Lima, 01 de setiembre de 2008

 
   
 

Intenciones de Oración del Papa para setiembre

La intención general del Apostolado de la Oración del Papa para el mes de septiembre es: "Para que quienes a causa de las guerras o de los regímenes totalitarios, se ven obligados a abandonar la propia casa y la propia patria sean apoyados por los cristianos en la defensa y tutela de sus derechos".

Su intención misional es: "Para que todas las familias cristianas, fieles al sacramento del matrimonio, cultiven los valores del amor y de la comunidad, de modo que sean una pequeña comunidad evangelizadora, abierta y sensible a las necesidades materiales y espirituales de los hermanos".

Comentario a la intención misionera indicada por el Santo Padre del mes de septiembre 2008

Sin duda, el matrimonio es una de las realidades más atacadas en nuestra sociedad. En una cultura relativista y despojada de la idea del Creador, el hombre tiende a constituirse en centro y medida de todas las cosas. No se reconoce ya como criatura, considera que su vida y su cuerpo le pertenecen como a dueño absoluto. No descubre una finalidad última a su existencia, una meta que trascienda lo inmediato, lo tangible, lo placentero.

El Papa Juan Pablo II señalaba en la Familiaris consortio los signos de preocupante degradación de algunos valores fundamentales de la familia:

"una equivocada concepción teórica y práctica de la independencia de los cónyuges entre sí; las graves ambigüedades acerca de la relación de autoridad entre padres e hijos; las dificultades concretas que con frecuencia experimenta la familia en la transmisión de los valores; el número cada vez mayor de divorcios, la plaga del aborto, el recurso cada
vez más frecuente a la esterilización, la instauración de una verdadera y propia mentalidad anticoncepcional" (FC, 6).

Una falsa idea de libertad se ha introducido, queriendo presentar los compromisos de por vida como algo que, lejos de ser realización plena de la libertad en la donación de sí mismo, se convierte en una carga no deseada.

Todo hombre tiene una vocación al amor por el hecho de ser hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. Esta vocación al amor, para la mayoría de los hombres y mujeres, encuentra su plenitud en el matrimonio. Otros son llamados a la plenitud del amor en el celibato o la virginidad.

Los esposos deben vivir su entrega mutua dando la vida por el otro, a imagen de Cristo, que amó a la Iglesia y se entregó por ella (cf. Ef. 5, 25). La caridad conyugal es el modo en que los esposos viven la misma caridad de Cristo que se dona sobre la cruz.

La verdadera vida solo puede germinar donde existe el amor. Del amor mutuo de los esposos, nacen los hijos, que no quieren ser amados de forma independiente por el padre y la madre, sino ser introducidos en ese único amor que hace de ellos "una carne", una sola realidad. "La experiencia de ser acogidos y amados por Dios y por nuestros padres es la base firme que favorece siempre el crecimiento y desarrollo auténtico del hombre, que tanto nos ayuda a madurar en el camino hacia la verdad y el amor, y a salir
de nosotros mismos para entrar en comunión con los demás y con Dios" (Benedicto XVI, Homilía. Valencia, 9-7-2006).

El amor verdadero solo puede ser exclusivo, único y para toda la vida. Y solo esta forma de amor es digna de la persona humana para establecer esa relación tan especial inscrita en el designio del Creador: "hombre y mujer los creó" (Gen. 1, 27).

A través del sacramento del matrimonio, Dios bendice y eleva el amor humano fortaleciendo y sanando la voluntad de los esposos para que puedan amarse y vencer la amenaza del egoísmo, de la ruptura, de la falta de perdón. Este amor verdadero, elevado por la gracia del sacramento, se convierte en fuente de comunión para todos los miembros de la familia y les hace sensibles a las necesidades de los demás.

Una verdadera comunión es siempre abierta, sabe crear lazos y ampliar siempre sus dimensiones. Cada familia debe ser acogida, atención a las necesidades de los que Dios pone a nuestro alrededor. El amor es siempre dinámico, nunca está ocioso. Cada familia debe convertirse en una comunidad misionera donde se vive y se transmite el amor de Cristo que está en la base de su mutua relación. "Animada por el espíritu misionero en su propio interior, la Iglesia doméstica está llamada a ser un signo luminoso de la presencia de Cristo y de su amor incluso para los «alejados», para las familias que no creen todavía y para las familias cristianas que no viven coherentemente la fe recibida. Está llamada «con su ejemplo y testimonio» a iluminar «a los que buscan la verdad»" (FC, 54). (Agencia Fides 1/9/2008)

   
 

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