Lima, 09 de enero de 2009

 
   
 

Palabras del Señor Cardenal Juan Luis Cipriani Thorne en la condecoración de la Orden “El Sol del Perú” en el Grado de Gran Cruz

Palacio Torre Tagle

Señor Presidente, Querido amigo. Creo que la ocasión amerita entrar en ese clima de cercanía y cordialidad.
Señora Pilar,
Muy querido señor Canciller.

Señor Presidente, deseo darle las gracias por el doble honor que me confiere. En primer lugar, al otorgarme esta condecoración de la Orden “El Sol del Perú” en el Grado de Gran Cruz; y en segundo lugar, por este gesto de haber querido estar usted presente en este acto y nunca mejor acompañado que de la señora Pilar. Este gesto familiar, cercano, de verdadero aprecio, lo valoro en toda su dimensión.

Recibo esta distinción en nombre de la Iglesia Católica. Precisamente hoy se cumplen diez años en que la benevolencia del Siervo de Dios, Juan Pablo II, me nombró Arzobispo de Lima y Primado del Perú, y dos años después, honró a la Iglesia en el Perú, elevándome a la dignidad cardenalicia en el año 2001.

Esta vieja tradición me lleva al recuerdo de un antecesor particularmente querido, el Señor Cardenal Juan Landázuri Ricketts, él fue quien me dio la primera comunión, la confirmación y la ordenación episcopal, y fue él quien también recibió esta alta distinción del Gobierno Peruano.

Me permito, además, pensar que esta dignidad cumple un alto anhelo personal que lo he llevado en el alma hace diez años, precisamente que es un deber de solidaridad con la Iglesia en Ayacucho y con todo el querido pueblo ayacuchano al que serví humildemente once años.

Quiero renovar el compromiso que la Iglesia realiza no solo al servicio del crecimiento del pueblo peruano en la fe y en la vida cristiana, sino también en su progreso en la senda de la concordia y de la paz. Cristo es el Salvador de todo el hombre, de su espíritu y de su cuerpo, de su destino espiritual y eterno, de su vida temporal y terrestre. Cuando su mensaje es acogido, la comunidad civil se hace también más responsable, más atenta a las exigencias del bien común y más solidaria con las personas pobres, abandonadas y marginadas.

La brevedad del Acto me obliga a una rápida mención, -no por ello menos importante-, con profundo agradecimiento: un recuerdo a mis padres, por su sincera convicción religiosa y por su onda sensibilidad social; a mis hermanos, con los que he compartido mi formación personal en un hogar cristiano.

Un particular recuerdo, San Josemaría Escrivá, que hoy cumplía años, porque fue quien marcó la orientación de mi vida definitivamente.

Y a todos ustedes, queridos amigos que han tenido la amabilidad de acompañarme en este Acto.

Señor Presidente, estoy seguro que el Santo Padre Benedicto XVI le agradece este gesto cordial y cercano del Gobierno peruano con la Iglesia peruana.

Le expreso, por último, el deseo de un continuo progreso de la Nación por el camino de bienestar espiritual y material en donde la defensa de la vida, la promoción de la familia y la educación moral sean el alma del desarrollo integral de nuestra sociedad.

Que Dios los bendiga.

Muchas Gracias.

   
 

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