Lima, 26 de octubre del 2003

 
 

OBISPO AUXILIAR CELEBRÓ MISA DE ACCIÓN DE GRACIAS POR BEATIFICACIÓN DE MADRE TERESA DE CALCUTA

Misa fue concelebrada por Obispo Castrense, Monseñor Salvador Piñeiro, y Obispo emérito de Juli, Monseñor Raimundo Revoredo, en la Catedral.

Monseñor José Antonio Eguren“El mensaje central que la Madre Teresa de Calcuta -una santa de nuestros tiempos- nos deja al inicio del tercer milenio, es el llamado a recordar el valor y la dignidad de cada hijo de Dios, creado para amar y para ser amado”, señaló el Obispo auxiliar de Lima, Monseñor José Antonio Eguren, durante la Misa de Acción de Gracias celebrada en la Catedral por la beatificación de la religiosa.

Durante el oficio religioso, concelebrado por Monseñor Salvador Piñeiro, Obispo Castrense, y Monseñor Raimundo Revoredo, Obispo Emérito de Juli, las integrantes de la congregación Misioneras de la Caridad -fundada por la Madre Teresa- y los fieles limeños, oraron para que los pobres del mundo puedan encontrar en su prójimo, la ayuda espiritual y material necesaria.

“La frase de la Madre Teresa "hay que amar hasta que duela", refleja esa altísima dignidad de la persona humana, porque solamente amando así el corazón humano se despliega y se colma de felicidad. También hay que tener en cuenta lo que ella decía sobre la verdadera pobreza: “la más terrible de las pobrezas es la de no ser amado”, afirmó el Obispo durante la homilía de la misa dominical.

Monseñor Eguren recordó también la última visita realizada por la Madre Teresa al Perú, en 1989, en una época donde se imponía la violencia en el país. “Recuerdo que ella me dijo: “Padre, para mí las manos son muy importantes, y siempre que me acerco a un pobre, me esfuerzo por tocarlo. Porque ese contacto físico quiere ser un signo de que el otro me importa y que significa algo grande para mí”, rememoró.

“Toda la vida de la Madre Teresa fue un testimonio de la alegría de amar, del valor de las cosas pequeñas hechas con fidelidad, y del valor incomparable de la amistad con Dios; pero sobre todo, de la grandeza y de la dignidad de cada persona humana desde su concepción hasta su muerte natural. Por ello, repito las palabras que dijo al recibir el premio Nóbel de la Paz: “si oís que alguna mujer no quiere tener a su hijo y desea abortar, convencedla para que me traiga ese niño. Yo lo amaré, viendo en él, un signo del amor de Dios”, agregó Monseñor Eguren.

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