Lima, 30 de noviembre de 2007

 
   
 

“Spe Salvi”: Encíclica de Benedicto XVI sobre la esperanza cristiana

Este viernes 30, el Vaticano hizo pública la segunda encíclica de Benedicto XVI, "Spe Salvi", en la que el Papa explica el papel de la virtud de la esperanza en el mundo contemporáneo y la urgencia de que los cristianos recuperen para sí y el mundo su verdadero sentido. El texto ha sido presentado en varios idiomas, y en el Perú la edición en castellano se puede adquirir en las librerías San Pablo “Paulinas” al precio de 4 nuevos soles.

El documento, de algo menos de 80 páginas, dividido en ocho partes, fue firmado por el Papa en este mismo día en la Biblioteca del Palacio Apostólico, y está dirigida a los obispos, a los presbíteros y a los diáconos, a las personas consagradas y a todos los fieles laicos.

Comienza con un pasaje de la Carta del apóstol San Pablo a los Romanos, “en esperanza fuimos salvados” (8, 24), y destaca como “elemento distintivo de los cristianos el hecho de que ellos tienen un futuro”: su vida “no acaba en el vacío”.

La esperanza, un encuentro

“Llegar a conocer a Dios, al Dios verdadero, eso es lo que significa recibir esperanza», aclara en el número 3 de la encíclica, la segunda encíclica del Papa, después de “Deus caritas est” (“Dios es amor”), publicada en enero de 2006.

El Papa muestra qué es la esperanza cristiana presentando el ejemplo de la esclava sudanesa santa Giuseppina Bakhita, nacida en 1869 en Darfur, quien decía “yo soy definitivamente amada, suceda lo que suceda; este gran Amor me espera” .

La encíclica explica que Jesús no trajo un “mensaje socio-revolucionario”, “no era un combatiente por una liberación política”. Trajo “el encuentro con el Dios vivo”, “con una esperanza más fuerte que los sufrimientos de la esclavitud, y que por ello transforma desde dentro la vida y el mundo”.

Cristo “nos dice quién es en realidad el hombre y qué debe hacer para ser verdaderamente hombre”. “Él indica también el camino más allá de la muerte; sólo quien es capaz de hacer todo esto es un verdadero maestro de vida”.

Para el Papa está muy claro que la esperanza no es algo, sino Alguien: no se fundamenta en lo que pasa, sino en Dios, que se entrega para siempre.
 
En este sentido, añade, la “crisis actual de la fe” “es sobre todo una crisis de la esperanza cristiana”.

Desilusiones

La encíclica muestra las desilusiones vividas por la humanidad en los últimos tiempos, como por ejemplo el marxismo que “ha olvidado al hombre y ha olvidado su libertad. Ha olvidado que la libertad es siempre libertad, incluso para el mal. Creyó que, una vez solucionada la economía, todo quedaría solucionado”.

“Su verdadero error –aclara- es el materialismo: en efecto, el hombre no es sólo el producto de condiciones económicas y no es posible curarlo sólo desde fuera, creando condiciones económicas favorables”.

La fe ciega en el progreso es otra de las desilusiones analizadas, al igual que le del mito, según el cual, el hombre puede ser redimido por la ciencia.

“La ciencia puede contribuir mucho a la humanización del mundo y de la humanidad. Pero también puede destruir al hombre y al mundo si no está orientada por fuerzas externas a ella misma”. “No es la ciencia la que redime al hombre. El hombre es redimido por el amor”.

Lugares de la esperanza

El Papa indica cuatro “lugares” de aprendizaje y del ejercicio de la esperanza.

El primero es la oración: “Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios”.

Recuerda el testimonio del cardenal Nguyen Van Thuan, quien durante trece años estuvo en las cárceles vietnamitas, nueve de ellos en aislamiento: “en una situación de desesperación aparentemente total, la escucha de Dios, el poder hablarle, fue para él una fuerza creciente de esperanza”.

El segundo lugar de aprendizaje de la esperanza es el “actuar”. “La esperanza en sentido cristiano es siempre esperanza para los demás. Y es esperanza activa, con la cual luchamos para que las cosas no acaben en un “final perverso”. Es también esperanza activa en el sentido de que mantenemos el mundo abierto a Dios. Sólo así permanece también como esperanza verdaderamente humana”.

El sufrimiento es otro lugar de aprendizaje: “Conviene ciertamente hacer todo lo posible para disminuir el sufrimiento”, sin embargo, “Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito”.

El último lugar de aprendizaje de la esperanza es el Juicio de Dios: “Sí, existe la resurrección de la carne –asegura-. Existe una justicia”. “Por eso la fe en el Juicio final es ante todo y sobre todo esperanza, esa esperanza cuya necesidad se ha hecho evidente precisamente en las convulsiones de los últimos siglos”.

Pero la esperanza no es egoísta. “Nadie vive solo –constata-. Ninguno peca solo. Nadie se salva solo. En mi vida entra continuamente la de los otros: en lo que pienso, digo, me ocupo o hago. Y viceversa, mi vida entra en la vida de los demás, tanto en el bien como en el mal”.

“¿Qué puedo hacer para que otros se salven y para que surja también para ellos la estrella de la esperanza?”, se pregunta el Papa y responde “Entonces habré hecho el máximo también por mi salvación personal”.

La encíclica concluye presentando a “María, estrella de la esperanza”. “Madre nuestra -invoca-, enséñanos a creer, esperar y amar contigo. Indícanos el camino hacia su reino. Estrella del mar, brilla sobre nosotros y guíanos en nuestro camino”.

La encíclica fue presentada a la prensa por el cardenal Georges Cottier O.P, teólogo emérito de la Casa Pontificia, y por el padre Albert Vanhoye S.I., profesor de exégesis del Nuevo Testamento en el Pontificio Instituto Bíblico.

Finalmente, el padre Federico Lombardi S.I., director de la Oficina de Información de la Santa Sede, aclaró que la encíclica ha sido escrita totalmente por el Papa y no descartó que tras las escritas sobre el amor y la esperanza, pueda dedicar otra a la fe, la primera de las tres virtudes teologales.

   
 

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