Lima, 8 de abril de 2007

 
   
 

Mensaje del Cardenal Juan Luis Cipriani por Pascua de Resurrección

Hermanos:

Entro a sus hogares con la alegría del gran mensaje que nos ha traído Dios a la Tierra: ¡Jesucristo ha resucitado! ¡El bien ha vencido al mal! ¡La alegría a la tristeza! ¡La verdad a la mentira!.

A partir de este momento, la Iglesia nos recuerda cada año, que la venida de Jesucristo, su pasión y su muerte, y la resurrección que hoy celebramos, inaugura una nueva orientación, un nuevo modo de vivir, una nueva manera de estar en nuestros hogares, en nuestros trabajos, en los hospitales, en la pobreza, en el dolor, en la muerte. Es una nueva mirada que nos ofrece y que todos llenos de alegría recibimos.

Yo quiero recordar, en estos breves momentos junto a ustedes, palabras del Papa Benedicto XVI, en ese documento tan bonito, en el cual nos habla de la Eucaristía. Nos dice el Papa de una manera preciosa: “la importancia del domingo, día del Señor, de la Eucaristía, nos lleva a darnos cuenta que hay una relación entre la victoria de Cristo sobre el mal, sobre la muerte”. Esa victoria de Cristo que hoy celebramos nos lleva a una misión, a un compromiso: ¿Cómo es mi vida personal?, ¿Cómo he recibido el Cuerpo de Cristo?, ¿Cómo me acerco a la Eucaristía?, ¿Cómo saco esas fuerzas que no son mías?.

Hermanos, realmente queda pequeña nuestra inteligencia, pero con toda la enorme fe que el Señor nos trae, te digo: ¡Feliz Pascua de Resurrección!, a tus seres queridos, a tus hijos, a tus padres, a aquellos que padecen enfermedad, a los que pasan momentos de soledad o de tristeza.

A todos ellos, hoy la Iglesia, -una y otra vez- les dice: no tengan miedo, vive la alegría en ese nuevo modo de vivir cristiano. Llévalo a las calles, al trabajo, llévalo a todos los niveles de tu existencia. Diles con tus obras que Jesús vive, que no es una historia que contamos, que Cristo ¡ha resucitado!.

Nuestra madre la Virgen María, Madre de Dios. Ella es la mujer eucarística, la mujer que nos lleva a frecuentar la Misa dominical, que nos lleva a practicar los sacramentos. Ella es la que hoy se suma a la alegría de esos hogares.

Y yo en nombre de Dios, de Cristo Resucitado, con el cariño del Pastor y de Padre vengo a tu hogar con humildad, para decirte ¡Qué Dios te bendiga!.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Amén.


   
 

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