Lima, 09 de enero de 2009

 
   
 

AL CARDENAL JUAN LUIS CIPRIANI

Por José Antonio Eguren S.C.V. Arzobispo de Piura.

He tenido el privilegio de conocer de cerca la labor pastoral de su eminencia el cardenal Juan Luis Cipriani Thorne, arzobispo de Lima y primado del Perú. El Señor Jesús quiso que fuera su obispo auxiliar desde el 7 de abril del 2002 hasta el 11 de julio del 2006, día en que el santo padre Benedicto XVI tuvo a bien nombrarme arzobispo metropolitano de Piura.

A lo largo de esos años, que atesoro con gratitud a Dios, su eminencia me dio un valioso testimonio de pastor valiente y bueno, lleno de amor al Señor, a la Iglesia y a la persona humana, cuya dignidad siempre ha defendido con coraje y decisión.

Es difícil sintetizar en pocas palabras su labor pastoral al frente de la Arquidiócesis de Lima en estos diez primeros años, pero me atrevería a hacerlo de la siguiente manera. Su episcopado se ha caracterizado por proponer al hombre de hoy el misterio íntegro del Señor Jesús, único salvador del mundo, en quien el ser humano encuentra su verdad última y definitiva y su camino de plena realización. Asimismo ha presentado infatigablemente a la Iglesia como misterio de salvación, esforzándose por hacerla conocer y amar y defendiendo su santidad y autonomía. Su fidelidad y adhesión al sucesor de Pedro han sido siempre constantes. Desde la doctrina de la Iglesia, ha sido un ardoroso defensor de la dignidad de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, y siempre se ha esmerado por iluminar su misterio desde la moral cristiana para que ella sea auténticamente libre.

La defensa de la familia, de su unidad y estabilidad, así como la defensa de la vida y su carácter sagrado e inviolable desde la concepción hasta su fin natural, han sido puntos cardinales de su magisterio y acción pastoral.

Su preocupación por la juventud y por orientarla al encuentro con Cristo en su Iglesia ha sido otra de sus preocupaciones a lo largo de estos años, enseñándoles a los jóvenes que solo el Señor Jesús llena la vida de sentido y que solo Él es la respuesta a todos los anhelos de felicidad del corazón humano. En esta línea, su preocupación por promover las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada ha sido una constante de su labor pastoral.

También su eminencia ha tenido muy en claro que su quehacer evangelizador debía promover la reconciliación, la paz y la convivencia entre todos los peruanos. Frecuentes y constantes han sido sus intervenciones y acciones para lograr este objetivo. No podemos dejar de mencionar su constante preocupación por los pobres y necesitados que le ha llevado a impulsar acciones pastorales concretas a favor de ellos a través de la vicaría de la caridad. Como un ejemplo podemos citar la vasta e impresionante obra social realizada en Manchay. En esta misma línea no ha cejado en sus esfuerzos por orientar y alentar a los responsables de la sociedad civil para que, guiados por su fe cristiana y por la doctrina social que de ella se desprende, encuentren caminos para resolver los graves problemas de la justicia social que nos aquejan en el Perú.

Finalmente señalaría como una característica fundamental de su episcopado en Lima, su preocupación por sus sacerdotes, por su formación integral, por su santidad y fidelidad ministerial.

No puedo concluir estas palabras sin mencionar algo que apasiona al cardenal del Perú: la verdad. Consciente de que solo ella nos hace libres (ver Jn 8, 32), siempre la ha proclamado y se ha esforzado por vivirla, lo cual le ha ocasionado en más de una oportunidad incomprensiones y dolores. Cuando ello ha ocurrido, soy testigo que ha sabido abrazarse dócilmente a la cruz del Señor, recordando las palabras del maestro en el Evangelio: "Bienaventurados cuando os insulten, y os persigan y cuando falsamente digan de vosotros toda clase de infamias, solo porque sois mis discípulos. ¡Alegraos entonces! ¡Estad contentos, porque en el cielo os espera una gran recompensa!" (Mt 5, 11-12).

Publicado en el diario El Comercio, pág. A7.

Viernes 09 de enero de 2009

   
 

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