Lima, 15 de abril de 2008

 
   
 

Carta del Cardenal Juan Luis Cipriani al Clero de Lima

Les dirijo estas reflexiones, queridos hermanos en el sacerdocio, con ocasión de esta Eucaristía en la que, unidos íntimamente al Obispo, renovarán las promesas sacerdotales.

El sacerdote, “renueva en nombre de Cristo el sacrificio de la redención” (Prefacio)

Siempre debe estar presente la razón de nuestra esperanza, nos enseña el Papa Benedicto XVI. Debemos vivir de fe y pensar la fe, conocerla interiormente. Así, en nosotros mismos la fe se debe convertir en razón, se hace razonable. Nosotros mismos debemos pensar la fe, vivir la fe, y como sacerdotes encontrar maneras diversas de hacerla presente, a fin de que los fieles y todos los hombres de buena voluntad puedan encontrar la convicción, la prontitud y la capacidad de dar razón de su fe.

Para ello, el primer imperativo de la fe es ser hombres de Dios, es decir, hombres que tienen amistad con Cristo.

Sin una relación personal con Dios todo el resto no puede funcionar, porque realmente no podemos llevar a Dios, la realidad divina y la verdadera vida humana, a las personas, si nosotros mismos no vivimos una relación profunda, verdadera, de amistad con Dios en Cristo Jesús.

Sin la oración de las Horas, por la que entramos en la gran plegaria de todo el pueblo de Dios, comenzando por los Salmos del pueblo antiguo renovado en la fe de la Iglesia, y sin la oración personal, no podemos ser buenos sacerdotes, pues se pierde la sustancia de nuestro ministerio.

El tiempo que dedicamos a la oración no es un tiempo sustraído a nuestra responsabilidad pastoral, sino que es precisamente ‘trabajo’ pastoral, es orar también por los demás. Es propio del pastor ser hombre de oración, estar ante el Señor orando por los demás, sustituyendo también a los demás, que tal vez no saben orar, no quieren orar o no encuentran tiempo para orar.

Con cuánta alegría mi corazón de buen pastor contempla las numerosas capillas en que se expone el Santísimo Sacramento muchas horas acompañado por miles de fieles. Es un canto de alabanza a Dios que lo recibe y premia con abundantes gracias. Cuidemos mucho la seguridad de los sagrarios y de los templos y todos los detalles de la liturgia y de los ornamentos. Sigamos ese camino seguro y bello.

La liturgia de las Horas es fuente de la que se nutre nuestra oración. No sólo hay que recitarlas, sino que hay que meditar la Palabra que el Señor nos ofrece. Es preciso interiorizar esta Palabra, estar atentos a lo que el Señor nos dice con esta Palabra, escuchar luego los comentarios de los Padres de la Iglesia o también del Concilio en la segunda lectura del Oficio de lectura, y orar con esta gran invocación que son los Salmos, a través de los cuales nos insertamos en la oración de todos los tiempos. Ora con nosotros el pueblo de la antigua Alianza, y nosotros oramos con él. Oramos con el Señor, que es el verdadero sujeto de los Salmos. Oramos con la Iglesia de todos los tiempos. Este tiempo dedicado a la liturgia de las Horas es tiempo precioso.
La preparación y la administración de los sacramentos, nos brindan la ocasión para encontrarnos con miles de personas a lo largo del año. Personas que no van todos los domingos a la iglesia y, por tanto, es una ocasión para realizar un anuncio realmente misionero, una “pastoral integrada”. Un confirmarlos en la fe que vivimos.

El sacramento del Bautismo requiere de una preparación y nos pone en contacto también con los que no son demasiado creyentes. Podríamos decir que no es una actividad para conservar la cristiandad, sino un encuentro con personas que tal vez raramente van a la iglesia. El esfuerzo por preparar el bautismo, por abrir las almas de los padres, de los familiares, de los padrinos y las madrinas, a la realidad del bautismo puede y debe ser un compromiso misionero, que va más allá de los confines de las personas ya “fieles”. Nos obliga, en conciencia, especialmente a los párrocos, a ofrecer horarios generosos para que la gente que trabaja pueda acceder a lo que es un derecho de los fieles: recibir el sacramento debidamente preparados. Los Bautizos pueden ser o en grupos o individualmente.

El ministerio de la Reconciliación es un acto de curación extraordinario, que el hombre necesita para estar totalmente sano. Debemos pensar en las numerosas enfermedades, en las necesidades morales, espirituales, que existen hoy y que debemos afrontar, guiando a las personas al encuentro con Cristo en el sacramento, ayudándoles a descubrir la oración, la meditación, el estar en la iglesia silenciosamente en presencia de Dios. Muchas horas en el confesionario fortalecen el alma que mantiene viva la llama del amor de Dios de un buen sacerdote. Como Pastor de esta Arquidiócesis los animo una vez más y les recuerdo que daremos seria cuenta a Dios de cómo hemos atendido a sus hijos en este sacramento.

La preparación para el matrimonio tiene una dimensión misionera y es una ocasión de suma importancia para anunciar de nuevo el sacramento de Cristo con su Iglesia, para comprender esta fidelidad.

Le pido a Dios que este año podamos poner en funcionamiento el Instituto para la Familia que nos permita, entre otras cosas, preparar con seriedad a cientos de matrimonios de fieles laicos para que ayuden en las parroquias a dar las charlas preparatorias responsablemente, facilitando a los párrocos la atención personal de los pliegos matrimoniales.

Debemos plantearnos el desafío de preparar bien las homilías que, por lo general, deben ser breves, y ello exige una honda preparación personal. El designio trinitario, escribió el Cardenal Ratzinger, visible en el Hijo, que no habla en su nombre, muestra la forma de vida del verdadero evangelizador; más aun evangelizar no es tanto una forma de hablar, es más bien una forma de vivir: vivir escuchando y ser portavoz del Padre. No podemos ganar nosotros a los hombres. Debemos obtenerlos de Dios y para Dios. Jesús nos redimió no con palabras hermosas, sino con su sufrimiento y su muerte. La Pasión da fuerza a su palabra.

No olvidemos que no es posible amar sin dolor, porque el amor implica siempre renunciar a nosotros mismos, salir de nosotros mismos, aceptar a los demás con su diferente manera de ser; implica una entrega de nosotros mismos y, por tanto, salir de nosotros mismos. Todo esto es dolor, sufrimiento, pero precisamente en el sufrimiento de perdemos por los otros, por las personas que amamos y también por Dios, llegamos a ser grandes y nuestra vida encuentra el amor, y en el amor su sentido.

Muy queridos sacerdotes, en este día hermoso en que celebramos nuestra vocación de ser “otros Cristos, el mismo Cristo”, es importante renovar los compromisos que hicimos el día de nuestra ordenación con humildad. Como Padre y Pastor de ustedes, les agradezco su entrega sacerdotal y les pido que siempre se ayuden unos a otros con la corrección fraterna y con sus oraciones. Los animo a reconocer los límites de nuestras fuerzas. Lo que no podemos hacer nosotros, lo debe hacer el Señor. Trabajemos y oremos intensamente por las vocaciones sacerdotales.

Para terminar, nos dirigimos la Madre de Jesús y madre nuestra:

“Bendita sea tu pureza y eternamente lo sea,
Pues todo un Dios se recrea en tan graciosa belleza.
A Ti celestial princesa, Virgen Sagrada María,
Yo te ofrezco en este día, Alma, vida y corazón.
Mírame con compasión, no me dejes, Madre mía”.

 

Juan Luis Cardenal Cipriani Thorne
Arzobispo de Lima y Primado del Perú

Lima, 01 de abril de 2008

   
 

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