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Lima, 8 de setiembre del 2003 |
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| Entrevista
publicada en el diario "El Comercio", "NO HICE PROPAGANDA SOBRE MI LABOR"
El Comercio.- Tiene una debilidad y se llama Baco. No, no. Antes que se levanten los índices acusadores, aclaremos que no nos referimos a ninguna adicción a las bebidas espirituosas, sino a un querendón cachorro labrador de 11 meses que, con su hermoso pelambre negro, se ha ganado el cariño del primado de la Iglesia Católica. Nos recibe en su casa, con deseos de hablar aunque el tema sea poco grato. Empezamos la entrevista: El Comercio.- ¿Ya leyó el informe de la CVR? JLC.- Me he limitado a leer la parte que corresponde a la Iglesia y las conclusiones. Cuando volví a Lima el viernes 29 de agosto tenía un resumen de lo dicho acerca del Arzobispado de Ayacucho y cuando prediqué el día siguiente me centré en esa parte. El Comercio.- ¿Qué piensa sobre la evaluación de la Iglesia Católica? JLC.- Han hecho un balance bastante positivo del trabajo, pero me ha sorprendido que de forma inaceptable la CVR deplore que las autoridades eclesiales de Ayacucho, Huancavelica y Abancay no hayan cumplido con su compromiso pastoral. Es un juicio de valor sobre mi trabajo pastoral, no solo sobre la situación de violencia. No me parece oportuna una polémica, pero sí me sorprende este sesgo porque en Ayacucho se hizo muchas cosas rescatables que no aparecen en ningún punto. El Comercio.- El informe dice que las autoridades eclesiales en Ayacucho tomaron parte por las autoridades civiles y militares. JLC.- En todos los lugares del país la autoridad eclesiástica respeta la autoridad civil, lo que no respalda son sus acciones equivocadas. En ningún lugar el obispo enfrentó a alcaldes o gobernadores. El Comercio.- ¿La gente vivía en Huamanga entre dos fuegos? JLC.- No puedo decir algo así, porque no creo que el Ejército y la policía tuvieran una estrategia de ir contra la población ayacuchana, pero sí le digo que no era fácil encontrar un respaldo. Los militares estaban principalmente en los campos, en patrullas, y en la ciudad estaban en los cuarteles durante el día y recién en la noche ocupaban varios sitios. Lo que yo busqué fue entender la violencia, por qué Sendero Luminoso, y lo que encontré fue una ideología, un pensamiento que quería tomar el poder arrasando a la población. Evidentemente, esto fue favorecido por el olvido, la pobreza y el abandono. Pero no puedo decir que encontré una rebeldía por la pobreza que se tornó en violencia. El Comercio.- El informe rescata algunas anécdotas, como que había un cartel en la puerta del arzobispado que prohibía hacer denuncias sobre DD.HH. JLC.- ¡Eso es falso! No puedo comentar nada. Quien dice eso, miente. El Comercio.- ¿Cómo fue, en todo caso, su relación con la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos, que es uno de los aspectos que más se le critica? JLC.- No sé quién serían los de la coordinadora. Pero recuerdo que un día me envían una carta, firmada por Pilar Coll, diciéndome que no seguía algunos casos que me planteaban. Pero qué ocurría. Había cartas que llegaban desde Alemania, Holanda, Suiza e Inglaterra con un mismo patrón. Esas misivas yo las pasaba al Poder Judicial y al poder militar. Y Coll me criticaba por eso y terminaba diciendo que no era Santa Catalina de Siena, la santa que criticó al Papa por abandonar Roma. Y yo le contesté y terminé diciendo "en lo que estamos de acuerdo es que usted no es Santa Catalina de Siena". Comprendo que esas picas y rencores quedan guardados. Pero sepa una cosa, durante muchos años en Ayacucho no hubo coordinadora ni ningún otro grupo, simplemente porque los mataban. Y yo no controlaba la ciudad para impedirles llegar. El Comercio.- El informe de la CVR también cuestiona su papel respecto a la Comisión Episcopal de Acción Social (CEAS). JLC.- Efectivamente, les dije que no necesitaba su presencia porque a mi buen entender bastaba con la Madre Covadonga, una dominica que tenía una relación estrecha conmigo, la cárcel y la población campesina. Y ella estaba muy identificada con Ayacucho. Se me critica también lo que pasó con OASA. Esta era una ONG que dirigía Cáritas, con el padre Carlos Smith a la cabeza -hizo un trabajo muy bueno-. Pero Cáritas en todo el país está encabezado por un obispo, así que disolvimos OASA e hicimos un directorio. Fue algo administrativo. No puede decirse que por eso se afectó los DD.HH. El Comercio.- Pero hubo muertes extrajudiciales y desapariciones. ¿No habló con las autoridades? JLC.- Yo no he hecho propaganda sobre mi labor pastoral. En el informe de la CVR aparecen mis comunicados, como si estos fuesen la obra más poderosa y audaz. Yo tuve muchísimas conversaciones con alcaldes, autoridades regionales, los rectores de la universidad, con los jefes militares. Con todos ellos hablé sobre a dónde vamos con esta violencia y para decir que si Sendero Luminoso buscaba atemorizar a la población y el Estado también atemorizaba, no saldríamos nunca del círculo de violencia. El Comercio.- Alguien me decía que le faltó salir al campo. JLC.- En los primeros años, monseñor Federico Richter me enseñó el campo... A él hay que darle su valor. Conmigo hacen polémica por el juego político, pero a él hay que reconocerle su valor, su hombría, su afán misionero, su silencio... Pero, bueno, salíamos juntos. Él, con su hábito de franciscano misionero, yo con las prendas de obispo, y dos monjas. Hablo de zonas de constante enfrentamiento. Tambo, San Miguel, Huanta, que está a 40 minutos... Había un laguito, donde era muy frecuente encontrar cadáveres flotando... Es que la muerte se había convertido en una cosa familiar, pero como Iglesia, no abandonamos un solo puesto. Hasta hicimos un equipo itinerante de dos sacerdotes que iban a los pueblos. El Comercio.- Tal vez faltó un atentado en su contra para no ser tan criticado. JLC.- Hasta 1997, cuando ocurrió lo de la residencia del embajador de Japón, no tenía seguridad. Es curioso, estaba convencido de que era difícilmente identificable. Debo haber recibido unas ocho cartas amenazándome que me fuera de la ciudad, que me estaban esperando. Durante los apagones había perifoneos contra mí, hubo llamadas telefónicas: ya te llegará. También aparecí en esas listas anónimas de personas que iban a morir. No hice ninguna denuncia. Todos tenemos temor, pero gracias a Dios pude vivir con una permanente tensión. El Comercio.- Todos somos humanos y podemos errar. ¿Qué cosas no hizo o qué cosas pudo hacer mejor? JLC.- Comprendo que el lenguaje, mi actitud a veces dura, firme y desafiante pudo hacer daño innecesariamente a algunos. Pude haber conversado, por ejemplo, con CEAS y decirles ¿qué desean hacer?. También pude haberles entregado algunas denuncias... Lo que pasa es que yo veía en esa lucha un desbalance, porque pocas veces vi preocupación por llevar consuelo, frazadas, comida a un huérfano o a una viuda. Todo era la investigación, el expediente judicial, pero no estaba la dimensión humana ni la pastoral. Pero algo es cierto, uno no llueve a gusto de todos y haga lo que yo haga, mucha gente no estará de acuerdo. El Comercio.- El informe dice que en general, donde la Iglesia se había renovado según las líneas del Concilio Vaticano II y las asambleas episcopales de Medellín y Puebla hubo más resistencia a la prédica de los subversivos. Donde no, se encontró terreno más fértil para enraizarse. JLC.- Esa frase casi textual se la escuché a un jesuita cuando llegué a Ayacucho. Me parece una generalización muy ligera. Ese es un discurso ideológico, no teológico ni religioso. Si la Universidad de Huamanga hubiera estado dondequiera, el zafarrancho habría sido el mismo. EL Comercio.- También se cuestiona a los obispos Pelach (Apurímac), Sala y Molloy (Huancavelica), todos del Opus Dei. JLC.- No es una coincidencia, es una clara mala intención. Monseñor Pelach es un hombre heroico. Sigue viviendo en Abancay y tiene 87 años. Molloy, un irlandés que habla fluidamente el quechua, que ha paseado por todos sitios... ¡Hay mala fe! Este es un discurso ideológico. El Comercio.- ¿Es un enfrentamiento entre la Iglesia conservadora contra la Iglesia progresista? JLC.- Es un buen titular, pero no. Es una ignorancia teológica, porque el Santo Padre ha hecho del Opus Dei una prelatura, como pudo haber un hecho un movimiento de los neocatecumenales, como en su momento las órdenes de los jesuitas, franciscanos y dominicos hicieron obras maravillosas. Creo que enfrentarnos, cuando el mundo requiere valores, es penoso.
La respuesta de Cipriani llegó el martes desde Europa: "No deja de extrañar que después de dos años de trabajo, la Comisión de la Verdad tenga esta iniciativa de invitarlo". "Si fuera un detalle que no se le preguntó a un heladero sobre algún tema, bueno. Pero no convocar al arzobispo de Ayacucho, cuando Ayacucho era el tema central, es más que un error", acotó el Cardenal. Saludó
la admisión pública de Lerner de que fue un yerro, pero
afirmó que "para la historia de la Iglesia y para la honra
de todos, tenemos derecho a decir que esto no fue un error. Esto es injusto,
porque hacerse un juicio de valor significa escuchar las dos campanadas.
Si no, es solo una opinión".
JLC.- Yo puedo hablar de lo que vi en Ayacucho desde julio de 1988, cuando llegué como obispo auxiliar. Era una situación extrema, muy difícil. De violencia e incertidumbre. "Nadie muere la víspera", era una frase muy usada, como abandonándose en las manos de Dios. Hablo de paros armados constantes, con los mercados y negocios cerrados, con un sometimiento de toda la población a la violencia. No había mucho espacio para trabajar, pero percibí que entre los jóvenes era donde la confusión se concentraba más. Como yo sabía jugar basquetbol -durante diez años fui profesional e integré la selección nacional- un día, sin más explicaciones, fui al colegio Mariscal Cáceres, que es como el Guadalupe de Lima, y me presenté. A partir de ese momento todos los martes y viernes fui para jugar dos, tres horas. Yo aprendí a ver en los jóvenes la confusión y la vivencia dolorosa de sus familias. Y después hice lo mismo en la Universidad San Cristóbal de Huamanga, que estaba injustamente identificada con el senderismo. Fue la única manera que tuve de entrar en contacto con la juventud, porque vida normal no había. No era cuestión de decir "vamos a la catedral y que vengan". No había mucha gente que frecuentara la misa. Más aun, la catedral muchas veces estaba cerrada. Los paros ocurrían sin aviso, así que estaba en la incertidumbre de cómo iniciar un mensaje de optimismo, fe, esperanza y amistad. Finalmente, en los dos grupos deportivos pude hacerlo. Por ejemplo, conseguí recursos y viajamos a Lima para jugar contra tres equipos de acá. Fue gratificante ver que no todo lo de Ayacucho era malo. Lo que pasa es que la gente se olvida, pero en una época decir "yo soy de Ayacucho" era exponerse a ser calificado como terrorista. Había una enorme desconfianza y maltrato del país hacia Ayacucho. Cuando uno ha vivido diez años allá puede tomar conciencia de esa injusticia, porque a Ayacucho se le echó la culpa de una situación que no generó, sino que solo fue donde se inició. Pero más que una estrategia, el deporte fue una manera de ganar confianza. En Sendero Luminoso había desde grupos de aniquilamientos hasta grupos de informantes, pasando por los simpatizantes y los de apoyo democrático, jurídico y médico. En esa variedad de personas sí creo haber estado en contacto con gente que hacía pintas o lanzaba volantes... ¿Un
recuerdo? Había un muchacho cuyo padre lo abandonó a los
12 o 13 años, porque pertenecía a la cúpula senderista,
y un día me pidió ser bautizado. "Te tengo que preparar",
le dije. "Tenemos tres años hablando. ¿No cree que
estoy preparado?", respondió. Al final, tuvo su bautizo, comunión
y confirmación en mi casa. Fue un ejemplo de esperanza.
Lo primero que recuerda es el proyecto Cachi, un gran reservorio de aguas que ampliaría en casi 15 mil hectáreas los campos agrícolas y garantizaría el suministro de electricidad. ¡Ah! Y el proyecto de Camisea, porque será un motor para muchos servicios. "Debería pensarse en un canon de Camisea para Ayacucho", sugiere. En cuanto a medios de comunicación, habla de las carreteras desde Huamanga hacia Huancavelica, Andahuaylas, San Francisco y otras más, porque facilitan el intercambio comercial, cultural y de prestaciones diversas. "Así pueden extenderse el Estado, la civilización y la seguridad", explica. Algo que no puede faltar es el turismo, una riqueza de toda la región. "No se puede hacer una campaña con dos folletos. Necesitamos una promoción muy fuerte, rescatando su valor colonial, las ruinas de Huari, el clima espectacular, la artesanía, la música... Ayacucho es un paraíso en todos esos aspectos". Respecto a la educación, el cardenal refiere que la Universidad San Cristóbal de Huamanga es el centro de la capital ayacuchana. "Los centros superiores que tienen capacidad tanto económica como intelectual podrían solidarizarse en convenios", agrega. Como ejemplo de éxitos se refirió a la bebida gaseosa Kola Real y a la familia Hiraoka. "Ellos son gente que se fue por el terrorismo". Sobre el retorno a las tierras abandonadas, refiere que el problema es que los jóvenes que ya vivieron en una ciudad difícilmente se acomodarán a las costumbres del campo. No obstante, resalta que esto no será posible hasta que no se logre una seguridad plena.
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