Lima, 29 de agosto de 2007

 
   
 

“La razón de la alegría en nuestra vida es el amor”

En la Solemnidad de San Agustín de Hipona, Doctor de la Iglesia, el Cardenal Juan Luis Cipriani presidió este martes 28 la Santa Misa en la Iglesia del mismo nombre, ubicada en el Cercado de Lima.

El Arzobispo de Lima señaló que estos tiempos son especialmente buenos para acoger la pedagogía de la conversión de San Agustín.“En este tiempo, la gente entiende mejor ese modo del pensamiento de San Agustín, quien de una manera gráfica y asequible nos abre su alma y podemos ver como un maravillo espejo, la vida de Cristo y también la vida de cada uno de nosotros”, añadió.

Comentó que en San Agustín podemos encontrar nuestras luchas, dudas y  pecados. Podemos encontrar también la maravillosa misericordia de Dios encarnada en él y ver la lucha por ser fieles, ese querer sin querer, ese pedir sin pedir que con tanta humildad este santo nos muestra.

Indicó que el santo de Hipona también nos da a conocer la riqueza de amar y ser amado; el descubrir que la razón de la alegría de nuestra vida es el amor.

“Hay que convertirnos, y salir de ese mundo a veces rutinario y frígido, que se contenta con una vida floja. Debemos ir a ese mundo maravilloso del amor, que siempre estará iluminado por el dolor. Por lo tanto, si separamos el amor del dolor será imposible que nos encontremos con la experiencia del amor conyugal, del amor de padres a hijos y el amor al prójimo”, expresó.

Manifestó que debemos abrazarnos con confianza a ese camino de la cruz, y a no tener temor de desprendernos de nuestros pecados, del orgullo y de la comodidad personal.

“Te invito a la cruz de tu propia vida, a dejar atrás esos amoríos pequeños que te invitan a no ser fiel; a dejar atrás los caprichos personales que te alejan del deber; a dejar ese carácter que muchas veces maltrata a los demás y a dejar ese egoísmo que te impide acercarte en la ayuda de los demás”.

Al concluir su homilía, el Pastor de Lima dijo que si no hay una confesión frecuente, es muy difícil que el Señor pueda entrar en nuestra alma. Por otra parte, si no recibimos la Eucaristía con el alma limpia o si nuestra capacidad de amar está cubierta de los escombros del pecado, será muy difícil que nos convirtamos tal como lo hizo San Agustín de Hipona.

   
 

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