
- Domingo, 6 de junio de 2002 -
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Excelentísimo
Señor Presidente de la República, Dr. Alejandro Toledo
Manrique Hoy, nos encontramos en el marco de un acontecimiento especialmente significativo para el país. Don Fernando Belaúnde tuvo el privilegio de lograr en sus años de vida esa madurez que permite distinguir con luminosidad lo esencial de lo accesorio. Por eso hoy, al contemplar aquí sus restos, abrimos campo al mundo de los afectos y dejamos de lado las precisiones intelectuales y políticas para centrarnos en esta casa de Dios que es la Basílica Catedral de Lima, en la que nos hemos reunido para ofrecer la Santa Misa por el eterno descanso de su alma, y glosar pequeños aspectos del alma de Don Fernando Belaúnde. Por gracia de Dios, no lo veo de otro modo, en nuestros encuentros sencillos y sinceros a lo largo de estos últimos meses, note que en su alma respiraba con ansiedad la eternidad; y que con frecuencia hacía referencias a ese otro mundo, al cual decía que no podía -ni siquiera en su imaginación de arquitecto- vislumbrar. Ese diálogo era muy conmovedor, porque a pesar que Don Fernando se presentaba totalmente desprendido de la grandeza que el país entero le reconoce hoy, conmovía por su misma sencillez, al hacer notar los rasgos del hombre bueno, del hombre fino del alma y enormemente sensible. Generalmente en esas conversaciones dábamos paso a un recuento breve y apretado de los diferentes pasajes de su vida, pero siempre terminábamos cuando él decía la frase: "y ahora, estoy a la espera". Como Pastor de la Iglesia en Lima, debo decir que él me recibía con esa humildad del creyente, y en estas circunstancias, fue la gracia de Dios la que movió a nuestro querido presidente a decirle también a Cristo "estoy dispuesto a una reconciliación", que pienso yo llevaba preparando mucho tiempo. Finalmente, con tanta sencillez y de una manera espontánea, Don Fernando abría -con esa misma palabra que utilizó en el campo de la política- su corazón a Dios diciéndole: "Adelante. Que el Señor entre en mi alma, que haya ese diálogo de amor y de perdón, porque yo lo deseo". Después de estas largas conversaciones, en la última ocasión que tuve la oportunidad de reflexionar con él, le dije: "Señor Presidente, si me permite quisiera que le recemos a nuestro Padre Dios esa oración que El nos enseñó". Entonces, con gran sorpresa de mi parte, él se levantó rápidamente, con verdadera conmoción, y se puso de rodillas antes de que yo pudiera evitarlo; y los dos de rodillas rezamos el Padre Nuestro con unción. Al terminar inclusive me dijo: "Señor Cardenal, en mi casa también aprendí a rezar a Nuestra Madre, Santa María". Entonces le dije: "recemos entonces Presidente, un Ave María". Recordar estos detalles que nos permiten ver la grandeza de alma de este hombre, constituyen también un apretado resumen de esa trascendencia que la fe nos enseña. Porque los grandes hombres ante la muerte crecen, y Don Fernando Belaúnde fue una enseñanza para nosotros, especialmente cuando supo afrontar este momento con gran humildad y serenidad. Gracias señor Presidente, gracias también a sus padres, con quienes aprendió en los primeros momentos la fe católica. Podemos decir con palabras de un filósofo, que "sólo se puede proyectar el futuro con originalidad cuando se conoce bien la historia", y por ello resaltamos esta originalidad que supuso para nosotros aquel lema que él hizo resonar en todos los rincones del Perú ("El Perú como doctrina") cuando expresaba que allí se encerraba toda la filosofía de su política. Cuando Don Fernando decía "El Perú como doctrina", entendía el Perú como una herencia espiritual, un legado de aspiraciones y de ideales, una mezcla de tradición y de deberes, y veía además en nuestro pueblo, el espíritu que se plasma en la tierra y en la sangre. Ese espíritu que se nutre y se viste de un paisaje, ese espíritu que anima y exalta esa vocación de servicio, y que distinguió siempre a Fernando Belaúnde. Me decía él, y lo habrán oído ustedes también en muchas ocasiones: "no tengo motivos más que para dar gracias a este pueblo. El pueblo peruano ha sido conmigo muy generoso". Luego, yo me atreví a comentarle: "Es que señor Presidente, recuerde que amor con amor se paga. Y usted ha sabido desde los inicios de su recorrido político, extender la mano, extender la mirada, la palabra, el gesto, en todos los rincones de este país. Eso ha calado hondo y ha establecido que esa doctrina la haya entendido el pueblo peruano". Don Fernando reconocía en el Perú una tierra de contrastes, y por ello (y tal vez por las tertulias que escuchó de su padre, Don Rafael, y de su tío, Don Víctor Andrés) esos contrastes le obligaban a buscar apasionadamente la unidad, porque siempre fue un apasionado de la unidad en el país. Y en estos últimos meses, en estas últimas conversaciones, cuántas veces traía este pensamiento a nuestras conversaciones, porque él entendía la unidad como una síntesis, en que los contrastes se debían armonizar, y en el cual la dialéctica y la lucha de oposición debía dejar paso a la bondad de un pueblo que esperaba mucho de todos nosotros. Por eso, ese "Perú como doctrina" es una tarea en marcha, si la entendemos como un proceso difícil de integración en el que encontramos raíces morales, religiosas, culturales, étnicas, y en el que encontramos todavía grandes diferencias sociales; y esas diferencias sociales sólo se afirmarán si vemos en Don Fernando la riqueza, la magnanimidad, la educación cívica y el saber acoger diferencias. Su conocimiento del Perú y de los peruanos enriqueció su alma, y por eso supo analizar nuestras dificultades y nuestros problemas con una visión amorosa, ya que amaba al Perú. Entonces, con una visión serena rescató siempre la grandeza de nuestra tradición, y nunca se dejó enjaular en los episodios domésticos pasajeros, ya que se sabía representante de una nación y de una riqueza histórica extraordinaria, en toda Sudamérica y Latinoamérica. Y esta seguridad le llevaba a tener siempre serenidad al hacer una síntesis de esos villorrios, pueblos y rincones del país, y al mismo tiempo saber encontrar esa grandeza heredada de nuestra historia. En su alma latió siempre la pasión por la unidad de los peruanos. El amor a la patria, elemento destacado de la doctrina social de la Iglesia, encontró desde temprana edad en Don Fernando a un hombre correcto y respetuoso de nuestra herencia espiritual católica. Esto es el reconocimiento de un hecho histórico. Ahora, quiera Dios que la muerte de este ilustre peruano, Don Fernando Belaúnde Terry, signifique el brote primaveral de las energías espirituales y morales del Perú, que hoy la Iglesia invoca al Altísimo para que caminemos con esperanza. Nuestra camino, al principio de este nuevo siglo, debe hacerse en la unidad, en la verdad, en la justicia social, y con un alma profundamente enamorada de nuestra patria. Tenemos un panorama lleno de desafíos que con la ayuda de Cristo, el hijo de Dios, y con la protección maternal de su madre, Santa María, exige de nosotros hoy, ante los restos de Fernando Belaúnde, un compromiso de integración regional, de integración nacional, de unidad, para que realmente ese Perú como doctrina suponga recoger la tradición maravillosa de nuestro pueblo, y proyectarla sin miedo al mundo moderno que se abre. Quiero decirle unas breves palabras a Doña Lucila, a sus hijos, y a su hermano Don Francisco: que sepan que Don Fernando nos ha dado una lección de humanidad, de humildad, de bondad. Pues en sus últimos meses nos regaló esa dimensión espiritual que tal vez sea lo que aglutinó toda esa obra maravillosa que realizó en la historia del Perú. A usted Señor ex Presidente de Chile nuestro agradecimiento por estar aquí, ya que ello es el reflejo de la amistad que su padre y Ud. tuvieron con Don Fernando. A usted, Señor Presidente la República -de quien escuché maravillosas palabras sobre Don Fernando- le agradezco también esta señal de reconocimiento brindado a este hombre, cuyo ejemplo al margen de los discursos debe significar el inicio de un nuevo comienzo de unidad entre todos los peruanos Así sea.
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| [Reseña histórica de la arquidiócesis] |