
- Domingo, 23 de diciembre de 2001 -
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Muy queridos hermanos en Cristo: Estamos en el domingo, ya en vísperas de la Nochebuena y de la Navidad, y hoy el evangelio nos muestra la vida de San José, nos habla de cómo él estaba desposado, estaba comprometido con María pero todavía no habían vivido juntos; y nos dice que antes que vivieran juntos, resultó que María esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. San José, su esposo, no sabe, no quería denunciarla y la quería tanto, que pensó así: "la voy a repudiar pero en secreto, no voy a hacerle un escándalo". Cuando vemos la vida de San José, lo primero que brota es esa humildad, esa humildad que San José nos quiere enseñar hoy, para que veamos como es la personalidad de ese hombre que Dios escogió para que fuera esposo de María, para que hiciera las veces de padre de Jesús; el cómo quiso que fuera esa personalidad, como quiere que seamos nosotros, que queremos ser hijos de Dios, y amigos de ese Jesús que va a nacer. Cuando vemos este primer pasaje, decimos que humilde es José, ya que podría haber reaccionado con cólera, porque se pensó maltratado. Y es que María espera un hijo y él no sabe, es motivo suficiente para que de manera justa José hubiera podido decir: "me voy, mi esposa me ha traicionado"; son todas ideas que vale la pena meditar. En cambio, José -como era justo, y como no quería denunciarla- decidió repudiarla en secreto; y aquí viene esta lección, el hombre que tiene esa humildad, ese hombre, ve; no sólo tiene ojos, sino que tiene ojos y ve. Te acuerdas del evangelio que dice en un pasaje, "teniendo oídos no oyen, teniendo ojos no ven", pues estamos ante la fe; José, hombre justo, hombre que vive rectamente, ve así: "aquí hay algo que no entiendo, pero no me voy a apresurar, no voy a repudiar, no voy a malograr, no voy a denunciar"; le duele, pero no le tiene miedo al dolor. Esa humildad de José le permite ver así: "aquí hay algún misterio, algo que todavía no conozco". Cuantas veces en nuestra vida, familiar, en el trabajo, los hijos, los nietos, los padres, amigos, cuantas veces "no veo"; si tengo la humildad espero, si tengo la humildad, miro con mas fe, creo, y confío... Por eso, la revelación Jesús se la hace más fácil -como nos dice el evangelio- a quienes se hacen como niños, la sencillez; todo lo contrario es el resentimiento, la sospecha, el qué dirán, el voy a quedar mal, el "yo me acuerdo que un día me dijo", el "porqué no me trata bien", etc. Todo eso es complicado, es como una tela de araña. Fíjate en los que haces, mira; te has dado cuenta en cómo entro, cómo no entró, todo esa mente retorcida, es lo contrario del Niño. El Niño es sencillo, y para ser hombres y mujeres maduros, y niños, hace falta una voluntad y una personalidad muy fuerte, sino seríamos aniñados. Pero ser como niños no es ser aniñados, ser como niños te exige voluntad fuerte, personalidad firme, fortaleza de ánimo, y por eso, sencillez. Por eso, no tengo pliegues en el corazón, ni la memoria, no tengo recuerdos que me maltratan, no tengo dudas, no tengo ansiedades, angustias, no; a los que se hacen como niños, por ejemplo, José hizo como niño, ya que no sabiendo nada, no entendiendo nada - apenas su humildad- ha dicho "veo, aquí hay algo que no entiendo, pero no voy a actuar mal, voy a actuar como un hombre justo, con personalidad, con fortaleza, con hombría. Amo a María, la amo mucho y no entiendo lo que está pasando". No empieza a insultar, no empieza a criticar, no empieza a tener pensamientos malos, lo que dices es "bueno, esto lo guardo en mi corazón". En ese instante, Dios al ver a ese hombre digno -dice el evangelio- "apenas había tomado esa resolución, se le apareció entre sueños un ángel del Señor que le dijo la Verdad"; o sea, ya no es fe, ya es la Verdad. Y sigue así el ángel: "José, hijo de David, no tengas reparos en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo, dará a luz un hijo y le pondrá por nombre de Jesús". Ya se acabo la duda, pero hizo falta la humildad; si José se hubiera rebelado como yo y como tú, quizás no hubiera ocurrido lo que Dios le rebela: "no solamente María no te ha traicionado, sino que la he escogido, la siempre pura, la siempre virgen, la ha escogido Dios". También le dijo "no sólo la amas tu José, la ama Dios, la Santísima Trinidad ha visto en esta mujer la bondad total, no le ha permitido al pecado entrar, la ha llenado de gracia. Es simpática, alegre, buena, fiel, y tú no lo veías; no solamente es una maravillosa esposa tuya, sino que Dios la ha escogido para que sea su Madre", le dice. Fíjate que la humildad, ese instante en la vida lo vemos, a cada rato nos pasa esto; tenemos esos momentos de ira, de cólera, de reacciones, de recuerdos, por ello hermanos pidámosle a José, "quiero ser humilde", y entonces me dirás "¿cómo hago para ser humilde?". Mira, lo primero de todo es un punto de este libro "Camino", del beato Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, que justamente en estos días el Papa ha aprobado el milagro para poder terminar ya el proceso de canonización; él dice en un punto, "el propio conocimiento, el conocerte a ti mismo, nos lleva a la humildad". Y que dice Santa Teresa de Jesús: "no acabamos de conocernos, sino procuramos conocer a Dios. Mirando a su grandeza, nos acordamos de nuestra bajeza". Si la humildad me lleva, conócete, no dejes dominar tu carácter a veces por el orgullo, la envidia, o tu debilidad; ojo, casi siempre la soberbia va unida a la lujuria. La lujuria
es el pecado que lleva a la carne, y casi siempre van unidas, ya que
la soberbia del espíritu, es el orgullo, el decir "yo tengo
la verdad, yo no me equivoco"; siempre se siente que él
es el dueño de todo. Debes tratar de conocerte y decir: "¿por qué a veces miro con malos ojos, por qué a veces pienso con malos deseos, por qué no aprendo a mirar a la gente como miro a mi madre, como miro a mi hija, como miro a mi esposo o a mi hijo; por qué esa mirada a veces un poco sucia, por qué no descubro el amor puro?". Por eso, conocernos la verdad de quien soy, y cómo soy; y para conocerte bien, mírate en el espejo, míralo a Jesús niño, míralo a San José en ese momento difícil que no entiende ("¿cómo me ha hecho esto mi esposa?"); y luego mira que gozo, pero ese instante decide la vida tuya y mía. Son muchos instantes cada día en que mi vida, o se acerca a Dios con cariño y con mucha paz, o se acerca al demonio y empieza la mentira, la cólera, la intranquilidad. Por eso fíjate, la soberbia aniquila la posibilidad de ver; no veo, veo fantasmas donde no los hay, por eso, qué pena cuando hay veces como hoy -que estamos en vísperas del nacimiento- en que no contemplamos a esta imagen. José, que lección de humildad me has dado, porque has sabido ver, has sabido reconocer la verdad y la verdad revelada. Has sufrido, pero como te ha ayudado Dios; y en segundo lugar, que extraña la soledad de José, ese instante en que se da cuenta que su esposa espera un hijo y no es de él, ponle un instante. Pues que extraña soledad, te acuerdas con María, cuando el ángel le dice que va a ser la madre de Dios y ella dice "no conozco varón". Entonces hay un instante, que soledad la de María...la humanidad entera, nosotros, estábamos pendientes de ese silencio, de esa soledad instantánea, segundos en que María ha pensado, le ha contestado al ángel y cuando en ángel le da una explicación, María dice "hágase tu voluntad".Ojo, no dice "voy a hacer", sino le dice que el Espíritu Santo, que Dios haga conmigo. En el caso de José, él dice "me he dado cuenta de que mi esposa, maravillosa, todavía no hemos vivido juntos, y está esperando un hijo, ¿qué hago?". Pensemos, que solo está José, y recordemos hermanos, que esta es la cruz tuya y mía; no inventemos otras cruces. Son esos instantes en las que el Señor deja que esa soledad de tu libertad, de tu rectitud, de tu bondad, escoja. Ponte en manos de quien es el mejor amigo, deja que Jesús, María y José dispongan ("Señor, hágase en mi"); lo otro es el soberbio, no, tengo que calcular, de repente fallo, de repente me acusan, de repente no puedo, tal vez se han equivocado; es el hombre temeroso, es la mujer resentida, es el joven rebelde que todo lo critica, por la soberbia. Hermanos,
la docilidad es importante; deja que esa soledad de José, ese
instante se convierta en esa docilidad. Y por eso, todo esto sucedió
para que se cumpliese la palabra de Dios; fue una prueba que en tu vida
y en mi vida sucede muchas veces al día, no al año. Esa humildad es la que mata la soberbia del que cree que solo, lo puede todo. El soberbio es el que no se adapta a que hay un Dios, tal vez lo acepta pero no se adapta, no; no cree en esos detalles de la vida diaria, es decir no dice "el Señor está conmigo", como otros. "Soy tan fuerte", "lo se todo", "nunca me equivoco"; cuando digo eso, estoy tan seguro que la Verdad está conmigo, que no hay espacio para Dios. Estoy empachado de mi yo, no hay espacio, primero para los demás, ya que los demás son sujetos que los utiliza, no se ama, utiliza los demás. Cuántos matrimonios a veces tienen esa dificultad, que en vez de amarse, se descubre que el papá, la mama -un poquito llenos de su orgullo, de su soberbia- no son capaces de dejar ese espacio para que ella, para que él puedan acercarse y amarse. Hermanos, José, nos llena de lecciones y el cómo se aprende a ser humilde no es fácil, no hay fórmula, pero si te doy un ejemplo; ¿cómo aprenden a andar los niños?, pues andando. Nadie le da a los niños un manual, ninguna mamá es tan mala que lo suelta por la escalera para que el niño se desbarranque; todos los que han visto crecer niños, han visto cómo lo paran un poquito, hace un equilibrio, y así, poco a poco hasta que hay gran celebración en la casa porque el niño dio su primer paso. Pasan los años, y caminar nos parece normal, la humildad es igual, desde pequeños hay esos momentos en que el papá, la mamá, con su ejemplo y su palabra lo forman; y cuando somos mayores, también deben enderezar el árbol, aunque sea un poco viejo, pero cada día debe vivirse esa escuela de la humildad. Debemos hacerlo además pidiendo al Señor, a veces no siendo humilde, a veces siendo humilde, y aparte de esa práctica ¿que más puedo hacer? me dirás; pues te doy una luz, que todos en la Iglesia nos han predicado, la Verdad es camino seguro de la humildad. La verdad de quien eres, tus defectos, tus virtudes, tus limitaciones, tus errores, tus pecados, reconócelos, no les eches la culpa a los demás. Reconoce la verdad en los demás: "que bueno es", "que preocupado está", "no tiene trabajo", "está enfermo", etc. Reconoce, acoge, ayuda, reconoce la Verdad en los demás, y fundamentalmente en Dios. Pídele a El que se te muestre. Tú me dirás, "bueno, yo ya procuro hacer esto", y yo te voy a decir, que debes decir no sólo la verdad, sino toda la verdad. No simplemente el quedar bien, no, toda la verdad hace falta para ser heroicos, cuántas veces mi amor a la verdad me lleva al heroísmo. Decir un poco de verdad no sirve para mucho, pero toda la verdad, sí. Ese es un camino bien concreto para ganar en humildad, porque a veces se queda algo, cuando uno no dice toda la verdad. A veces no se le comprende, pero quién me juzga, pues Dios. Por eso, acaba el evangelio diciendo, "cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor, y se llevó a casa a María". Qué maravilla el ejemplo de San José, porque el evangelio es hoy, para ti, para mi... en esta ciudad, en esta catedral, en este país, en este mundo que nos cobija. Hoy este evangelio es actual. Hoy, tu y yo somos José, ese extraño silencio, ese dolor de su humildad, esa sinceridad, ese gozo, esa pureza. Hermanos, no se desanimen, uno siempre pide al Señor más, queremos ser santos, ya que esto es lo que nos propone el evangelio, cada día, un poquito; a ver si me caigo, me levanto, pero nunca digas un "no puedo". Ten la valentía de ser un buen luchador. Se lo pedimos a Nuestra Madre que nos habrá escuchado ("están hablando de mi esposo") cómo conocía María a José, por eso, que ella nos enseñe a vivir esas virtudes. Así sea.
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| [Reseña histórica de la arquidiócesis] |