
- Domingo, 2 de setiembre de 2001 -
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durante la santa misa en la Basílica Catedral en la Ordenación Opiscopal de Monseñor Salvador Piñeiro Excelentísimo monseñor Rino Passigato, Nuncio Apostólico de Su Santidad; queridos hermanos arzobispos y obispos que nos acompañan hoy en esta concelebración; muy queridos hermanos sacerdotes, especialmente los pertenecientes al presbiterio del obispado castrense; señores comandantes generales de la Marina, del Ejército y de la Aviación; señores miembros de las Fuerzas Armadas y Policiales; muy queridos familiares de monseñor Salvador Piñeiro; hermandades religiosas, religiosos; realmente hay aquí tanta variedad que refleja de alguna manera el corazón de Salvador. Aquí están jóvenes, ancianos, religiosas, hermandades, que de una manera muy alegre han acudido hoy masivamente a la Catedral. Quiero hacer una referencia especial a monseñor Wolfgang Sauer que está aquí presente, canónigo del Cabildo de la Catedral de la Iglesia de Friburgo, la Arquidiócesis de Friburgo, que colabora de manera muy especial con la Iglesia en el Perú; una colaboración espiritual, pastoral, y material. Y quisiera, haciendo un paréntesis, -no tenemos tantas ocasiones de tener estas representaciones maravillosas- agradecerles el cariño, la presencia, la cercanía de la Iglesia de Friburgo, a través del reconocimiento a monseñor Wolfgang Sauer, ofreciéndole un aplauso de cariño de todos nosotros. También está con nosotros el Obispo de la Iglesia Anglicana, ya que también monseñor Salvador Piñeiro, en sus múltiples facetas, ha estado presente en este diálogo, y el obispo ha tenido la delicadeza de estar con nosotros. Le agradecería que se ponga de pie, para que reciba nuestro agradecimiento. Como ven el ambiente es emotivo y festivo a la vez, reflejo de este modo de ser de este nuevo obispo. Muy querido Salvador: Al preparar este día con tanto cariño, me comentabas tu deseo de invitar a monseñor Juan Luis Martín como co-consagrante, y me decías con mucha sencillez: "creo que es justo rendir un homenaje a los misioneros que dejando casa, hermanos, padres, país, lengua, han venido a trabajar por el Reino de Dios al Perú". Por eso, en la mirada al amigo y al que hoy es obispo, Vicario de Pucallpa, va el homenaje y el agradecimiento que quiere brindar hoy a todos los misioneros. Por favor, Juan Luis, acepta este homenaje de todos nosotros como agradecimiento a ti, y para quienes trabajan en nuestro país. También está aquí -se ha congregado todo el país y el mundo entero porque Salvador tiene un corazón que abarca a todos- el Ordinario castrense del hermano país de Bolivia, por el que también pido un aplauso. Al recordar
Salvador, tus casi 30 años de servicio sacerdotal, en esta arquidiócesis
de Lima hemos contemplado tu paso por la parroquia de Nuestra Señora
del Carmen, en San Miguel (aplausos); la parroquia de la Santísima
Cruz de Barranco (aplausos), y hasta el día de hoy, la parroquia
de Santa Rosa de Lima (aplausos). En tu obediencia dedicada a tus Pastores, permite que recuerde a quienes me antecedieron en este Arzobispado: cómo no recordar de manera especial al Cardenal Juan Landázuri Ricketts, él te ordeno un 6 de mayo de 1973; han pasado los años -aunque se te ve todavía muy joven- pero han pasado ya más de 25 años; cómo no recordar al Cardenal Augusto Vargas Alzamora, que precisamente el próximo 4 de septiembre -pasado mañana- se conmemora el primer aniversario de su marcha al cielo; y cómo no mencionar también a nuestro querido hermano y amigo, monseñor Alberto Brazzini. Y aquí, entre los obispos que nos acompañan, a monseñor José Ríos, actual arzobispo de Huancayo, y también compañero tuyo del Seminario. En fin, en tu corta juventud, Salvador, has pasado dejando huella y cariño, en la entrega de buen pastor. Es bueno que al reflexionar, nos demos cuenta -tú lo sabes mejor que nosotros- que buena parte de esa bondad, de esa fe, se la debes a tus padres; por eso, un recuerdo muy especial al doctor Salvador Piñeiro, y a tu madre, la señora Carmen; también a tus hermanos que están aquí y que te acompañan. Por una feliz coincidencia, tu padre fue -ya hace años- médico de la Policía; hoy, tú serás el médico de las almas de la Policía. También recordamos tu paso por el Colegio de La Salle, con tantos compañeros que están hoy contigo; allí se marcó una huella de espiritualidad y de piedad que te ha ayudado mucho para lograr que madure en tu corazón la llamada del Señor. Por eso, el agradecimiento y recuerdo para el Colegio de La Salle, y a los colegios religiosos, que han sido siempre fermento de espiritualidad, y de donde han brotado abundantes vocaciones. Este apretadísimo resumen de algunos de tus servicios pastorales en Lima, hacen que ahora, que el Señor te concederá la plenitud del sacerdocio al ser sucesor de los apóstoles, nosotros -quienes conformamos el presbiterio de Lima- sintamos una mezcla de alegría y nostalgia. Salvador, hoy, pasas a ser un Obispo; no serás un obispo auxiliar de Lima, serás, sí -espero- un colaborador, un amigo cercano; y por eso, todo el presbiterio y toda la Iglesia local de Lima te dice "Gracias Salvador", por estos casi 30 años al servicio de la Iglesia. Nos acompaña en esta celebración nuestro buen amigo, y hermano, monseñor Alcides Mendoza Castro, Arzobispo de Cusco, y quien me antecedió en este cargo por muchos años. Quiero referirme a él en modo especial, porque nos encontramos prácticamente en las vísperas -él las celebra el 15 de septiembre- de sus 50 años de sacerdocio. Permite Alcides que te demos este cariñoso homenaje de agradecimiento (aplausos). Asimismo, nuestro recuerdo, agradecido y cariñoso, a quien hasta el día de hoy ha sido el Obispo, administrador castrense, monseñor Miguel Cabrejos, que con tanta ilusión, y con tanto esfuerzo, ha sabido conducir el obispado castrense y que ahora tiene esa importante tarea como Arzobispo de Trujillo. Muchas gracias Miguel, por tus servicios. Quisiera decir unas cuantas líneas acerca la tarea episcopal: El Concilio Vaticano II nos enseña la realidad que hoy celebramos, cuando nos dice que cada obispo legítimamente consagrado en la Iglesia Católica, participa de la plenitud del sacramento del Orden. Como ministro del Señor y sucesor de los apóstoles, con la gracia del Espíritu Santo, debe orar para que toda la Iglesia crezca, como familia del Padre, cuerpo de Cristo, y templo del Espíritu Santo. Y también en la triple función que está llamado a desarrollar -es decir, la de enseñar; la de santificar, y la de gobernar-. En modo particular, el Obispo es la presencia viva y actual de Cristo, Pastor y Obispo de nuestras almas. Es Vicario de Cristo en la Iglesia particular a él confiada, no sólo de su palabra, sino también de su misma persona. Que gran responsabilidad que nos hace meditar, día a día, a los que tenemos esta responsabilidad; pero también sabemos que no nos faltará nunca la asistencia del Espíritu Santo. Por eso, me permito aconsejarte mi querido Salvador, que el trato constante con el Espíritu Santo, debe ser para todos, especialmente para nosotros, los obispos, una constante tarea. El es el alma de la Iglesia, El es la fuente del amor, y del perdón, El es quien fortalece la unidad entre sus miembros. Por eso, la respuesta que El nos pide es la docilidad a sus inspiraciones, y la permanente certeza de las palabras del evangelio: "Sin mi, no podeís hacer nada". San Pablo es quien insiste en recordar que el Espíritu Santo obra la santificación humana, y forma la comunión eclesial de los creyentes, partícipe de su misma santidad. Y en efecto, los hombres lavados, santificados y justificados en el nombre del Señor Jesucristo, se convierten en santos, en el espíritu de nuestro Dios. El que se une al Señor, se hace un solo espíritu con El, y esta santidad se transforma en el verdadero culto de Dios libre, el culto en el espíritu de Dios; en una palabra, Salvador, la piedad es útil para todo; y la oración y la eucaristía, son centro de la casa del Espíritu Santo en nuestras almas. Por eso, el Santo Padre en ese maravilloso testamento suyo, del 6 de enero, en esa Carta Apostólica, "Al comienzo del nuevo milenio", nos ha recordado con sencillez y con profundidad: la santidad es el fruto maduro de la Iglesia, la primacía de la gracia, la acción del Espíritu Santo, y es la constructora de esa santidad. Quiero terminar, recordándote que el Santo Padre te encomienda una porción del pueblo de Dios, conformada por las Fuerzas Armadas y Policiales. Una familia humana, llena de grandeza y honor, que merece todo nuestro respeto, y que tú, como su pastor, sabrás acompañar, con tu palabra y tu presencia; para ofrecerles siempre ese suplemento del amor de Dios, que les ayude a desempeñar su delicada tarea en lugares muy difíciles, y en situaciones muy complejas, con honradez y con eficiencia al servicio de la Patria. Nunca olvides Salvador, que junto a cada uno de ellos esté un hogar, una esposa, unos hijos, unos padres, una tradición que palpita con la emoción del soldado, del policía, sea oficial o subalterno. La dignidad que nuestras Fuerzas Armadas y Policiales poseen, merecen siempre el agradecimiento y la cercanía de toda la sociedad, y especialmente tuya, como Pastor. Imploro a Nuestra Señora de la Merced su protección, como Gran Mariscala y Patrona de las Armas del Perú, para que Ella te conceda la fuerza, la sabiduría, la misericordia; para que tu corazón de Padre y Pastor, reciba este don de la plenitud del sacerdocio, como un servicio lleno de entrega a los demás. Así sea.
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| [Reseña histórica de la arquidiócesis] |