Lima, 18 de octubre de 2005

 
   
 

Celebración de la Eucaristía al Señor de los Milagros

Presidió Monseñor Adriano Tomasi Obispo Auxiliar de Lima

En el marco del 354 aniversario de la celebración del signo y símbolo de la fe en Cristo Crucificado del pueblo peruano fue celebrada la Eucaristía dando inicio a la procesión solemne y grandiosa que acompaña a la Sagrada Imagen que tradicionalmente bendice al pueblo durante el mes de octubre en su recorrido.

Presidida por el Obispo Auxiliar de Lima Monseñor Adriano Tomasi, la Santa Misa fue concelebrada por más de 50 sacerdotes, los Obispos Auxiliares de Lima, Monseñor José Antonio Eguren y Monseñor Carlos García, así como por el Obispo de Estocolmo, Monseñor Andrés Arborelius (que visita nuestro país), el Superior General de la Orden Carmelita Descalza, y el Superior de la Congregación de la Misión Padres Vicentinos .

A continuación la transcripción de la Homilía de Monseñor Adriano Tomasi Travaglia:

Queridos hermanos:

A ejemplo de las mujeres y los discípulos que al amanecer del primer día fueron al sepulcro siendo testigos de la Resurrección del Señor, también nosotros hemos venido temprano a este lugar sagrado de nuestra ciudad, al amanecer de este día consagrado en nuestra tierra al Señor de los Milagros; para celebrar al Señor, renovando una tradición que nos viene de siglos.

A quien fue elevado en la Cruz, pintado en esta efigie por la humilde y anónima mano de un esclavo negro, elevar nuestra mirada y nuestra oración al Señor Crucificado que en estos 354 años se ha convertido en signo y símbolo de la fe de un pueblo agradecido por los innumerables prodigios y favores que ha realizado y viene realizando también en nuestros días, en favor de aquellos que se acercan con fe y le suplican.

El siempre querido y recordado Santo Padre Juan Pablo II ha llamado al mes de Octubre “la Cuaresma peruana”, y lo es, porque no existe en nuestra patria hogar católico o fiel alguno que en estos días santos no viva con mayor fervor su fe y su vocación; no sienta la necesidad de acercarse al confesionario para obtener de la misericordia divina el perdón de sus pecados, por el ministerio de la Iglesia, y el abrazo amoroso del Padre; y no sienta el deseo de mirar con amor a la mujer que está al pie de la Cruz, para confiar a esta Madre las penas y sufrimientos que llenan nuestros corazones, y las dudas y dificultades que vuelven muy duros nuestros días; y contárselo todo a Ella, a la Madre que llena de ternura nos dice: “¡No temas! Aquí estoy a tu lado, como siempre estuve al lado de mi Hijo.”

Nuestro Pastor, el Arzobispo de esta Iglesia de Lima, el Cardenal Juan Luis Cipriani, al comentar el milagro de miles y millones de personas que en este mes morado vienen a participar y vivir estas santas Celebraciones, nos decía: “La Cruz del Señor de los Milagros (a la que miramos con amor y con fe) significa entregar la vida por los hermanos; la imagen del Cristo Morado nos enseña que el amor es más fuerte que el odio y la venganza; significa que no hay fracasos sin esperanza, que no hay sombras sin luz, que no hay tormenta sin puerto de salvación: porque la Cruz del Señor de los Milagros nos dice que el amor es más grande que nosotros, más grande inclusive que nuestros pecados, porque siempre la vida es más fuerte que la muerte”.

Por eso venimos a este lugar sagrado en la Cuaresma peruana: porque aquí se renuevan los prodigios de la misericordia divina y aquí encontramos el refugio seguro del Amor de la Madre buena y santa, para quienes acuden con fe viva y esperanza al encuentro con su Hijo, Jesús Nazareno.

La Iglesia Católica peruana, pueblo de Dios con los Religiosos y los Pastores –ha logrado durante estos tres siglos y medio– no solamente conservar y transmitir de padres a hijos, esta tradición santa y viva del Señor de los Milagros; de forma tal que el cielo y las calles de nuestra ciudad se tornan de color morado en este mes de octubre, y particularmente en estos días en que el inmenso mar humano del pueblo fiel al Señor de los Milagros se desplaza como un río en la procesión solemne y grandiosa que acompaña a la Sagrada Imagen que bendice a esta ciudad y a su pueblo en su recorrido.

Y también en todas las ciudades y caseríos de nuestra patria se vive esta misma fe y se celebra este mismo culto. Aún más, en estos últimos años en muchos lugares del mundo y hasta en países en que los Católicos son tan solo una pequeña Comunidad, allí donde se ha establecido un puñado de peruanos, este culto al Señor de los Milagros se viene convirtiendo en un signo contundente de nuestra fe y también de la peruanidad, y ciudadanos de nuestra América Latina asumen esta fe como propia y celebran la fiesta del Señor de los Milagros, porque lo sienten como un don y un tesoro que les acerca a las tierras de sus padres que han tenido que dejar con el corazón lleno de pena y nostalgia; y porque sienten la fe cierta y la esperanza segura que el Señor de los Milagros les ayudará a conseguir en esas tierras nuevas aquello que han venido a buscar, sin perder sus tradiciones, cultura y fe.

Esta dimensión universal del culto al Señor de los Milagros, la vivimos también aquí en esta Celebración Eucarística en que nos acompañan Obispos, Sacerdotes, Religiosos y fieles venidos de otros países latinoamericanos y también de Canadá, Suecia, España, Estados Unidos, Italia... para unirse a esta Asamblea en la Acción de Gracias a Dios por el gran don que ha dado a su Iglesia. Y también, para pedir con nosotros que el Señor derrame su gracia y su fuerza a fin de que seamos capaces de conservar siempre viva esta Tradición que sirve para el bien de nuestros pueblos y la santificación de nuestras vidas.

Que el Señor de los Milagros, además de concedernos aquellas gracias y dones que pedimos con fe y humildad; nos dé la fuerza de no acobardarnos frente a las modas y a los relativismos imperantes que pretenden acusarnos de ser conservadores porque luchamos para conservar nuestra fe y esta santa Tradición octubrina; conservar sanas y fuertes nuestras familias; defender la vida y los valores que dan a nuestro vivir un sentido y valor de eternidad y de cielo.

Y especialmente ahora en que nuestro país vive circunstancias muy delicadas, pedimos al Señor de los Milagros que nos ayude a asumir con valentía y coherencia nuestras responsabilidades y que todos luchemos para desterrar el atraso y las injusticias que golpean a un gran número de nuestros compatriotas; y pedimos que quienes dirigen los destinos del país también levanten la mirada para fijarla en quien ha sido traspasado por amor, y en él encuentren la fuerza y generosidad de asumir las graves responsabilidades de su servicio con la firme decisión de buscar por sobre todo la justicia, la paz y el bienestar de todos, pero muy especialmente de los preferidos del Señor que son los más pobres, los que sufren, los que son marginados y discriminados.

Retomando nuevamente la palabra de nuestro Pastor les invito, hermanos, a “seguir el ejemplo de la Virgen María y del Apóstol San Juan a quienes vemos a los pies del Crucificado, comprendiendo el dolor como prueba del amor. Acudamos al Señor de los Milagros y tengamos con Él largas e íntimas conversaciones, escuchando las lecciones que nos da este Maestro. Vivamos con coherencia y fortaleza de buenos Católicos la misión que el Señor nos encomienda a cada uno. Y sepamos que el Señor de los Milagros nos llama a todos a hacer grande nuestro Perú, y construir un país digno y fraterno.

¡Qué viva el Señor de los Milagros!

¡Qué viva nuestra Madre, la Virgen María!

 

   
 

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