- Domingo, 3 de febrero de 2002 -

Queridos hermanos:

El tema que el Papa hace 17 años explicaba a la juventud en el Hipódromo de Monterrico, es lo que hemos leído hoy en el evangelio de las bienaventuranzas; por eso, creo que es bueno recordar lo que el Santo Padre decía aquí en el Perú, sobre estas bienaventuranzas.

El recordaba a Paulo VI, que había escrito: "quién se habría atrevido en el curso de la historia, a proclamar felices a los pobres de espíritu, a los afligidos, a los mansos, a los hambrientos; quién se hubiera atrevido a proclamar que esos son los felices". Y agregaba el Papa Pablo VI: " en una sociedad que está basada en la fuerza, en el poder, en la riqueza, en la violencia, parecería que decir que ellos son felices es como una broma o una ironía, y sin embargo, es la proclama de la nueva evangelización del amor".

Por eso, con los ojos de la fe y creyendo la palabra de Dios, vemos que el Papa quiere decir que ellos son felices, y vemos que toda esta bienaventuranza tiene un solo objetivo: la conversión. Ese reino que está dentro de nosotros, esa vida de Cristo, ese reino que algún día -cuando muramos- deseamos alcanzar, ese reino hace que cada uno tenga que ir cambiando, sacando lo que tiene de malo, poniendo lo que tiene de bueno, y no por su cuenta, sino con la ayuda de Dios.

Por eso dice el Papa Juan Pablo II: las ocho bienaventuranzas son como un código muy breve de todo lo que enseña la moral del evangelio. Y empieza diciendo bienaventurados los que lloran, los afligidos, los que sienten sufrimiento físico o un peso moral, porque ellos serán consolados.

El sufrimiento es en cierto modo el destino del hombre y de la mujer, que nacen sufriendo, pasan su vida en las prisiones, y llegan a su fin a la eternidad, a través de la muerte, que es una gran purificación por la que todos hemos de pasar. Por eso, el Papa nos quiere enseñar que en el sufrimiento, se esconde una particular fuerza que acerca al hombre y a la mujer interiormente a Cristo. Este es el consuelo.

Por eso, cuando uno procura evitar el sufrimiento, el dolor, las dificultades, como si fueran malos el esfuerzo, el trabajo, y a veces la salud, uno está diciendo en el fondo "no quiero esa unión con Cristo". Por eso, tenemos que no tener miedo al sufrimiento, debemos estar cerca del que sufre, tratar de descubrir porque sufre, hacerle ver el valor del evangelio; no hablamos de cualquier sufrimiento, hablamos del sufrimiento pero por Dios, por amor a la Iglesia, por amor al matrimonio, por amor a un respeto, por causa de los que aceptan a Dios.

Y luego dice el Señor: bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Que importante es educar a los jóvenes para el amor hermoso, con el fin de alejarlos de todos los intentos que tratan de destruir ese tesoro, ya sea la droga, la violencia, el pecado de cualquier modo. El matrimonio es el camino para muchos, el saber educar a los hombres y mujeres en ese amor hermoso, limpio; mientras que para otros, se expresa en la entrega total en la vocación sacerdotal, religiosa.

El Señor nos dice justamente, "ojo, hay que educarse". Educar los sentimientos, los deseos, los pensamientos, las miradas, los sentidos, para que el amor crezca, para que el amor no se constituya en algo que se rompe, que se ensucia; por eso, si la primera bienaventuranza nos dice "no tengas miedo al dolor y al sufrimiento", en esta nos dice "no tengas miedo a ese esfuerzo, a ese control de tus pasiones, deseos, de tus malos pensamientos; no tengas miedo a las dificultades que a veces hay en el matrimonio, no te preocupes, que igual verán a Dios".

Son los ojos de la fe hermanos, no es un programa político, un programa social, no es un programa de un grupo de gente buena, es el programa de Dios. Por eso, un corazón donde no hay rencor, donde no hay odio, no hay venganza, es un corazón limpio, eso se lo pedimos al Señor.

Bienaventurados los misericordiosos, y nos dice el Papa Juan Pablo II, "la misericordia es el centro mismo de la revelación". Y es que el amor de misericordia no es sólo amor con el que sufre, sino una efectiva y afectiva solidaridad con todos los afligidos. Hay que tener esa sensibilidad hacia el sufrimiento de los otros, hacia toda desgracia, hacia cualquier mal que afecta al hombre, ya que la misericordia no es pasividad, sino decidida acción a favor del prójimo desde la fe.

Esa misericordia es la que nos hizo recordar el primer mes de la tragedia de Mesa Redonda, y el Arzobispado de Lima, desde esa Vicaría de la Caridad, con un pequeño esfuerzo de todos, estuvo procurando el alimento para los niños, las medicinas para los enfermos, la oración por esos familiares. Cuántas veces, -piensa tu ahora, cada uno- tengo yo algún familiar enfermo, tengo alguna persona que está sola, que sufre, y me digo ¿qué puedo hacer?. Pues llamarlo, buscarlo, acompañarlo, aliviarlo, por eso dice el Papa la misericordia no es pasividad, es ir al encuentro para ayudar. ¿Y cual es el premio?, pues la alegría, la paz.

Los pacíficos, bienaventurados los pacíficos, los que buscan la paz, algo muy actual. Son los que buscan la paz en la familia, en la sociedad, en el trabajo, en la política...ya lo decía el Papa en el año 1985 -y tiene una actualidad muy grande- porque podría repetirlo hoy. ¿Pero qué pasa, acaso no cambiaron, no hay una conversión del corazón?; son 17 años y podríamos decir con las palabras del Papa, "sentimos el anhelo de una sociedad más justa, más solidaria". Pero no sigamos el camino de los que afirman que las injusticias sólo pueden desaparecer con el odio, o con la violencia, porque ellos no son cristianos.

Parecería que hoy el Papa viene al Perú, y son hace 17 años, igual nos pide construir una sociedad más justa, nos pide buscar ser más solidarios, pero nos dice "ojo, no es con el odio, no es con la violencia, no es con la venganza; sólo la conversión del corazón puede hacer un cambio en las estructuras, en las leyes, en las normas, para construir un mundo mejor". Y decía, "tener confianza en los medios violentos, es ser víctima de una ilusión mortal", ya que la violencia engendra violencia, y degrada al hombre. Además ultraja la dignidad del hombre en la persona de las víctimas, y envilece la dignidad en quienes practican la violencia.

Solamente podremos cambiar recurriendo a las capacidades éticas, a la persona, a la constante necesidad de la conversión humana; qué fácil es mirar siempre la culpa en los demás, siempre la culpa la tiene otro. Qué pocas veces tenemos la honradez de decir "qué puedo hacer yo en mi propia vida, en mi propio hogar, en mi propia alma"... ¿por qué estar siempre mirando la culpa la tiene este, la culpa la tiene otro?...

Por eso decía el Papa, "construir la paz de hoy y la paz de mañana esta es nuestra tarea". Bienaventurados los mansos de corazón, así expresa el maestro bondadoso, "aprended de mi que soy manso y humilde de corazón". Es manso aquel que vive en Dios, no se trata de cobardía, sino de auténtico valor espiritual; es manso el que sabe enfrentarse a un mundo hostil, no con ira, no con violencia, sino con benignidad, con amabilidad, venciendo el mal con el bien, buscando lo que une, no lo que divide; siempre buscando lo positivo, no lo negativo, allí está una tarea entusiasmante.

Y así el Papa sigue hablando de los pobres de espíritu, porque están más abiertos a Dios, y a las maravillas de Dios. Pobres de espíritu son los que viven sabiendo de que todo lo han recibido de Dios, la vida, la familia, la fe, la salud, todo lo hemos recibido de Dios, pues por eso somos pobres de espíritu.

Es un regalo, y por eso vivimos siempre agradecidos; así pues, los pobres de espíritu son los que saben vivir con esa dignidad humana, y los que son pobres de espíritu ayudan a los que son pobres de alimento, de trabajo, de sueldo. Pero no es esta pobreza un planteamiento político, la pobreza es una virtud, Jesús está diciendo bienaventurados los pobres, en otro pasaje del evangelio está diciendo "pobres, siempre los tendréis". Pero no está hablando de la injusticia, del abuso o de la miseria, está hablando de que cada uno debe vivir en esa austeridad, para usar lo necesario, ayudar a los que no tienen, colaborar con los que no tienen.

Y la última bienaventuranza dice: los que sufren persecución por causa de la justicia. Yo los invito decía el Papa, a una solidaridad especial, que son estos pobres, que son tantos en el mundo de hoy, víctimas de esa pobreza, que afecta a las personas. Por eso debemos apreciar el valor de la libertad y sufrir cuando falta la libertad, cuando hay esos atropellos, no sólo de la justicia, atropellos en las calles, la delincuencia, atropellos a la propiedad privada, atropellos a los derechos que tenemos todos de pasar por las calles con tranquilidad, sin ser agredidos.

Atropellos que se manifiestan cuando uno va en los carros, en los camiones, en los autobuses, y el derecho a no ser asaltados por las calles, atropellos que no dependen solamente solamente de las autoridades, sino de toda la sociedad.

Por eso, dice el Papa, terminando: bienaventuranza, esto que hemos explicado es como el retrato de Cristo, como un programa de su vida. Hoy que Jesús nos dice que nos quiere mostrar su rostro, lean estas bienaventuranzas, medítenlas, estas palabras las dijo el Papa en el Perú, el 2 de febrero de 1985, en el Hipódromo de Monterrico, delante de un millón de personas. Al día siguiente fueron casi dos millones, cuando ordenaron a esos sacerdotes. Los pequeños no se acuerdan, los grandes nos acordamos pero con mucho gozo de cómo el Papa recibió con alegría y con su mirada, y con sus gestos se metió en el corazón a todos, con una palabra sincera, valiente.

Y el Papa terminaba diciendo, y lo repito hoy, "construid un Perú más fraterno y reconciliaos; construid un Perú mucho más justo, construid un Perú sin violencia, siempre anticristiana; construid un Perú donde reine la honestidad la paz, construid un Perú más humano, donde el misterio de cada hombre se viva a la luz del misterio de Cristo".

Que la Virgen María, Madre de Dios y madre nuestra, nos ayuden con estas palabras a ser mejores, a darnos cuenta que muchas veces, cuando estamos viendo que es deseo de Dios, no lo vivimos. Yo, el domingo pasado hacía un llamado que vuelvo a reiterar: no es una huelga de hambre contra la propia salud, el modo de exigir un derecho o un diálogo. Por eso, nuevamente mi exhortación, cuidemos nuestras vidas, no son nuestras al fin, son de Dios, y también a las autoridades, tengamos esa mayor sensibilidad.

Solamente un diálogo en la verdad nos llevará a vivir ese Perú que el Papa nos hizo ver el año 1985; en pocos días nos hizo ver su bondad, su grandeza, y también sus problemas. Vamos a encomendarnos a la Virgen, Reina de la cruz, para que ella nos ayude a vivir esta bienaventuranza.

Así sea.

 

 

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