- Domingo, 16 de diciembre de 2001 -

Muy queridos hermanos en Cristo:

Se acerca la Navidad, y hoy la misa en la introducción, en el salmo, nos dice lo siguiente: "estén siempre alegres en el Señor"; lo repito, "estén alegres, el Señor está cerca". Eso es lo que el Señor nos pide, estar alegres, y la alegría no es tan fácil de obtener, no es algo que simplemente se da cuando tienes algo que te gusta, o cuando consigues algo que estas tratando de alcanzar; la alegría está muy unida al amor de Dios. Esta alegría de la que el Señor dice, "estar siempre alegres en el Señor".

No basta creer, hay mucha gente que cree en Dios, pero no lo ama; y por lo tanto, no tiene esa alegría. El apóstol Santiago en una de sus epístolas, dice que los demonios creen en Dios y por eso tiemblan, porque son conscientes que serán eternamente castigados porque Dios existe, creen en El. Por eso, solamente el "creo" no basta, la experiencia nos dice eso a cada uno.

Cuántas veces ante una dificultad, uno eleva el corazón, dice "ayúdame"; está bien, pero no basta creer, no basta esperar, ya que le pido una cosa, luego le pido otra, y sólo espero que me den. Es necesario amar, y allí nos encontramos con una dificultad muy grande, y es que, para amar a Dios es necesario que El te ame primero.

Hay tal distancia entre Dios y cualquiera de nosotros que no es fácil; dirás que si no lo veo, si no lo conozco, si no lo oigo, ¿cómo me pides que ame lo desconocido?; allí está por eso, el paso de la fe y de la esperanza al amor, la iniciativa es de El. Por eso en estos días en que Jesús nace, El les dice, "allí está mi iniciativa. Mandé a mi hijo para asegurarles que yo me uno a todos los hombres y mujeres de todos lo lugares del mundo, haciéndome niño".

Ese es el misterio del nacimiento, "te quiero convencer" -te dice Dios- "de que yo comparto contigo la vida de un ser humano, su esfuerzo, su trabajo, su alegría, su niñez, su juventud, dolor, su muerte, todo". Por lo tanto, tenemos ya la seguridad de que El tomó la iniciativa, de que El nos ama, y por eso cuando viene la Navidad acudimos a esta nacimiento para decirle: "enséñame a quererte".

Así podré estar alegre, así podré tener paz, y digo ven a consolarnos, aunque a veces nos encontramos con dificultades personales, familiares, o con los amigos, o el trabajo; le digo ven a consolarnos, ilumina mi mente cuando a veces no acabo de entender por qué me pasa esto, o porque pasa lo otro; ilumina mi mente, porque con tu luz yo sabré encontrar la verdad, la serenidad, darle esa paz que a veces me falta en el corazón, fortalece mi voluntad...

Todo eso hermanos, está en el nacimiento de Jesús, El me dice "no me basta tu fe, ni tu esperanza. Yo te enseño a querer". A partir del nacimiento de Jesús, la religión es seguir a una persona, ya no es un conjunto de ideas, ya no son unas opiniones, no es una sociedad de bienestar, no, la iglesia pasa a ser una persona, el cuerpo de Cristo. Y amar a la Iglesia pasa a ser, "sigue a esa persona"; a esa persona, como bien sabes, la tienes en los sacramentos, la tienes en los mandamientos, la tienes en esa amistad que hay que cultivar con El, yéndolo a ver, conversando, diciéndolo lo que te preocupa.

Esa alegría, aparte de necesitar de tu amor, también tiene raíces en forma de cruz; ya que aquel que le tiene miedo al dolor, jamás será alegre, porque ese niño Jesús que nace, ya sabes donde termina, pues en la cruz; por eso, el gozo de ver a un niño pequeño, el gozo de decirle, "enséñame a querer".

Todos los que son padres y madres de familia saben lo que es una criaturita de días, de meses, de pocos años; entonces imagínate esa criatura al cabo de unos 33 años, está en la cruz. Y por eso, también me da esa misma enseñanza; si tú quieres estar alegre, no te olvides que la vida va acompañada constantemente de un dolor, pero no un dolor malo, sino el dolor que causa primero de todo, mi pecado.

El primer dolor es el pecado, cuando empiezo a tener algo como una piedra en el zapato, algo que no está bien, es que he ofendido a Dios ofendiendo a los demás.

Cuando esta primera manifestación del dolor no se quiere ni siquiera mirar, la alegría es muy difícil. Hay que tener esa confianza, ya que Jesús que nace te dice: "no te preocupes, yo he venido para cargar con todos tus pecados, no te maltrates, no te agobies". Lo único que necesito es primero, conocer mi pecado; segundo, arrepentirme; tercero, confesarme, usar el sacramento de la confesión.

Ese misterio, el niño Jesús en estos días nos lo pide a todos: "limpia bien tu alma, prepárate para la Navidad". Y esa alegría, nos dice el apóstol Santiago, necesita de paciencia, nos pide tengan paciencia; cómo nos gusta escuchar al apóstol Santiago, palabra revelada, que nos habla en ese idioma tan fácil tan cercano, diciéndonos "tengan paciencia, también manténganse firmes, porque la venida del Señor, está cerca".

¿Y que firmeza nos pide el apóstol Santiago?, pues la Verdad. Cuando se busca la Verdad no surge el odio, no surge la mentira, no surge la venganza; en cambio cuando se buscan otras cosas, uno emplea cualquier medio, mientras que el apóstol Santiago nos habla "manténganse firmes que la venida del Señor está cerca". Además, recordemos lo que dijo el Señor, "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida". Y luego dijo, "la verdad los hará libres".

Por eso, busca en tu alma, busca siempre la Verdad, busca siempre esa justicia verdadera. Yo hoy día les recordaba a unos amigos, y también les recuerdo a ustedes: no hay demonios para el purgatorio. A veces la gente piensa que hay demonios que buscan clientes para el purgatorio, y no, no hay. El demonio quiere todo, recuerda que sólo es dueño del infierno. Por eso, el demonio no quiere que estés medio tostado, o te quiere carbonizado o no te quiere.

Por eso, ten cuidado cuando uno tiene tentaciones de la media verdad, la media mentira, el medio pecado, la media alegría, el medio amor, no; no te dejes engañar, el purgatorio no tiene marketing, nadie busca clientes para el purgatorio.

Los que luchamos por buscar el cielo que sí tiene a Jesús, sabemos que El viene ahora a anunciar, "ánimo, estén alegres, tengan paciencia, ánimo, que para eso vengo, para llevarlos al cielo"; a pesar de mis tropiezos, mis debilidades, mis pecados, pero sigo con mi lucha. Si no llego al cielo, el Señor me dirá "hace falta, tus cuentas no cuadran, tienes que ir al purgatorio"; pero el purgatorio -vamos a decirlo así- forma parte del cielo, entonces ya te salvaste, aunque tienes que pagar tus cuentas; pero el infierno no, el infierno tiene un solo promotor, el demonio, no podemos decir que es una tontería, no...

Recuerda: ¿tú no has sentido pensamientos que no deseas, tú no has hecho cosas que no querías?; ¿no hay alguna fuerza que alguna vez se mete allí y revuelve dentro?. Por eso, cuando te hablo de esa firmeza en la Verdad, te quiero decir que el demonio es astuto, te ofrecerá el purgatorio, pero él no tiene ninguna llave para el purgatorio.

Es como el señor que quiere venderte una casa, y te dice, "bueno, te la puedo dejar en 100 soles". Una vez que ya te comienza a entusiasmar, te dice "mira, me había olvidado: miento, 500 va a ser, pero si quieres en cuotas". Luego, otra vez dice "ah, se me ha olvidado decirte que esta parte de la casa tiene otro tratamiento"... y así lo va engañando al cliente, y al final de repente le vende la casa en mil soles. Pero cómo lo engañó, pues con 100 soles, con eso lo entusiasmo; igualito nos pasa a nosotros con el pecado.

Te ofrece una pequeña idea, que te gusta, que te ilusiona, y te va engañando. Por eso, la firmeza en la Verdad, que jamás puede declinar, requiere paciencia. La paciencia, fortalece; cuántas veces -se los digo para estos amigos y compañeros del básquet- cuántas veces un buen deportista se distingue de un mediocre o de un mal deportista, por ser tan paciente: siempre la marcación, siempre concentrado, ordenando "tú cuidas el rebote", "sal rápido en contraataque", "espera un poco", "no te desanimes", "no pierdas tiempo", "salta rápido", "estate atento a esto"... son mil detalles que hacen un gran equipo.

En cambio, son mil descuidos los que hacen un desastre, y en la vida es igualito. Por eso, esa alegría que nos dice el evangelio, de reconocer a Jesús en los ciegos que ven, en los cojos que andan, en los leprosos que quedan limpios, en los sordos que oyen, en los muertos que resucitan.

Pero en este punto mira, yo creo que a ustedes les pasará lo mismo; cuando era más chico, yo siempre pensaba ¿donde está el cojo que ahora camina, donde está el ciego que ahora ve?. Yo por lo menos, no he tenido la suerte de mirar un milagro, aunque en el evangelio sí. Y al cabo un tiempo de estar estudiando la Sagrada Escritura, estudiando Teología, nos enseña la Iglesia que ese milagro del ciego es un ejemplo, para también representar mi ceguera.

¿Por qué mi ceguera?, pues porque no veo mi pecado, cuando digo "por qué tengo que perdonar", "yo no tengo la culpa", "quién eres tú para corregirme", es que eres ciego, soberbio, orgulloso.

O el sordo, no hay peor sordo que el que no quiere oír, y dice así: "¿por qué me tengo que confesar? esas son cosas antiguas; acaso fulanito, que no va a misa, no peca siempre, pues dile a él"; son todas respuestas inútiles, abre tu corazón, y todavía se hará el milagro. Dirás entonces, "el Señor me ha dicho, no me importa ni mis hijos, ni el cura, a mí me ha dicho, y lo he oído. Finalmente he oído la voz de mi corazón". Pues esos milagros se producen hoy, y es lo que les pido a ustedes.

Por eso, la conversión que Jesús me pide, pasa por el corazón de María; porque todo esto que te he dicho, de la alegría, del amor, de la paciencia, de la verdad, todo esto se resumen en la humildad. Porque el humilde se cree pecador, el pecador se cree humilde, el soberbio se cree santo, el santo se cree soberbio, es una mezcla complicada. Más fácil es pedirle a María, "enséñame a ser humilde, a reconocer mis faltas, arrepentirme, y también a reconocer mis virtudes, y a usarlas".

Por eso, termino con unas palabras del fundador del Opus Dei, en este libro "Camino": "delante de Dios, que es eterno, tú eres un niño, más chico que delante de ti, un pequeño de dos años. Y además de niño, eres hijo de Dios, no lo olvides".

Que bonito ejemplo para que te llene de alegría; delante de Dios eres más pequeño que esos niños que andan correteando allí, de un año, y que no les haces ni caso; pero es pequeño, pero es tu hijo, y un papá -aunque tenga un mes, un día- y una mama, adora a su hijo. Más bien, cuando se ponen más grandes, se pone más complicada la cosa, pero pídele a la Virgen, ayúdame a tener esa humildad, que yo me vea delante de Jesús, pequeño, y al mismo tiempo, hijo.

Que Dios los bendiga a todos, y que caminemos hacia la Navidad con esa alegría.

Así sea.

 

 

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