Lima, 17 de junio de 2005

 
   
 

Cardenal Cipriani:
“No son tiempos para tener miedo a la verdad”

El Cardenal Arzobispo de Lima, Monseñor Juan Luis Cipriani, relató al Semanario Alba sus impresiones del cónclave. En una entrevista a Cristhian Freeman, reportero del Semanario Alba de España, aseguró que el nuevo Papa es un don de Juan Pablo II el Grande

CF. Participar como elector de un cónclave es una experiencia extraordinaria. ¿Hay un antes y un después, me refiero a una transformación, cuando se asiste a un cónclave? ¿Cuál ha sido su más fuerte impresión?

CC. Definitivamente... he sentido con claridad la fuerza de la oración de millones de personas pidiendo por los cardenales que teníamos la responsabilidad de escrutar la voluntad de Dios para elegir a quien Él quería. Se siente. Son gracias actuales. Quiero decir que son momentos muy especiales de iluminación. Me han ayudado a vivir esta inmensa responsabilidad. Fíjese. Dios pone en manos nuestras -¡qué acto de confianza!- elegir a Su Vicario en la tierra. Sentí esa realidad de la cercanía de Dios. Le pido que me acompañe siempre.

CF. Experimentar en un momento especial la cercanía de Dios... Me acordé del día del magno funeral de Juan Pablo II. Millones vivimos aquel extraño viento, quizá el viento del Espíritu, pasearse soberano entre las glorias y poderes del mundo, por la plaza de San Pedro... Su eminencia estaba allí. Era el funeral de una personalidad excepcional. ¿Santo ‘súbito´?

CC. Los santos los hace Dios con la cooperación heroica de los hombres y mujeres. Se tocaba en la plaza de San Pedro y en el mundo entero la realidad de estar viviendo unos hechos sobrenaturales. Como escribió San Josemaría Escrivá, el santo de lo ordinario, como lo calificó Juan Pablo II, “es Cristo que pasa entre los hombres”. Hemos visto en Juan Pablo II el Grande, el rostro de Cristo, la voz de Jesús, el amor del Espíritu santo, la ternura de María Santísima. En resumen, hemos recibido un don inmenso para la Humanidad con la vida de Juan Pablo II, y la primavera que él anunciaba vendrá. Todo ello se mueve entre las páginas de la Sagrada Escritura que el viento romano agitaba ante nuestros ojos.

CF. Muchos comentaristas, teniendo en cuenta el gran número de católicos latinoamericanos, aventuraron grandes posibilidades para un Cardenal del continente americano. ¿Era razonable o prematura esa hipótesis?

Análisis de este tipo son muy respetables y hasta esperados. Dicho esto, debo insistir a un mundo que muchas veces sólo cree en lo que ve y toca, que busca la verdad en las encuestas y en las corrientes de opinión, en que los caminos de Dios y de su Iglesia son diferentes. Buscamos con la ayuda de la Gracia de Dios qué es lo que Él quiere para su Cuerpo Místico. Como comprenderá, estamos muy lejos de simplificaciones de este tipo. Dios tendrá sus pensamientos y sus tiempos, y cuando éstos lleguen, lo hará de manera clara y de manera ajena a las muy respetables especulaciones periodísticas.

CF. ¿Cuál es, en su diagnóstico, el mayor enemigo de la fe cristiana? ¿Y del hombre?

CC. Sin duda alguna, el relativismo moral que se quiere imponer de manera totalitaria y abusiva desde las nuevas cátedra del pensamiento globalizado. Es un intento de autodestrucción de los mismos cimientos de la sociedad. Esto se refleja en muchos campos. Por ejemplo, en los constantes ataques que sufre la institución del matrimonio y la familia; en los permanentes intentos de manipular la vida humana desde los primeros instantes de su concepción hasta los últimos días de la vejez. Todo ello bajo la careta un tanto cínica de palabras como tolerancia, pluralismo, etc.

CF. Algunos creen que la Iglesia debiera abandonar su doctrina sobre moral sexual. Menos insistencia y rigidez. Más tolerancia y adaptación. Dicen que el sexo es cuestión menor, que sólo compete a la esfera privada de cada individuo, que de ahí nada clave se juega para el ser humano, salvo el control del poder por parte de los eclesiásticos... Dígame Señor Cardenal, ¿Por qué la Iglesia da tanta importancia a la sexualidad, al matrimonio y a la familia?

CC. Me parece que el principio mencionado en la pregunta anterior explica claramente lo que Ud. comenta. La verdad integral del ser humano como persona se juega en el matrimonio y la familia que son los santuarios de la vida, de una vida digna de la condición de persona. Evidentemente, no son asuntos de la esfera privada, porque constatamos que somos seres sociales que nos relacionamos permanentemente entre todos. Así es la naturaleza humana. Por ello es una tarea de servicio a la Humanidad que los hombres y mujeres de buena voluntad estudien y pongan en práctica los medios que tienen a su alcance para impedir que una minoría instale la “dictadura del relativismo” y lo haga nada menos que en nombre de lo que ellos dictaminan que es la democracia, el consenso, la pluralidad y tantas otras palabras que van vaciando de contenido. Me atrevo a presagiar, sin querer ser apocalíptico, que si no se reorientan rectamente los temas de la familia, de la vida, del matrimonio, entre otros, la siguiente generación contemplará el colapso de la vida en sociedad y la instalación de la ley de la selva. Tal vez no lo veremos, pero no hay derecho de dejar en herencia a la juventud este panorama.

CF. Sé que no puedo preguntarle sobre pormenores internos del cónclave y de la elección del Cardenal Ratzinger como Benedicto XVI. Permítame que utilice el pretexto de nuestros lectores. Cuéntenos algo entre lo que es permitido contar. Por ejemplo, antes de ser elegido y después de ser elegido, de Cardenal Ratzinger a Benedicto XVI... ¿Hay una transformación? Y si la hay, ¿es algo repentino o muy paulatino? ¿Cómo ha vivido esa experiencia?.

CC. El Cardenal Joseph Ratzinger –hoy el Santo Padre Benedicto XVI- es un don de Juan Pablo II El Grande para la Iglesia de Hoy. Su compromiso honesto con la verdad preside su intensa vida de estudio y marca el norte de su acción. Su humilde escucha y profunda capacidad de análisis son virtudes que lo hacen muy cercano a todos. Su finura interior le lleva a decir que no gobernarán sus ideas sino la voluntad de Dios. Quienes hemos vivido la inolvidable experiencia del cónclave, agradecemos las oraciones de millones de personas – la mayoría silenciosa- que nos permitió percibir la presencia del Espíritu Santo en esos momentos trascendentales de la vida de la Iglesia. Claramente, y de manera instantánea, hay un paso inefable de quien era el Cardenal Ratzinger a quien es el Papa Benedicto XVI, que ocurre de manera repentina. No lo dejemos solo ante el peso de la responsabilidad que ha recaído en su persona. Acompañémoslo con obras y de verdad, con oraciones y con una actuación coherente de nuestra fe. La Iglesia nos pide acción. Si quieres que la acción sea cristiana, ánclala en la oración.

Así comprobaremos que los tiempos son estupendos, que los desafíos son enormes y que la paz invade nuestras almas. Dios está con sus hijos, y nos espera, cada día, en nuestras obligaciones. ¡Juan Pablo II el Grande!, te pedimos que sigas gritando al mundo aquellas palabras. “No tengan miedo” abran las puertas de sus corazones a Cristo”.

CF. En su criterio, ¿cuáles son las principales claves – oportunidades y riesgos- del catolicismo de América Latina? Tras las reuniones con todos los Cardenales, ¿ha modificado sus puntos de vista?

América Latina ha recibido un legado en la primera evangelización que ha dado abundantes frutos. La cultura en América Latina tiene rasgos cristianos y no renunciamos a ellos. Este hecho, con múltiples dimensiones en la piedad popular, requiere de más vocaciones sacerdotales y religiosas. Aquí está para mí el primer desafío: vocaciones sacerdotales. De manera inmediata añado que es también una prioridad la formación cristiana de las conciencias –especialmente de los fieles laicos- a través del uso del Catecismo de la Iglesia Católica... No son tiempos para miedos ni para negociaciones sobre la verdad revelada. Son tiempos para asumir los riesgos de la libertad cristiana en la permanente búsqueda de la verdad y el bien, y eso comprometiéndose con valentía en la actividad privada y en la pública.

   
 

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