Lima, 30 de marzo de 2007

 
   
 

Homenaje en su aniversario 90

Por Cardenal Juan Luis Cipriani

La propuesta de una Universidad Pontificia y Católica ha sido siempre un deseo firme de los romanos pontífices y también lo es del santo padre Benedicto XVI, de la Santa Sede en su conjunto y de la Congregación para la Educación Católica en particular. Como gran canciller de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), que celebra felizmente 90 años, comparto con el rector, los decanos, los profesores, los estudiantes y los administrativos la defensa de su autonomía universitaria. Deseo fervientemente que mantenga vivo su espíritu fundacional, su criterio emprendedor y su desarrollo orgánico; que sea cada día más consciente de que la fidelidad a la doctrina católica es sinónimo de fidelidad a la cátedra de Pedro, la cual enriquece el diálogo entre fe, cultura y ciencia. Estos años lo demuestran.

Entiendo cada universidad católica como el conjunto de maestros y estudiantes animados por el mismo amor al saber. Su tarea privilegiada es la de unificar existencialmente, en el trabajo intelectual, dos órdenes de realidades que muy a menudo se tiende a oponer: la búsqueda de la verdad y la certeza de conocer ya la fuente de la verdad.

El diálogo de los intelectuales católicos con la cultura de nuestro tiempo es vital. En él se juega el destino de la Iglesia y del mundo. No hay más que una cultura: la humana, la del hombre y para el hombre. Y la Iglesia, experta en humanidad, según conocida expresión de Pablo VI, investiga, gracias a sus universidades católicas y a su patrimonio humanístico y científico, los misterios del hombre y del mundo, explicándolos a la luz de la Revelación. La universidad católica se debe caracterizar por la libre búsqueda de toda la verdad acerca de la naturaleza, del hombre y de Dios. El hombre vive una vida digna gracias a la cultura y, si encuentra su plenitud en Cristo, no hay duda de que el Evangelio es fecundo también para la cultura.

El sentido de toda universidad católica es brindar a la sociedad una oferta doctrinal cristiana basada en el contenido de la fe. Este pensamiento es magisterio ordinario de la Iglesia, recogido por el santo padre Juan Pablo II, en su constitución apostólica sobre las universidades católicas (15 de agosto de 1990) con el nombre de "Ex corde Ecclesiae", en la que afirma que "el objetivo de una universidad católica es el de garantizar de forma institucional una presencia cristiana en el mundo universitario frente a los grandes problemas de la sociedad y de la cultura". Este documento pontificio es mucho más que una orientación y tiene aplicaciones concretas al servicio de la universidad.

Es propio de toda universidad católica la inspiración cristiana de cada miembro y de la comunidad universitaria como tal, de manera que mantiene una reflexión, a la luz de la fe católica, sobre el creciente tesoro del saber humano, al que trata de contribuir con las propias investigaciones. También lo es la fidelidad al mensaje cristiano tal como lo presenta la Iglesia. Toda evangelización cristiana, particularmente la que se realiza en el ámbito del estudio, la investigación y la docencia, tiene como característica la libertad, la tolerancia, la paciencia, la comprensión, el entusiasmo, el respeto. Todo fundamentalismo intolerante y agresivo tiene como denominador común el desprecio al sentido apostólico de la evangelización del mundo y respira una profunda desconfianza a la razón iluminada por la fe. No podemos olvidarlo a la hora de razonar sobre cuál es el sentido que tuvo el padre Jorge Dintilhac al fundar la PUCP, y el grupo de reconocidos intelectuales, al secundarlo con altura. Esa es la causa y la razón del legado de José de la Riva Agüero. Me alegro de que esos bienes materiales hayan sido utilizados para levantar edificios y construir aulas donde se enseña las distintas especialidades del saber humano. Nada más ajeno a mi voluntad que imaginar que cada sol heredado de Riva Agüero por la PUCP deje de ser parte de su legítimo patrimonio.

Defender este patrimonio espiritual, intelectual y material es tarea de todos los católicos con sentido común. Confrontar a la Junta Administradora con el rector de la PUCP es absurdo, pues la Junta Administradora está formada, perpetua e insustituiblemente, por el mismo rector, que además la preside, y una persona designada por el arzobispo de Lima. Mal camino que algunos han querido señalar llenos de desconfianza y prejuicios inaceptables. En memoria de mis venerados antecesores, arzobispos de Lima, que cumplieron con su tarea como miembros plenos de esa comunidad universitaria y contribuyeron a los logros de esta casa de estudios superiores, me toca ahora ejercer este grave deber moral y esta responsabilidad a cabalidad.

Solo puede impedir la defensa del sentido primigenio e inabdicable de la esencia de la PUCP quien no se siente atraído por esa naturaleza propia cristiana que tiene insita desde sus raíces. Para el buen cristiano, la oración es un instrumento válido para pedir a Dios que ilumine a todos los protagonistas de esa gesta académica que es la PUCP, con el fin de que las cosas se hagan como se debe y las aguas vuelvan a su cauce, sin prejuicios y sin intolerancias. La memoria de quienes forjaron este proyecto universitario nos interpela exigiéndonos ser fieles a nuestra identidad de universidad pontificia y católica. ¡Que la verdad nos haga libres y brille, a plenitud, en este aniversario!

Publicado en “El Comercio” el viernes 30 de marzo de 2007. Pág. A5.

   
 

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