Lima, 16 de abril de 2007

 
   
 

Los 80 años del Santo Padre

Escribe el cardenal Juan Luis Cipriani

El Santo Padre Benedicto XVI cumple hoy 80 años de vida y, tres días después el día 19 de abril, su segundo aniversario como Sumo Pontífice de la Iglesia Católica. Es el Vicario de Cristo en la tierra y la Cabeza del Colegio Apostólico. Un apretado resumen de su vida nos presenta a una persona nacida en Baviera, de padres alemanes con otros dos hermanos todos ellos católicos. Fue bautizado el mismo día de su nacimiento.

Desde muy joven siente la llamada al sacerdocio y entra al Seminario para formarse. Le sorprende ahí la Segunda Guerra Mundial. Se ordena de sacerdote y desde el primer momento se inclina fuertemente por el estudio, por la música y por la enseñanza. Un gran conocedor e intérprete en el piano de Mozart. Facilidad para las lenguas dominando el griego, el latín y además del alemán, el italiano, el inglés, el francés, el castellano y varias lenguas eslavas. Conoce con profundidad materias de física, biología, historia de la ideas, filosofía política entre otras disciplinas. Realmente es uno de aquellos hombres enciclopedias que muy raramente surgen en los tiempos actuales.

Extraordinario pensador contemporáneo, seguidor de San Agustín y los Padres de la Iglesia. Uno de los mejores teólogos actualmente y probablemente entre los mejores del siglo XX. Participó en el Concilio Vaticano II. Escritor de numerosos libros y tratados de teología. Le gusta el diálogo y acude gustoso a confrontar ideas. Ha tenido extraordinarios encuentros, inclusive con humanistas no católicos. Deslumbra por la creatividad y sencillez con la que expone su pensamiento. De una honestidad intelectual total. Su compromiso con la verdad es un gran don para civilización actual. Sumamente metódico, más especulativo que práctico, desarrolla linealmente sus ideas fundamentándolas siempre con mucho orden.

Esto permite que temas difíciles sean comprendidos y leídos por gente de diversos niveles de cultura. Tal vez por todo esto se comenta en las calles romanas que la gente venía a “ver” a Juan Pablo II y más gente aún viene a “oír” a Benedicto XVI. Por cierto ellos dos fueron amigos entrañables que compartieron sus visiones del mundo y de la Iglesia por más de 20 años en Roma, cada semana. Realmente Juan Pablo II nos ha dejado un legado vivo en Benedicto XVI, con modos diferentes, pero con un fondo muy semejante por buscar ambos conocer mejor al hombre, criatura hecho a imagen y semejanza de Dios. La fe lleva a los dos a identificarse con Cristo, Verdadero Dios y Verdadero Hombre.

Antes de ser elegido Papa, era muy común encontrarlo en los alrededores de la Plaza de San Pedro caminando cada día de su casa a su oficina y viceversa, con su maleta negra y, según sea el clima, con una boina negra y un abrigo; o también alguna vez a media tarde tomando un café en aquellos rincones tan entrañables vecinos a la misma Plaza. Es decir, es una persona muy natural y humana. Con una ternura en el trato que, sin aspavientos ni imágenes de caricatura, sabe escuchar a su interlocutor y tomarse en serio lo que escucha para poder responder con sinceridad y coherencia. Muy ordenado para servir mejor a los demás. De talante alegre y reservado. En suma una gran personalidad envuelta en el manto de una aparente timidez que se descubre más bien como cordialidad y cercanía. Amante del campo, de las montañas y de las tertulias espontáneas.

Personalmente puedo dar mi testimonio afirmando que en la Santa Sede, desde hace muchos años, se le escuchaba con verdadera curiosidad. En reuniones de unas 30 personas, entre cardenales, obispos y especialistas en determinadas materias, todos miraban y esperaban que el entonces Cardenal Ratzinger levantara la mano pidiendo la palabra con humildad. Al hablar lo hacía, habitualmente, de manera breve, concisa y directa ocupando unos 10 minutos con voz pausada. Una vez terminada su intervención todos los que hablaban después se referían a su aporte. Exagerando un poco, diría yo, el tema ya estaba centrado y orientado con su intervención de tal manera que la reunión había logrado su objetivo y podía darse por terminada. He visto este hecho en por lo menos diez oportunidades, en grupos de trabajo de muy buen nivel intelectual y con mucha experiencia.

El mundo que pastorea este Sumo Pontífice está en una situación tambaleante. El esfuerzo de la humanidad se ha concentrado principalmente en lograr avances tecnológicos para producir más y para gozar de un mayor placer. Lo que se describe como una sociedad consumista y hedonista. El mundo de las ideas es bastante superficial. Realmente en muchos casos estamos viendo el facilismo de destruir y no de construir algo nuevo. El espíritu engreído y autosuficiente que no piensa en el futuro que dejará a la siguiente generación. Lógicamente para que esto tenga una vida, aunque efímera, más larga, se envuelve en un relativismo intolerante que el Santo Padre ha calificado valientemente como “la dictadura del relativismo”.

La paz amenazada en el mundo entero. La riqueza distribuida muy desigualmente con las consiguientes lacras de millones de niños desnutridos, ancianos abandonados, enfermedades que diezman las poblaciones especialmente en el África. Un verdadero drama al que los centros de poder dan la espalda cínicamente. Son imágenes para documentales. Son cifras para estudios mundiales. No se quiere reconocer que detrás de cada persona está la dignidad de una criatura de Dios que clama al cielo. Por ello el Papa Benedicto XVI es el Papa de la paz, de la justicia social, de la dignidad de la persona, del matrimonio y de la familia, de los niños. En resumen el Papa sigue la huella de su antecesor Juan Pablo II y ambos siguen a Jesucristo.

La voz que clama en el desierto, como se decía de San Juan Bautista. Voz de Benedicto XVI que nos enseña cómo es el amor de Dios por cada uno de nosotros. Un amor que ha perdido hasta su significado y no encuentra cabida ni en el nuevo vocabulario del nominalismo moderno. Amor que es entrega de Cruz. Amor que es deleite racional integrado al servicio de la persona. Amor que es el motor del mundo. Todo ello lo ha explicado en su primera Encíclica con brevedad y profundidad impresionantes. Ha tocado el núcleo de la existencia humana en el proyecto divino: el amor.

Ante la suficiencia engreída del mundo actual, presenta el Papa el desafío urgente de despertar la razón, chispazo de la inteligencia divina. No acepta el sueño de la razón al servicio de utopías y menos de la violencia. Quiere que el mundo despierte a la responsabilidad de dialogar seriamente entre la fe y la razón. El Papa propone ideas y las expone en todos los ambientes. Muchas veces recibe críticas vacías de fundamento ante la fuerza de sus argumentos. Son simples estertores de la decadente cultura imperante que no se sostiene más. ¿Conservador, progresista? Respondo que real y verdadero. Respondo que es un servidor de la verdad. En su mente y en su corazón resuenan aquellas palabras de Jesucristo, “la verdad os hará libres”.

No es un producto mediático como quisieran muchos. No cabalga en las modas del tiempo como quisiera otros. Es un padre y un pastor que cuida la vida de los no nacidos; es un padre y pastor que enseña el amor hermoso que lleva a un hombre y una mujer al matrimonio, es un padre y pastor que ama a la familia completa de padres e hijos; es un padre y pastor que quiere vernos felices en la verdad de nuestra misión; es un amante de la paz y del amor. Es un enamorado de la vida temporal y eterna y por ello un apóstol para estos tiempos que Dios nos ha regalado y que todos queremos y admiramos mucho.

Este hombre, este Vicario de Cristo, el Papa Benedicto XVI con una grandeza que lo retrata de cuerpo entero, dijo al mundo el día de su presentación en la Plaza de San Pedro: “mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino de ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la Palabra y de la Voluntad del Señor y dejarme conducir por Él, de tal modo que sea Él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia”.

Termino este apretado e incompleto perfil del Santo Padre deseándole muchas felicidades y agradeciéndole por su fidelidad. Lo acompañamos con nuestras constantes oraciones y con nuestra entrega al servicio de la Iglesia, siguiendo siempre sus enseñanzas. ¡Que Dios lo conserve muchos años!

   
 

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