Lima, 2 de diciembre de 2001

   
 

CARDENAL JUAN LUIS CIPRIANI HACE LLAMADO A LA UNIDAD DE LOS PERUANOS ALREDEDOR DE LA IGLESIA

Arzobispo de Lima invocó a que no dejemos que nadie pueda, ni tocar ni mancillar a Nuestra Madre, la Iglesia

El Arzobispo de Lima y Primado de la Iglesia peruana, Cardenal Juan Luis Cipriani, expresó hoy su sentimiento de perdón e hizo un llamado a serenar los ánimos, y no utilizar los hechos sucedidos, con otros fines que no sean "la reparación, el deseo de unidad entre todos los peruanos, y la unidad alrededor de una fe común".

En ese sentido, el Primado de la Iglesia peruana invocó la memoria de sus antecesores en el cargo de Arzobispo de Lima, "para que sepamos, con respeto por la Verdad, con serenidad, saber tener ese ánimo grande, magnánimo; yo perdono, la religión nuestra tiene esa maravillosa alegría, es el Dios del perdón, el centro de nuestra vida está en la cruz, y el centro de nuestra vida está en la alegría de la resurrección".

Durante la homilía de la tradicional misa dominical en la Catedral de Lima, el Cardenal señaló que el tema "no es, ni debe ser, un planteamiento político, es exclusivamente un amor a la Iglesia; no dejemos que nos confundan, no dejemos que esto cambie de escenario; el daño y el dolor es el de Cristo, de la Iglesia, especialmente de los que la representamos en la jerarquía, pero abarca a todos los corazones. No debe levantar indignación ni violencia, debe levantar perdón, pero perdón que requiere de arrepentimiento, y que requiere de rectificación".

El Primado advirtió, "no dejemos que se pierda la sensibilidad hacia nuestra Madre, no nos acostumbremos jamás a que nadie pueda ni tocar ni mancillar a Nuestra Madre, la Iglesia". Por ello, instó a los peruanos a luchar "contra nuestros pecados, nuestras envidias, nuestras mentiras, nuestras manipulaciones, nuestras falsificaciones; contra el rencor, las amarguras que no se olvidan, las heridas que no se cierran, y las pugnas políticas que se enconan".

Asimismo, el Arzobispo de Lima recordó que fue "el enorme cariño, el enorme amor a la Iglesia, el nos ha obligado a pasar por esta circunstancia; la Iglesia no es mía, no es de nadie, es de Jesucristo. Pero cuando un Cardenal asume una responsabilidad, al ser creado cardenal con el Papa, jura defender con su vida y con su sangre, la integridad, la pureza de la fe, del depósito que Dios nos ha dado, y que hoy nos toca cuidar y guardar".

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