- Domingo, 2 de junio de 2002 -

Excelentísimo Sr. Nuncio Apostólico, monseñor Rino Passigato; queridos hermanos obispos; miembros del Cabildo; hermanos sacerdotes que nos acompañan en la concelebración; religiosos, religiosas, miembros de las hermandades, representantes de los diferentes colegios; queridos hermanos todos en Cristo:

Hoy, al celebrar la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, podemos recordar con una fe muy viva las palabras del mismo Jesús, quien nos dice "yo soy el pan vivo, que ha bajado del cielo, mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí, y yo en El". Estas frases pronunciadas por Jesús sobre el misterio de la Sagrada Eucaristía, nos lleva a hacernos las preguntas que el mismo Jesús se hizo en otro momento de su vida: "cuando el Hijo de Dios venga otra vez sobre la tierra, ¿encontrará fe?".

Porque estas palabras hermanos, significan mucho para nosotros por venir del mismo Hijo de Dios, siempre y cuando las contemplemos con ojos de fe, y le pidamos al Señor "auméntanos la fe". Mi carne, dice Cristo, es verdadera comida, comida para el alma que contiene virtudes como la fe, la esperanza, la caridad, la sinceridad, la honradez. Nuestra alma necesita alimentarse con la carne divina.

Sin embargo, el anuncio de Jesús: "mi carne es verdadera comida" es para muchos una blasfemia, ellos dicen "¿cómo puede decir esto, que su cuerpo es carne para comer?". Pues hermanos, sepan que la fe desafía nuestros sentidos, a veces quizás yo no veo el cuerpo de Cristo o no siento el gusto al probarlo, quizás sólo es pan lo que yo veo, pero la fe me dice que es el cuerpo de Cristo.

Y por eso la pregunta se repite: ¿hay fe en nuestros corazones?, ¿hay fe en nuestro mundo contemporáneo?, o de repente estas palabras suenan vacías en un mundo que hace ídolos solamente de lo que se ve, de lo que se toca, de lo que se goza, y en que el hombre pretende sustituir a Dios; por lo tanto, estas palabras de Cristo ("el que come mi carne habita en mi") a un hombre sin fe no le dicen nada. Pero nosotros, que hoy nos hemos congregado en esta solemnidad, en esta procesión que vamos a tener después, sí creemos en ella.

La eucaristía es un misterio maravilloso que sólo nos exige: "ponte de rodillas, baja la cabeza y dile al Señor creo, espero, amo". Recuerdo que Santo Tomás de Aquino compuso un maravilloso himno en latín, cuyo título traducido dice así: "te adoro con devoción, Dios escondido". Pues ese Dios escondido -para ustedes jóvenes que están aquí con sus banderas y estandartes, para ustedes que han venido en sus hermandades, para todos los que han venido hoy- ese Dios escondido existe, dirígete a El.

Nos sigue diciendo Santo Tomás: "se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarlo. Señor Jesús, que mi corazón se someta por completo, para amar a Dios por sobre todas las cosas". Eso es lo que debemos hacer, entregarnos con todo el amor, sentimientos, sentidos, imaginación, memoria, al Señor, y decirle "enséñame a amar con esa total y absoluta entrega definitiva".

Que yo me entregue a contemplarte Jesús, como vamos a hacer ahora en la procesión, y como lo hacemos en cada Santa Misa. Que deje de lado mi soberbia, mis cóleras, mis tribulaciones, mis problemas, que me rinda Señor, que me ponga en tus manos, Señor. Tu sabes más, ese alimento divino hará de mi alma un tabernáculo, en donde yo pueda pensar como tú, decidir como tú, perdonar como tú, entregarme a los demás como tú.

Haz que yo crea más y más en ti, que en ti espere y que te ame. Concédele a mi alma que de ti viva, y al mirar tu rostro -ya no oculto- que sea feliz cuando te vea en la gloria.

La eucaristía es el anticipo del cielo, Señor, y por ello no debemos acostumbrarnos a repetir sólo palabras cuando falta esa dimensión de la fe. Por eso, quiso Dios disponer de su hijo Cristo, para que ese amor se imprimiera de una manera fuerte, a través de los siglos, hasta hoy, en nuestros corazones, de una manera profunda.

De esa manera, y siendo un consuelo ante la tristeza que nos provoca su ausencia, hay en nuestras vidas un pequeño sabor alegre y triste, dulce y amargo a la vez. Es esa humanidad que no descansa hasta contemplarte Jesús, por eso auméntanos la esperanza, la vitalidad, y volvamos a esa devoción maravillosa en todas las iglesias, parroquias, colegios por la exposición del Santísimo Sacramento; para que allí podamos verlo al terminar o al empezar el día, para que jóvenes y ancianos, escolares y universitarios, puedan buscar a Jesús.

Yo le pido a Nuestra Madre, la Virgen María: tú que junto a José fuiste siempre esa compañía de Jesús, acompáñalo en todos los sagrarios del mundo, que allí donde estas tú con su cuerpo de Hijo de Dios, que también esté José, haciéndole compañía. Qué propósito más bueno, que todos volvamos a esa fe de un Jesús que todos los días se nos pone a la mano, y que todos los días nos busca en los rincones de nuestra casa, trabajo, familia, hasta en las enfermedades.

Ese es el Jesús del que con ilusión hablaba el presidente Belaúnde días antes de su enfermedad. Me decía: "que alegría Cardenal, pensar que Jesús vendrá a esta casa". No pudo ser así por su enfermedad, al final debió ser trasladado al Hospital por ella, pero es impresionante con qué paz, y con qué serenidad se encuentra. Así esperamos todos recibir el cuerpo de Cristo, siempre con el alma en gracia.

Porque también nos dice Jesús que "el que come mi cuerpo o bebe mi sangre en pecado grave, es reo, es culpable de su propia condenación". No cambiemos las normas de la Iglesia, el que está en pecado grave no puede acercarse a la eucaristía, puede acercarse a la confesión más bien. El que tiene pecado leve o el que tiene pecado grave y se ha confesado, que sepa que en la eucaristía está la fuerza, el consuelo, la paz, la sabiduría.

Que hoy sea para nosotros un día que confirme nuestra fe, recordando las palabras del Señor: "yo soy el pan vivo, mi carne es verdadera comida. El que come mi carne habita en mí, y yo en El". Un desafío a la mentalidad contemporánea, un desafío al pensamiento que hoy domina el mundo, porque representa la presencia de lo misterioso, de la gracia, de lo trascendente, a lo que solamente se llega por la humildad y con algo que no es nuestro, la fe.

Auméntanos la fe Señor para adorarte, contemplarte, cada día con mayor amor

Así sea.

 

 

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