monseñor José Antonio Almandoz. Asistieron al acto litúrgico diversas autoridades religiosas, políticas y civiles.

Durante su homilía, monseñor Cipriani, señaló que "cada creyente debe acoger la invitación de los ángeles que anuncian incesantemente: 'Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor'. Por bondad divina, por iniciativa de Dios, ¡qué importante es meditar lo que el Señor, en este Jubileo, en este año largo, tiene preparado para la humanidad entera, para nuestro país, para nuestra familia, para cada uno de nosotros!".

"Les puedo asegurar que hay una esperanza muy grande que brota del pontificado de Juan Pablo II, desde hace muchos años; una peregrinación que el Santo Padre lleva adelante desde mucho tiempo atrás para prepararnos con jubilo, con trabajo, con oración, con la entrega total de su vida, para hacer ingresar a la Iglesia al tercer milenio", agregó.

Al referirse al sacramento de la Reconciliación, advirtió: "Cuando una persona comete una ofensa grave y se aparta de su Creador, de su Dios, de su Padre, necesita recurrir al sacramento de la Reconciliación. El sacerdote, en nombre de Cristo, absuelve la pena y entonces vuelve a unirnos con Dios. Se produce, de esta forma, el milagro de la conversión, que no es sólo un sentimiento, que no es sólo una sensación, no, es el misterio maravilloso de la misericordia de un Dios que al hacerse niño nos abre las puertas a la redención".

"Por eso le pedimos a este niño pequeño que acaba de nacer, indefenso, hermano y amigo, que ilumine nuestros corazones para que al sentir la fuerza del pecado tengamos esa enorme obligación y deseo de acudir al sacramento de la Reconciliación. Porque la pena eterna ante el pecado grave es absuelta mediante la confesión. Y la Iglesia, como madre nuestra, sale al encuentro de toda la humanidad para decirnos que esa deuda, que se llama la pena temporal, esta sanada", manifestó, haciendo alusión al Nacimiento de Jesús.

Al tocar el tema de la crisis social que estamos viviendo, fue claro en demandar prepararnos para estar "aptos para entrar al tercer milenio en un nuevo estilo de vida, en un nuevo ritmo de amor, gracias a esa comunión de los santos, a esa indulgencia. ¡Señor, toca las campanas de los corazones de este mundo que tantas veces se detiene sólo ante lo que toca, ante lo que ve, ante lo que disfruta! ¡Jesús, abre los corazones en todas las latitudes, porque tú así lo quieres!".

El arzobispo Cipriani, en un momento de su homilía, se dirigió a los presentes con energía para recordarles: "¡Hermanos, es un privilegio y al mismo tiempo una responsabilidad el que nos haya tocado vivir este cambio de milenio, porque es tal la esperanza que tiene la humanidad, es tal la fe que nos empuja la presencia y el ejemplo del Papa Juan Pablo II, que sabemos que el amor de Dios hará maravillas, en todos los órdenes!".

En otro pasaje de su mensaje, y citando al Papa Juan Pablo II, pidió un cambio de la estructura económica del mundo para que los pueblos adquieran, como hace siglos, la remisión o algún mecanismo por el cual vean aliviada la enorme carga de una deuda que hace más pobres a los pobres para promover una vida más humana, más digna y más cristiana. "¡Que este año de gracia toque el corazón de cuantos tienen en sus manos los destinos de los pueblos!", reclamó.

Finalmente, monseñor Juan Luis Cipriani hizo un pedido a la Virgen: "Corazón dulcísimo de María: prepáranos un camino seguro. Que todos nos sintamos, como Iglesia, jubilosos ante este anuncio de abundancia de gracias para ser mejores hijos de Dios Padre, mejores hermanos de Dios Hijo, y para dejarnos aconsejar por el Espíritu Santo. Y que, con María y José, cuidemos permanentemente a ese niño que nos ha nacido para el perdón de nuestros pecados".

 

 

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