Lima, 20 de febrero de 2008

 
   
 

“Todo el mundo desea ser amado ¡y amar!”

Al conmemorarse este jueves 21 de febrero, los siete años de creación Cardenalicia del Cardenal Juan Luis Cipriani, la Oficina de Prensa publica una entrevista al Arzobispo de Lima publicada en la edición 117 de la Revista Samborondón, del vecino país de Ecuador y realizada por la periodista Karyna Arteaga de Abad.

“Durante 126 días fue mediador en el asalto de la Embajada de Japón en Lima. Hoy nos habla en exclusiva sobre ese evento y otros temas de interés.

Con motivo de celebrarse en nuestro país el Primer Congreso Nacional Provida y Familia, visitó la ciudad de Guayaquil, sede del Congreso, Su Eminencia, Juan Luis Cipriani, Cardenal de Perú. El Cardenal Cipriani nació en Lima en 1943, cuarto de una familia de once hermanos. En 1977 fue ordenado sacerdote del Señor en la Prelatura del Opus Dei. Es ingeniero industrial y doctor en filosofía y teología. Su nombre y su fotografía recorrieron el mundo entero cuando un grupo de guerrilleros del Movimiento revolucionario Túpac Amaru del Perú, asaltaron la Embajada de Japón en Lima, y Monseñor Cipriani intervino como mediador.

Conocerlo personalmente ha sido una experiencia inolvidable. Dejo ante ustedes, en forma de texto escrito, aquellos inolvidables 20 minutos de mi entrevista al Cardenal Juan Luis Cipriani.

Monseñor, cuando intervino como mediador durante el asalto de la embajada de Japón en Lima... se lo vio profundamente dolido por el fatal desenlace. Usted buscó por todos los medios una salida honorable, dijo ante la prensa mundial, que en esos 126 días, se sintió padre de una gran familia de 86 personas, los 72 rehenes y los 14 guerrilleros. ¿Qué nos puede contar de ese lamentable suceso?

Cardenal Cipriani- Recuerdo en primer lugar lo que Juan Pablo II repetía siempre: “la violencia no es camino para nada”. Ahí se vio que con violencia no se logró nada. En segundo lugar, que en todas las personas sea cualquiera su ideología, su punto de vista, hay un rincón al que visualizamos más o menos escondido, más o menos confuso, más o menos claro, pero que es el tesoro de toda persona y que es el amor. Todo el mundo desea ser amado y amar. ¡Todos! Cuando la vida por a o b no te facilita ese encuentro con el amor surgen envidias, odios, cualquier tipo de reacción que hace mucho daño. Ahí (en la residencia del embajador de Japón en Lima) había gente que no había sido amada nunca.

Había gente casada, rehenes que recordaban a su mujer y hacían propósitos de amar más, de pasar más tiempo con sus hijos, dedicar más tiempo a su familia. Es decir, estaban sacando a la luz la dimensión que estaba escondida en su persona y que por la velocidad con la que pasa la vida nunca se habían detenido a meditar. No se conocían a si mismos... Yo logré hacerme amigo de todos. Por eso cuando acaba de una manera violenta, simplemente veo el fracaso de lo que ha sido un esfuerzo entre el bien y el mal. Es difícil aceptar que el bien era acabar así: la muerte se impuso a la vida, la violencia se impuso a la paz. Evidentemente mucha gente piensa que el orden obliga a actuar, efectivamente aquella situación no podía ser eterna. Quieras o no son situaciones muy difíciles de entender que dejan siempre una interrogante.

En una de sus últimas homilías usted mencionó que todos deberíamos seguir el camino marcado en la parábola del hijo pródigo... ¿Cómo hacer una similitud con las personas que han tomado decisiones equivocadas en su vida, incluso acciones graves en contra de la vida propia o la de los demás?

Cardenal Cipriani- Pienso que gracias a Dios existe esa parábola del Hijo Pródigo. En la que podemos escoger ser como ese muchacho soberbio, caprichoso, que se abandona a una mala vida que se aleja de su padre, que quiere su plata, egoísta, todo. Pero ese muchacho que sabe reconocer su pecado, sabe pedir perdón. Tiene el coraje de regresar, sabe volver a empezar su vida., la vida humana para un cristiano es un volver a empezar muchas veces. No se trata del que no se cae, sino del que siempre se levanta.

Hay que enseñar a la gente a levantarse, esto es el Hijo Pródigo. Pero acordándose que está motivado por su padre que es Dios. ¡Ojo! Se puede ser el hijo mayor “don perfecto”, mentiroso, distante, frío, resentido, injusto. El que quiere ser “don perfecto” acaba mal su historia. Por que ni siquiera acepta a su padre y tiene un resentimiento dentro que tanto daño le hace a él como a la sociedad. Creo yo que el Hijo Pródigo es una luz para saber que la Iglesia no es un conjunto de perfectos. La Iglesia somos un conjunto de pecadores que buscamos arrepentimos una y otra vez, porque nuestro padre Dios es infinitamente misericordioso. Dios, con su paciencia nos convierte, los hombres con su impaciencia nos condenan.

Antes de ser nombrado Cardenal, usted fue obispo auxiliar de Ayacucho, la ciudad más violenta y peligrosa de su país. Zona de extrema pobreza de los Andes y centro de operaciones de la organización terrorista Sendero Luminoso. Usted se dedicó a despertar la esperanza de los habitantes en medio de un clima de violencia y crisis social, a pesar de las innumerables amenazas. Usted es del Opus Dei, su excelencia. ¿Estos datos desmienten lo que mucha gente comenta del Opus Dei: que es una organización católica elitista y que sus miembros no están cerca de los pobres, de los marginados?

Cardenal Cipriani- Bueno hay mucha gente que tiene un enorme cariño al Opus Dei. Hay algunos ¡y se movilizan! con estas teorías, pero que no van a cambiar porque tienen una especie de prejuicios. Ojala que Dios les de ese “colirio” para que vean las cosas en su verdadera dimensión. Yo viví en Ayacucho once años, sin agua, sin luz, sin transporte, los primeros tres o cuatro años, inmerso en una gran pobreza. No me siento ni mejor ni peor. La Iglesia me mandó de Obispo Auxiliar, siendo yo Vicario Regional del Opus Dei en el Perú. Y dije: bueno el Fundador nos ha enseñado a servir a la Iglesia como la Iglesia desea ser servida. Si la Iglesia me ha pedido esto, ahí voy.

Viví una experiencia buenísima, porque junto a esta pobreza absoluta también encontré la dimensión de lo que es la amistad. Me hice amigo de una cantidad de gente humilde, sencilla. Habían perdido a sus padres, o habían tenido la tragedia de haber perdido a su esposa o a sus hijos. El dolor era un acompañante diario en Ayacucho.… Mira, el problema no es de ricos y pobres, de blancos y no blancos, de elitistas y no elitistas. ¡No! El problema es ir al fondo de lo que es el tesoro de la dignidad. Se lo escuchaba a San Josemaría: “solo hay una raza, la raza de los hijos de Dios”. Todas las divisiones de clases, de dinero o de tendencia no son cristianas. Son ideologías que hacen daño al mundo. Yo rezo por esta gente. Personas llenas de prejuicios y a veces también vienen de algunos medios incluidos dentro de la iglesia católica. Ya pasará.....  poco a poco iremos cambiando.

¿En su país se lo ha querido vincular con personas allegadas al ex presidente Fujimori, como Viadimiro Montesinos? ¿Por qué cree usted que hay gente que desea, de alguna manera, desprestigiarlo?

Cardenal Cipriani- Yo pienso que en el mundo de hoy decir la verdad y tener liderazgo es un problema. Al líder que dice la verdad y que es un problema, hay que eliminarlo. Es mi caso, yo no me he fabricado ese liderazgo. Digo la verdad. No tengo miedo. Era capitán de la selección de básquet de mi país; cuando estudiaba ingeniería era delegado de los estudiantes. Uno ha sido siempre así. El liderazgo no es político. Es la autoridad moral que te da el proclamar la verdad y que te da la coherencia de tu vida. Yo a Montesinos no lo conocí nunca.

Yo me daba cuenta por lo que comentaban otros y por lo que se veía en el país que este hombre manejaba a todo el mundo. Nunca pensé que fuese en la dimensión que después se ha conocido. Creo que hicieron una caricatura que ya pasó. Pero la caricatura... ¿porqué? Porque si me dejan tener ese liderazgo y no me atacan dicen entonces: “este convence de hacer el bien, de repente convence a la gente de que hay que tener vocaciones en los seminarios, de repente convence a los matrimonios de que hay que educar bien a sus hijos y que hay que tener hijos, de repente logra que mucha gente se acerque a la Iglesia y al Opus Dei”. “No queremos, hay que maltratarlo”. Pero a pesar de todo eso, gracias a Dios, estoy muy bien.

Antes como ahora, hay gente que promueve guerras, unos matan a otros por distintas causas, se venden armas por doquier; hay quienes en nombre del desarrollo científico manipulan los genes, congelan embriones, alquilan vientres, etc. Otros luchan por “derechos de géneros”, otros desean legalizar el aborto y la eutanasia, cada día hay más familias que se separan, entre ellas y de Dios. El mundo entero parece haber entrado en caos, nos sentimos inmersos en un abismo sin salida... Si alguien cambia de vida, igual se lo juzga y se lo señala.... ¿Dios castiga, Monseñor?

Cardenal Cipriani- Si. Pero también es bueno entender que el castigo de Dios es su paciencia. Fíjate que Dios envía a su hijo. No envía a un amigo. ¡No!, Envía a su hijo Jesucristo, y lo destina a que muera. No solamente a que vaya y enseñe o explique. ¡No! Lo entregó a la muerte. Para que se den cuenta cuanto nos ama, envió a su Hijo para rescatar tu vida y la mía. Él paga el precio, Él es solidario con todo el género humano. Luego resucita para que se den cuenta que su poder y su grandeza es infinita. Es decir que si ha hecho esto, es para convencer a la humanidad de que quiere amarla y ayudarla. Sin embargo, la humanidad se burla, se olvida. Tú y yo, no he dicho la humanidad en general.

Entonces creo yo, que el castigo de Dios es decir: “voy a seguir esperando”. Voy a seguir enviando a esos hombres y mujeres que se toman en serio su fe, como San Josemaría, como la Madre Teresa de Calcuta. Como tanta gente corriente que ni siquiera sabemos como se llama, pero que se toman en serio su fe. La respuesta de Dios, su castigo es la santidad de esos hombres y mujeres que nos iluminan el camino... y el tiempo. Porque la gente vive a veces como si esta vida fuera todo. Vivimos setenta, ochenta años, bien. Pero la eternidad después serán miles de millones de años. Pero que se definen aquí abajo.

Hay que tomarse más en serio la vida tal cual es, no solamente el aspecto material que es lo que hoy se privilegia. Hoy se gasta en ropa, casa, comidas viajes, diversión. Hay que invertir un poco en la parte espiritual: oración, estudio, educación, amor al prójimo, justicia, alegría y tantas dimensiones espirituales que no tienen espacio en este mundo materialista.

En el Ecuador estamos próximos a vivir una Consulta Popular y una Asamblea Constituyente. A través de la Asamblea se modificarán ciertas leyes vigentes en la actual Constitución Política. ¿El Estado debe garantizar la protección de la vida de los ciudadanos desde la concepción hasta la muerte natural?

Cardenal Cipriani- Hay una dimensión de la vida que esta previa a la política. El don sagrado de la vida no se puede afectar por una tendencia de un grupo o de otro, es una realidad anterior a una discusión. Es decir yo vivo, yo no me he dado la vida, yo no he creado la vida. La vida es un don de Dios, que el Estado debe proteger desde su inicio, desde el primer instante de la concepción, hasta el último instante de la muerte natural. El Estado debe decir: “sobre eso no se habla’. Y proteger la vida desde el primer instante hasta el último.

En el mundo entero hay una tendencia a corregir a Dios. Esa tendencia a dejar a Dios de lado y nosotros corregirlo, está haciendo mucho daño. Ha llegado el momento para que cada uno se piense seriamente “que puedo hacer yo para que los hijos y los nietos reciban un mundo como el que hemos recibido nosotros de nuestros padres y abuelos. Un mundo decente, más o menos normal. Con dificultades, con injusticias, con diferencias. Pero que los nietos no nos echen en cara: me has dejado un mundo que es una selva a donde todos se matan unos a otros”. Sería bueno que todos nos demos cuenta que unidos a Dios haremos maravillas, contra Dios nos hacemos mucho daño.

Gracias, por su tiempo, Eminencia, que Dios lo bendiga.

   
 

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