- Domingo, 2 de diciembre de 2001 -

En este primer domingo de adviento, quiero en primer lugar saludar a la señora Carla Hattinger, presidenta del Comité para la celebración del Año Internacional del Voluntariado; en este año de múltiples actividades, se han reunido usted y todos los grupos de voluntariado que hoy se encuentran en la Catedral, para darle gracias a Dios.

Al mismo tiempo, quiero saludar de modo especial a todos mis más cercanos colaboradores, los Vicarios Regionales, y agradezco su amabilidad de querer concelebrar esta misa conmigo; y a todos ustedes, hijos, hermanos en Cristo, que de muchísimas maneras y realmente con una expresión de solidaridad y de amor a la Iglesia -en esta ocasión, en la persona del Señor Nuncio Apostólico de Su Santidad, y del Señor Cardenal de Lima- han tenido al amabilidad de manifestar su amor a la Iglesia. No podía ser de otro modo.

Por eso, al empezar el adviento, quisiera en primer lugar dirigir mis palabras a todos los que se encuentran trabajando en este voluntariado; el Papa recientemente les decía "gracias por el testimonio generoso que dan en una sociedad dominada a menudo por el afán de tener y de conceder. Como fieles discípulos e imitadores de Cristo, se sienten impulsados a ir contra la corriente, realizando la opción evangélica de servir a los hermanos, no sólo porque tenéis el deseo de conseguir objetivos legítimos, de justicia social, sino también -y sobre todo- porque estáis animados por la fuerza irresistible de la caridad divina".

Este agradecimiento del Papa lo hago mío: que maravilla que en una sociedad haya ese amor al prójimo -sobretodo al enfermo, al niño, al anciano, al que pasa por situaciones delicadas- que bueno que una sociedad respire con respuestas de voluntariados, que tienen su raíz, como dice el Papa, en esa caridad, ese amor a Dios. Y decía el Papa en esa ocasión, "al observar la realidad, no podemos dejar menos que reconocer que por desgracia, existen aún carencia en los servicios sociales, y lagunas en los servicios básicos de diversas zonas periféricas, así como graves formas de desigualdad en la renta y en el disfrute de bienes primarios, como la escuela, la casa, la asistencia sanitaria. Y qué decir de la marginación en la que viven tantos niños y familias en las calles, por no hablar de la disgregación familiar, que perjudica a las personas más débiles, ni de las formas de violencia física o sicológica contra mujeres y niños".

El Papa es consciente que las dificultades y las necesidades son múltiples, y la tarea de voluntariado no es resolverlas, es ejercer una dimensión que enriquece mucho a quien la realiza, Cuando uno hace bien al prójimo se enriquece, cuando una hace mal al prójimo, se empobrece. Por eso, no sólo se busca una justicia social, sino se busca un compartir, un mejorarnos a nosotros mismos, haciendo lo que podemos, en primer lugar en nuestras propias familias, y luego en esa múltiple diversidad de voluntariados que existe en el país. Dice el Papa que es un auténtico signo de los tiempos, y que contribuye a aportar el suplemento de alma, que las hace más humanas.

Qué bonito pensar que ese suplemento, de alma, que tanto necesitamos en estos días, nos permita de una manera clara, bonita, colaborar en el voluntariado, de alguna manera todos somos voluntarios.

El amor de unos padres, ¿no es voluntario?, cuando está dispuesto a hacer todo por sus hijos, ¿ese no es el primer voluntariado?; unos buenos profesores en escuelas, colegios y universidades, ¿no es un primer voluntariado?; el darse a los demás, compartiendo esas experiencias, esos conocimientos; ¿no es un voluntariado lo que hacen las instituciones públicas de servicio al bien común?; ¿no es un voluntariado el servicio que hacen las fuerzas armadas y policiales?, cuando de una manera digna, cuando de una manera clara y respetuosa buscan la seguridad interna y externa.

¿No es un voluntariado el que hacen estos hermanos nuestros, periodistas, cuando aquí quieren grabar la verdad de los hechos para ofrecerla a muchos que no pueden estar aquí presentes?; y así podríamos llegar al voluntariado que realizan ustedes, en los diferentes centros hospitalarios, en los diferentes centros carcelarios, en las diferentes necesidades de salud, de alimento, de asistencia a niños marginados, de asistencia -que yo pude ver cercana en Ayacucho, a todos esos huérfanos de terrorismo- ¿no son miles las expresiones de voluntariado?; ¿la vida entera no es un voluntariado?.

¿Cristo, no fue el primer voluntario?, cuando obedeciendo a su padre, Dios, se ofrece en la cruz, por nuestros pecados. Todo este voluntariado, va más allá de una simple dimensión social, ya que no tiene ningún tipo de escuela ideológica, sino que es la expresión del amor al prójimo. A todos ustedes mi agradecimiento, mi felicitación, que sigan adelante en esa tarea.

Yo también quisiera, cambiando un poquito de tema, también tratar esta situación que todos ustedes conocen. Al leer el Salmo 24, que la liturgia de hoy lo convierte en el salmo de entada, viene como muy a cuento, para que la palabra de Dios nos ilumine. Dice este pasaje del salmo 24, de la misa de hoy: "a ti Señor, levanto mi alma, Dios mío, en ti confío. No quede yo defraudado, que no triunfen de mi mis enemigos, pues los que esperan en ti, no quedan defraudados".

Que palabras de Dios tan alentadoras y llenas esperanza, pero es la misma palabra inspirada que ya hace siglos se dijo: "a ti Señor levanto mi alma". Al inicio del adviento, levantamos el alma al Señor con gozo, con la esperanza de que "en ti confío, no quede yo defraudado"; y no quedamos defraudados.

El enorme cariño, el enorme amor a la Iglesia nos ha obligado a pasar por esta circunstancia; la Iglesia no es mía, no de nadie, es de Jesucristo. Pero cuando un Cardenal asume una responsabilidad, al ser creado cardenal con el Papa, jura defender con su vida y con su sangre, la integridad, la pureza de la fe, del depósito que Dios nos ha dado, y que hoy nos toca cuidar y guardar.

No es, ni debe ser, un planteamiento político, es exclusivamente un amor a la Iglesia; no dejemos que nos confundan, no dejemos que esto cambie de escenario; el daño y el dolor es el de Cristo, de la Iglesia, especialmente de los que la representamos en la jerarquía, pero abarca a todos los corazones. No debe levantar indignación ni violencia, debe levantar perdón, pero perdón que requiere de arrepentimiento, y que requiere de rectificación. Pero la misericordia de Dios es infinita, por eso hermanos, con una paz muy grande, al mismo tiempo que con un dolor muy grande, hemos contemplado una situación en la que la Iglesia es el alma del pueblo.

No es por una persona u otra -que por circunstancias realmente poco claras se ven envueltas en una situación que no es fundamentalmente ni política ni periodísticas- es algo mucho más profundo, es el cuerpo místico de Cristo. No dejemos que se pierda la sensibilidad hacia nuestra Madre, no nos acostumbremos jamás, a que nadie pueda ni tocar ni mancillar a Nuestra Madre, la Iglesia.

Los eclesiásticos somos unos, los fieles y bautizados son otros, pero nuestra Madre la Iglesia, siempre pura y siempre santa, cuerpo de Cristo, cabeza de Cristo; y el Santo Padre, Vicario de Cristo. Esa sobrenaturalidad, ese misterio, tiene que, en estas circunstancias, encenderse con mucho más fuerza en el interior de cada uno de nosotros.

Por eso traigo al recuerdo, palabras de un amigo, ya mayor, al que cada día conozco más, que una ocasión decía. "Señor, cómo puedes querer esto, que es malo, que es abominable, cómo de esta manera la humanidad de Cristo se quejaba en el Huerto de los Olivos: "pasa de este mi este cáliz", Padre cómo puedes querer que tu Hijo, Dios y Hombre... ese diálogo misterioso de Cristo y su padre en el Huerto de los Olivos, cuando parece que la cabeza no entiende nada, cuando el corazón se rompe"... Si alguna vez, decía este buen amigo, sientes este caer en el vacío, te aconsejo esta oración -que yo ya repetí muchas veces- junto a la tumba de una persona amada: "Señor, hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente exaltada tu justísima y amabilísima voluntad, sobre todas las cosas, amén, amén, amén".

Pues esta es la oración del Pastor el día de hoy; ya que cuando no se entiende, cuando el corazón no tiene paz fácilmente, y la cabeza no consigue hilar con claridad, lo que queda es ponerse delante de la imagen del Señor. Pero tú y yo, ¿qué vamos a hacer?, dime seriamente, ¿qué vamos a hacer?. Y te doy esta sugerencia: vamos a luchar -porque si no el Señor nos dirá cuál es ese amor a la Iglesia- en primer lugar por dentro, contra nuestros pecados, contra nuestras envidias, contra nuestras mentiras, contra nuestras manipulaciones, contra nuestras falsificaciones, contra las calumnias, contra a veces el rencor, contra amarguras que no se olvidan, heridas que no se cierran, pugnas políticas que se enconan.

Vamos a luchar para que todo esto, que es pecado y que no es bueno, vamos a luchar para que detrás de cada pelea personal en el alma, haya una pequeña victoria por la gracia de Dios.

De este modo, contribuiremos a la paz que nuestra patria requiere, de este modo podremos además poner al servicio de la Iglesia y de Dios todos nuestros conocimientos; un llamado a los políticos, a los gobernantes, a los periodistas, a todos los hombres de buena fe, para que con nuestros conocimientos, demos a conocer a Dios, demos a conocer a la Iglesia, primero con el ejemplo y luego con la doctrina, con la lengua, hablando la Verdad y nada más que la Verdad.

Esa verdad que libera, y con la cruz escribiendo, y de esa manera cada uno en su labor de ciudadano, con este ejemplo, con esa tarea profesional, podremos hacer una maravillosa tarea de paz, entendimiento y de diálogo.

Quiero terminar con unas palabras de Santa Teresa de Jesús preciosas, las decía el domingo pasado, y las vuelvo a decir hoy: "nada te turbe, nada te espante, todo se pase, Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene, nada le falta, sólo Dios basta". Esta mujer, santa, maravillosa, reformadora del Carmelo, vivió épocas de mucha contradicción, por eso me encomiendo a ella, para que sepa no sólo leer, sino vivir esa paz y ese "nada la falta, sólo Dios basta".

Y al terminar, les digo, y lo hago de una manera solemne: un llamado a todos, a construir la paz social, un llamado al entendimiento, al diálogo, respetuoso, pensando en todos los peruanos, especialmente en los más pobres, los más alejados, en los más necesitados.

Y a ustedes, voluntarias y voluntarios, que con su ejemplo realizan este diálogo diario, en ese ayudar a la gente necesitada, pues que lo hagan siempre teniendo delante este amor de Dios. Invoco a Santo Toribio de Mogrovejo, ese santo antecesor mío, invoco la memoria del Cardenal Augusto Vargas -maltratada el domingo pasado- invoco la memoria de quienes me antecedieron en este cargo, para que sepamos, con respeto por la Verdad, con serenidad, saber tener ese ánimo grande, magnánimo; yo perdono, la religión nuestra tiene esa maravillosa alegría, es el Dios del perdón, el centro de nuestra vida está en la cruz, y el centro de nuestra vida está en la alegría de la resurrección.

Por eso, cuando nos acercamos a la Navidad y a ver a este niño pequeño, tenemos que recordar todos que el perdón es lo que divide al mundo; hay algunos que perdonan, y otros que no. Cuando se perdona hay una paz, hay una alegría y hay una serenidad. La justicia divina perdona, la justicia humana, castiga.

Yo, por el amor al país, y en especial por el amor a la Iglesia y al Papa, hago esta invocación: serenar los ánimos y a no convertir este lamentabilísimo suceso -que ha rasgado el templo de Dios- que no sea utilizado con ningún otro fin que no sea la reparación, y el deseo de unidad entre todos los peruanos, y unidad alrededor de una fe común.

Que Dios los bendiga a todos, y les agradezco mucho.

Así sea.

 

 

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