"Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en El tengan vida ".
Este fue el tema que estudi ó la Va Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano reunida el mes de mayo del 2007, en el Santuario de Nuestra
Señora de Aparecida, en Brasil. La palabra clave del tema, comentaba el Santo
Padre Benedicto XVt es: encontrar la vida, la vida verdadera. Este objetivo,
seguía diciendo, se logra en el discipulado de Jesucristo, así como en el
compromiso en favor de su Palabra y de su presencia. Por consiguiente, para
lograr este objetivo, los católicos, estamos llamados ante todo a ser cada vez
más "discípulos de Jesucristo", algo que, en el fondo, ya somos en virtud del
Bautismo, lo cual no quita que debamos llegar a serio siempre de forma nueva
mediante la asimilación viva del don de ese sacramento.
DISCÍPULOS
Nos preguntamos, ¿Qué significa ser discípulo de Cristo? En primer lugar
significa llegar a conocerlo. ¿Cómo? Buscándolo, Encontrándolo y Amándolo. ¿Cómo se realiza esto? Es una invitación a escucharlo tal como nos habla en el
texto de la Sagrada Escritura, como se dirige a nosotros y sale a nuestro
encuentro en la oración común de la Iglesia, en los sacramentos y en el
testimonio de los santos.
Como nos enseña el Santo Padre: "No se comienza a ser cristiano por una
decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con
una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación
decisiva" (Encíclica Dios es amor). Nunca se puede conocer realmente a Cristo
sólo teóricamente. Para conocerlo es necesario caminar juntamente con Él, tener
sus mismos sentimientos, como dice la carta a los Filipenses (d. Flp 2,5).
Por eso, la catequesis no debe ser sólo una enseñanza intelectual: siempre debe
implicar también una comunión de vida con Cristo, un ejercitarse en humildad,
en la justicia y en el amor. Sólo así avanzamos con Jesucristo en su camino; sólo
así se abren los ojos de nuestro corazón; sólo así aprendemos a comprender la
Escritura y nos encontramos con Él. El encuentro con Jesucristo requiere
escucha, requiere la respuesta en la oración y en la práctica de lo que Él nos
dice. Recordemos además que, conocer a Cristo es conocer a Dios; y sólo a
partir de Dios comprenderemos al hombre y el mundo, un mundo que de lo
contrario queda como un interrogante sin sentido.
Así pues, ser discípulos de Cristo es un camino de educación de formación
hacia nuestro verdadero ser, hacia la forma correcta de ser hombres y mujeres,
hermanos en Cristo.
MISIONEROS
Además el discípulo de Jesucristo también debe ser misionero, mensajero del
Evangelio. Como nos enseña el Papa Benedicto XVI, son las dos caras de la
misma medalla. Quien ha reconocida una gran verdad, quien ha encontrado
una gran alegría, debe transmitirla; de ningún modo puede conservarla sólo
para sí. En Jesucristo surgió para nosotros una gran luz, la gran Luz: no
podemos ponerla debajo del celemín; debemos colocarla sobre el candelero para
que alumbre a todos los que están en casa (d. Mt 5, 15).
Por tanto, la vida en Cristo es la fuente y de ella se deriva todo. De hecho, es
muy importante que confluyan las fuerzas de reconciliación, las fuerzas de paz,
las fuerzas de amor y de justicia. Es muy importante, nos sigue enseñando el
Santo Padre, que en el "balance" de nuestra realidad, frente a situaciones tantas
veces pecaminosas que la amenazan, se susciten y se robustezcan fuerzas del
bien. Eso es precisamente lo que sucede y para eso nos lanzamos a esta Misión
en la vida cristiana. Mediante el encuentro con Jesucristo, con la Virgen María y
los santos, mediante el encuentro con Dios, el "balance" se enriquece con las
fuerzas del bien sin las cuales todos nuestros programas de orden social no se
hacen realidad, sino que, ante la enorme presión que ejercen otros intereses
contrarios a la paz y a la justicia, se quedan en teorías abstractas.
Así podemos concluir que, mediante el nuevo encuentro con Jesucristo y su
Evangelio, en la Iglesia, y solo así, se suscitan las fuerzas que nos capacitan para
dar la respuesta adecuada a los desafíos de nuestro tiempo. Un nuevo ardor nos
pide la Iglesia hoy, para ser y obrar cada uno como auténtico "testigo vivo de
Cristo".
NUEVA EVANGELIZACIÓN
Ciertamente, no conviene hacerse falsas ilusiones: no son pequeños los
problemas que plantean el activismo, el secularismo, el relativismo, el laicismo,
y otras tendencias dominantes de nuestro tiempo que hacen más difíciles las
tareas de la enseñanza y práctica de la fe. Nosotros lo sabemos, y conocemos el
esfuerzo que exige la lucha que afrontamos en este tiempo. Pero también
sabemos que el Señor mantiene su promesa: He aquí que yo estoy con vosotros
todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28, 20).
Con esta alegre certeza, acogiendo el impulso de las reflexiones de Aparecida a
renovar también nosotros nuestra comunión con Cristo, salimos con confianza a
continuar el camino de la "nueva evangelización: nueva en su ardor, en sus
métodos, en su expresión". Estas palabras proféticas de Juan Pablo II
pronunciadas por primera vez en Haití en el año 1983 contienen el reto de esta
Misión. Convoquemos pues con el nuevo ardor del amor de Jesucristo en la Eucaristía, con el nuevo método del testimonio personal y cercano y con la nueva expresión de un lenguaje que contenga la verdad y que alcance a todas las almas.
Vamos acompañados por la mirada materna de Nuestra Señora de la Evangelización. Su protección nos da seguridad y nos lleva de esperanza.