Lima, 12 de diciembre de 2007

 
   
 

Homilía del Cardenal Juan Luis Cipriani en la consagración episcopal de Monseñor Héctor Vera, obispo de Ica

(Ica, 8 de diciembre de 2007)

Saludo con especial cariño a todos los fieles de esta Diócesis de Ica, pueblo de Dios tan cercano a todos nosotros en nuestras oraciones y colaboración solidaria en los tiempos de dolor y sacrificio, que han vivido y siguen viviendo a causa del terremoto del pasado mes de agosto.

A sus dignas autoridades civiles, políticas, militares y policiales;
A monseñor Guido Breña, actual administrador apostólico y anterior Obispo residencial por casi 35 años. ¡Gracias, Guido por tu fidelidad en estos largos años al servicio de Ica!
Al querido presbiterio de esta diócesis;
Al Señor Nuncio Apostólico, a los señores Arzobispos y Obispos que nos acompañan;
A todos los sacerdotes, religiosos y religiosas que laboran en esta Diócesis;
A los familiares y amigos del electo Obispo de Ica, Monseñor Héctor Vera.

Muy queridos hermanos en Cristo:

Con gran alegría y profunda emoción tenemos esta celebración de la ordenación episcopal de Mons. Héctor Vera Colona, el día que la Iglesia celebra la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María, Madre de Dios, “comienzo e imagen de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura” (Prefacio Misa del día).

Querido Héctor, como un buen hijo de María, has dado pasos importantes de tu vida en la Solemnidad de la Inmaculada y has querido también recibir la Consagración episcopal en este día.

Mediante la consagración que recibes hoy entras a formar parte del Colegio Apostólico instituido por el mismo Cristo al fundar su Iglesia sobre el fundamento de Pedro y el Colegio de los Apóstoles. Don inmerecido que, a partir de hoy, marcará toda tu vida y tu acción: Sucesor de los apóstoles.

¡Filius meus es tu! palabras del salmo II que has escogido para que presidan tu escudo episcopal. ‘Tú eres mi hijo’, Hijo de Dios en Cristo. Filiación divina que quiere decir fidelidad a la llamada del Padre, corazón abierto hacia todo hombre con el que uno se encuentre, camino en el cual puede faltar incluso donde reclinar la cabeza y, por fin, Cruz, por medio de la cual alcanzar la victoria de la resurrección. De esa filiación divina —tierna y profunda— nace una luz que se proyecta sobre el misterio de nuestra vocación en la fe y, especialmente, sobre el misterio de nuestra responsabilidad y el valor que necesitamos para corresponder a esa vocación.

El Obispo debe ser aquel que procede con valentía y no se deja detener antes de haber cumplido todo lo que Dios le pide. En efecto, nuestra misión es un continuo abrirnos a la inmensidad de Dios a través de la oración y del sacrificio para llevar hacia Dios a todos los hombres. Como verás y comprobarás diariamente, el ser miembro del Colegio Apostólico conlleva una inmensa responsabilidad. Es fruto de una decisión divina — derecho divino— y nos compromete a vivir rectamente, santamente. El Colegio Apostólico, esencialmente diferente de cualquier otra forma de asociación, nos une al Santo Padre de una manera muy especial —cum Petro y sub Petro— para servir a la Iglesia universal a través del servicio a la respectiva iglesia local. Participación en esta comunión de fe, de testimonio, de amor y de responsabilidad es el don que recibirás hoy junto con la consagración. ¡Qué grande es este don! ¡Daremos especial cuenta a Dios de ello! ¡Es mucho lo que nos da el Señor y por lo tanto mucho lo que nos pide!.

“Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8, 32). Esta es nuestra tarea y, al mismo tiempo, nuestro apoyo. Hay que dar el testimonio de la verdad. Seguramente nos encontraremos con dificultades lo que no tienen nada de extraordinario. Es más, forman parte de la vida de fe: “la capacidad de sufrir por amor a la verdad es un criterio de humanidad” (Spe salvi, n.39).

“Conozco a mis ovejas” son palabras del Buen Pastor. Para ello es necesario estar con ellas en tu oración delante del Santísimo Sacramento, dedicarles todo el tiempo, visitarlas, escucharlas, enseñarles. Esto requiere tu dedicación exclusiva a esta tarea de ser Obispo en este lugar concreto en el que la Iglesia te ha puesto. Grave responsabilidad que los Obispos debemos conjugar con otras actividades, pero nunca a costa de abandonarla. Las almas nos llaman cada día y todos los días nos esperan en esta misión episcopal. Por eso, el deber de residencia que se nos impone, es muy importante vivirlo con extrema delicadeza y fidelidad. “Stabat Mater”. Hoy que contemplamos a María, vemos que Ella ‘estaba’ al lado de su Hijo en la Cruz, y luego en el Cenáculo con el Colegio de los apóstoles confirmándolos en la fe. Aprendamos a servir a la Iglesia estando en nuestra Diócesis.

San Agustín, Obispo de Hipona, nos ha dejado unas lecciones maravillosas a los Obispos: “Si me amas, piensa que no te apacientas a ti mismo, sino a mis ovejas; apaciéntalas como mías, no como tuyas; busca en ellas mi gloria, no la tuya; mi dominio, no el tuyo; mi ganancia, no la tuya; no participes del sentir de aquellos que pertenecen a los tiempos peligrosos, los que se aman a sí mismos (...) El peor mal que hay que evitar en los que apacientan las ovejas de Cristo es el buscar sus propios intereses y no los de Jesucristo, destinando a su propia utilidad a aquellos por quienes ha sido derramada la sangre de Cristo”

Este servicio que nos pide Dios a todos los obispos nos lleva permanentemente a un deseo de conversión.  Somos conscientes de nuestras limitaciones como lo era san Agustín.

Llegas a esta Diócesis, Héctor, en circunstancias que todos conocemos. Eres una nueva señal de esperanza que el Santo Padre envía con tu presencia. Precisamente en la reciente Encíclica nos recuerda que “la grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre” (S.s. N.38). El pueblo que te acoge es profundamente religioso y ha sabido ofrecer las dificultades cotidianas dándoles un sentido purificador. La presencia del Señor de Luren, enraizado en cada uno de nuestros hermanos y en sus hogares, será siempre una señal de fortaleza y de ánimo en tu trabajo para impulsar la reconstrucción material y espiritual de las familias en Ica, Chincha, Pisco, Nazca y en todos los pueblos y caseríos que componen esta preciosa parcela de la Iglesia.

El amor de Cristo Salvador te ha traído a esta hermosa y acogedora tierra de la diócesis de Ica, pidiéndote salir de tu tierra chiclayana para dar fruto en otro sitio con su gracia, un fruto destinado a permanecer. Nuestro queridísimo Juan Pablo II nos dejó una tarea para el siglo XXI: Hacer de la Iglesia escuela y casa de comunión. Como Arzobispo Metropolitano exhorto a todos los sacerdotes, religiosos, catequistas y fieles laicos que acojan a su Pastor en este espíritu de profunda unidad y obediencia. Abran sus corazones para que Monseñor Héctor se sienta en su casa y estoy seguro que él sabrá entrar en sus corazones con su entrega y afecto de pastor.

Las palabras del Salmo II que has escogido como lema de tu escudo episcopal y que ya hemos comentado: “Filius meus es tu”, asociadas a esta Solemnidad litúrgica de la Inmaculada Concepción de María, adquieren un significado muy especial: pienso que has querido ponerte especialmente en las manos de María Santísima como un buen hijo, para que te guíe, acompañe y presida tu misión de Pastor de esta porción del Pueblo de Dios -la diócesis de Ica- que el Santo Padre te ha confiado. Que Nuestra Señora del Rosario de Yauca te bendiga abundantemente y contigo a todos estos queridos fieles de Ica.

Así sea.

   
 

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